El cuento de Rulfo que deberías leer esta Semana Santa

Leer La noche que lo dejaron solo en Semana Santa tiene sentido, aunque en el cuento no aparezcan iglesias ni procesiones. Juan Rulfo escribió una de las historias más tensas de la literatura mexicana, y lo hizo con tan pocas páginas, pero la arrastra por días. Porque detrás de esa fuga en la sierra, detrás de ese hombre que despierta y descubre que lo han dejado solo, hay una estructura que se parece demasiado al abandono, al sacrificio de la pasión y esa culpa heredad que se exacerba esta semana.

Un hombre que despierta solo

Feliciano Ruelas huye con sus tíos, Tanis y Librado. Llevan armas. Son cristeros. La guerra está encima y el cansancio también. En algún punto, Feliciano se recarga contra un árbol y se duerme. Cuando abre los ojos, sus tíos ya no están.

Llega al campamento de Agua Zarca y los encuentra colgados de un mezquite. Los soldados los ejecutaron y ahora lo esperan a él. Feliciano no tiene opción: arrastrarse en silencio, pegado al suelo, mientras la muerte pasa cerca. Eso es todo. Con eso Rulfo alcanza.

Getsemaní en la sierra

Lo que hace al cuento tan potente es lo que no se ve a simple vista. Varios críticos, han señalado que Rulfo construyó este relato como una versión terrenal del pasaje bíblico de Getsemaní.

En la Biblia, Jesús pide a sus discípulos que velen con él. Ellos se duermen. En el cuento, Feliciano es el que no vela. Mientras duerme, sus tíos (sus figuras paternas) son entregados y sacrificados. La diferencia es clave: en el relato religioso, el que se queda despierto es el que muere. Aquí, el que duerme sobrevive. Pero lo hace cargando la culpa de haber dejado solos a los suyos.

Rulfo no copia el símbolo. Lo retuerce y lo planta en el suelo árido de Jalisco.

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La guerra que le tocó vivir

El cuento no nace de la imaginación pura. Rulfo vivió la Guerra Cristera de niño, en el sur de Jalisco. Y no fue un espectador lejano. Su propia familia cargó con el horror. Dos de sus tíos fueron ejecutados en 1928, en circunstancias muy parecidas a las que describe en el relato.

Por eso el cuento tiene esa textura que no se inventa: el olor del humo, el silencio que pesa, el miedo a respirar fuerte porque atrás puede venir un soldado. Rulfo no escribe sobre la batalla. Escribe sobre lo que viene después. Sobre la espera. Sobre la huida. Sobre ese vacío que deja la muerte cuando ya no hay nada que hacer.

Por qué leerlo ahora

Lo mejor del cuento es su técnica. Rulfo usa un recurso sencillo pero demoledor: el blanco tipográfico. Entre el momento en que Feliciano despierta y el instante en que encuentra a sus tíos colgados, hay un espacio vacío en la página. Ese silencio visual es donde ocurre lo peor. El lector no ve la captura, no ve la ejecución. Solo ve el resultado y tiene que llenar el horror con su propia imaginación. Es cine puro, pero en papel.

El cuento está en El Llano en llamas. Son apenas cinco páginas. Diez minutos de lectura que dejan huella.

Un vía crucis sin iglesia

En Semana Santa se habla de abandono y sacrificio. Rulfo escribió eso mismo, pero sin cruces ni túnicas. Puso a un hombre arrastrándose en la oscuridad, cargando la culpa de haber sobrevivido. Y lo hizo con tan pocas palabras que casi duele.

Tal vez por eso hay que leerlo esta semana. Porque no toda la pasión ocurre dentro de un templo. A veces ocurre en una sierra, de madrugada, con un mezquite de fondo y un hombre que aprende a moverse en silencio para no morir.

Pero el cuento también desnuda algo que el catolicismo ha perfeccionado a lo largo de los siglos: la lógica de la culpa heredada. Feliciano no cometió ningún crimen. Solo se durmió. Pero la historia lo coloca en la posición del que falló, del que debe cargar con la responsabilidad de haber dejado solos a los suyos. Esa mecánica —la culpa que se instala aunque no haya hecho nada— es la misma que la tradición católica refuerza cada Semana Santa. Se nos dice que Cristo murió por nuestros pecados, y entonces hay que sentirlo, hay que arrepentirse, hay que cargar con el peso de una deuda que no se eligió.

Rulfo, sin discursos ni moralejas, muestra las consecuencias concretas de esa herencia. La Guerra Cristera no fue solo un enfrentamiento entre el Estado y la Iglesia; fue también una matanza que dejó pueblos enteros destrozados, familias rotas, hombres colgados de los árboles. Y detrás de todo eso, una ideología que durante décadas ha sostenido que el sufrimiento redime y que la culpa es el precio de la fe.

Por eso La noche que lo dejaron solo se reflexiona más en estos días. Porque mientras las procesiones recorren las calles y se multiplican los mensajes de penitencia, Rulfo recuerda que hubo una pasión real, con cuerpos de verdad, que no terminó en resurrección. Y que la culpa, esa que el catolicismo sabe administrar tan bien, sigue pesando sobre quienes solo querían sobrevivir.


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Imagen de portada: Fotografía de Juan Rulfo (ca.1950)

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