Con excepción de nuestra habilidad para diferenciar tonos y colores (el escarlata del rojo, del vino, del bermellón…), las cosas más difíciles de describir son aquellas que apelan a los sentidos. Los sabores, por ejemplo, siempre están en los lindes de varias cosas distintas y sólo se pueden describir en relación a otras cosas (“Sabe parecido a…”, “Sabe un poco a esto y un poco a aquello”). Lo mismo pasa con los olores, quizá aún más exagerado, porque tienen que ver mucho con la memoria personal de cada individuo (“Ese perfume me recuerda a…”). Los lingüistas Asifa Majid y Niclas Burenhult se han dedicado a estudiar si este es el caso en todos los idiomas, y descubrieron que al menos en el lenguaje jahai, hablado por algunos grupos de Malasia, las cosas son distintas.
Al parecer en jahai los nombres para los olores son mucho más precisos que aquellos usados en español o en inglés (como “ahumado”, “dulce”, “boscoso”). Para ahondar en ello, los lingüistas condujeron una serie de experimentos. Reunieron un grupo de diez hablantes nativos de jahai y uno equivalente de hablantes nativos de inglés. Todos los participantes olfatearon una serie de pruebas de olor y luego se les pidió que nombraran cada uno lo más precisamente que pudieran.
Aunque los voluntarios tendieron a describir cada olor en sus propias palabras, rápidamente sobresalieron los hablantes de jahai, quienes pudieron describir colores y olores con la misma precisión. Algunos términos para describir olores en jahai fueron: cŋεs, “el olor del petróleo, el humo y las heces de murciélago”, itpɨt, “el olor de la fruta de durián, madera de Aquillaria y manturón”, pʔus, “un olor mohoso como a casa vieja, hongos y alimento rancio” y plʔεŋ, “un olor a sangre que atrae a los tigres”. Mientras tanto los hablantes de inglés tendieron a depender de términos más amplios como “pinos”, “dulce”, “viejo”. Los resultados fueron publicados en el diario Cognition.
Los debates en torno a qué tanto el lenguaje esculpe el pensamiento humano han sido largos y tendidos desde 1930. Heidegger decía que nombrar es esencial; que nombrar es abrir la existencia al ser originario y que el lenguaje es la “casa del Ser”. El lingüista Lee Whorf aseguraba que sólo podemos pensar en conceptos que podemos nombrar. La ciencia ha demostrado, por ejemplo, que los hablantes de ruso pueden distinguir más tonos sutiles de azul que los hablantes de inglés, porque tienen más palabras para describir esos tonos.
Incluso si el lenguaje no necesariamente restringe los conceptos que somos capaces de pensar (ya que las palabras no son las cosas), cabe considerar que si nombramos las cosas les conferimos existencia. Antes de ello quizá esas cosas están allí como fantasmas. Olores fantasma, sabores fantasma, colores fantasma. Tomarse el tiempo de discernir y de reconocer las sutiles diferencias entre un olor y otro, y de describirlas en palabras podría ampliar nuestra percepción del mundo.