Hablar de Fernando Eimbcke implica remitirse a una filmografía que ha construido un lenguaje propio a partir de lo mínimo. En ese recorrido, Temporada de patos (20049 sigue siendo el punto de partida más visible: una película que convirtió el tedio adolescente en materia cinematográfica y que definió una estética basada en silencios, espacios contenidos y una observación precisa de lo cotidiano.
Con Moscas (2026), Eimbcke regresa a ese territorio, aunque desde una mirada más desgastada. La película —estrenada en la Berlinale— se centra en Olga, una mujer de mediana edad en la Ciudad de México que decide rentar una habitación ante la presión económica. La llegada de un hombre y su hijo abre una convivencia atravesada por el duelo, la enfermedad y una distancia emocional que se percibe en cada interacción.
El título funciona como una metáfora persistente: las pérdidas, los pendientes y los pensamientos intrusivos orbitan a los personajes como esas moscas que no se pueden expulsar del todo. A partir de ahí, la película articula un retrato donde lo importante no está en la acción, sino en la tensión acumulada en lo cotidiano.
En términos formales, Moscas retoma elementos clave del cine de Eimbcke: encuadres fijos, una economía de recursos deliberada y el uso del blanco y negro como extensión del estado emocional. Sin embargo, hay un desplazamiento claro respecto a Temporada de patos: si aquella encontraba en la adolescencia una pausa casi lúdica, aquí la narrativa se instala en la precariedad, en el peso concreto de sostener la vida diaria.
La película introduce distintas capas de lectura sin necesidad de subrayarlas. La crisis del sistema de salud, el costo de los tratamientos, la fragilidad económica y las tensiones de la crianza aparecen integradas en la experiencia de los personajes, sin convertirse en discurso explícito. Eimbcke se mantiene fiel a una lógica de observación: evita dictar conclusiones y permite que las relaciones se construyan desde lo ambiguo.
En ese cruce, Moscas dialoga con Temporada de patos desde una perspectiva generacional distinta. Donde antes había incertidumbre, ahora hay desgaste; donde predominaba la espera, ahora pesa la urgencia. Lo que permanece es esa capacidad de encontrar en lo aparentemente insignificante una forma de incomodidad constante.
Tras su estreno en Berlín y su paso por el Festival Internacional de Cine en Guadalajara, la película se coloca como una obra coherente dentro de la trayectoria de Eimbcke: una que no busca concesiones y que entiende el cine como un espacio para observar, más que para explicar.