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El erotismo inofensivo no existe: la crítica de una filósofa feminista al #MeToo

Sociedad

Por: pijamasurf - 04/06/2019

Con motivo de la publicación en español del ensayo "La potencia femenina", la filósofa Svenja Flasspöhler ofreció esta entrevista en la que pondera con inteligencia los efectos del movimiento digital #MeToo

En los últimos años el feminismo ha cobrado una presencia mediática importante, en buena medida gracias a movimientos relativamente espontáneos que han surgido en las redes sociales. 

El ejemplo paradigmático de este fenómeno es el #MeToo, un hashtag que surgió en octubre de 2017 y que en español se podría traducir como "Yo también". Aunque breve, la etiqueta es impactante, pues tanto en su origen como ahora es una especie de código utilizado por mujeres de todo el mundo para hacer públicas sus experiencias de abuso sexual, acoso o discriminación sufridas en su relación con algún hombre. 

En ese marco, la denuncia en redes sociales toma con frecuencia la forma de una reivindicación feminista en contra del sistema patriarcal que, desde esta perspectiva, considera a las mujeres objetos destinados a la satisfacción del hombre.

En estos años, el #MeToo se ha hecho presente en diversos ámbitos públicos. El cine ha sido una de las industrias en donde más revuelo han causado los testimonios dados a conocer y, entre otros, personajes como Harvey Weinstein, Woody Allen y Kevin Spacey vieron llegar inesperadamente el fin de sus respectivas trayectorias luego de los mensajes en redes sociales que los involucraron en situaciones de abuso de su posición de poder para obtener algún tipo de favor sexual.

En los años que han transcurrido desde su origen, este movimiento ha suscitado opiniones divididas. Para muchas personas, el #MeToo u otros movimientos afines (siempre en redes sociales) son una suerte de válvula de escape necesaria para un sector (las mujeres) que al parecer carece de otros medios para expresar la opresión o los abusos de los que son objeto. Para otros, por cualidades que les son intrínsecas, las redes sociales no parecen ser el mejor vehículo para llamar la atención sobre estas experiencias, pues el anonimato, la masificación, la diversidad de los temas tratados y otros elementos pueden restar seriedad o legitimidad a todo lo que ahí circule.

En este contexto, compartimos a continuación una entrevista publicada recientemente en el diario ABC de España a Svenja Flasspöhler, filósofa y periodista de origen alemán que pondera con agudeza y sensatez los efectos producidos hasta ahora por el movimiento #MeToo y otras expresiones de lo que ella llama el "feminismo de hashtag". El diario realizó la entrevista con motivo de la publicación en español de La potencia femenina (Taurus), un ensayo en el que la autora llama a las mujeres a asumir la responsabilidad y los alcances de su condición para dejar así el lugar pasivo que usualmente se les asigna en un mundo dominado por los hombres.

A nuestros lectores, los invitamos a seguir con atención y cuidado lo dicho por Flasspöhler, sin prejuicios (en la medida de lo posible), con la mira puesta más en la verdad que en el fortalecimiento de las convicciones personales. Quizá así sea posible escuchar mejor lo que el otro intenta decirnos.

 

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¿Por qué decidió escribir este libro? ¿Cuál era su principal objetivo, y por qué ahora?

Lo que critico es la espeluznante ausencia de discriminación en el debate del #MeToo. Las mujeres son víctimas, y los hombres, agresores. Las cosas no son tan simples, algo que, por otra parte, ya señaló Simone de Beauvoir en El segundo sexo. Por desgracia, el actual feminismo en la Red se caracteriza, entre otras cosas, por un colosal desconocimiento de las teorías feministas. Esta ausencia de discriminación del movimiento queda patente en su mismo nombre. ¿A qué se refiere ese «yo también»? ¿A situaciones en las que las mujeres no tienen ninguna posibilidad real de actuar, como es sin duda el caso de una violación, o a aquellas en las que sí hubiese habido opciones? La diferencia es patente. Por ejemplo, cuando un director de cine famoso invita a una actriz a su habitación de hotel, ella tiene claramente la posibilidad de decir: «No, gracias».

 

¿Qué significado tiene hoy el término feminismo en los medios, en las redes, en la sociedad, y cuál debería tener?

Un feminismo ilustrado y progresista no debería infantilizar a las mujeres, hacerlas más pequeñas de lo que son. Sin embargo, precisamente eso es lo que pasa cuando no se confía en ellas para que actúen de manera autónoma o no se las anima a que lo hagan. Quienes actúan con autonomía vencen las resistencias, asumen los riesgos, entre ellos el de quedarse sin un trabajo por decir: «No, gracias». No basta con exigir autonomía, también tenemos que vivirla de manera concreta. Si a lo largo de la historia sólo se hubiese actuado de manera autónoma cuando no había nada en juego, la humanidad no habría avanzado mucho.

 

Y, entonces, ¿cuál es, en su opinión, el verdadero significado del feminismo?

En sentido jurídico, la época del patriarcado ya ha pasado. Los hombres y las mujeres son iguales ante la ley. En consecuencia, el sentido del feminismo actual ya no reside en la lucha por la igualdad de derechos, al menos no en el mundo occidental. Reside en desenmascarar y analizar las ideas preconcebidas patriarcales que todos, hombres y mujeres, llevamos profundamente arraigadas en el cuerpo, los patrones responsables de todo desequilibrio entre los sexos que aún nos acompañan. Uno de esos patrones es no reconocer el derecho de las mujeres a su propio deseo. Hoy en día, una de las grandes tareas del feminismo consiste en que las mujeres asuman su potencia, que liberen su fuerza, la energía sexual que durante tanto tiempo se les ha negado y ha permanecido escondida en la latencia.

 

Entiendo que usted se considera feminista...

Desde luego.

 

En el libro habla de «feminismo de hashtag». ¿A qué se refiere, exactamente?

El feminismo de nuestros días actúa sobre todo mediante etiquetas. #Aufschrei [grita], #NoesNo #MeToo son el nuevo feminismo de la Red, caracterizado, en mi opinión, por una concepción dudosa de la solidaridad. ¿Es solidario escribir #MeToo en el móvil, como se afirma con insistencia? La auténtica solidaridad significa algo más. Es comprometerse realmente con alguien de manera muy concreta. Por ejemplo, cuando en el lugar de trabajo una mujer que, por las razones que sean, no sabe defenderse, necesita nuestro apoyo. En cuestión de solidaridad, las mujeres todavía tienen cosas que aprender; muchas veces, entre ellas no son precisamente solidarias.

 

¿Por qué cree, como sostiene en el ensayo, que las mujeres han contribuido a la consolidación del poder de los hombres?

Las mujeres nunca fueron las excluidas, como sí lo fueron, por ejemplo, los esclavos. Siempre han sido una parte constitutiva de la familia como célula básica de la sociedad. Por eso siempre han tenido una función de apoyo. También en cuanto a la economía del deseo. La mujer ha sido reducida a reflejo de la potencia masculina. Su función es fortalecer al hombre, ser el espejo de su narcisismo. Seguimos viéndolo hoy en las mujeres que, por querer agradar al hombre o por miedo a herirlo, están más con él que con ellas mismas y hacen lo que, en realidad, no quieren hacer.

 

En el libro asegura que «cuando la mujer adquiera poder, no sólo podrá proclamar su autonomía, sino que la poseerá». Pero, ¿cómo pueden adquirir poder las mujeres si éste sigue estando mayoritariamente en manos de los hombres?

Por supuesto, sigue habiendo ámbitos dominados por los hombres, pero ya hace tiempo que muchas empresas han reconocido las cualidades de las mujeres para el liderazgo, y a veces incluso buscan a toda costa personal femenino. Los medios de comunicación quieren contar con voces femeninas fuertes. Nuestra época es compleja. Junto con el pensamiento misógino, que aún subsiste, hay otro que valora las virtudes femeninas tradicionales, como la disposición a cooperar o la empatía. No obstante, el problema reside también en que, a menudo, las mujeres rehúyen los puestos de liderazgo; en que, tras el nacimiento del primer hijo, desaparecen como por arte de magia en el espacio privado, y en que muchas veces confían muy poco en sus fuerzas. Lo cual, a su vez, está íntimamente relacionado con la historia de la cultura, que ha asociado la feminidad con la pasividad y la vergüenza.

 

¿Podría ponerme un ejemplo?

Yo organizo en Alemania el festival de filosofía phil.cologne. Cuando le pregunto a un hombre si quiere dar una conferencia sobre un tema determinado ante una gran audiencia, me responde que nunca lo ha intentado, pero que no hay problema. Si se lo pregunto a una mujer, me contesta que ha escrito dos libros sobre el tema, pero que fue hace mucho tiempo, así que mejor no.

 

Si, como usted defiende, es «dudoso» que el acoso sexual sea el principal problema de las mujeres en nuestra sociedad, ¿cuál es, entonces?

Si el #MeToo se hubiese interesado verdaderamente por las violaciones, debería haberse fijado en el ámbito de las relaciones más cercanas, ya que ahí es donde se comete la gran mayoría. En cambio, presta atención sobre todo a las relaciones laborales y, en ese terreno, el principal problema no es la violación, sino la brecha salarial. Y, en parte, la causa de esa brecha es que las mujeres son demasiado prudentes cuando negocian sus retribuciones.

 

¿Por qué se siente tan incómoda con el #MeToo, qué tiene en su contra?

#MeToo echa toda la culpa a los hombres, habla de «masculinidad tóxica». Castra al hombre. Es verdad que los hombres han de examinar críticamente su sexualidad y la imagen que tienen de las mujeres, pero no se trata de devaluar la sexualidad masculina por sí misma, sino de revalorizar la femenina. Las mujeres tienen que liberarse de la posición pasiva desde el punto de vista sexual, existencial y profesional.

 

¿Por qué piensa que es un movimiento que refuerza la imagen patriarcal de la mujer?

En el centro del #MeToo está la sexualidad masculina, que es la única que determina cómo se pueden comportar las mujeres. El deseo femenino se vacía de toda especificidad. De este modo, el movimiento reproduce la secular lógica patriarcal centrada en el todopoderoso falo, en torno al cual gira el mundo. Y «naturalmente», siempre son los hombres los que dan el primer paso. «Naturalmente» son ellos los que siempre quieren «lo mismo». El papel de las mujeres se reduce a rechazar la agresión masculina. En su obra Emilio, o De la educación, Rousseau ya dijo que la sexualidad femenina burguesa se desarrolla a partir del rechazo, de «decir que no». Según Rousseau, una mujer que dice que sí, que actúa sexualmente a la ofensiva, «disuelve la familia y rompe todos los vínculos de la naturaleza». Hoy en día seguimos sin haber liberado la sexualidad femenina de estas imágenes.

 

¿Cree que la actitud masculina ha cambiado? Para mejor, quiero decir.

Llama la atención que los casos más destacados del #MeToo tuviesen lugar, sobre todo, en la década de los 90, y que se pretenda que el pasado se puede trasladar de manera automática al presente. Las cosas no son así. Mi hijo, que nació en 2015, está creciendo en un mundo diferente al de Harvey Weinstein. En palabras de Hannah Arendt, no cabe duda de que existe una gravitación hacia el bien. Por supuesto, esto no nos exime de seguir esforzándonos por llegar a una relación entre los géneros que no esté atravesada por el miedo y los malentendidos, sino por el gozo.

 

Es verdad que no todos los hombres son como Harvey Weinstein, pero es importante señalar a quienes actúan como él, ¿no le parece?

Por supuesto, y claro que no se trata de impedir a las mujeres que hablen. Pero en los 2 últimos años hemos vivido un clima de denuncia. Se juzgaba de antemano a los artistas, las galerías ya no exponían sus obras porque en el ambiente flotaba la acusación de acoso sexual. Veo en las mujeres una lógica de revancha y cosificación que rechazo y que, por otra parte, es profundamente masculina. ¿Es eso lo que queremos? ¿Imitar a los hombres?

 

No, por supuesto, y menos sus comportamientos más condenables. En ese sentido, en el libro advierte de que, según están ahora las cosas, existe el riesgo de que se pueda llegar a pedir que se regule legalmente el sexo.

Por supuesto que las mujeres tienen que defenderse del acoso. Ahora bien, un mundo sin acoso es un mundo sin seducción, porque lo que percibimos como acoso y lo que percibimos como seducción es profundamente subjetivo. En cuanto a las leyes, en 2016 se endureció en Alemania la legislación que castiga los delitos sexuales. El núcleo de la nueva normativa ya no es la violencia, sino la vulneración del «consentimiento», algo muy polémico incluso entre los expertos. Creo que hemos llegado a un punto de la historia en el que ya no tenemos que apelar a la ley, sino a los propios individuos, y exhortarlos a que decidan por sí mismos.

 

¿Por qué cree que «todo intento de seducción corre el riesgo de ser percibido como acoso, y viceversa»? ¿Se puede pensar que, a diferencia del acoso, la seducción está libre de poder?

No debemos olvidar que también la seducción contiene un elemento de violencia. Quien seduce, lleva a la otra persona a un sitio diferente, despierta en ella deseos que antes no tenía. La seducción es manipuladora. El erotismo inofensivo no existe.

 

Defiende que quiere mujeres más poderosas. ¿Puede explicarlo?

Quiero que las mujeres asuman su potencia. En alemán, potencia y poder son dos palabras diferentes. El sustantivo latino potentia significa «capacidad», «fuerza», y tiene claras connotaciones sexuales. La idea de potencia se ha asociado siempre a los hombres. Las mujeres, en cambio, representaban la carencia. No tienen nada entre las piernas y sufren la envidia del pene. Hay que acabar con esta asociación de feminidad con negatividad y sustituir esta última por positividad, vacío por lleno, reacción por acción. De eso se trata. Tenemos que transformar en gozo el miedo masculino a la mujer potente.

 

¿Qué les diría a las mujeres que han sido víctimas de maltrato y no pueden entender las tesis que usted defiende?

Por supuesto que hay mujeres traumatizadas. Mujeres que, debido a sus terribles experiencias, siguen atenazadas por el miedo a no poder defenderse. No pretendo negarlo en absoluto. Ahora bien, hay que decidir. Puedo repetir eternamente que las mujeres son impotentes y están desvalidas, o intentar darles ánimos y empoderarlas. Decirles que sí, que pueden. Al hacerlo, les estoy dando apoyo.

 

¿Qué opina del hecho de que la mayoría de los casos de posibles abusos se estén debatiendo en Internet? Se lo pregunto porque me preocupa la posibilidad de que ya no estemos hablando de personas, sino de grupos.

Efectivamente, es un gran problema. Es como si una pareja que se está separando solamente hablase a través de sus abogados. Eso te hace preguntarte cuál es el verdadero objetivo del #MeToo. ¿Pretende salvar la relación entre los sexos mediante una burda política de disuasión, cuyo mensaje es: «Tío, ten cuidado si no quieres acabar tú también en la picota»? A mí me parece que eso no tiene demasiado futuro y que, además, es bastante lamentable. No, tenemos que discutir con los hombres de cuestiones concretas. No existe sencillamente «el hombre», sino mi compañero, mi vecino, mi jefe, mi hijo, mi pareja. Son individuos, todos ellos hombres, sí, pero muy distintos unos de otros.

 

¿Es posible debatir públicamente sobre feminismo sin llegar al enfrentamiento?

Debatir directamente es muy importante porque los espacios corporales de la experiencia que habitan los hombres y las mujeres son diferentes. Como mujer, no puedo saber qué es tener un pene que ha representado el poder durante la mayor parte de la historia de la humanidad. Y un hombre no puede saber qué es tener vulva, estar embarazada, o qué se siente cuando te silban al pasar. ¿Cómo se pueden llenar estos vacíos de conocimiento si no es a través de la comunicación?

 

Usted también es periodista. ¿Qué piensa del papel que los medios de comunicación están desempeñando en todo esto? ¿Somos culpables de que el debate tenga un nivel tan bajo?

Una de las causas de que el movimiento #MeToo se difundiese tan rápidamente fue que, como era de esperar, los medios de comunicación se subieron al carro de inmediato. El voyerismo de las masas queda satisfecho cuando una joven modelo explica cómo la acosaron, o cuando las actrices cuentan cómo un hombre poderoso les metió mano. Todo esto se puede considerar libertad de expresión, pero no es sinónimo de emancipación. El discurso femenino también se puede instrumentalizar. Debemos reflexionar sobre este mecanismo de los medios de comunicación precisamente porque somos feministas.

 

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Sociedad

Por: pijamasurf - 04/06/2019

Criar a nuestros hijos más libres y expuestos al estrés y a los problemas podría frenar el alza de las tasas de suicidio y depresión adolescentes. Pero ¿cómo criar a los niños para enfrentar los desafíos –mínimos e importantes– de la vida?

En la larga conversación de este milenio sobre las fórmulas para tener niños extremadamente hábiles e inteligentes hay un hueco en el que las nuevas teorías de crianza parecen no ser tan exitosas. Mientras más hablamos sobre cómo hacer a los niños más “resilientes”, las tasas de trastornos de ansiedad y depresión continúan aumentando rápidamente entre los adolescentes. 

