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Con 'Los herederos del dragón', primer episodio de "La casa del dragón", la precuela de "Game of Thrones" de HBO, se anuncia el tono general que tendrá la serie
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El domingo pasado se estrenó en HBO MAX la serie La casa del dragón, basada en la historia y los personajes de Game of ThronesJuego de tronos, la popular saga de literatura fantástica de George R. R. Martin que igualmente fue adaptada con bastante éxito por la misma plataforma (2011-2019).

La casa del dragón llegó con cierta expectativa no sólo por la reputación de su antecesora, sino también porque presenta acontecimientos anteriores en cerca de doscientos años a los narrados en Juego de tronos, relacionados específicamente con la “casa Targaryen”, famosos por haber conseguido la domesticación de dragones, entonces la familia reinante en Westeros (o Poniente) y cuyo poder comienza a declinar en la época en la que tiene lugar la serie actual. 

En ese sentido, cabe acotar que este “spin-off” o “precuela” está basado en el libro Fuego y sangre (2018) de George R. R. Martin, quien además figura en los créditos de la serie como coguionista.

En cuanto al primer capítulo, "Los herederos del dragón", de manera general puede considerarse a la altura de las expectativas, pues parece retomar los mejores elementos de las primeras temporadas de Game of Thrones, que le valieron su buena acogida entre el público: el planteamiento de intrigas palaciegas y la lucha por el poder, la oposición de carácter algunos personajes por el momento claramente definidos (el rey bondadoso y hasta un tanto débil frente al hermano ávido y por ello mismo fuerte, por ejemplo) y la sugerencia del conflicto por venir.

Entre esa suma de componentes, uno de los momentos más destacados y que mejor condensan la esencia del universo Game of Thrones es aquel en el que conviven dos secuencias distintas, que ocurren en espacios diferentes pero que coinciden en el tiempo. Por un lado, escenas del torneo que el rey Viserys Targaryen ha pedido organizar en honor al nacimiento de su hijo. Por otro, escenas de esto mismo, es decir, del parto de su esposa Aemma, que sucede a la par.

Secuencias de ambos momentos son intercaladas en una singular combinación de dolor físico, sensaciones en las que coinciden tanto los encuentros del torneo entre caballeros como la labor de Aemma. La narrativa visual se teje de tal manera que anuncia al espectador su llegada sin retorno a un mundo arduo, de agudo sufrimiento corporal y en el que las batallas encarnizadas serán a partir de ahora la barrera a franquear para conseguir algo.

Pero no sólo eso. El parto de Aemma se plantea como una suerte de non plus ultra de ese rasgo dramático. Valdría la pena anotar aquí que una de las mejores cualidades narrativas de Game of Thrones fue su capacidad para sorprender al espectador en ese aparente punto máximo de dramatismo: la serie casi siempre fue capaz de ir más allá de lo que se creía el límite.

En el caso de este episodio, aunque todavía moderado, ese recurso narrativo podría ubicarse en la “decisión imposible” a la que es llevado el rey Viserys ante las complicaciones del parto de su esposa. En vista de que el niño se encuentra en una mala posición para nacer, el Gran Maestre le confía al rey que existe un recurso para salvarle la vida, pero eso implicaría la muerte de la madre; al mismo tiempo, sin embargo, no hacer nada podría resultar en la muerte tanto del niño como de la madre. “Salvar uno o perder a los dos”, le dice el Gran Maestre. Viserys, que desea desesperadamente un hijo, no lo duda y sacrifica a Aemma con tal de tener un heredero varón.

Las escenas del parto, la muerte de Aemma y tanto el dilema moral como la culpa de Viserys se combinan con las del torneo y especialmente Daemon Targaryen, hermano menor de Viserys I y hasta entonces potencial heredero del Trono de Hierro. El recurso narrativo y cinematográfico podría considerarse sencillo o poco novedoso, pero resulta efectivo para crear la atmósfera de violencia gratuita no sólo de la serie, sino de la vida en sí, esto es, la noción de que la existencia humana –en toda su complejidad– ocurre en un mundo adverso por definición, en el que el sufrimiento se presenta muchas veces sólo porque sí, sin ningún significado definido ni tampoco como una especie de “pago” necesario para obtener alguna recompensa. Nada de eso. El dolor acompaña la vida humana con la misma naturalidad de otras emociones y aun necesidades.

A propósito de ese último punto, cabría hacer un apunte marginal por el momento pero quizá importante conforme avance la serie, en relación con la manera o perspectiva desde donde, se adivina ya, estará contada esta. Para ello, es necesario recordar una observación que hace Jorge Luis Borges al respecto de Crónicas marcianas, el famoso volumen de cuentos (convertido ingeniosamente en novela) de Ray Bradbury. En el texto escrito como prólogo al libro, Borges celebra que Bradbury se haya decantado por la elegía en vez de la épica como tono general de sus narraciones. Es decir, frente a la posibilidad de contar la historia de la colonización humana de Marte como una hazaña gloriosa y memorable, Bradbury prefirió la perspectiva de una lenta y demorada ruina que, inevitable, termina por imponerse.

Aunque quizá prematuro, un apunte similar podría hacerse sobre La casa del dragón, a partir de lo presentado en su primer episodio.

 

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Imagen de portada: HBO MAX