El pasado sábado 3 de enero el mundo despertó con una noticia impactante: las fuerzas Delta del ejército de Estados Unidos invadieron Venezuela para arrestar a Nicolás Maduro. Posteriormente, Trump ofreció una rueda de prensa, donde junto a su secretario de guerra, ofreció los pormenores de la operación. Distintos portavoces y líderes del mundo no tardaron en cuestionar el acto, calificándolo unos como un acto ilegal y otros como un secuestro.
Durante el transcurso de la semana pasada, el mandatario estadounidense continuó ofreciendo detalles tanto de la operación, como del futuro político y económico de Venezuela, los más destacables:
- un acuerdo para la entrega de 30 a 50 millones de barriles de petróleo en donde EEUU controlará el dinero producto de la venta
- y la alineación imperativa del gobierno encabezado por Delcy Rodriguez (hasta hace días vicepresidenta de la República Bolivariana) debiendo de acatar todas las instrucciones que se le envíen.
Sin embargo, entre las declaraciones ofrecidas por Trump ese fin de semana, dos de ellas encendieron las alertas:
Inmediatamente, en su conferencia mañanera del 5 de enero, la presidenta Claudia Sheinbaum desestimó el alcance de la declaración, argumentando que se mantiene una estrecha colaboración y una excelente relación y coordinación con las autoridades antidrogas de los Estados Unidos, por lo que desestima la probabilidad de un ataque en suelo mexicano.
Sin embargo, el jueves 08 de enero, en una entrevista a la cadena de derecha Fox News, el Republicano afirmó:
Dichas declaraciones tuvieron un efecto profundo en la sociedad mexicana, percibiéndola como una amenaza de intervención en suelo nacional, pues al ataque contra Venezuela, precedieron una serie de declaraciones similares, donde el mandatario estadounidense entretejió acusaciones de tráfico de droga con la necesidad de salvaguardar la seguridad nacional de los Estados Unidos.
A partir de ello, muchos se han preguntado qué tan factible es realmente una invasión de los Estados Unidos a México.
Para entenderlo, ofrecemos el análisis de seis claves que enmarcan los sucesos actuales:
1. Política exterior, abandono de la diplomacia
Maquiavelo dijo que las revueltas son una manifestación natural y potencialmente positiva del conflicto inherente a la República. En El príncipe, concretamente en la parte llamada “Consejos para evitar el odio del pueblo”, sostiene que el gobernante debe de saber administrar la crueldad y los favores.
Si entendemos a la diplomacia como la practica de gestionar las relaciones internacionales entre Estados y otros actores globales mediante el empleo del diálogo, la negociación y la cooperación, podemos concluir que la política exterior de Estados Unidos ya no se encuentra orientada hacia el empleo de la diplomacia.
En el contexto de la política exterior norteamericana, Trump ha planteado la necesidad de poner mano dura en las relaciones con la comunidad internacional, emprendiendo un reinicio al statu quo imperante, lo cual pudimos observar en su primer mandato con la crisis diplomática generada por la construcción del muro. En aquella ocasión acorraló al expresidente Peña Nieto para intentar comprometerlo a pagar por la construcción de un muro fronterizo que ayudara a detener la migración ilegal.
Posteriormente, la relación entre Trump y López Obrador estuvo marcada por las exigencias de despliegue de la Guardia Nacional mexicana a lo largo de la frontera para evitar el paso a los migrantes, lo que generó entendimiento entre ambos mandatarios.
En el primer año de su segundo mandato llegaría la imposición de aranceles a distintos países, el cual, nuevamente fue contenido por los esfuerzos de la administración de Claudia Sheinbaum.
Pero los aranceles, al ser una facultad exclusiva de la Cámara de Representantes del Congreso estadounidense, ha sido impugnado bajo el argumento de que Trump ha incurrido en una invasión de facultades exclusivas para el legislativo, por lo que la Suprema Corte de los Estados Unidos se encuentra próxima a pronunciarse sobre la posible ilegalidad de los mismos.
De ahí que el discurso de los aranceles parezca agotado, provocando la necesidad de trasladar la administración de la crueldad (internacional) de la que habla Maquiavelo a otros tópicos. Para ello ha formado la narrativa de que si bien en un principio el enemigo número uno de la Unión Americana era la inmigración ilegal, ahora lo es el tráfico de drogas. Esto aun y cuando un tercio de la población de aquel país consume regularmente alguna sustancia ilícita, según estimaciones de la SAMHSA del Departamento de Salud de EUA.
