Pero esta historia de los Marx es solo el preámbulo para referir el verdadero asunto de esta nota, que involucra a uno de los dos descubridores —o que se les tiene por tales— de la estructura tridimensional del ADN: Francis Crick. No porque se le regatee a Crick su participación en el descubrimiento, sino porque el consabido dibujo de la hélice genética fue obra —también en este caso— de su esposa, Odile, cuyos trazos recogieron a la perfección la ideas y las descripciones de Francis, yendo a parar tanto al número de Nature en el que se dio a conocer el suceso (en 1953), como a las mentes de quienes tenemos tan hipnótica escalera, casi escheriana, bien grabada en nuestras impresiones. Este es el dibujo original de Odile:
Es cierto, como se dice que dijo Newton aludiendo a Galileo y Kepler, que quienes ven más lejos que los demás pueden hacerlo porque están parados en hombros de gigantes. La creación o los descubrimientos, sin importar en qué disciplina se realicen, son siempre una rara especie de obras colectivas, sedimento de tradiciones que alguien —a veces de indudable inteligencia, en otras por afortunado oportunismo— sabe recoger y mostrar como una obra novedosa e inédita.
Sin embargo, más allá de invitarnos a reflexionar sobre el concepto de autor y autoridad, estos dos ejemplos también nos sugieren algo que tal vez parezca menos apropiado para la elucubración teórica, una cuestión de equidad elemental que haga de las páginas de la historia espacios más justos. Si ponemos atención, algo tienen en común todos esos personajes marginados de la celebridad y las letras de oro, cuyas aportaciones son objeto de discusiones y debates y solo recientemente se les restituye su valor. Si nos damos cuenta veremos que Odile, Rosalind, Jenny y Laura son todas mujeres.
[HiLobrow]