Nassim Taleb inventó la palabra “antifrágil” y la utilizó en su libro homónimo para describir los sistemas  que se benefician de los choques, los desafíos y el desorden. Los huesos y el sistema inmune son dos grandes ejemplos; ambos requieren la exposición a cierto tipo de gérmenes en la infancia para desarrollar toda su capacidad. Los padres que tratan a sus hijos como si fueran frágiles (alejándonos de la suciedad, el frío, los animales…) están privando a sus sistemas inmunes de las experiencias que necesitan para protegerse mejor en el futuro. Para ser más fuertes. 

Lo mismo sucede con las capacidades sociales y emocionales de los niños que crecen sin estrés y retos: son tan frágiles como su sistema inmunológico. El tema es polémico, pues la línea en la que se dibuja la independencia y la negligencia está en una frontera difusa; los niños necesitan ser protegidos de peligros lógicos, necesitan amigos y una figura protectora y amorosa que les dé un ambiente sin miedos ni violencia. Sin embargo, los breves períodos de estrés y frustración no son perjudiciales; son esenciales. De la misma manera que las vacunas inducen la inmunidad contra la enfermedad exponiendo al cuerpo al virus en cuestión, exponer a nuestros hijos al estrés es una manera de inmunizarlos contra las situaciones desagradables del futuro. O al menos, de ayudarlos a enfrentarlas mucho mejor. 

La sobreprotección es un tema generacional. A partir de que la televisión por cable y el Internet expusieron mediáticamente los peligros y los crímenes terribles, extraños del planeta, el juego al aire libre y la movilidad independiente disminuyeron. El tiempo frente a una pantalla y las actividades supervisadas minuciosamente por los adultos aumentaron. Todas las generaciones antes de los años 90 tienen más historias épicas de juegos al aire libre y aventuras que las que vinieron después. Tan sólo por poner un ejemplo. 

Sin embargo, esas historias de aventuras épicas y juegos sin supervisión tienen las virtudes de crear mundos en los que los niños ponen las reglas. En los momentos de juego libre surgen pequeños conflictos y pequeños peligros que son esenciales para el desarrollo de la competencia social e incluso física. Todas esas aptitudes cruciales en la vida adulta que comienzan a forjarse desde las versiones medidas de la niñez. 

Ellen Sandseter y Leif Kennair (investigadores noruegos) escribieron sobre los “efectos antifóbicos de las experiencias emocionales”. Notaron que los niños buscan, de manera espontánea, aumentar el riesgo en sus juegos, lo que incrementa su capacidad de afrontar los riesgos posteriores. En sus estudios, Sandseter y Kennair también advierten sobre un aumento de neuroticismo o psicopatología en la sociedad si a los niños se les impide participar en juegos de riesgo adecuados para su edad. Las estadísticas de salud mental norteamericanas y británicas apoyan esa hipótesis: los niños nacidos después de 1994 tienen tasas más altas de trastornos de ansiedad y depresión que la generación anterior. Junto a la tasa de depresión, se incrementó la tasa de suicidios. 

¿Criar a nuestros hijos más libres y expuestos al estrés y a los problemas podría revertir estas tendencias? ¿Cómo criar a los niños para enfrentar los desafíos –mínimos e importantes– de la vida? El concepto de “antifragilidad” expone claramente que nuestras mentes y cuerpos se fortalecen de los choques, de los retos y de las dificultades. 

Por supuesto, deberíamos trabajar eliminando los peligros físicos de la vida de nuestros hijos, además de enseñarlos a tratarse con amabilidad y respeto siempre. Pero también podríamos volver de una manera más consciente a la época en la que dejábamos a los niños crecer y recorrer sin nosotros. Pensemos en el término “helicopter parent” como precisamente lo contrario: padres que orbitan alrededor de sus hijos y están pendientes e involucrados en cada paso y cada decisión. Los niños deberían desarrollar la habilidad de enfrentar sus pequeños miedos y pequeños problemas con más independencia. Tal vez eso los ayude con los grandes retos y grandes problemas venideros. La satisfacción que siente un niño cuando da un recado o completa una tarea por su cuenta es irremplazable.

Nadie puede garantizar que criar niños más independientes hoy reducirá la tasa de suicidios de adolescentes mañana. La sobreprotección infantil y la enfermedad mental en la adolescencia tienen vínculos fuertes, sugerentes pero no definitivos, además de otros hilos causales probables. Sin embargo, hay buenas razones para sospechar que al privar a nuestros niños de todas las experiencias que necesitan para ser fuertes, estamos obstaculizando su crecimiento.