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Hombre demandará a sus padres porque lo hicieron nacer sin su consentimiento

Sociedad

Por: pijamasurf - 02/06/2019

¿Un argumento antinatalista o una rabieta infantil?

En alguna página Borges escribió que salvo el ser humano, todos los animales son inmortales, pues ninguno tiene conciencia de la muerte, una idea que muy probablemente le vino de su estudio de las filosofías orientales y occidentales que de uno u otro modo siempre se han ocupado de la muerte, ese fin misterioso de la vida.

Dicho interés, sin embargo, no ha sido mórbido, sino más bien paradójicamente vital. Si la filosofía, la religión o la ciencia han investigado la muerte es porque en el fondo es la vida la que es misteriosa. Aun cuando signifique el final, la muerte tiene sentido únicamente en el marco de la vida. Dicho así podríamos mirar de otro modo el interés borgesiano y, junto a otros, más bien maravillarnos frente la vida, preguntarnos qué es, por qué surgió, cuál es su sentido.

En esa línea de pensamiento, otro motivo relativamente común en la historia de la literatura y la filosofía ha sido la idea de fatalidad que acompaña a la vida, misma que se expresa sí en la muerte pero también en el nacimiento. De cierta forma, ambos son igualmente fatales, pero curiosamente estamos menos habituados a pensar la llegada a este mundo bajo esa óptica. 

Dadas las condiciones en que nace la cría del ser humano –frágil, indefensa, todavía no completamente desarrollada–, la mayoría de nosotros guardamos escasos recuerdos conscientes de nuestra llegada al mundo, y quizá por eso tendemos a subestimar su importancia, pero lo cierto es que nacer es casi tan fatal como morir: nadie de los aquí presentes supo en ningún momento que nacería. Sin embargo, aquí estamos.

Dicha fatalidad, decíamos, ha sido objeto de reflexión artística y filosófica. Un motivo que ha sido retomado por Teognis de Megara (Elegías), Sófocles (Edipo en Colono) y Nietzsche (El nacimiento de la tragedia) afirma que de todos los bienes que el ser humano podría disfrutar, el mejor sería no haber nacido; el segundo mejor: dejar este mundo tan pronto como sea posible. Alegóricos, los griegos. 

Esa postura frente a la vida va y viene a lo largo de la historia y de tanto en tanto se le ha conceptualizado bajo la idea del “antinatalismo”, una corriente con ciertas raíces filosóficas y extensiones hacia otras disciplinas que, como su nombre sugiere, ofrece argumentos para evitar que el ser humano se reproduzca o, dicho de otro modo, para evitar que más seres humanos nazcan. 

En años recientes el antinatalismo ha cobrado fuerza o presencia particularmente debido a la crisis en la que algunos consideran que se encuentra la vida en la Tierra y aun el destino de la especie humana, actualmente y como efecto de nuestra propia actividad de las últimas décadas. Hay quienes sugieren que controlar el crecimiento poblacional o, directamente, evitar tener hijos, es la única opción para evitar el colapso ambiental que se avecina y de algún modo asegurar nuestra supervivencia.

Si esto es cierto o no es difícil de saber, pero la coyuntura ha sido aprovechada para difundir argumentos antinatalistas. Así, por ejemplo, Raphael Samuel, un hombre de 27 años nacido en Bombay, la India, que hace unos días aseguró que pretende demandar a sus padres porque en ningún momento le pidieron su consentimiento para nacer y, más tarde en la vida, para criarlo, formarlo y hacerle enfrentar las situaciones propias de la existencia.

Samuel hizo pública su posición a través de Facebook, de donde fue retomada por medios locales y globales. Según parece, el hombre es un antinatalista convencido, lo cual parece sostener tanto su postura como la supuesta acción legal que emprenderá contra sus padres.

“La única razón por la que sus niños enfrentan problemas es porque ustedes los tuvieron. ¿No es acaso secuestro y esclavitud obligar a un niño a llegar a este mundo y obligarlo después a tener una carrera?”, dice Samuel en una parte de su alegato.

Quizá a este hombre valga la pena repetirle lo que le dice Séneca a Lucilio en una de sus Cartas morales: “La cosa mejor que ha hecho la ley eterna es que, habiéndonos dado una sola entrada a la vida, nos ha procurado miles de salidas”.

 

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Sociedad

Por: pijamasurf - 02/06/2019

La desigualdad económica se agudiza en el mundo, de acuerdo con el informe más reciente de la organización no gubernamental Oxfam

La desigualdad económica se ha vuelto en las últimas décadas uno de los principales temas de discusión pública a propósito del sistema económico en el que viven prácticamente todas las sociedades humanas. Particulamente luego de los años que siguieron al fracaso del bloque soviético (y el intento de hacer funcionar un Estado, un país y sus habitantes bajo las reglas del comunismo preconizadas por las ideas de Karl Marx y algunos sus intérpretes), el capitalismo se alzó como vencedor único de la contienda, al grado de que ahora más que nunca millones de personas en el mundo son incapaces de concebir una vida fuera de sus reglas. 