La táctica ya les funcionó en el pasado, cuando en identidad de circunstancias, un 3 de enero de 1989, Estados Unidos invadió Panamá para arrestar al dictador Manuel Antonio Noriega, quien sería sentenciado a 40 años de prisión, condena posteriormente reducida a 30 y que fue extraditado a Francia y a Panamá, donde falleció en 2017 a los 83 años.
Este giro de 180° en la conducción de la política exterior estadounidense rompe totalmente con los esfuerzos de construcción diplomática global de las últimas décadas, sustituyéndola por una política de cañonero cuya justificación descansa en el argumento de que “el mundo ha pasado mucho tiempo aprovechándose de la buena voluntad de Estados Unidos”.
Por otro lado, la embestida contra Dinamarca ha sido brutal, alimentando a los medios con declaraciones en el sentido de que Trump desea comprar la isla.
La orientación estratégica de Trump consiste en poner obstáculos a cualquier intento de ataque al territorio continental de los Estados Unidos. Desde 1940 Groenlandia demostró ser un enclave estratégico para el combate a submarinos enemigos, por lo que la considera fundamental como parte de su política de defensa.
Sin embargo, un lance de esas dimensiones es totalmente atípico en tiempos de paz, es decir la ausencia de conflictos entre potencias industriales. De ahí que el atrevido movimiento levanta sospechas y se presta a la especulación de dilucidar cual es el verdadero objetivo que persigue Donald Trump.
2. Apuntalar su imagen
Desde su estrepitosa bancarrota en 1992, Donald Trump aprendió a construir su imagen como una persona que no teme a la derrota. Dos casinos y el Hotel Plaza acumularon deudas cercanas al billón de dólares y aún así con paciencia y estrategia fiscal (es decir, evasión) logró levantarse. Esto formó en él una característica distintiva de su personalidad, la que le ayudaría a que un gran sector de la población se identifique con su figura, mostrándose como el hombre que desafía al establishment, una víctima del sistema que no deja de luchar y que puede llegar a ser “el hombre a cargo”. Sin temor a decir lo que piensa ni a herir a otros con sus acciones.
Es así que,su actividad como opositor de Obama lo catapultó a lo más alto del ideario de un gran sector de votantes norteamericanos, al mostrarse dispuesto a romper lo que se tenga que romper para reivindicar los valores del sueño americano.
Deseoso de apuntalar su imagen internacional, se empeña en constituirse como mediador en conflictos tales como el de Gaza-Israel y el de Rusia-Ucrania donde busca los reflectores que puedan ayudarle a construir la imagen de un líder que busca la paz, al menor coste político, claro está, pues al no ser un activista, su narrativa solo puede ser encuadrada dentro del paradigma de la “operación letal al menor coste de vidas”. Un ejemplo claro lo tenemos en el manejo de la operación contra Venezuela, que tuvo un coste de al menos cien fallecimientos contra la invasión a Panamá de 1989 donde se reportaron 23 soldados estadounidenses caídos en combate y entre 500 y 4,000 panameños muertos (conforme a cifras de la Asociación de Familiares de Caídos de Panamá).
Esta necesidad de apuntalar su imagen internacional incluso lo ha llevado a cabildear por medio de terceros, su candidatura para recibir el Premio Nobel de la Paz. Algunos analistas dicen que solo para emular y derrotar en su propio terreno a Barack Obama (Premio Nobel de la Paz 2009) mientras que otros se pronuncian en favor de una razón ulterior, reservada y manejada con total sigilo que aún no ha sido develada, un secreto que ha ocultado muy bien hasta ahora.
Si vis pacem, para bellum, escribió Flavio Vegecio. En la práctica encontramos que el esfuerzo que emplea un líder en presentarse como un hombre de paz es directamente proporcional a su deseo de adueñarse de algo por la fuerza.
3. La renegociación del T-MEC
George H. W. Bush (coloquialmente conocido como Bush padre) siempre quiso ser presidente. De algún modo lo traía en la sangre. Desde niño se formó en él un serio compromiso con los ejes rectores de su país: mantener la grandeza de los Estados Unidos. Y no es casualidad, su padre, Prescott Sheldon Bush, mucho antes de ser senador, estuvo a cargo de la gestión y administración de los acuerdos con contratistas de la defensa en el Departamento de Guerra. Tampoco debe de ignorarse que, años después fungió como parte de la Junta Directiva del Union Banking Corporation, entidad financiera de la familia Harriman, que fungían como intermediarios entre Wall Street y Fritz Thyssen, uno de los primeros y más importantes patrocinadores de Hitler, por lo que Roosevelt expropiaría sus activos en 1942 en el escándalo del Comercio de la Ley de Enemigos.
