Recordar: entre la penitencia y la recompensa

I

Daniel Paul Schreber, presidente de la Corte de Apelaciones de Dresde, entonces reino de Sajonia. Confinado en el Hospital de Pirna-Sonnenstein. Segundo tratamiento psiquiátrico de aislamiento que requiere. Antes estuvo en la clínica de Leipzig, donde fue tratado por el Dr. Flechsig. 

En Pirna-Sonnenstein, alrededor de 1894, Herr Präsident Schreber redacta sus Memorias de un enfermo de nervios (traducción actual del título original, Denkwürdigkeiten eines Nervenkranken, alguna vez traducido también como Memorias de un neurópata), en las cuales, entre otros varios aspectos, detalla los usos y pormenores de la Grundsprache, un neologismo que contiene en su formación el elemento sprache, «lengua», y que en unión a su complemento se podría traducir simplemente como “lengua básica”, pero el cual, en traducciones más sofisticadas o más “acordes” al delirio de Schreber, se ha traducido como «lengua fundamental» —para estar, por supuesto, al nivel de ese delirio. 

II

En su seminario sobre las psicosis (así, en plural —y pienso que es importante aludirlas en plural y en minúsculas—), Lacan hace un comentario, más o menos al paso, sobre la Grundsprache de Schreber. Al respecto dice Lacan:

Lacan dictó dicho seminario, tercero de los veintisiete que ofreció, entre 1955 y 1956. Ese comentario se encuentra en la lección VIII, “La frase simbólica”, del 25 de enero de 1956.

III

Una penitencia que es, a su manera… ¡una recompensa! ¡Habrase visto!

IV

En la lección X de ese mismo seminario, “Del significante en lo real y del milagro del alarido”, Lacan dice:

V

¿Por qué dice Lacan eso? Entre otros motivos, porque mártir y memoria tienen, en efecto, la misma raíz como palabras. Sorpresivamente. Asombrosamente.

VI

Compulsando los diccionarios de etimologías, como diría Michel Onfray, uno descubre que ambas palabras se encuentran en un ancestro común, difuso entre la penumbra de los idiomas: el étimo indoeuropeo «s-mer», que los expertos traducen —acaso con cierta simpleza, cierta invencible ignorancia, cierta reducción a la que aun los expertos se tienen que resignar— como “recordar”.

VII

Los mártires del cristianismo —religión sin la cual el término “mártir” es inexistente— cumplían, como evoca Lacan, la doble función de recordar y hacer recordar. Daban fe de su propia fe y, al mismo tiempo —por los tormentos que aceptaban sufrir al sostener, por encima de todo y aun y a costa de su propia vida, la fe que profesaban— se convertían en objeto de un recordatorio mayor, una suerte de talismán o de relicario, un dispositivo (diría Foucault), un algo sobre el cual los feligreses podrían vaciar dorénavant su propia fe. 

El mártir es entonces mártir por partida doble: de la memoria y del recordar. De su propia memoria y de ese proceso un tanto más diacrónico, más extendido en el tiempo, hasta dimensiones insondables, que es el recordar.

VIII

Una penitencia que es, a su manera, una recompensa… ¿Eso puede ser posible?

VIX

Si mártir y memoria se encuentran en la misma raíz, en el mismo origen, ¿recordar puede ser un martirio? Sin duda. Ahí están, a la mano, dos ejemplos: el recordar rumiante de los obsesivos y, si queremos elevar un poco el nivel, el Funes de “Funes el memorioso” de Borges.

X

En el cuento de Borges, casi siempre se celebra la metáfora sumamente lograda al respecto de la fantasía de la “memoria perfecta” y, acaso mejor dicho, de que la memoria necesita, paradójicamente, de vacíos y huecos. 

En efecto: cuando el lector descubre que el personaje protagónico recuerda todo con todos sus detalles, se da cuenta entonces de que el recordar se vuelve irrealizable. 

¿Qué lugar queda para la memoria si, stricto sensu, «el perro de las tres y catorce (visto de perfil)» no es el mismo «que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)»? ¿Queda espacio para la formación de un recuerdo en medio de ese rigor?

XI

Esa es la lectura más recurrente de “Funes el memorioso”.

¿Pero qué pensar del personaje principal, Funes? Poco se habla del personaje que protagoniza el cuento, de las sensaciones que transmite, de la imagen bajo la cual se le presenta al lector…

XII

Nunca hasta hoy había considerado escribir que, a mí, el cuento me impresionó también por la soledad de su personaje protagónico, su estar arrojado en una habitación a media luz, donde nadie se preocupa por él, condenado a la estera y la cobija que parece que nadie lava, la única ventana del cuarto protegida a medias por una una persiana raída y heredada de generaciones pasadas, una habitación donde, cabe suponer, nadie tiene reparo alguno en dejar a alguien a solas, acompañado de nadie más que su delirio —en su caso, el “don” de la memoria perfecta, el regalo terrible de recordarlo todo con exactitud.

XIII

¿Y la penitencia-recompensa de la que habla Lacan? ¿La memoria del mártir también puede experimentarse como un regalo, o un disfrute?

XIV

Pienso, por supuesto, en Proust. Y particularmente en el Proust-escritor, en quien ese vasto recordar que se despliega en la Recherche estuvo investido, sin lugar a dudas y en algún momento, de un gran placer. ¿De qué otra manera explicar, si no, la demorada redacción, extendida por más de diez años, de su novela, en donde los recuerdos, la rememoración y la recreación por la vía de la escritura de su propia memoria son su materia prima fundamental?

Es posible, claro, que el Proust-antes-de-ser-escritor no lo haya experimentado así. Que para él, como para el obsesivo, recordar haya sido por mucho tiempo, más bien, una penitencia, una suma de imágenes que no hacía más que provocarle dolor, angustia, sufrimiento. Para muestra, este apunte del Carnet de 1908:

XV

Y pese a todo, el recordar debió estar de algún modo investido de placer, libidizando de alguna manera. Si no, Proust no hubiera recordado, no hubiera “atesorado” sus recuerdos —no los hubiera “acumulado”, en términos marxistas, o “erotizado”, en términos del psicoanálisis—.

XVI

Hasta que la recompensa, de todos modos presente en el recordar, resaltó. Y quizá no por sí misma, sino gracias al marco que Proust encontró para darle sentido o utilidad a todo ese cúmulo de recuerdos que llevaba consigo y que, sentía, le decían algo. 

El hallazgo de la «memoria involuntaria» y el consiguiente proyecto de escritura que se derivó de ese “darse cuenta” (la soirée Guermantes de Le Temps retrouvé), hizo recompensa de la penitencia, y abrió el camino del mero recordar a la inventiva y el escribir (en términos freudianos y marxistas: a la producción).

XVII

(«Producción» es el concepto donde Marx y Freud se encuentran. Entre otros motivos, por el lazo social que ella implica y, en otro aspecto, por su componente erótico: solo se puede producir aquello que uno desea —y uno siempre desea, y produce, en compañía de otros.)

XVIII

Entonces, ¿memoria o martirio? 

Memoria, pero sin martirio.

Memoria, pero desde el desear.


Publicado previamente en 52semanasdeescritura.com


Del mismo autor en Pijama Surf: Las sombras del Hades en el fragmento seis del «Ulysses»


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