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La película «El despertar», dirigida por Federico Durán y basada en la obra póstuma de Jaime Osorio, mezcla terror, lo militar y lo ancestral para explorar el miedo como memoria, el territorio como protagonista y una historia que va más allá del cine de género

Definir El despertar no es tan sencillo como etiquetarla dentro del terror o la acción. Desde la conversación con su equipo, la película se revela como un proyecto que se mueve entre varios registros: lo sobrenatural, lo humano, lo histórico, pero también lo emocional.

Para el director Federico Durán, el punto de partida no es únicamente narrativo. “Para mí, esta película reúne por un lado un sueño de mucho esfuerzo, mucho tiempo y una gran cantidad de personas que nos juntamos para lograr hacer este proyecto… y la memoria de un gran amigo y un gran director, que es el creador de la película, Jaime Osorio… esta es su obra póstuma”. La película, entonces, no solo se construye como relato, sino como una forma de continuar una visión que quedó abierta.

Esa misma dificultad para encasillarla aparece desde la actuación. Alejandro Buitrago, quien interpreta a Díaz, lo plantea desde la experiencia: “Para mí siempre ha sido difícil definir este proyecto… lo podemos resumir como terror, intriga, suspenso, humanidad, muchas cosas, pero hay muchas cosas adentro”. Más que intentar fijarla en un género, la lectura se desplaza hacia lo que representa: “Para mí significó también como el sueño de Jaime Osorio, como su forma de ver la vida… todo lo que tenía dentro de su cabeza de alguna manera está expuesto en este proyecto”.

De dónde viene el miedo

La mezcla entre lo militar y lo sobrenatural no aparece como un recurso gratuito, sino como una evolución natural del universo que Jaime Osorio ya había explorado anteriormente. Federico Durán lo explica a partir de ese recorrido: “En El páramo había un origen de un miedo… pero nunca lo veíamos, no entendíamos de dónde venía”. En El despertar, en cambio, la intención fue distinta: “cruzar la línea y entender de dónde venía el miedo”.

Ese origen no se queda en lo evidente. Está conectado con algo más profundo: “ese miedo estaba arraigado a nuestra cultura, a nuestros ancestros… incluso a lo que está en el territorio antes de los humanos”. Desde ahí, la película plantea un giro que descoloca: los soldados, que en principio representan el orden, terminan ocupando otro lugar dentro del conflicto. “Se supone que son los buenos, pero terminan girando… y realmente lo que están es invadiendo un lugar sagrado, profanándolo”.

A partir de esa lógica, el miedo deja de ser solo una amenaza externa y empieza a leerse como una forma de memoria.

El género como forma de entrar

Lejos de usar el terror únicamente como un recurso estético, Durán lo piensa como una herramienta narrativa con una función más amplia. “El miedo tiene muchas funciones en la sociedad… creemos que sentir miedo es malo, pero tal vez darnos la oportunidad de gozar de eso es bueno, reconocerlo, entender esa función”.

Desde esa perspectiva, el cine de género se convierte en una puerta de entrada. Primero aparece la emoción, la tensión, el entretenimiento; después, lo que se queda resonando. “Es una mejor elección artística poder entrarle al espectador como una especie de caballo de Troya… y una vez estás adentro, generas la reflexión”.

No se trata de imponer un discurso, sino de provocar algo que se active después.

La selva como protagonista

El entorno no funciona aquí como un simple escenario. La selva atraviesa toda la experiencia, tanto dentro de la historia como en el proceso de filmación.
Buitrago lo resume de forma directa: “Creo que el protagonista precisamente es el entorno… por todo el misterio que hay detrás de sus bosques, de esa selva que no se puede ver”. Pero además, esa presencia se vuelve espejo: “es como un espejo del miedo… pero también de la humanidad”.

Esa relación no se quedó en lo simbólico. El rodaje implicó una exigencia constante que transformó la forma en que los actores se vinculaban con sus personajes. “Fue un campo de entrenamiento… después de este rodaje ya nada me queda grande”, cuenta. Y en ese proceso, la línea entre personaje y actor empezó a desdibujarse: “no solo era superar los miedos del personaje, sino superar los miedos del actor”.

Rodar en el límite

Gran parte de la película se filmó en condiciones que potenciaron esa experiencia. La noche, la selva, las locaciones reales generaron un desgaste físico y mental continuo. “Trabajamos un 70% de rodaje nocturno… era una exigencia no solamente física sino mental”, explica Buitrago.

A eso se sumaba algo más difícil de nombrar: “nos quedábamos en silencio tratando de conectarnos con esa selva… o con esa caverna… donde se podía sentir como ciertas presencias”. Incluso el paso por Armero, un lugar marcado por la tragedia en Colombia, dejó una sensación que atravesó el rodaje: “se siente que hay ciertas presencias rondando… y creo que eso ayudó”.

En ese contexto, la actuación se llevó a un punto límite. Buitrago recuerda una escena particularmente intensa: “estaba tan involucrado con el personaje que yo mismo dije ‘corte’ y me fui… me perdí en la oscuridad de la selva”. La experiencia no terminó ahí: “ese día no pude dormir… no supe cómo manejarlo en el momento, pero con la distancia dije: qué maravilloso”.

Porque en ese tipo de procesos, explica, es donde ocurre algo poco común: “ahí es donde el personaje aparece de verdad”.

Lo que permanece

Más allá de su lectura como cine de género, El despertar se construye desde una idea que atraviesa todo: el miedo no solo como reacción, sino como una forma de entender lo que permanece. Entre lo ancestral, el territorio y la experiencia física del rodaje, la película apunta hacia algo que no termina de irse, que sigue ahí, incluso cuando no se nombra directamente.

Y quizá por eso resulta tan difícil de definir. Porque lo que propone no es solo una historia, sino una sensación que se queda un poco más tiempo del esperado.


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Imagen de portada: «El despertar», Federico Durán (2026)