Esta etapa, si bien trágica para la familia, por la pérdida de gran parte de sus activos (los que no pudieron esconder con testaferros y paraísos fiscales de la época), le dejó grandes enseñanzas a Prescott —“la guerra siempre deja dinero, para quien tiene el coraje de recogerlo”— mismas que, posteriormente, transmitiría a su hijo y a su nieto (Bush padre, 41° presidente 1989-1993 y a Bush hijo, 43° presidente 2001-2009).
De vuelta a Bush padre, éste afianzó su carrera política en sus conexiones con la élite, forjadas desde la época universitaria en Yale, donde cinco generaciones Bush matricularon. Allí, como parte de la sociedad secreta “Calavera Huesos”, fue iniciado en los ritos y compromiso de trabajo silente y encubierto para la satisfacción de los intereses de la logia, dentro de los más altos estándares del nacionalismo norteamericano. Fue ungido con la confianza y lealtad de sus cofrades, lo cual, eventualmente, lo llevaría a dirigir la CIA en 1976 y a la vicepresidencia de la nación de 1981 a 1989.
Para cuando llegó a la presidencia, tenía grandes planes, sin embargo, se encontraba a la sombra de un gigante: Ronald Reagan, el actor de Hollywood que se volvió gobernador de California y que como presidente de los Estados Unidos puso el último clavo en el ataúd de la Unión Soviética. La tarea de superarlo se antojaba complicada, por no decir imposible. Dos exitosos mandatos republicanos tuvieron el efecto en muchos votantes de querer saber que hay más allá. Así, la composición del Congreso no le fue del todo favorable y tras el escándalo de Irán-Contra no encontró mucho apoyo a sus propuestas.
En concreto, Bush quería gestionar el fin de la Guerra Fría, pero bajo el enfoque de siempre buscar una nueva guerra en la que involucrarse junto con los socios de las petroleras, conexiones cortesía de su padre Prescott. Así fue como, después de la Guerra Iran-Irak, Sadam Huseín le dio el pretexto perfecto.
Desgastado y al borde del colapso económico por encontrarse sumergido en una larga guerra que duraría ocho años y que terminaría con la vida de medio millón de personas, Irak necesitaba financiamiento. El Emirato de Kuwait se constituyó como su principal aliado, ya que, ante todo, temía al severo pragmatismo del la Revolución Islámica que pregonaba el régimen de Teherán.Sin embargo, al acabar la guerra, Irak no podría cubrir el pago de las letras a Kuwait y en un arranque de desesperación, Sadam Hussein optó por invadirlo.
La respuesta no se hizo esperar. LA ONU condenó la invasión y el presidente Bush lideró una coalición de naciones para liberar lo campos petroleros, y de paso, al pueblo oprimido de Kuwait. El 15 de enero de 1991 expiraba el ultimátum a Sadam Hussein para retirarse del emirato, al no hacerlo, el día 16 de enero comenzaron a llover misiles tomahawk sobre Bagdad y otras posiciones militares desde barcos apostados en el Golfo Pérsico.
Para finales de febrero, la guerra había terminado. Lo poco que se había podido reconstruir Irak, yacía nuevamente destruido. Bush padre quería seguir adelante, con una invasión total, pero había dos problemas: el escándalo de Irán-Contra, estaba muy reciente, lo cual le dificultó el apoyo y financiamiento de las otras ramas del gobierno y la logística de las petroleras texanas no se encontraba lista para operar en Irak. El riesgo era alto. Pero no de índole militar, sino económica, y es que en caso de presentarse retrasos por culpa de la falta de infraestructura y logística de sus socios petroleros, en el menor de los casos podía causar resquemor en la comunidad internacional. En el peor, podrían ocasionar un embargo petrolero como el ejecutado en 1973 por la OPEP, con la consecuente caída del abastecimiento, generando escasez y escalada de precios de los energéticos. Una nueva crisis económica y el derrumbe de sus sueños de un segundo mandato.