Sin embargo, como lo atestigua la situación mundial, el capitalismo dista mucho de ser un sistema perfecto, ni en el dominio puramente económico (si es que tal cosa existe) ni en sus derivaciones sociales y culturales. Entre sus muchos efectos que vale la pena cuestionar y acaso incluso compensar de algún modo está justamente la desigualdad que propicia. En la medida en que la propiedad de los medios de producción se concentra en unas pocas manos (uno de los principios elementales del capitalismo) y que el resto se ve orillado por esta situación a vender su fuerza de trabajo, la desigualdad es uno de los resultados necesarios en dicha ecuación.

En años recientes este mecanismo básico del capitalismo se ha trasformado en un grado importante, en parte por consecuencia de la revolución en las telecomunicaciones provocada por Internet. Los cambios traídos por la Web se instalaron con tanta velocidad en nuestra vida que quizá muy pocos de nosotros nos hemos detenido a reflexionar sobre su impacto en dominios como la producción de bienes, el consumo y la generación de riqueza. La “burbuja” digital nos ha permitido expresar nuestra opinión en redes sociales, tomar y publicar selfies o comprar en línea, pero claramente va mucho más allá de esto y para el sistema económico representó una de las expansiones más trascendentes del último siglo, comparable al descubrimiento y explotación de América o al impacto de la Revolución Industrial sobre la economía.

Pero dicha bonanza no ha sido para todo el mundo, y quizá ese sea otro signo distintivo. El capitalismo nunca ha sido equitativo, pero es posible que nuestra época sea la más desigual de la historia. De acuerdo con un informe elaborado y publicado por la organización no gubernamental Oxfam, 2018 fue uno de los años en que la desigualdad económica se agudizó más.

De entrada, el dato más impactante de este informe de Oxfam es que tan sólo 26 multimillonarios concentran la misma cantidad de riqueza que 3.8 mil millones de personas, mismas que integran el 50% de la población más pobre del planeta.

Pero eso no es todo. Apenas en 2017, los multimillonarios del mundo de acuerdo con los criterios de Oxfam eran 43 y en 2016 eran 61, es decir, los ricos más ricos incluso aumentan su riqueza, dejando a otros fuera de tan “selecto” club.

En ese sentido, la riqueza de las personas más ricas del mundo aumentó en un 12% en el último año, mientras que aquella de los pobres del mundo disminuyó en un 11%. Dicho de otro modo: los ricos se hacen más ricos y los pobres se hacen más pobres.

Entre las razones específicas de nuestra época que propician esta brecha entre ricos y pobres se encuentra que en general los gobiernos del mundo, sin distinción, colectan más impuestos de la población pobre o de ingresos medios que de la población de ingresos mayores. En el Reino Unido, por ejemplo, el 10% de los habitantes más pobres pagan más impuestos que el 10% de los más ricos (sobre todo por la vía de los impuestos al consumo), y un caso semejante puede encontrarse en países como Francia, Estados Unidos o los de América Latina.

Actualmente la persona más rica del mundo es Jeff Bezos, fundador y propietario de Amazon. Su historia, de hecho, es un claro ejemplo del impacto en la generación de riqueza derivado del ingreso de Internet a nuestra vida cotidiana. En tan sólo unos pocos años Bezos se hizo multimillonario, en buena medida gracias a la Web y a partir de los intercambios de información que ésta propició (sin excluir el apoyo gubernamental o político ofrecido a sus maniobras). Hoy en día, la fortuna del magnate se calcula en 112 mil millones de dólares, el equivalente a toda la riqueza de Etiopía, un país de 105 millones de personas.

Entre las medidas sugeridas por Oxfam para cerrar esta brecha de desigualdad se encuentra la recomendación de crear un impuesto de una tasa de 1% sobre la riqueza, sobre el cual ha sido especialmente insistente el economista francés Thomas Piketty, autor del libro El capital en el siglo XXI (uno de los principales estudiosos de la desigualdad generada por el capitalismo contemporáneo) y coautor de este informe de Oxfam. Según estimaciones de la organización, dicho impuesto a la riqueza generaría cerca de 418 mil millones de dólares, más que suficiente para proveer educación y salud que prevendrían hasta 3 millones de muertes, especialmente de niños.

Porque, al final, ese posiblemente sea el mayor problema de la desigualdad económica: millones de seres humanos mueren de muertes absurdas todos los días, en todo el mundo, sin la oportunidad de realizar su existencia ni siquiera en un grado mínimo.

¿Acaso es tan difícil poner en práctica un cambio en esta situación?

 

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