*

X

'Hologramas' darán clases en universidad británica

Ciencia

Por: pijamasurf - 11/02/2018

El Imperial College de Londres empleará tecnología de telepresencia para que reconocidos profesores puedan impartir conferencias e interactuar con alumnos

La tecnología de telepresencia primero empezó a usarse en el entretenimiento, en la industria militar y en la política, y ahora tendrá quizá su mejor aplicación en la educación. La universidad Imperial College de Londres planea utilizar 'hologramas' de telepresencia para que profesores den conferencias a sus estudiantes de manera regular, primero dentro de su Escuela de Negocios.

Esto será simplemente una mejora por sobre las videoconferencias que ya se usan en muchas universidades. Los profesores contarán con monitores de alta definición para que puedan incluso mirar a los ojos a los alumnos e interactuar "realmente". Si bien esta tecnología no es exactamente holográfica, en la práctica sirve como tal, creando simulacros, especie de hologramas de la gente, de manera similar al Pepper's Ghost effect, que ha sido usado por el candidato a la presidencia de Francia, Jean-Luc Mélenchon, para dar un discurso en siete lugares distintos al mismo tiempo.

El Pepper's Ghost es sumamente caro, pues llega a costar hasta 150 mil libras esterlinas por evento, pero lo que usará la universidad británica, desarrollado por una compañía canadiense llamada ARHT Media, será más barato, si bien sigue siendo una fuerte inversión. La idea es que profesores de diferentes partes del mundo puedan impartir conferencias para sus estudiantes.

La universidad londindense será pionera en este tipo de implementación, la cual podría en algunos años ser más común, ya que ofrece notables ventajas (si bien, no en costo) a las videoconferencias. