El Mapa de Popotla no era del siglo XVI: nuevas pruebas revelan que es una copia de 1950
Arte
Por: Carolina De La Torre - 11/30/2025
Por: Carolina De La Torre - 11/30/2025
El Mapa de Popotla siempre ha sido una de esas piezas que se miran con respeto automático: está en el Museo de Antropología, es un códice en piel animal, tiene guerreros, símbolos indígenas, una iglesia novohispana al centro. Con eso bastaba para asumir que venía del siglo XVI. Así había circulado en libros, conferencias y mesas de especialistas. Nadie lo ponía en duda. Hasta ahora.
La antropóloga Isabel Bueno llevaba más de una década persiguiendo las pistas del documento. Lo conoció en 2010 y desde entonces se convirtió casi en un caso personal. No porque fuera un objeto “bonito”, sino porque era incómodo: un mapa indígena en pergamino, algo rarísimo, que parecía atravesar tres siglos de historia. Lo que ella quería era simple: fecharlo bien. Saber qué era y de dónde venía.
El enigma del ‘Mapa de Popotla’ se agranda: las pruebas de carbono 14 arrojan que es una copia de 1950 y no un códice prehispánicohttps://t.co/d4U9nAkXrc
— Leonardo López Luján (@LeoLopezLujan) November 27, 2025
Cuando finalmente logró que el INAH autorizara tomar una pequeña muestra para estudios de carbono 14, el objetivo era afinar la historia, no tumbarla. Pero las pruebas hechas por un equipo especializado de la UNAM entregaron una fecha que se sintió como un balde de agua fría: 1950. Tan reciente que la idea de “códice prehispánico” se derrumbaba de inmediato. Bien podría ser una copia moderna, no el documento original que todos daban por sentado.
El golpe no fue menor. Décadas de interpretación estética —las que usó Alfonso Caso para afirmar que era del siglo XVI— quedaban en evidencia: nadie había estudiado su materialidad. Nadie se había detenido a revisar pigmentos, fibras, ni la propia piel animal. Nadie había preguntado si ese códice podía no ser el códice.
El equipo detectó algo más: pigmentos con plomo y arsénico, materiales comunes en pinturas del siglo XX. En otras palabras, la copia está tan bien hecha que se confundió con el mapa original, ese que, según la investigación de Bueno, estuvo en México al menos hasta 1866, cuando Maximiliano ordenó crear el Museo Nacional. Después, todo apunta a que Dominik Bilimek —director del museo en los años posteriores y famoso por sacar piezas del país— se llevó algunas copias a Europa. Ahí es donde la cadena se fractura.
Lo que queda claro es que existen tres versiones conocidas:
El problema es que la versión auténtica, la que funcionó como documento legal para pleitos territoriales y genealogías indígenas, no aparece. Pero su rastro sí: las marcas de dobleces, los añadidos, las capas que delatan que fue usada de manera cotidiana y no como pieza de museo. Eso confirma su existencia, aunque no su paradero.
Para Bueno, el hallazgo no es una derrota. Es una corrección necesaria. Y también una advertencia: si se quiere saber con certeza qué pasó con el Mapa de Popotla, hacen falta nuevas muestras y análisis más amplios. Lo que hoy tenemos es apenas la primera grieta en una historia que se repitió por costumbre, no por evidencia.
El misterio no se cerró; solo cambió de piel. Y ahora hay que seguirle la pista con más rigor del que se tuvo durante años.