El plan petrolero tenía que esperar. Le encargó a su hijo materializarlo diez años después. Entonces, obtuvo consejo en el sentido de lanzar un ambicioso programa comercial que tendría un beneficio efecto al incentivar la balanza comercial con el extranjero (Estados Unidos siempre ha comprado más de lo que vende) y alejar su economía de la dependencia del petróleo. En un esfuerzo de cabildeo con el Congreso y con la plutocracia financiera obtuvo permiso.
El plan fue bautizado como el “Trade Promotion Authority”, pero fue conocido como “el Fast Track”, y consistía en la celebración de tratados y acuerdos para la eliminación de barreras arancelarias con socios estratégicos que establecieran zonas de influencia mercantil y corredores comerciales que permitieran abaratar los costos en beneficio del consumidor final. Es decir, menos impuestos a cambio de más mercado en donde desplazar la oferta de productos y servicios. Eso sí, venía aparejado a una condición: la ratificación del Congreso estadounidense solo sería concedida si todos los acuerdos y tratados eran presentados simultáneamente. En consecuencia, su administración sería la responsable de cabildear con los estados extranjeros para que fueran aprobados como ley vigente en sus respectivos territorios antes de ir a votación al Capitolio.
En México, la noticia no pudo venir en mejor momento. Carlos Salinas de Gortari había asumido como presidente tras sustituir a su mentor Miguel de la Madrid. El país se encontraba en crisis después de apenas mantenerse a flote tras la hiperinflación desatada en el evento conocido como “Crisis de la Deuda Externa”, herencia de los no malos, sino pésimos manejos del populista expresidente José López Portillo ocasionados por la contratación masiva de deuda acompañada de la bajada en los ingresos petroleros que eran, prácticamente la única fuente de financiamiento real del gobierno mexicano.
La oportunidad era única. Permitiría reducir la dependencia petrolera, migrando el enfoque de la economía mexicana hacia la manufactura, que permitía la recaudación de impuestos y poder hacer frente al pago de la tan temida deuda externa que para entonces era del orden de los 100 billones de dólares. La trampa era un complemento del Plan Brady emprendido por el Departamento del Tesoro para volver a los países deudores y emergentes en satélites subordinados a la economía norteamericana. Tuvo tremendo éxito.
Así pues, Bush padre pudo ejecutar la mayoría de su plan con éxito, aunque con algunos descalabros como la cancelación de última hora del ALCA. México consiguió asirse a toda la ayuda y rescate financiero estadounidense, logrando salvar la economía hasta tiempos de Ernesto Zedillo. A cambio tuvo que ayudar a enriquecerse a diversos sectores norteamericanos a través de la devaluación del peso y de la eliminación de tres ceros en la denominación del curso legal (moneda).
México fue incluido en el acuerdo comercial TLCAN en diciembre de 1992 para fungir como pivote de manufactura a los Estados Unidos así como para colocación de deuda para financiar el pago de capital e intereses de la “época dorada” de López Portillo. Así, el intercambio mercantil constituyó la base de la nueva economía mexicana. Cada vez llegaron más productos y servicios a territorio nacional, alcanzando el máximo grado de cooperación durante la pandemia de COVID-19, cuando podías realizar una compra en línea a Nueva York y recibirla en Ciudad de México en menos de 7 días.
Como parte de su plataforma de campaña, Donald Trump acusó a México de tomar ventaja y haber aprendido a “sacarle la vuelta” a Estados Unidos a través del TLCAN. Denunció el tratado y ordenó ponerle fin al mismo, abordando una reestructura de obligaciones en una nueva estructura llamada T-MEC que, a diferencia de su antecesor permite a las partes dirimir sus controversias en paneles de expertos independientes que resuelven disputas en una suerte de arbitraje en amigable composición.
Pero, hábil negociador, el estadounidense impuso que el T-MEC se enfrentara a una revisión preliminar de resultados en julio de 2026, que decidirá si el tratado continua durante 16 años más o si bien se somete a revisiones anuales. Revisiones anuales, es decir, que, cada año, los Estado Unidos tendría el poder para acorralar a México a aceptar concesiones a cambio de no destruir se economía. Esto supondría pasar por un proceso anual como el vivido a mediados de los años noventa, en donde a cambio de crecimiento y estabilidad, tuvimos que suscribir una deuda inmensa y conceder la perdida de valor de la moneda para mayor beneficio de los norteamericanos en los intercambios comerciales verificados entre ambos países.
