Salsa dura: cuando el barrio se volvió ritmo y resistencia

En algún punto, la salsa dejó de ser solo música para bailar. Se volvió relato, identidad, fricción. Y a esa expresión se le conoce —quizá con cierta comocidad— como salsa dura.

Pero la salsa dura va más allá de una simple etiqueta sonora. Veamos.

¿Qué es la salsa dura?

El término suele referirse al sonido dominante en Nueva York durante los años 70 del siglo XX: arreglos densos, protagonismo del trombón, percusión agresiva, letras que hablaban del barrio, la migración, la marginalidad y la vida real.

Artistas como Willie Colón, Héctor Lavoe, Rubén Blades o Ray Barretto ayudaron a consolidar un sonido que era menos romántico y más crudo.

Musicalmente, la salsa dura se caracteriza por:

  • Secciones de metales pesadas (especialmente trombones).
  • Arreglos complejos y largos desarrollos instrumentales.
  • Improvisación con carga jazzística.
  • Letras con contenido social o narrativo.

Sin abandonar su fin de entretenimiento ni por supuesto su origen popular, la salsa dura retomó un componente político y social que, quizá inesperadamente, encontró una muy buena recepción entre su público.

El contexto importa

La salsa dura no nació en el vacío. Se gestó en el Nueva York latino de los 60 y 70, bajo el paraguas de Fania Records. Era el sonido de una comunidad migrante que buscaba identidad en medio de la discriminación, la precariedad y la efervescencia cultural.

No es casual que muchas canciones hablaran de cárcel, pobreza, traición, barrio o destino. La salsa dura era urbana antes de que la palabra “urbano” se convirtiera en categoría de mercado.

¿Dura frente a qué?

El término comenzó a usarse con más fuerza cuando la salsa romántica ganó terreno en los años 80 y 90. Frente a baladas más suaves, letras amorosas y producciones más pulidas, la generación anterior empezó a reivindicar “la salsa de verdad”.

Pero aquí aparece una tensión interesante: ¿la salsa dura es más auténtica, o simplemente responde a otro momento histórico?

En realidad, la música evoluciona. Lo que fue “duro” en los 70 fue disruptivo en su momento; lo que vino después respondió a otras audiencias y otras dinámicas comerciales.

Más que un sonido: una ética

Quizá la salsa dura no se define solo por cómo suena, sino por lo que representa: resistencia cultural, orgullo migrante, sofisticación musical y calle.

Es el tipo de música donde el solo de trombón va más allá del adorno y, con todo lo abtracto que tiene la música, logra convertirse en declaración de principios. Lo mismo el soneo, que como bien notó el arquitecto Alfred Loos respecto al ornamento, que corre el riesgo de volverme mero elemento decorativo, vacío de sentido y usado sólo como relleno, aquí, en cambio, adquirió el estatuto de diálogo vivo. El ritmo, así, no evade la realidad, sino que la confronta, la interpela, y por ello mismo extrae nuevos significados de ella.

Hoy, nuevas generaciones reivindican ese sonido como símbolo de raíz. No para congelarlo en el pasado, sino para recordarnos que la salsa fue —y puede volver a ser— algo más que entretenimiento y alcanzar nociones acaso un tanto más profundas como la recreción de la identidad social y cultural.


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Imagen de portada: Rubén Blades y Willie Colón durante la grabación de un comercial televisivo para la cerveza puertorriqueña Corona (ca. 1982; detalle)

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