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Vandana Shiva sobre por qué el crecimiento económico es una práctica antivida

Sociedad

Por: Pijama Surf - 04/05/2019

Las ideas de esta ecologista acerca de la destrucción de la naturaleza en favor del crecimiento económico la colocan como una de las pensadoras más importantes de nuestro tiempo

Escritora, filósofa, ecofeminista y científica, esta mujer es reconocida sobre todo por su lucidez y calidad humana. Sus ideas alrededor de la producción de alimentos, el abastecimiento de agua a nivel global y el papel del ser humano frente a la destrucción de la naturaleza la colocan como una de las pensadoras más importantes de nuestro tiempo.

A continuación, te presentamos algunas de sus ideas más relevantes alrededor del concepto de crecimiento económico como un falso parámetro de bienestar:

La obsesión por el crecimiento ha eclipsado nuestra preocupación por la sostenibilidad, la justicia y la dignidad humana. Sin embargo, las personas no son desechables: el valor de la vida está fuera del desarrollo económico.

El crecimiento implacable es la fantasía de los economistas, las empresas y los políticos. Se ve como una medida de progreso. Como resultado, el producto interno bruto (PIB), que se supone mide la riqueza de las naciones, se ha convertido en el número más poderoso y en el concepto dominante en nuestros tiempos. No obstante, el crecimiento económico oculta la pobreza que crea a través de la destrucción de la naturaleza, lo que a su vez lleva a las comunidades a carecer de la capacidad de proveerse a sí mismas.

El concepto de crecimiento se presentó como una medida para movilizar recursos durante la segunda guerra mundial. El PIB se basa en crear un límite artificial y ficticio, asumiendo que, si se produce lo que se consume, no hay crecimiento. En efecto, el “crecimiento” mide la conversión de la naturaleza en efectivo y los bienes comunes en productos básicos.

Así, los asombrosos ciclos de renovación de agua y nutrientes de la naturaleza se definen en la no producción. Los campesinos del mundo, que proveen el 72% de los alimentos, no producen. Las mujeres que cultivan o hacen la mayor parte del trabajo doméstico tampoco se ajustan a este paradigma de crecimiento. Un bosque vivo no contribuye al crecimiento, pero cuando los árboles se talan y se venden como madera, tenemos crecimiento. Las sociedades y comunidades saludables no contribuyen al crecimiento, pero la enfermedad crea crecimiento a través de, por ejemplo, la venta de medicamentos patentados.

El agua disponible como una propiedad común compartida libremente y protegida por todos provee para todos. Sin embargo, no genera crecimiento. Pero cuando Coca-Cola instala una planta, extrae el agua y llena botellas de plástico con ella, la economía crece. Sin embargo, este crecimiento se basa en la creación de pobreza, tanto para la naturaleza como para las comunidades locales. El agua extraída más allá de la capacidad de la naturaleza para renovarse y recargarse crea una hambruna de agua. 

En la misma línea, la evolución nos ha regalado las semillas. Los agricultores las han seleccionado y diversificado, son la base de la producción de alimentos. Una semilla que se renueva y multiplica produce semillas para la próxima temporada, así como alimentos. No obstante, no se considera que las semillas cultivadas y almacenadas por los agricultores contribuyan al crecimiento. Crean y renuevan la vida, pero no generan ganancias. El crecimiento comienza cuando las semillas se modifican, se patentan y se bloquean genéticamente, lo que hace que los agricultores se vean obligados a comprar más cada temporada.

La naturaleza se empobrece, la biodiversidad se erosiona y un recurso abierto y gratuito se transforma en un producto patentado. Comprar semillas cada año es una receta de deuda para los campesinos pobres de la India. Y desde que se establecieron los monopolios de semillas, la deuda de los agricultores ha aumentado. Más de 270 mil agricultores atrapados en una trampa de deuda en la India se han suicidado desde 1995.

La pobreza también se propaga más cuando se privatizan los sistemas públicos. La privatización del agua, la electricidad, la salud y la educación generan crecimiento a través de las ganancias. Pero también generan pobreza al obligar a las personas a gastar grandes cantidades de dinero en lo que estaba disponible a costos accesibles como un bien común. Cuando cada aspecto de la vida se comercializa, la vida se vuelve más costosa y las personas se vuelven más pobres.

Tanto la ecología como la economía han surgido de las mismas raíces: "oikos", la palabra griega para hogar. Mientras la economía se centró en el hogar, reconoció y respetó su base en los recursos naturales y los límites de la renovación ecológica. Se centró en satisfacer las necesidades humanas básicas dentro de estos límites. La economía basada en el hogar también estaba centrada en las mujeres. Hoy en día, la economía está separada y se opone tanto a los procesos ecológicos como a las necesidades básicas. Si bien la destrucción de la naturaleza se ha justificado por la creación de crecimiento, la pobreza y el despojo han aumentado. Si bien no es sostenible, también es económicamente injusto.

El modelo dominante de desarrollo económico se ha convertido, de hecho, en antivida. Cuando las economías se miden sólo en términos de flujo de dinero, los ricos se hacen más ricos y los pobres se hacen más pobres. Y los ricos pueden ser ricos en términos monetarios, pero también son pobres en el contexto más amplio de lo que significa ser humano.

