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Durante la inauguración del Mundial 2026, el Tren Ligero operó con servicios exclusivos para aficionados con boleto rumbo al Estadio Azteca. La medida desató críticas entre trabajadores y usuarios cotidianos que dependían de este transporte público para llegar a sus actividades

La inauguración del Mundial 2026 llegó acompañada de celebraciones, fanáticos vestidos con los colores de sus selecciones y una ciudad que buscó proyectarse ante los ojos del mundo. Pero mientras las cámaras apuntaban hacia el Estadio Azteca y las autoridades llamaban al home office o incluso al descanso laboral para evitar complicaciones de movilidad, una pregunta quedó flotando entre miles de personas: ¿qué pasa con quienes sí tenían que trabajar?

El Tren Ligero, uno de los sistemas de transporte más importantes para habitantes del sur de la Ciudad de México, operó con un esquema especial que priorizó el traslado de aficionados con boleto para los partidos. Para acceder a los servicios directos hacia el estadio era necesario acreditar la entrada al encuentro, una medida diseñada para facilitar la llegada de espectadores al evento deportivo más importante del planeta.

La decisión puede parecer lógica desde la organización de un espectáculo de esta magnitud. Sin embargo, la realidad cotidiana de la ciudad es mucho más compleja. Miles de trabajadores, estudiantes, comerciantes y personas que utilizan esta ruta para trasladarse entre Tasqueña, Tlalpan y Xochimilco no tenían un boleto en la mano, pero sí una obligación que cumplir, un turno que cubrir o una jornada que no podía esperar.

El problema es que las recomendaciones de trabajar desde casa o suspender actividades nunca fueron una posibilidad para todos. Mientras algunos pudieron seguir el partido desde una pantalla o disfrutar del ambiente mundialista, gran parte de la población continuó moviéndose como cualquier otro día. Personal de limpieza, trabajadores de servicios, comercio, salud, transporte y cientos de actividades más sostuvieron el funcionamiento de la ciudad mientras las medidas especiales se desplegaban en torno al evento.

La situación abre una discusión incómoda sobre el derecho a la movilidad. El transporte público existe para garantizar que las personas puedan desplazarse por la ciudad, especialmente aquellas que dependen de él para llegar a sus trabajos. Cuando una parte de esa infraestructura se reorganiza para favorecer a quienes pudieron acceder a un evento de alto costo, inevitablemente surge la sensación de que hay ciudadanos de primera y de segunda dentro de un mismo sistema.

El Mundial promete derrama económica, turismo e impulso internacional para México. Pero también deja escenas que revelan las desigualdades que atraviesan la vida diaria del país. La emoción, los festejos y los grandes eventos suelen construirse sobre una ciudad que sigue funcionando gracias a millones de personas que pocas veces aparecen en la fotografía oficial.

Porque mientras algunos celebraban el inicio de la fiesta futbolística, otros hacían cuentas para llegar a tiempo al trabajo. Y en una ciudad donde el transporte público es una necesidad y no un lujo, resulta difícil ignorar que una vez más quienes sostienen el día a día quedaron fuera de la ecuación. El Mundial llegó para todos, pero sus privilegios, al menos en este caso, parecieron reservados para unos cuantos.


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Imagen de portada:  Teledario mexico