No siempre hace falta ver una explosión para entender lo que deja la guerra. A veces basta con observar cómo alguien duerme, o no puede dormir. Cómo se aferra a otra persona cuando el ruido empieza. Cómo aprende demasiado pronto a tener miedo.
Un episodio del podcast The Global Story de la BBC se detiene justo ahí: en lo que los conflictos hacen dentro de la mente de los niños. No desde la abstracción, sino desde la experiencia acumulada de décadas cubriendo zonas de guerra.
El periodista Fergal Keane, con más de 30 años reportando conflictos, pone sobre la mesa una idea que atraviesa toda la conversación: la guerra no termina cuando cesa el fuego. Permanece. Se queda en la memoria, en el cuerpo, en la forma de relacionarse con el mundo.
Las cifras que se mencionan son difíciles de dimensionar. Alrededor de 520 millones de niños viven hoy en zonas de conflicto. Uno de cada cinco. Más allá del número, lo que importa es lo que implica vivir así. No se trata de un evento aislado, sino de una exposición constante al miedo.
En Gaza, por ejemplo, una niña cuenta que cuando comienzan los bombardeos, su madre reúne a todos sus hijos para abrazarlos. Se toman de las manos mientras esperan que pase. Esa escena contiene una forma de infancia atravesada por la incertidumbre. Dormir, comer o simplemente estar dejan de ser actos neutros.
Keane insiste en algo que incomoda porque rompe con cierta idea de superación rápida. “No se obtiene cierre”, dice. “Si ves a tu familia siendo asesinada, no cierras una puerta y desaparece”. El trauma no se archiva. No se guarda en un lugar al que no se regresa. Se activa.
El recuerdo del Genocidio de Ruanda aparece como uno de los momentos más marcados en su trayectoria. Cerca de 800 mil personas asesinadas en apenas cien días. Comunidades enteras destruidas. Vecinos convertidos en verdugos.
Entre esas historias está la de una niña que sobrevivió escondida entre cadáveres durante días. Gravemente herida, inmóvil, aprendiendo a no hacer ruido. En las noches, los animales se acercaban a los cuerpos. “Los perros venían y comían a los niños muertos”, recuerda. En algún momento, uno de ellos se acercó demasiado. Tomó una piedra y lo ahuyentó. Ese tipo de experiencias no se disuelven con el paso del tiempo.
El episodio plantea que el trauma infantil en contextos de guerra no es un momento puntual. Es una condición sostenida. Vivir con la posibilidad constante de morir altera la forma en que el cerebro procesa el miedo, el descanso y la seguridad. La infancia se reorganiza alrededor de eso.
Keane también habla de lo que ocurre cuando existe la posibilidad de reconstrucción. Esa misma niña, años después, seguía viva. Volvió a la escuela, formó una vida, tuvo hijos. “Los niños son fenomenalmente resilientes”, afirma. Y matiza: no cree que nadie esté condenado por lo que le ocurrió en la infancia.
Esa posibilidad depende de algo muy concreto. Estabilidad. Un entorno donde el peligro no sea permanente. Adultos que acompañen. Comunidad. Cuidado. Investigaciones sobre niños que vivieron conflictos como el de Bosnia coinciden en ese punto. Sin esas condiciones, la recuperación se vuelve casi imposible.
También se menciona un enfoque que busca ayudar a los niños a enfrentar, poco a poco, ciertos miedos. Volver a dormir solos. Separarse gradualmente de la protección constante que fue necesaria durante la guerra. No se trata de forzar, sino de reconstruir una sensación de seguridad que nunca terminó de formarse.
Pero hay un límite claro. Nadie puede sanar mientras sigue expuesto al mismo entorno que lo hiere.
En medio de todo esto, aparece una pregunta incómoda que no siempre se formula en voz alta. Qué dice de nosotros vivir en un mundo donde estas escenas no detienen del todo el curso de lo cotidiano. La guerra ocupa titulares, genera discusiones, provoca indignación momentánea, pero rara vez altera la inercia con la que se vive el día a día. Aunque existen esfuerzos, organizaciones y voces que intentan poner a las infancias en el centro, la normalización de la violencia termina diluyendo la urgencia. Se vuelve paisaje. Y en ese paisaje, crecer bajo el ruido de los bombardeos deja de ser una excepción para convertirse en una posibilidad más. Pensar en ello obliga a mirar hacia adelante con cierta inquietud: no solo por lo que ya ocurrió, sino por las formas de violencia que pueden reproducirse cuando quienes crecieron en ese entorno intentan habitar el mundo.
La conversación se desplaza también hacia quien observa. Keane reconoce que fue diagnosticado con Trastorno de Estrés Postraumático, en parte por lo que vivió en su infancia y en parte por lo que vio durante años como corresponsal. Habla del alcohol como escape, de los colapsos, de la dificultad de salir de ese ciclo.
En algún momento, dice, entendió algo que terminó por sostenerlo: “La vida está llena de dolor. Está llena de incertidumbre. Y si quieres tener una salud mental decente, tienes que trabajar en ella todos los días”.
La frase vuelve a colocar el foco en lo esencial. Lo que está en juego no es solo sobrevivir a la guerra, sino qué ocurre después. Cómo se reconstruye una vida cuando el miedo fue el lenguaje dominante.
Hacia el final, una voz desde Irán resume esa sensación de manera directa: “Esta guerra ha entrado en nuestras casas… ha entrado en nuestra sangre… y no sé cuándo podremos deshacernos de ella”.
No es una metáfora exagerada. Es una forma de nombrar algo que no siempre se ve, pero que permanece.