Para ponerlo en términos más simples, el fenómeno de gentrificación que observamos, es una consecuencia directa de que el peso valga 18 veces menos que el dólar. Los extranjeros han descubierto el encanto de la vida en México (“everybody should come to Mexico its big way cheaper”, dijo una influencer norteamericana en transmisión en vivo en 2023) y encontrarnos sometidos a una revisión anual del mecanismo que permite obtener el 55 % del PIB muy seguramente nos arrojaría a experimentar peores condiciones respecto de fenómenos como la gentrificación y todos aquellos relativos a la conversión de dólares para la adquisición de bienes en México.
México no puede permitirse ni la cancelación del T-MEC ni su revisión anual. De ahí que Trump, al conocer esto, hace uso de las herramientas de negociación de manual, mismas que fueron usadas por la administración Bush para sentar las bases del TLCAN y la nueva deuda mexicana, pero en un tono diametralmente opuesto. Esto es, usar la principal debilidad en la que ha incurrido el Estado Mexicano, la seguridad pública, como argumento en contra para reclamar concesiones extraordinarias a las meramente concernientes al ámbito comercial del T-MEC.
El tema es muy delicado. El combate a los cárteles de la droga tiene muchas aristas y todas las administraciones mexicanas han fallado en resolverlo. Sin embargo, la relación bilateral entre los Estados Unidos y México es demasiado compleja como para permitirse invadir a su principal socio comercial. Sin embargo, la advertencia podría llegar a traducirse en ataques teledirigidos en contra de objetivos que por alguna razón México ha sido incapaz de neutralizar. Esto por supuesto supondría una crisis diplomática para la administración de la presidenta Sheinbaum, pero la posibilidad de una invasión es remota y lejana.
4. Elecciones de medio término
Las elecciones intermedias se celebran justo a la mitad del mandato de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. En ellas, los votantes eligen a un tercio de la Camara de Senadores así como a toda la Camara de Representantes. El mecanismo constitucional está diseñado para servir como punto de inflexión a la administración del Poder Ejecutivo. Si el presidente ha hecho un buen trabajo, podrá contar con el apoyo de los legisladores de su partido, en caso contrario, la oposición dificultará lo que resta de su administración.
El 7 de enero, el periodista Jesús Esquivel reportó que, desde un retiro de legisladores celebrado en el Kennedy Center, el mandatario estadounidense abordó durante más de una su preocupación por el rumbo que pudieran marcar las elecciones de noviembre, advirtiendo sobre un posible proceso de destitución si es que los demócratas alcanzan la mayoría en el Congreso.
Dicha advertencia es un tanto incierta pues si bien, el magnate inmobiliario no goza de la simpatía del sector demócrata de la política norteamericana, es de notar que la administración de Joe Biden no pudo sostener acusación alguna en su contra que lo llevara a prisión. Vamos, ni siquiera pudieron evitar que se presentara a las elecciones presidenciales de 2024 que Trump ganó con un 49.8 % de los votos.
Es así que, al ataque a Venezuela y la política exterior emprendida tienen el efecto de encender la mecha en el electorado estadounidense que, fiel a la tradición macartista, ve como una obligación de los Estados Unidos el contener y combatir al comunismo y doctrinas de corte similar que hayan anidado en distintas latitudes. Ejemplos sobran como el ataque contra las instalaciones nucleares de Fordow en Irán, o el bombardeo a Plateau en Nigeria, así como las redadas aéreas contra los hutíes de Yemen, en el marco del conflicto del Estrecho de Ormuz. Todo con la doble finalidad de apuntalar los intereses económicos estratégicos y de llevar votos a su favor en las urnas.
De esta forma, podemos concluir que el llamado al respaldo si tiene la intención de hacerse con la mayoría del colegiatura legislativa de su país, pero no por la necesidad de sobrevivir a un proceso de impeachment sino a alguna otra razón, algo más ambicioso que aún no ha sido revelado.
De ahí que, nuevamente podemos encontrar indicios de que las advertencias de invasión a México solo tienen la intención de alentar a su electorado y que de verificarse una acción militar, no superaría ni en daños ni en despliegue a la vista en Venezuela.
5. La guerra con China
“Fue el ascenso de Atenas y el temor que esto infundió en Esparta lo que hizo inevitable la guerra”
–Graham T. Allison, «La trampa de Tucídides»
China quedó devastada después de las Guerras del Opio, cuando a mediados del Siglo XIX las potencias occidentales lideradas por el Imperio Británico tomaron y después arrasaron Cantón, capturaron Pekín y a continuación saquearon el Palacio de Verano, terminando por financiar una rebelión (Taiping) que se cobró un estimado de entre 20 y 30 millones de vidas.
