¿Todo tiempo pasado fue mejor? Al parecer, las generaciones siempre tienen un sentimiento de nostalgia por aquellas épocas en las que no vivieron. El Diccionario de las penas oscuras lo define como «anemoia», un anhelo por tiempos idealizados, inspirados por fotos, música o historias, que se siente emocionalmente cercano a pesar de ser ajeno.
Lo vemos en el transporte, en las reuniones, en la calle, el trabajo, las escuelas… La generación Z, comprendida por aquellas personas que nacieron entre 1997 y el 2012 han adoptado varias formas para interactuar con el mundo así como otras generaciones –como los Millennial– la conocieron.
Los AirPods quedaron atrás, lo de hoy es utilizar audífonos alámbricos. ¿Las fotografías con el teléfono? Adiós. Mejor una cámara y entrenar el ojo para capturar mejores instantáneas. Las notas escritas en las aplicación del móvil podrán sustituirse por lo que siempre se tuvo a la mano: pluma y libreta. ¿Qué hay más íntimo que eso? Es como el regreso de los Diarios.
Plataformas de música que son “personalizables” –y por lo mismo controladas por algoritmos– quedarán atrás y volverán los vinilos, los CD y quién sabe, tal vez hasta los cassettes. Lo mismo con los libros; la lectura cobrará una mayor importancia y te acercará más a la historia con el sonido de las páginas al pasar y el olor al hojearlos.
Pero, ¿por qué ocurre esto? Estudios como el de GWI, ¿Cómo impulsan la nostalgia la Generación Z y los Millennials?, han demostrado que el 37% de la generación Z dice sentir nostalgia por los años 90. Pero hay algo más de fondo. En el reporte “Una espalda de doble filo: Cómo las diversas comunidades de jóvenes piensan sobre la multifacética relación entre las redes sociales y la salud mental”, casi la mitad de los jóvenes encuestados (46%) de entre 14 y 22 años, asegura que el uso de las redes sociales les quita tiempo para otras actividades, y que, por lo mismo han reducido su capacidad de atención.
¿Qué? ¿Entonces la generación nativa digital… ya se cansó de lo digital?
La nostalgia funciona aquí como un refugio simbólico, pues no es tanto el deseo de volver a un tiempo específico, sino la necesidad de recuperar experiencias más lentas, tangibles y significativas. En medio de una sarta de notificaciones y métricas, la Generación Z parece ensayar formas de reapropiarse de su atención y de su intimidad, incluso si para hacerlo mira hacia objetos, prácticas y rituales que pertenecen a otros momentos.
Ahora bien, alejarse parcialmente de lo digital no implica rechazar la tecnología, sino cuestionar el lugar que ocupa en la vida cotidiana. La anemoia, entonces, se convierte en una herramienta muy útil para imaginar alternativas. Sin embargo, esto no es propio de los también llamados Centennials, sino de la juventud que encuentra en el pasado una alternativa ante un futuro saturado y poco esperanzador.
Quizá no todo tiempo pasado fue mejor, pero en el intento por reconstruirlo, la Generación Z está formulando una pregunta clave para el presente: ¿cómo habitar lo digital sin perderse en él?