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Como penitencia de confesión, Amphilochios de Patmos pedía que se plantara un árbol

La isla de Patmos, además de ser sumamente bella, es un lugar importante para la religión cristiana, pues se cree que allí se escribió el Apocalipsis de San Juan, el último libro de la Biblia. Esta isla, a la par de ser un lugar turístico para cristianos y no cristianos que buscan la belleza de sus playas, es centro de un importante monasterio. El monje Amphilochios de Patmos vivió buena parte de su vida allí y restauró algunos de los templos de la isla pero, más aún, reforestó el lugar, en un hermoso gesto que funde la fe con el amor a la naturaleza.

Amphilochios de Patmos nació en 1889 y entró al monasterio de San Juan el Teólogo en Patmos desde los 17 años. En 1913 viajó a Monte Athos, la famosa isla montañosa que ha sido el gran bastión del cristianismo ortodoxo en su veta mística y es actualmente Patrimonio de la Humanidad. En Athos aprendió carpintería y posteriormente regresó a Patmos, donde fue ordenado diácono. Amphilochios tuvo una vida primero inclinada a la contemplación monástica, que incluyó algún tiempo en la "cueva del Apocalipsis", pero luego tuvo que cumplir funciones clericales.

Según el obispo Kallistos Ware, lo que caracterizaba a Amphilochios es que era un ecologista antes de la ecología. Su frase célebre era "Amen a los árboles. Quienes no aman a los árboles no aman a Cristo". Y según el obispo Kallistos, tenía la costumbre de dictar como penitencia de confesión a las personas de la isla que plantaran un árbol. Plantar un árbol era su oración de penitencia y su alabanza a la divinidad. Y luego Amphilochios, quien se convirtió en el viejo guardián de la isla hasta su muerte en 1970, iba a checar los árboles para ver que estuvieran sanos y fueran regados. Al parecer, este hábito hizo que con el tiempo la isla se llenara de árboles. Algo muy apropiado para su fe y para el bienestar del lugar, pero que además nos regala una bella historia que mezcla la espiritualidad con la ecología, dos aspectos de la existencia que en realidad no pueden disociarse del todo, pues como ha dicho, por ejemplo, el monje zen vietnamita Thich Nhat Hanh, el problema ecológico del mundo es en realidad un problema espiritual, que parte de la concepción del ser humano como separado de la naturaleza.

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Un fotógrafo noruego se encontró con un reno blanco mientras caminaba por la montaña en el norte de ese país escandinavo.

Mads Nordsveen compartió la imagen y ésta ha alcanzado decenas de miles de likes, ya que el fenómeno no sólo es muy raro sino que conjura un cierto deleite estético fantasmal, pues el reno se alcanza a mimetizar con el paisaje. Y uno sólo puede imaginar lo que es encontrarse en la nieve con un reno o un ciervo blanco (algo que ocurrió hace unos años en Suecia), que a la vez está asociado con todo tipo de leyendas mágicas en las que suele simbolizar la pureza. Incluso existen tradiciones en Escandinavia que consideran que ver un reno blanco es algo sumamente auspicioso. Casi como ver un unicornio. Y por supuesto, para aquellos que celebran el espíritu navideño, puede ser una grata sorpresa.

Nordsveen ha dicho que el reno se mostró bastante amigable y curioso; incluso parecía estar posando, y hubo un momento en el que ambos se miraron directo a los ojos.

El color blanco en estos animales no se debe a que sean albinos, sino a una rara mutación genética que elimina el pigmento de su piel.