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Un elemento ausente y quizá subestimado por la industria del entretenimiento

Como es sabido, Game of Thrones llegó a su final en medio de una gran decepción para sus espectadores, buena parte de los cuales resintió sobre todo una falta de pericia en la manera de cerrar tanto la historia general de la serie como las historias particulares de algunos de los personajes más destacados. Si, en su momento, Game of Thrones destacó por su nivel narrativo, para la octava temporada poco o nada quedó de aquella gloria, lo cual hace sin duda comprensible el enojo o la frustración de los fans.

Desde su séptima temporada, Game of Thrones avanzó sin tener como respaldo las novelas de George R. R. Martin que le dieron origen y que, a la fecha, están todavía por completarse e incluso por escribirse. Es cierto que, según se publicó en medios, al menos para la penúltima temporada los guionistas de la serie contaron con la guía de Martin respecto de cómo desarrollar la historia a partir de sus planes para los libros, pero parece ser que para la última temporada David Benioff y D. B. Weiss, los principales adaptadores de A Song of Ice and Fire, tuvieron carta blanca y, salvo por algunos pocos detalles ofrecidos por Martin, resolvieron por sí mismos el desenlace de la serie.

En cierto momento es posible que esto hubiera parecido una buena idea. Después de todo, tanto Benioff como Weiss (junto con el resto del equipo de guionistas) parecían haber demostrado una habilidad suficiente para hacer de Game of Thrones una de las series más vistas de los últimos años.

Pero quizá el pronóstico fue más optimista de lo debido. Uno a uno, cada capítulo de la octava temporada acumuló pequeñas o grandes deficiencias que terminaron por entregarnos apenas la sombra de la grandeza que la serie tuvo sobre todo al inicio. Las secuencias de diálogos conmovedores, los giros inesperados de la trama, la emotividad construida meticulosamente… ésas y otras cualidades narrativas, capitales para cautivar la atención o el gusto de millones de personas de todo el mundo, simplemente desaparecieron y, en contraste, la temporada final estuvo llena de descuidos, decisiones narrativas equivocadas o incomprendidas, desenlaces improvisados y arcos narrativos despreciados, entre otras fallas.

¿De qué manera podría explicarse este fracaso y, más importante aún, qué podría aprenderse de ello? Entre otros factores, parece posible pensar que Benioff y Weiss incurrieron en el error de desestimar una de las cualidades principales de la narrativa original de Martin y, específicamente, de la construcción tanto de la historia general como de la historia particular de los personajes más importantes. 

Por la manera de plantear la historia, Game of Thrones tuvo hasta la séptima temporada una especie de recursividad que la hizo construirse como un ciclo abierto y en busca desesperada por completarse. De alguna manera, uno de los elementos más satisfactorios de la sexta y la séptima temporadas fue el haber dado a los espectadores algunas de esas conclusiones tan esperadas y, sobre todo, tan cuidadosamente construidas con elementos bien dispuestos en las temporadas previas. En este sentido, la trama podría considerarse compleja (pues no se trata precisamente de una narración linear simple y clásica) y, por la misma razón, fue también profunda, pues con ese mecanismo narrativo Martin llevó a sus libros nada menos que la experiencia humana que surge de nuestra acción en el tiempo y que, entre otros nombres, llamamos biografía, Historia o existencia. 

De ahí la profundidad de la trama en Game of Thrones. Martin construyó un mundo ficticio en donde el tiempo cumple el mismo efecto que en toda vida humana. Secretos que repercuten años después y de formas inesperadas, problemas que entendemos mucho después de haberse iniciado, palabras escuchadas hace mucho y que sin embargo persisten en nuestra memoria: de todo ello podría encontrarse un ejemplo lo mismo en algún episodio de Game of Thrones que en nuestra propia vida. 

En los personajes, la complejidad y la profundidad es similar. Contrario a lo que sucede con cierta frecuencia en la industria del entretenimiento, los personajes de Martin destacaron de inmediato por sus claroscuros, sus dilemas morales y los diversos registros tanto de su carácter como de su devenir. Los arcos narrativos de los que se ha hablado tanto en los últimos días son expresión de esa capacidad para construir personajes que no son ni podrían ser de “una pieza”, sino que están hechos de contradicciones y conflictos, tanto internamente como en relación con el mundo en donde desarrollan sus acciones, como ocurre también con todo ser humano.

Con todo, a juzgar por lo visto en pantalla, es posible que esa complejidad y esa profundidad hayan sido los desafíos mayores para Benioff, Weiss y el resto de los guionistas de la temporada final de Game of Thrones, ninguno de los cuales parece haber estado a la altura de la capacidad narrativa y literaria de George R. R. Martin.

En una columna publicada recientemente en The Guardian con motivo del final de Game of Thrones, el periodista Nick Cohen defiende una tesis muy interesante al respecto. Según él, la decepción ante el desenlace de la serie hace ver que, después de todo, el escritor desempeña un oficio irremplazable en el marco de nuestra cultura. En una época como la nuestra en que las actividades creativas suelen encontrar dificultades para hacerse de un lugar o ser reconocidas socialmente; ahora que toda actividad se valora en primer lugar y casi exclusivamente por las ganancias económicas que genera; en una cultura en donde se cree que todo puede medirse, planificarse y racionalizarse, resulta que el oficio del escritor es imprescindible. El escritor, que puede pasar días enteros sin escribir nada (y por lo tanto, sin “producir”); el escritor, que suele necesitar de varios años antes de que considere terminada una obra; el escritor, cuyo oficio necesita dar lugar al azar y a lo imprevisible para ejercerse, tanto como a la paciencia y la perseverancia. 

Ese personaje tan marginal, tan extraño a los valores dominantes de nuestra cultura, es justamente el que hizo falta en un producto tan apreciado de la industria del entretenimiento como Game of Thrones.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

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