Mientras tanto, las demandas del modelo actual de la economía están llevando a guerras de recursos, guerras de petróleo, guerras del agua, guerras de alimentos. Hay tres niveles de violencia involucrados en el desarrollo no sostenible. El primero es la violencia contra la tierra, que se expresa como la crisis ecológica. El segundo es la violencia contra las personas, que se expresa como pobreza, miseria y desplazamiento. El tercero es la violencia de la guerra y el conflicto, ya que los poderosos toman los recursos que se encuentran en otras comunidades y países por sus apetitos ilimitados.

El aumento del flujo de dinero a través del PIB se ha disociado del valor real, pero quienes acumulan recursos financieros pueden reclamar los recursos reales de las personas: su tierra y agua, sus bosques y semillas. Esta sed los lleva a predar sobre la última gota de agua y la última pulgada de tierra en el planeta. Esto no es un fin a la pobreza. Es un fin a los derechos humanos y la justicia.

Los economistas ganadores del Premio Nobel Joseph Stiglitz y Amartya Sen han admitido que el PIB no considera la condición humana e instó a la creación de diferentes herramientas para evaluar el bienestar de las naciones. Esta es la razón por la cual países como Bután han adoptado la felicidad nacional para calcular el progreso. Necesitamos crear medidas más allá del PIB y economías más allá del supermercado global para rejuvenecer la riqueza real. Necesitamos recordar que la moneda real de la vida es la vida misma.

Lee artículo en inglés en The Guardian

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Por: pijamasurf - 04/05/2019

¿Un argumento antinatalista o una rabieta infantil?

En alguna página Borges escribió que salvo el ser humano, todos los animales son inmortales, pues ninguno tiene conciencia de la muerte, una idea que muy probablemente le vino de su estudio de las filosofías orientales y occidentales que de uno u otro modo siempre se han ocupado de la muerte, ese fin misterioso de la vida.

Dicho interés, sin embargo, no ha sido mórbido, sino más bien paradójicamente vital. Si la filosofía, la religión o la ciencia han investigado la muerte es porque en el fondo es la vida la que es misteriosa. Aun cuando signifique el final, la muerte tiene sentido únicamente en el marco de la vida. Dicho así podríamos mirar de otro modo el interés borgesiano y, junto a otros, más bien maravillarnos frente la vida, preguntarnos qué es, por qué surgió, cuál es su sentido.

En esa línea de pensamiento, otro motivo relativamente común en la historia de la literatura y la filosofía ha sido la idea de fatalidad que acompaña a la vida, misma que se expresa sí en la muerte pero también en el nacimiento. De cierta forma, ambos son igualmente fatales, pero curiosamente estamos menos habituados a pensar la llegada a este mundo bajo esa óptica. 

Dadas las condiciones en que nace la cría del ser humano –frágil, indefensa, todavía no completamente desarrollada–, la mayoría de nosotros guardamos escasos recuerdos conscientes de nuestra llegada al mundo, y quizá por eso tendemos a subestimar su importancia, pero lo cierto es que nacer es casi tan fatal como morir: nadie de los aquí presentes supo en ningún momento que nacería. Sin embargo, aquí estamos.

Dicha fatalidad, decíamos, ha sido objeto de reflexión artística y filosófica. Un motivo que ha sido retomado por Teognis de Megara (Elegías), Sófocles (Edipo en Colono) y Nietzsche (El nacimiento de la tragedia) afirma que de todos los bienes que el ser humano podría disfrutar, el mejor sería no haber nacido; el segundo mejor: dejar este mundo tan pronto como sea posible. Alegóricos, los griegos. 

Esa postura frente a la vida va y viene a lo largo de la historia y de tanto en tanto se le ha conceptualizado bajo la idea del “antinatalismo”, una corriente con ciertas raíces filosóficas y extensiones hacia otras disciplinas que, como su nombre sugiere, ofrece argumentos para evitar que el ser humano se reproduzca o, dicho de otro modo, para evitar que más seres humanos nazcan. 

En años recientes el antinatalismo ha cobrado fuerza o presencia particularmente debido a la crisis en la que algunos consideran que se encuentra la vida en la Tierra y aun el destino de la especie humana, actualmente y como efecto de nuestra propia actividad de las últimas décadas. Hay quienes sugieren que controlar el crecimiento poblacional o, directamente, evitar tener hijos, es la única opción para evitar el colapso ambiental que se avecina y de algún modo asegurar nuestra supervivencia.

Si esto es cierto o no es difícil de saber, pero la coyuntura ha sido aprovechada para difundir argumentos antinatalistas. Así, por ejemplo, Raphael Samuel, un hombre de 27 años nacido en Bombay, la India, que hace unos días aseguró que pretende demandar a sus padres porque en ningún momento le pidieron su consentimiento para nacer y, más tarde en la vida, para criarlo, formarlo y hacerle enfrentar las situaciones propias de la existencia.

Samuel hizo pública su posición a través de Facebook, de donde fue retomada por medios locales y globales. Según parece, el hombre es un antinatalista convencido, lo cual parece sostener tanto su postura como la supuesta acción legal que emprenderá contra sus padres.

“La única razón por la que sus niños enfrentan problemas es porque ustedes los tuvieron. ¿No es acaso secuestro y esclavitud obligar a un niño a llegar a este mundo y obligarlo después a tener una carrera?”, dice Samuel en una parte de su alegato.

Quizá a este hombre valga la pena repetirle lo que le dice Séneca a Lucilio en una de sus Cartas morales: “La cosa mejor que ha hecho la ley eterna es que, habiéndonos dado una sola entrada a la vida, nos ha procurado miles de salidas”.

 

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