El camino para China fue arduo y solo logró estabilidad después de la Revolución de 1949 y el final de la Revolución Cultural en 1979, que tuvo efectos devastadores en la sociedad, cobrándose un estimado de 20 millones de vidas. La Reforma Económica China emprendida desde inicios de los ochentas lograron el milagro, materializando la industrialización a través de una serie de privatizaciones y llegando a colocar a China como la planta de manufactura global por excelencia, con costes bajísimos que hicieron que las marcas occidentales mudaran sus plantas de producción al gigante asiático lo cual se tradujo en increíbles resultados para las juntas directivas y enormes beneficios para sus accionistas al vender al mismo precio mercancía que costaba menos dinero producir en China que en plantas de Estados Unidos o Europa. Esta estrategia marcó el éxito de Apple Computer, así como de Nike y muchas otras marcas.
Pero todo venía con un alto precio a pagar para Occidente, y es que para desarrollar sus operaciones, las factorías extranjeras debían de realizar un proceso conocido como transferencia de tecnología, lo cual dotó a China, de un día para otro, de una gran cantidad de conocimiento en procesos y técnica que junto con su constante empuje, desarrollo en campos del conocimiento y estrategia económica, le han ubicada la vanguardia del crecimiento sostenido del Producto Interno Bruto por décadas, con el consiguiente aseguramiento de su lugar como potencia global que ello implica.
Sin embargo, los recursos son limitados, las potencias lo saben y por ende, la defensa de sus áreas de influencia se ha convertido en un eje primordial de la conducción de su política exterior. En dicho orden de ideas, dos temas pueden describir la tensión de la relación entre China y los Estados Unidos.
El primero, al final de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos tomaron el control de Japón, sustituyendo la totalidad de su gobierno secular por uno plenamente alineado con las políticas estadounidenses y de la OTAN. Mientras que China, tras el suplicio recibido por parte del Ejercito Imperial Japonés, terminó bajo la esfera de influencia de la URSS.
El segundo, Taiwan. Que, como último reducto de la República China fundada tras la Revolución Xinhai de 1911, que sustituyó a la dinastía Qing, terminó por asentar su gobierno en la antigua Isla de Formosa después de una serie de traslados de sede en un gobierno itinerante que pasó por varias provincias, hasta que por medio de una triquiñuela legal, la República China fue respaldada por los Estados Unidos para asentarse definitivamente en lo que hoy conocemos como Taiwan.
Como parte del apoyo recibido, la isla se constituyó como importante sede de manufactura de electrónicos y microprocesadores de mejor calidad que los producidos en la China continental.
Toda vez que la conquista de la isla y disolución formal de la República China por el régimen de Mao Tse-Tung fue frenada en seco por Estados Unidos, los chinos (República Popular China) se tuvieron que conformar con nombrarla como una región administrativa especial parte de su territorio nacional que si bien les pertenece, no gobiernan.
Es por ello que China considera que a la anexión de Taiwan como un paso vital en el desarrollo de su política exterior, pues a pesar de tratarse de una mera disputa territorial, le serviría para confirmar su poderío e iniciar su hegemonía como foco de influencia tanto en la región del Pacífico, como en el mundo multipolar.
La Guerra con China es un fenómeno que académicos y políticos estadounidenses han venido vaticinando desde principios de los años noventa. Richard Bernstein y Ross Munro desarrollaron la idea de un choque predecible en 1997, después de una intentona de China que terminó con el despliegue de dos portaaviones estadounidenses en el Estrecho de Taiwan.
Con la esperanza no de contener, sino de retrasar el conflicto, se desarrolló la estrategia del engagement, bajo la perspectiva de que la integración de China al sistema global evitaría una confrontación directa. Así, Bill Clinton defendió la entrada de China en la Organización Mundial de Comercio y Barack Obama impulsó el programa “Pivote a Asia” como una estrategia para equilibrar fuerzas y apoyo internacional hacia el Asia-Pacifico para contrarrestar la influencia china.
Pero, el mismo sistema de integración a la economía global fracasó con Rusia, como quedó probado cuando se anexionó Crimea, así como cuando dio inicio a la invasión de Ucrania. En consecuencia, la percepción actual es que el conflicto es inminente y que su casus belli será un ataque directo a Taiwan por parte de China.
