Auxilio para las Humanidades

A las muchas crisis que amenazan este mundo hay que añadir una más o menos reciente y aparentemente menos importante: la crisis de las humanidades.

Dicen que las humanidades se encuentran amenazadas, que las quieren achicar y quizá hasta desaparecer. Dicen que no sirven para nada, que su tiempo se ha agotado. Que tal vez, hace años, o siglos, tuvo alguna utilidad estudiar a Byron, al Greco, a Stravinski, las leyendas populares, los mitos, los refranes, las lenguas extranjeras y las vivas y las muertas y tantas otras fruslerías que, dicen, ahora a nadie interesan.

Eso consignan, entre otros, Heriberto Yépez y Terry Eagleton (aquí y aquí y aquí). Sin suscribirlo.

Todo esto se ha revelado —casi de golpe, casi a gritos y entre manifestaciones estudiantiles como las ocurridas en varias ciudades europeas durante las últimas semanas de 2010— sobre todo por causa de la crisis financiera en la que se mantiene el mundo desde hace dos o tres años, ese sobresalto del que el modelo económico imperante todavía no se repone. Del dinero que se destina a las universidades, cada vez se le asigna menos a los departamentos de historia, de filosofía, de literatura. Al menos esa parece la tendencia en el primer mundo. Y no por revancha, porque sean disciplinas críticas, incómodas para el poder: según hace ver Eagleton, “desde Margaret Thatcher, la academia ha contribuido a mantener el statu quo, ha dejado de desafiarlo en nombre de la justicia, la tradición, la imaginación, el bien común, la libertad de pensamiento o por la posibilidad de un mundo diferente”. Michel Onfray, provocativo, no opina lo contrario: «Las universidades son lugares de reproducción social, de duplicación ideológica: nada inteligente ha salido nunca de allí.»

Pero esa no parecer ser la razón principal que esgrimen quienes conceden poca o ninguna importancia al destino de la historia, la filosofía, la literatura tal y como se enseñan y se estudian al interior de los recintos universitarios. Para ellos la preocupación fundamental es que son inútiles, que su impacto, si lo tienen, es ínfimo en el desarrollo de la sociedad. Utilidad que se mide según determinados criterios, similares a los que se aplican a un descubrimiento científico o una mejora tecnológica, sin reparar demasiado en la naturaleza distinta de los descubrimientos o mejoras que se hacen en estas disciplinas. Suena un poco raro para el grueso de la población, pero los planteamientos filosóficos de Wittgenstein, por ejemplo, son quizá tan importantes como otras grandes invenciones del siglo XX. La virtud de las humanidades —o si se prefiere, su utilidad— consiste en que nos permiten intentar la comprensión de nuestra realidad de mejor manera, son como las prótesis, la ortopedia, que nos permite andar por el mundo, casi de la misma manera que los automóviles o los aviones.

Sería bueno, sin embargo, que este riesgo inminente sacara a las humanidades de la modorra en la que están sumidas. De no ser así, más que preocuparse por la especie que va camino a la extinción, uno podría preguntarse, en un momento de suspicacia, qué es lo que de verdad peligra: ¿las humanidades o el presupuesto de sus correspondientes departamentos?

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