Japón es sin duda el país de los productos más bizarros y estimulantea y Doritos con ese particular eerie feeling se adapta ofreciendo esta presentación: cascanueces intergalácticos -kinky astronautas (o chapulines)- en la estación espacial de tu mente dandote un pellizco para que te refociles en el glutamato monosódico y adquieras este item. Una nueva forma de hacer el escolar tubo, tener trajes de lycra y tener sueños (ataraxia) de otredades extraterrestres y reír y comer chatarra sagrada. Comelos desnudo mientras ves la televisión y te exhibes ante los voyeurs de la urbe. Aplica el polvo cósmico naranja en tu pipa (corretea estructuras de Escher, contempla tu ombligo). ¿Qué es lo que nos quiere decir Doritos? Habría que preguntarle a Roland Barthes. (En este momento quisiera comer Doritos con una chica japonesa en la tina que jugara con su anguila predilecta). Me parece que la semiótica, a vuelapluma, de este producto refleja un placer travieso en holgarse en "lo que está mal" (pero es chistoso y da cosquillas metafísicas): el jabón se me ha caído, comer este producto me hace mierda pero es divertido. El astronauta o luchador japonés que recibe el nut-crack sin duda parece disfrutarlo a la vez que la presión lo hace colgar sobre el éter tal vez en el preorgasmo que lo remite a su niñez. Somos la sociedad espacial viajando en un pañal cósmico. En el fourpack o pop tarot (a continuación) este estado kinky llega a una mayor sutileza. El pervertido que contempla a la mujer luminosa que se escapa en el viento y en su bici (un flechazo de amor masturbatorio; una Mona Lisa que se bifurca; la felicidad que se escapa, mientras, comamos doritos). El nagual-astro-hombre-lobo que visita a una niña y la observa llevarse un dorito(¿fálico?) a la boca. ¿En torno a que girará su conversación?