La guerra siempre ha sido trágica. Pero, la realidad es que, el mundo no ha visto una guerra entre potencias industriales desde 1945. Todas las que se han librado desde entonces, han sido en asimetría. Pero la guerra a parte de dolor, reporta un beneficio político y económico en términos de geo estrategia. Dicha lección fue bien aprendida por el complejo industrial-militar estadounidense. Su involucramiento en la Segunda Guerra Mundial colocó a los Estados Unidos como potencia indiscutible. Su moneda se comenzó a usar en las transacciones a nivel global y su política económica se desplegó por todo el orbe. Es por ello que, una guerra fuera de casa se les presenta como un mal que están dispuestos a considerar.
Una guerra moderna entre potencias industriales puede llegar a cobrarse cientos de millones vidas aunque no se emplearan armas nucleares. Sin embargo entrar de lleno a ella requiere de liderazgos fuertes y consolidados en ambos lados. Por parte de China, Xi Jinping ha apuntalado su poder al eliminar todo viso de posible oposición al interior del Partido Comunista, manteniéndose en el poder ininterrumpidamente desde el finales de 2012.
Del otro lado del océano, en los Estados Unidos, el panorama era incierto, al menos hasta hace poco…
6. El camino a la reelección
La mañana del 6 de enero de 2021 el mundo conmocionó con la noticia del evento que ahora conocemos como "el asalto al Capitolio". Las imágenes que circularon parecían salidas de esa serie de películas de La noche de la expiación, donde una vez al año, los ciudadanos se atavían de manera extraña para salir a purgar a la población que se encuentra en situación de desventaja.
Milicias que cargaban con la bandera confederada, así como hombres de gorra roja y barba eran guiados por otro que llevaba el torso pintado y desnudo, con un caso con cuernos y cubierta de piel que le llegaba hasta los hombros, enarbolando la bandera de la barra y las estrellas, alimentando toda clase de teorías de la conspiración, así como el ideario del declive del poder norteamericano.
Habían transcurrido dos meses desde que Donald Trump perdió las elecciones presidenciales de 2020 contra Joe Biden. A pesar de una diferencia de 7 millones de votos, los partisanos clamaban fraude ¿te suena?. El día de la inauguración, que es la toma de protesta del nuevo presidente, estaba cerca y Trump, como presidente saliente, tenía la intención de hacerse con el mayor capital político antes de entregar el poder, por lo que, para mantener viva la narrativa de la lucha por volver a America grande otra vez, congregó a una multitud para oír un discurso en El Elipse de Washington, Distrito de Columbia.
Las arengas, el clamor y el tono elevado de los oradores tuvieron un efecto inesperado. El mitin se salió de control y una turba arremetió contra el edificio del Capitolio, para exigir claridad en el conteo de votos. alegaban fraude electoral. En un evento que sería calificado como un intento de auto golpe de estado. (Trump entregaría el poder hasta el día 20 de enero). Trump hizo un llamamiento a la paz, legitimando las acciones de las fuerzas del orden, sin embargo, el evento le causó honda impresión, mostrándole que, al igual que como ocurrió con su carrera empresarial, donde pasó de magnate inmobiliario, a estrella de televisión y de ahí a miembro del elenco de la WWE; era posible reinventarse una vez más. Dejar de lado la tibieza de la conducción de la política interna y externa norteamericana, forzar los límites e ir más allá.
No es coincidencia, los elementos antes analizados convergen en una misma trayectoria. Cuando Cayo Julio César, antes de las Guerras de las Galias y la Guerra Civil se desempeñaba como abogado en la ciudad eterna, fue elegido como edil curul, quedando a cargo de la organización de los juegos en el Circo Máximo. Rápidamente comprendió que el éxito o bien, el descalabro de su brillante carrera dependían de la percepción que de su persona consiguiera formar en los romanos. En la identificación con su ideario, en su capacidad para lograr hacer lugar a sus posicionamientos personales entre la madeja de la idiosincracia del pueblo.
Es así que, con su propio dinero financió obras para desviar el curso del Río Tíber para poder inundar el Circo y presentar una batalla naval (naumaquia). El público enloqueció y su popularidad se disparó. Terminó terriblemente endeudado, lo cual lo impulsó a enrolarse en numerosas campañas militares en búsqueda del botín necesario para sanear sus finanzas, pero jamás olvidó participar al pueblo de sus éxitos y conquistas, regalando oro y dispensas; jugando con la administración de los símbolos sagrados, como cuando rechazó la corona de laurel entrelazada con la cintilla de la diadema real que Marco Antonio puso sobre su cabeza, quintándosela y arrojándola a la multitud.
