A cuatro meses del Mundial: obras, caos, dudas y tensión en la Ciudad de México

Faltan aproximadamente 120 días para que el Mundial de Futbol de la FIFA arranque y la Ciudad de México vuelva a colocarse bajo los reflectores. Pero lejos de la postal festiva, la imagen cotidiana es otra: calles intervenidas, estaciones cerradas, rutas alteradas y una sensación generalizada de que todo ocurre con prisa, como si la ciudad estuviera intentando llegar a tiempo a una cita que se anunció hace años, pero que apenas ahora se está preparando.

Las obras avanzan, sí, pero también avanzan las incomodidades. Y entre discursos oficiales sobre legado y modernización, la conversación pública se mueve en un terreno más ambiguo: entre el orgullo de ser sede y el desgaste de vivir una ciudad en constante ajuste.

El estadio: listo a medias, simbólico completo

El Estadio Azteca —histórico, cargado de memoria futbolera— atraviesa una remodelación que no promete un cierre definitivo antes del inicio del torneo. Algunas áreas estarán operativas, otras continuarán en obra incluso después de que termine el Mundial. No es un secreto, pero sí un dato incómodo.

La pregunta que se filtra en conversaciones, columnas y comentarios digitales no es si llegará a tiempo, sino cómo llegará: ¿como una transformación profunda o como un conjunto de soluciones funcionales para cumplir con el calendario? La presencia constante de maquinaria, zonas acordonadas y trabajos simultáneos refuerza la sensación de que el estadio, como la ciudad, estará en transición cuando el mundo lo mire.

El entorno urbano: modernización que se vive con fricción

Alrededor del estadio, el paisaje urbano ha cambiado rápidamente. Banquetas nuevas conviven con cierres provisionales; corredores peatonales prometidos se superponen con desvíos improvisados. El discurso institucional insiste en que no son obras pensadas solo para el evento, sino para corregir deudas históricas del sur de la ciudad.

Sin embargo, en la práctica cotidiana, la transformación no se vive como un “después”, sino como un presente incómodo. Comerciantes reubicados, vecinos adaptándose a nuevos flujos, trabajadores ajustando horarios. La ciudad se reconfigura mientras sigue funcionando, y no siempre de forma amable para quienes la habitan todos los días.

El Metro: donde la paciencia se agota

Si hay un espacio donde la tensión se vuelve tangible, es el transporte público. La intervención en la Línea 2 del Metro no solo modificó trayectos: modificó rutinas completas. Cierres parciales, trabajos nocturnos y estaciones fuera de servicio obligaron a miles de personas a redistribuir su tiempo, su dinero y su energía.

Más allá de la explicación técnica —necesaria, urgente, postergada durante años—, el malestar surge de otra pregunta: ¿por qué ahora?, ¿por qué fragmentar un sistema que arrastra fallas estructurales desde hace décadas? Para muchos usuarios, arreglar tramos aislados se siente como atender síntomas sin entrar al fondo del problema.

Y como si eso no fuera suficiente, el cierre de la estación Auditorio terminó por tensar uno de los puntos neurálgicos de la ciudad. Polanco, una de las zonas con mayor concentración de oficinas, quedó con menos opciones de acceso. Para quienes trabajan ahí, el impacto es claro: traslados más largos, más gasto diario y recorridos que se vuelven cada vez menos sostenibles. No es una molestia menor: es tiempo de vida perdido en el trayecto.

Millones invertidos, dudas persistentes

Las cifras oficiales hablan de inversiones millonarias en movilidad e infraestructura. El argumento es claro: estas obras no son un gasto, son una apuesta a largo plazo. Pero en la percepción social, esa promesa compite con una realidad más inmediata: cierres, retrasos y una ciudad que parece llegar siempre cansada al final del día.

La pregunta no es si hacía falta invertir —eso casi nadie lo discute—, sino por qué la urgencia aparece siempre ligada a un evento internacional y no a la vida cotidiana de quienes sostienen la ciudad todos los días.

El costo que no aparece en los renders

Hay otro nivel del debate que rara vez aparece en las imágenes oficiales: el de quienes viven alrededor de las obras. Comerciantes informales que ven caer sus ingresos, trabajadores que enfrentan reubicaciones inciertas, comunidades que observan cómo su entorno cambia sin que siempre haya claridad sobre su lugar en ese nuevo paisaje.

Aquí emerge una palabra incómoda: desplazamiento. No siempre explícito, no siempre inmediato, pero latente. La ciudad se ordena para verse mejor, y en ese proceso algunos cuerpos empiezan a estorbar.

Redes sociales: ironía, cansancio y memoria

En redes, el Mundial convive con el meme y la queja. Hay entusiasmo, sí, pero también una ironía constante: bromas sobre obras eternas, comentarios sobre estaciones “cerradas hasta nuevo aviso” y una resignación que se repite como eco.

No es solo molestia: es memoria urbana. La gente recuerda promesas anteriores, obras inconclusas, soluciones temporales que se volvieron permanentes. Y esa memoria hace que el optimismo sea, cuando mucho, prudente.

¿Llegará la ciudad lista?

Tal vez la respuesta más honesta sea esta: llegará en proceso. No como una obra terminada, sino como una ciudad que se adapta mientras avanza. El Mundial no encontrará una transformación cerrada, sino un corte temporal dentro de una obra más larga, más compleja y todavía inconclusa.

Entre la fiesta y la vida diaria

A tres meses del Mundial, la ciudad vive una paradoja: se prepara para ser vitrina global mientras exige a sus habitantes paciencia, tiempo y resiliencia. El evento promete legado, inversión y visibilidad, pero también deja al descubierto viejas preguntas sobre para quién se transforma la ciudad y a qué costo.

Quizá la verdadera discusión no sea si las obras estarán listas, sino qué quedará cuando las luces se apaguen, los visitantes se vayan y la ciudad vuelva a ser, otra vez, solo para quienes la recorren todos los días.


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Imagen de portada: El País 

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