Es claro que Jesús de Nazaret no fundó una institución ni concibió una figura religiosa como el Papa de Roma y Jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano. Hablamos de un hombre que pudo verse como un profeta apocalíptico similar a Daniel, dentro de las claves del Judaísmo y la espiritualidad mediterránea del siglo I. Pero la Iglesia Católica no empezó en el siglo IV, una afirmación históricamente falsa, y puedo decirlo como historiador y filósofo laico, no como cristiano, anglicano, además, no romano.
Las doctrinas de Nicea, que es el concilio ecuménico convocado por el emperador Constantino, legalizador del Cristianismo y fundador del actual Estambul, año 326 de la era común, son comunes a las Iglesias evangélicas que insisten en que fue esta reunión el origen del Catolicismo. En Nicea se descartó como una herejía la doctrina del presbítero alejandrino Arrio, quedando establecido el dogma de la divinidad de Jesucristo o del Logos, su prexistencia e igualdad con el Padre, es decir, con Dios. No es verdad que saliera de ahí un canon de la Biblia ni la idea de la autoridad de los obispos ni el culto cristiano a las imágenes o a los santos, prácticas que ya existían por lo menos desde el siglo III, sino desde el II. Ni siquiera Roma fue importante en este concilio, sino los teólogos orientales de Asia Menor y Egipto. Su conclusión principal también es parte del Credo de ortodoxos, luteranos, anglicanos, reformados, metodistas y evangélicos.
El término "católico" probablemente lo usó por primera vez Ignacio de Antioquía, un mártir del Circo romano dos siglos más antiguo que la reunión en Nicea. Católico simplemente quiere decir "universal", y se refiere a que la Iglesia de Cristo no distingue género, etnia, cultura, lengua o condición social. Es la fe para el mundo entero, la Iglesia invisible de la que son parte las Iglesias formales históricas. No solo los romanos ocupan este término para su eclesiología, aunque sea de uso nominal para referirse a los cristianos bajo el Magisterio del Papa de Roma, existiendo también un papado africano en Alejandría. Las doctrinas católicas básicas de la Iglesia mayoritaria de tiempos de Constantino ya habían sido desarrolladas durante los tres siglos anteriores por distintos autores, incluidos Orígenes y Tertuliano, quienes no llegaron ni siquiera a ser canonizados.
La divinidad de Jesucristo es una creencia ya clara en el Evangelio de Juan, elaborado por una comunidad de tendencias paulinas a finales del siglo I. El propio Pablo de Tarso ya divinizaba al Nazareno de manera poco clara veinte años después de su Pasión. Esto desde claves que fueron proto trinitarias o proto arrianas.
Las doctrinas de la Iglesia de Roma no consideradas primitivas por muchos de sus críticos provienen de otras épocas y concilios. La defensa de la veneración de imágenes proviene del II Concilio de Nicea, que es del siglo VIII, cinco siglos posterior al primero, aunque ya se daba la veneración de iconos, muy rara a esculturas. La transubstanciación, la conversión total del pan y el vino eucarísticos en el cuerpo y la sangre de Jesucristo, fue sistematizada mayormente por Tomás de Aquino en base a la filosofía aristotélica y dogmatizada por primera vez en el IV Concilio de Letrán, que es del siglo XIII. La Inmaculada Concepción de María, su nacimiento sin pecado original, fue declarada dogma de fe por Pio IX hasta el siglo XIX, ya en la modernidad y después de la Reforma protestante. Y así muchas otras ideas romanas rechazadas por las demás Iglesias del Cristianismo.
Muchos evangélicos actuales piensan que tienen más en común con cristianos considerados herejes ya sea antes o poco después del Concilio de Nicea. Pero estos casos incluyen a los gnósticos, quienes veían a Jesús como un ser iluminado, al mundo y al cuerpo como una cárcel, y a las almas como luz del verdadero Dios, uno distinto del dios del Antiguo Testamento. También a los arrianos, quienes sostenían que Jesús era la primera creación del Padre, divina, pero no Dios. Una doctrina que comparten hoy en día los Testigos de Jehová. También a los donatistas, quienes creían que los cristianos arrepentidos de haber renegado de su fe no podían recibir ya perdón ni volver a la Iglesia. Y así muchos otros grupos sin mucha relación con los evangélicos actuales, quienes, de hecho, tienen más que ver con los católicos que con los cristianos tachados de herejes durante los tres siglos anteriores a la reunión de Constantino. Esta figura ni siquiera recibiría el bautismo si no hasta su lecho de muerte y, además, de manos de un arriano.
Alejandro Massa Varela (1989) es poeta, ensayista y dramaturgo, además de historiador por formación. Entre sus obras se encuentra el libro El Ser Creado o Ejercicios sobre mística y hedonismo (Plaza y Valdés), prologado por el filósofo Mauricio Beuchot; el poemario El Aroma del dardo o Poemas para un shunga de la fantasía (Ediciones Camelot) y las obras de teatro Bastedad o ¿Quién llegó a devorar a Jacob? (2015) y El cuerpo del Sol o Diálogo para enamorar al Infierno (2018). Su poesía ha sido reconocida con varios premios en México, España, Uruguay y Finlandia. Actualmente se desempeña como director de la Asociación de Estudios Revolución y Serenidad.