Los actos de César reunieron los poderes que la República había repartido entre magistrados y senadores en un solo hombre. Su legado sería usado por Octavio para comenzar un bullicioso periodo de esplendor que llevaría a Roma a su máxima extensión territorial, riquezas y corrupción, hasta que desapareció.
En el nacimiento de los Estados Unidos, si bien su constitución preveía mandatos presidenciales de 4 años, no limitó el número de veces que una persona podía ocupar el puesto. El ejemplo fue puesto por el primer presidente. Washington recibió dos veces el 100% de votos del colegio electoral en 1789 y en 1792. Administró bien y delegó funciones, logrando que el nuevo gobierno trabajara con eficiencia. Enfrentó la rebelión del whiskey de 1794 y en 1796 redactó junto a Hamilton el Discurso de Despedida, en el cual enfatizó la necesidad de conservar la unión nacional y la importancia de respetar el estado de derecho. Posteriormente, se retiró de la presidencia y no se presentó a las siguientes elecciones, marcando así un precedente que sería seguido por los siguientes presidentes hasta Franklin D. Roosevelt, quien hizo 3 mandatos presidenciales: (1933-1947,1937-1941, 1941-1945). Ganó las elecciones para un cuarto mandato de 1945 a 1949, del cual tomó posesión en enero, pero moriría de hemorragia cerebral en abril del 45.
Derivado de ello, en 1947 el Congreso de los Estados Unidos emitió la 22a enmienda, que entró en vigor en 1951 y limita actualmente a solo dos periodos y un máximo de 10 años (bajo circunstancias especiales) el mandato presidencial de una persona.
No obstante, un político hábil puede lograr la derogación de una enmienda constitucional. Ya sucedió en 1933 cuando la 21° enmienda derogó a la 18° terminando con la prohibición de fabricación, transporte y venta de bebidas alcohólicas. Pero ¿Que requisitos tendría que reunir dicho político?
Capital político
Debe de contar con el capital político suficiente para lograr la propuesta de enmienda al interior del Congreso, de manera que pueda persuadir a a una sección sino es que a toda su bancada de seguir su plan, ya que, de llegar a fallar, el legislador que presente la propuesta se enfrenta a la ruina de su carrera política.
Una imagen fuerte
Que le sirva como muestra del apoyo del electorado con la intención de obtener el favor de dos terceras partes del Congreso, tanto en la Cámara de Representantes, como en la Cámara de Senadores.
Una posición estratégica de control sobre la Suprema Corte
Que le permita llevar a buen cauce la ratificación de 3/4 de las legislaturas locales de los estados de la Unión Americana.
El control de la opinión de la comunidad internacional
Un movimiento de gran calado en el país más poderoso de occidente si no bien requiere de la aprobación de la comunidad internacional, al menos si de su consenso. Normalmente un apoyo así se negocia a cambio de concesiones, sin embargo en el presente caso, Trump podría pretender emplear una amenaza velada o bien vender caro el amor con sus aliados de la OTAN para conseguir que no se opongan a la modificación constitucional.
Por lo general, las prohibiciones a la reelección emanan de procesos políticos convulsos y violentos, como el caso de México en donde se peleo una Revolución cuyo lema centra “sufragio efectivo, no reelección” arrancó en 1910 y no terminó sino hasta 1940 cuando Lázaro Cardenas logró aplanar el camino a la transición pacifica del poder. De tal forma que el escenario de lograr la legalización de la reelección en los Estados Unidos por un periodo mayor a dos términos se antoja posible sin las consecuencias funestas que ha tenido en otros lugares.
Conclusión
El mundo está cambiando. El recuerdo de los horrores de la segunda guerra mundial ya no permea en el alma y en el ánimo de los líderes mundiales como lo hacía antes, de tal forma que sienten la necesidad de reescribir las directrices principales que durante décadas han sostenido el balance del orden mundial. Una potencia industrial quiere reclamar su lugar, mientras que la hegemónica pretende impedírselo. Los Estados Unidos necesitan un líder fuerte que los guíe, a la vez que el líder requiere razones para extenderse. La Guerra contra el terror ya no sirve para justificarlo. Su mejor oportunidad, es generar una crisis de la cual pueda revelarse como el líder fuerte, el hombre paz, el único que puede salvar a los Estados Unidos.