«Sin piedad»: ¿qué pasaría si la inteligencia artificial se convirtiera en juez?

*** ADVERTENCIA: Este artículo contiene información concreta sobre la cinta «Sin piedad» (o «Mercy») del director Timur Bekmambetov, estrenada recientemente, y protagonizada por Chris Pratt y Rebecca Ferguson ***

En 2008, Timur Bekmambetov llevó a la gran pantalla una adaptación bastante libre de Wanted, una serie de cómics de Mark Millar. Protagonizada por James McAvoy y Angelina Jolie, la cinta se convirtió en uno de los títulos más populares del director. Lo curioso es que en aquel filme aparecía, en un papel bastante modesto, un joven Chris Pratt, muchos años antes de consolidarse como Star-Lord. 

Años después, Bekmambetov y Pratt vuelven a coincidir en Mercy —distribuida en México como Sin piedad—, una película que se inserta de lleno en una de las preguntas más inquietantes de nuestro tiempo: ¿qué pasaría si la inteligencia artificial se convirtiera en juez de los seres humanos? 

La cinta nos sitúa en 2029, donde Chris Raven (Pratt), un detective acusado de haber asesinado a su esposa, enfrenta un juicio atípico. Su destino no está en manos de un jurado ni de un juez de carne y hueso, sino de una inteligencia artificial llamada Jueza Maddox (Rebecca Ferguson). El veredicto debe llegar en 90 minutos. El tiempo corre y la verdad, como suele ocurrir, no es tan clara como los datos parecen indicar. 

Aunque su campaña promocional podría sugerir lo contrario, Mercy no apuesta por la acción, sino por el suspenso con tintes de ciencia ficción. La historia se construye a través del "screenlife", un recurso narrativo del cine contemporáneo que cuenta todo a través de pantallas, tan presentes en nuestra actualidad: mensajes instantáneos en teléfonos celulares, cámaras de seguridad, correos electrónicos, videollamadas y archivos digitales. Bekmambetov, de hecho, ha sido un gran impulsor de esta nueva narrativa y otras afines, como se puede ver en su película Profile, de 2018.

En Mercy, esta elección es sin duda coherente con el mundo que retrata, donde cada fragmento de la vida de los personajes queda registrado en algún dispositivo, por lo que puede ser usado como evidencia en cualquier momento que se le necesite. 

Con todo, el recurso también se convierte en un problema, pues esa misma elección narrativa termina jugando en contra de la cinta. Conocer al protagonista únicamente a través de grabaciones y registros digitales genera distancia emocional. Chris Raven no logra sentirse cercano; sus vínculos —con su esposa, su familia o sus amigos— aparecen resumidos, descritos, pero rara vez vividos. La consecuencia es clara: el desenlace pierde peso, porque la conexión nunca termina de construirse.

La Jueza Maddox, eje conceptual de la película, tampoco alcanza la profundidad que sugiere la premisa. La cinta insiste en un discurso sobre la necesidad de la empatía y la intuición humanas, incluso dentro de un sistema automatizado, pero nunca explica del todo cómo una inteligencia artificial puede —o no— acceder a esos matices.

El resultado es una figura que se queda a medio camino, lejos de convertirse en una IA memorable dentro del cine de ciencia ficción.

A esto se suma una sobrecarga visual constante: notificaciones, redes sociales, videos de vigilancia y pantallas que se superponen sin pausa. En lugar de enriquecer la narrativa, muchas veces distraen y fragmentan la experiencia, alejando al espectador en vez de sumergirlo en el conflicto. A diferencia de Searching (Aneesh Chaganty, 2018), donde cada elemento suma, en Mercy en cambio el exceso diluye la tensión.

En suma, aunque Sin piedad plantea una reflexión pertinente sobre la inteligencia artificial, la justicia y la vigilancia digital en la era contemporánea, su ejecución irregular y su débil construcción emocional hacen que la película termine siendo más interesante por las preguntas que lanza que por la historia que decide contar.


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Instagram del autor: @johny_zf


Imagen de portada: Especial

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