La más reciente película protagonizada por Ryan Gosling, Proyecto fin del mundo (Project Hail Mary, Phil Lord y Christopher Miller, 2026), lo coloca en una travesía espacial que combina ciencia ficción, comedia y destellos de drama, aunque no siempre logra equilibrar estos elementos.
La historia sigue a Ryland Grace, un profesor de ciencias que despierta en una nave espacial sin recuerdos claros de cómo llegó ahí ni de cuál es su misión. Poco a poco —y al mismo ritmo que el espectador— descubre que es el único sobreviviente de una expedición crucial: encontrar la causa de la inminente extinción del Sol y, con ello, salvar a la humanidad.
Uno de los mayores aciertos de la película es su estructura narrativa. A través de flashbacks, la historia se va revelando como un rompecabezas que se arma gradualmente, permitiendo que el espectador comparta la confusión, el descubrimiento y la urgencia del protagonista. Esta decisión, aunque efectiva en un inicio, termina por volverse insistente: el constante ir y venir entre pasado y presente rompe el ritmo y diluye la tensión en momentos clave.
Basada en la novela homónima de Andy Weir, la cinta cumple como adaptación, pero tropieza al intentar definir su tono. Este conflicto se vuelve evidente con la llegada de un nuevo personaje que acompaña a Ryland: su presencia introduce un humor que, aunque funcional y por momentos encantador, descoloca la carga dramática construida previamente. Así, la película oscila entre la ligereza y la gravedad sin terminar de reconciliar ambas.
En cuanto a las actuaciones, Gosling sostiene gran parte del peso narrativo con una interpretación sólida y carismática. Sin embargo, es el personaje de Rocky —interpretado por James Ortiz— quien termina robándose la atención, aportando frescura y una dinámica distinta que revitaliza la historia.
A nivel visual, la película cumple sin arriesgar. Para un relato de ciencia ficción, su propuesta estética resulta poco memorable, especialmente si se le compara con referentes del género como The Martian o Arrival, que lograron construir atmósferas mucho más distintivas y envolventes. The Martian, por cierto, una novela también de Andy Weir.
Dirigida por Phil Lord y Christopher Miller, la película conserva ciertos destellos del humor que ha definido su filmografía. No obstante, este proyecto se siente más como un terreno de exploración que como una obra plenamente consolidada dentro del género.
Proyecto fin del mundo es, en esencia, una propuesta interesante que nunca termina de despegar del todo. Tiene momentos de ingenio, un protagonista que conecta y una premisa potente, pero su indecisión tonal y su narrativa fragmentada le impiden alcanzar la fuerza emocional y visual que promete.