Los Simpsons, Banksy y las inequidades de este mundo

Nací en la década de 1980 en una familia de clase media: siempre he tenido un televisor a mi alcance.

Casi púber, casi adolescente, asistí a una escuela (siempre la misma) de hijos de familias de clase media. ¿Viste ayer Los Simpsons? fue quizá la pregunta que más veces escuché durante muchas mañanas de mis once o doce años, en mi tercero o cuarto sitio de la fila formada para entrar al salón de clases. Poco tiempo después y durante otros cinco o seis años, poniendo a prueba mi memoria, la memoria de los otros y la memoria colectiva de todos, escuché y yo mismo dije esta otra fórmula, “Como en Los Simpsons, cuando Homero…”. En medio de una situación cualquiera ese era el exordio indicado para iniciar una digresión o un comentario a propósito de alguna escena de algún capítulo de la serie, algo visto en Los Simpsons que, según la conveniencia general, guardaba relación con ese instante de nuestras vidas.

Todavía hablo o escucho hablar de Los Simpsons, pero no con tanta frecuencia. Lo frecuente, por el contrario, es sorprenderme en el error o el olvido o la ignorancia: a veces confundo los capítulos o tergiverso las historias, a veces tengo una imagen de la escena que alguien me narra pero soy incapaz de recordar cómo continúa o precisar de dónde proviene, otras simplemente confieso no haber visto el capítulo.

Con estos antecedentes considero innecesario describir, en este o en cualquier otro momento, ni el más ínfimo ni el más obvio detalle de Los Simpsons: los más ínfimos los dejo para esos ridículos exégetas de la banalidad, los más obvios todos los conocemos y resulta redundante insistir sobre ellos. Todos podemos, por ejemplo, tararear la tonadilla de entrada, decir dos o tres frases de las que Bart repite como castigo una y otra vez sobre la pizarra de su escuela, reconstruir sin dificultad el recorrido de cada uno de los miembros de la familia desde el sitio de sus actividades diurnas hasta el sofá frente al televisor de su casa. Sabemos también por qué los últimos segundos de esta introducción, aunque no tan imprescindibles como el capítulo que presenta, de valor meramente anecdótico, tienen su interés y su importancia.

Sabemos, finalmente, qué pasó hace unos días con esos últimos segundos.

* * *

Nuestra época, nuestro país, nosotros mismos, no nos llevamos muy bien con el compromiso social. Algo tenemos que miramos con desdén o con indiferencia las injusticias de nuestro mundo. Una desgracia —y otra y otra y otra— perturba a la opinión pública pero no a quienes conformamos en la realidad ese ente tan abstracto. Casi siempre nos conformamos con expresar un lamento, siempre el mismo, o con sacudir la cabeza en un gesto de enfado o de desaprobación. Casi nunca la intensidad de nuestra reacción es tanta ni tan insoportable como para impulsarnos a hacer algo más.

En el mejor de los casos, que sigue siendo uno de los peores, habrá quien advierta no sin sorpresa que dentro de sí nace un tipo más o menos desconocido de culpa que algo tiene de mesiánico o de sacrificial. El sujeto en cuestión comienza a sentirse indirectamente responsable de las inequidades que pesan sobre la humanidad o, dicho a la inversa, comienza a creer que su intervención directa o indirecta podría sanar dichas inequidades —paradójicamente se sabe demasiado pusilánime o timorato para emprender el camino del salvador.

¿Cómo salvar a este hipotético sujeto de sí mismo? Su razonamiento, aunque no totalmente errado, es descomunal en sus efectos fácticos, destinado a sobrepasar su pobre dimensión humana. Si prestara atención a sus desvaríos y actuara en consecuencia, se incrementaría exponencialmente la probabilidad de que termine no crucificado, porque esa práctica ha caído en desuso, pero sí baleado en una sierra o emboscado en un camino polvoriento (o quejándose tediosamente con quienquiera que le dirija la palabra siempre de los mismos asuntos, de las mismas personas que todo lo controlan, del mismo mal que todo lo envenena).

La solución tal vez sea más mediocre. Yo, que soy un poco como ese sujeto imaginario, pienso que existe una actitud que sirve lo mismo para acallar la culpa que para contribuir a erradicar las injusticias de este mundo. Se trata simplemente de (querer actuar y) actuar en la medida de nuestras posibilidades, con los recursos a nuestro alcance, dirigidos a nuestro ámbito más cercano.

Banksy, por ejemplo, fue capaz de hacer esto:

Yo, que no soy Banksy, hago esto.

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