Se acerca la pascua y es un buen momento para escribir de una joya de Dream Works: El Príncipe de Egipto, una película animada basada en el libro del Éxodo, y como toda mitología, contiene verdades y enseñanzas que dialogan entre lo individual y lo colectivo; una dialéctica de múltiples enfoques y direcciones.
La historia de Moises y Ramses es la búsqueda de libertad personal que trasciende a cada uno de sus pueblos; el camino de dos destinos marcados por la decisión de obedecer o renunciar a su propia identidad y encomienda. Un clásico musical que, a simple vista, parecen sólo dibujitos.
Una historia, dos destinos
Según la tradición judía hay dos fuerzas inherentes a la humanidad: Yetzer Hatov (inclinación al bien) y Yetzer Hara (inclinación al mal); esta dualidad habita en cada persona y la libertad moral judía consiste en equilibrar ambas fuerzas.
Moises representa al Yetzer Hatov: el bien, la justicia, la obediencia a Dios y la armonía con la voluntad divina; Ramses representa la fuerza opuesta, Yetzer Hara: el egoísmo, la desobediencia, la satisfacción personal. Ambas fuerzas buscan la libertad en caminos opuestos.
Cada hermano tenía un destino enfrentado al otro: a Moises se le permite vivir para liberar a su pueblo, Ramses crece con la expectativa de continuar con el linaje de faraones y hacer crecer su reino. Pero, antes de continuar, ¿qué es el destino?
Joseph Campebll, en su libro El héroe de las Mil Máscaras, afirma que el destino es una invitación a la transformación personal; la grandeza del héroe se mide en cómo responde a su destino, acepta su misión y transformase en el proceso. Todo héroe comprende que el sentido de la vida no está dado, sino se crea en cada decisión; esto lo aprende Moises y Ramses no, pero no me adelantaré.
Los destinos de Moises y Ramses eran contrarios porque tenían orígenes opuestos: el del hebreo estaba basado en un mandato divino (Yetzer Hatov) y el egipcio estaba arraigado en el poder y supremacía terrenal (Yetzer Hara); ahí está la diferencia en cómo aceptan, cada uno, su destino: Moises a través de la sabiduría, obediencia y fe, mientras Ramses en obstinación, terquedad y egoísmo.
Recordemos que para la cosmogonía judía (y heredada al cristianismo), el mandato divino es más valioso que el poder humano, por eso Moises alcanza su destino y Ramses no.
¿Qué pasa cuando se renuncia al poder?
Desde hace milenios, la gran incógnita que persigue a la humanidad es: “¿quién soy yo?”. Por eso es la trama universal de las mitologías y relatos, los héroes y heroínas atraviesan un viaje de autodescubrimiento para reconocer quiénes son.
El destino de Moises era liberar al pueblo de hebreo del yugo egipcio, pero para lograrlo tenía que mantenerse con vida, así que su madre lo entrega al Río Nilo para que lo lleve a un lugar seguro, — es muy interesante cómo en el mismo lugar en que fueron asesinados otros bebés, él fue salvado—. Su madre hace un sacrificio por un bien superior, de la misma forma que el faraón sacrifica bebés por el “bien” de su reino; la diferencia es la intención con la que se hace el sacrificio.
Moises es adoptado por la reina egipcia, crece como un príncipe, con todos los privilegios y excesos que distinguen a la clase opresora; hasta que un día se encuentra a sus hermanos sanguíneos y Miriam, su hermana, le revela que él es hebreo y está destinado a liberarles.
Después de esa noche nada vuelve a ser igual para Moises: pierde su identidad y renuncia a su posición, renuncia a su historia porque ya no cabe en ella, él ya no pertenece a Egipto por más pelucas, joyas y privilegios que tenga; así que deja todo y se interna en el desierto.
Ahí es acogido por una comunidad de hebreos libres donde aprende a ver todo a través de la mirada celestial, y a reconocer que, si un hombre pierde su poder, tal vez, vive un nuevo y más puro renacer. Moises encuentra en la pérdida el significado de su vida, la cercanía humana en la horizontalidad de una comunidad, algo que nunca tuvo en el palacio, es a través de esas lecciones como obtiene el valor para aceptar el llamado de Dios y liberar a su pueblo. Todo llega en su justo lugar.
Moises no sólo reconoce a Dios en la sarza, también se reconoce a sí mismo; en las religiones con dioses antropomórficos (como la religión judía), el reconocimiento divino a través del Yo humano nos da la ilusión de ser la única especie cercana a Dios. Es en la voz de Yahvé donde Moises encuentra la validación para emprender su misión, es en la fe y la obediencia donde encuentra el valor para cumplir su destino.
El costo de no saber quién eres
Moises parte a Egipto, con un cayado como vehículo de Dios (muy fálico a mi opinión), se reencuentra con su hermano, que ahora es faraón, y le pide que libere a su pueblo. Él se niega porque no quiere ser el eslabón más débil como se lo advirtió su padre; pero Dios es muy persuasivo cuando se lo propone y encuentra las formas para lograr su objetivo: ataca a Egipto con 10 plagas, incluyendo la muerte de todos los primogénitos egipcios.
Ramses es conducido por la ambición, el egoísmo y la terquedad, a costa de la vida de su pueblo y de su hijo; le salió muy caro querer ser lo que le dijeron que era: “Yo soy la estrella de la mañana y de la noche. Yo soy faraón”.
Aquí es donde ambos príncipes exponen sus fuerzas y viven las consecuencias de sus decisiones porque Yetzer Hatov (Moises) y Yetzer Hara (Ramses) comprende el sacrificio de manera opuesta:
Ramses vive a la sombra de su padre, de su linaje, de lo que se le impuso como identidad, su vida pendía del prestigio y la idolatría; para él nada debería cambiar, el sacrificio por un bien mayor no era más que su propio bien y estatus.
Del lado contrario, a pesar del dolor de ver cómo Dios destruye lo que un día fue su hogar, Moises tiene la convicción de liberar a su pueblo; él no es lo que fue, es lo que en su presente es, como Yahvé le dice: yo soy el que soy.
Somos lo que somos por nuestra historia, por lo que se nos enseñó, lo que aprendimos y lo que elegimos desaprender, somos nuestras convicciones y nuestras decisiones; El Príncipe de Egipto es la alegoría de los dos caminos y fuerzas que implica el poder, la decisión de renunciar a lo que se nos fue dado para emprender la búsqueda de nuestra propia identidad y aceptar la responsabilidad que implica conducirnos por el egoísmo o por la generosidad.
Más allá de la dicotomía del “bien y el mal”, la libertad radica en saber quiénes somos, en conocernos por nuestro papel en el gran tapiz, no por la imposición de un legado ajeno a nuestras convicciones; los milagros son posibles cuando haces todo para que ocurran, sólo recuerda que “ningún reino debe de erigirse sobre la espalda de esclavos”.
Se requiere de fe para dividir el mar y valor y compañía para atravesarlo porque la libertad está del otro lado. Este mito, adaptado al cine, nos recuerda que en el pasado sólo está lo que fuimos, el presente es lo que somos y lo que queremos para nuestra vida, ¿dónde eliges vivir?
También en Pijama Surf: Baturrillo: De alguna forma, de esto se trata vivir