La dictadura de Estados Unidos purgará a Calígula

Estados Unidos es una dictadura. No se llega a esta conclusión solo desde una apreciación simplona. Hablar del sistema político histórico de la Unión Americana es hablar de cincuenta democracias, más una colonia en Puerto Rico. Sus ciudadanos no eligen directamente a un Presidente, antes exclusivamente hombres blancos protestantes, sino que estos cincuenta Estados, antes trece y con distinto peso en un Colegio Electoral, eligen a un “dictātor”, en latín: el que ordena; desde George Washington, el ejecutor en jefe de una superestructura militar, limitada por un Senado y un Congreso. 

No se coronó a un rey con una dinastía, sino que se le dio poder a un César desde el siglo XVIII, bajo la urgencia de expulsar al ejército de su Majestad británica. Este general, que no ha sido propiamente uno desde Dwight Eisenhower, y que no tiene carrera militar desde George Herbert Bush, dirigió una expansión al sur y al oeste, una guerra contra los separatistas, un reacomodo de Europa occidental y un combate global contra el Comunismo. Un gobierno federal per se solo surgió para comunicar al enorme y nuevo país, y solo por una crisis económica y de empleo catastrófica, el general se tomó atribuciones para resolverla a la francesa con un centralismo burgués liberal. Pasaría a convertirse en una superestructura global basada en el comercio de armas, con la Organización del Tratado del Atlántico Norte o de Washington, y en el poder suave del financiamiento, con el Fondo Monetario Internacional. Solo parte de la izquierda radical del país desearía que su general asumiera la tarea de dirigir un Estado de bienestar nórdico. 

En realidad, Estados Unidos nació de varias naciones paralelas a los habitantes indígenas del norte del continente. Unas de esclavistas que actuaban como déspotas de sus plantaciones, otras de migrantes humanistas que fundaron Ciudades Estado semejantes a Ámsterdam, y otras de aventureros que fueron gustosos o a la fuerza a tierras de "nadie" o de nadie de verdad. Naciones que solo tenían en común preferencias antiestatistas, un rechazo al centralismo de los Estados Nación de Europa y sus monarquías absolutas, a la Iglesia Católica y las Iglesias nacionales. Por eso hasta las revoluciones en Estados Unidos han tendido más al anarquismo que al leninismo. Su único punto de unión fue una doble ficción: la de ser unos liberales con distintas comprensiones sobre ese significante de la libertad, resumible solo gracias al significante del excepcionalismo, el de una unidad bajo Dios y bajo su dictador protector, el César que vaya, vea y venza.

Este debe ser un César, no un emperador, y menos aún un Calígula. Es así que la única esperanza nuestra, los no estadounidenses, para empezar a salir de la lógica geopolítica sola que domina el mundo, agravada desde el 3 de enero de 2026 y que neutraliza a los países sin Estados con armas nucleares, es que la política interna de allá rechace a Calígula. Parece que gran parte del Estado profundo y de los estadounidenses lo están haciendo. Son ya muy embravecidas las manifestaciones en su contra, de California a Michigan. Tienen mártires propios como la poeta Renee Nicole Good

También puede ser un consuelo extraño que Donald Trump tiene mucho en común con Adolf Hitler, pero que Estados Unidos no ha sido el Imperio Alemán, el Estado europeo más iliberal del siglo XIX o más contrario a Francia, salvo por la Rusia de los Zares que venía en decadencia. Alemania se volvió la principal potencia del mundo, y si no hubiera habido un Hitler, otro Mesías teutón hubiera aparecido. Puede ser una conclusión así demasiado teleológica, pero ayuda para hablar de algunas cosas. 

Aunque Estados Unidos puede ser el imperio del mal en muchos sentidos y para muchos pueblos, nuestra única esperanza es el antiestatismo de su gente, que ha sido también nuestra condenación desde 2016, con la derrota de la dama del poder duro contra Irak y Libia, y del poder suave del feminismo blanco, Hillary Clinton. Porque Trump es un pervertidor del liberalismo, un tipo de fascista que anima a grupos de choque a luchar, no por el pueblo, sino por su individualismo confundido con la impulsividad de la especie humana. "Yo primero". La esperanza es que va a llegar a ser insoportable que Calígula fortalezca al Estado como su caja chica, su abogado defensor unipersonal y su ejército particular. Que la diplomacia del mayor imperio de la Historia se base en los negocios de multimillonarios transhumanistas que quieren viajar a la Luna o en el extraño capricho de Calígula de recibir el mismo premio Nobel de la santa Teresa de Calcuta. 

E incluso si los estadounidenses abandonaran algún día su propia ficción liberal, común a los hippies y a los rednecks, quisieran ser China, no la Uganda de Idi Amin. Se le purgará a Trump de una vez y por todas. Ojalá antes de 2027.


Alejandro Massa Varela (1989) es poeta, ensayista y dramaturgo, además de historiador por formación. Entre sus obras se encuentra el libro El Ser Creado o Ejercicios sobre mística y hedonismo (Plaza y Valdés), prologado por el filósofo Mauricio Beuchot; el poemario El Aroma del dardo o Poemas para un shunga de la fantasía (Ediciones Camelot) y las obras de teatro Bastedad o ¿Quién llegó a devorar a Jacob? (2015) y El cuerpo del Sol o Diálogo para enamorar al Infierno (2018). Su poesía ha sido reconocida con varios premios en México, España, Uruguay y Finlandia. Actualmente se desempeña como director de la Asociación de Estudios Revolución y Serenidad.


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Canal de YouTube del autor: Asociación de Estudios Revolución y Serenidad


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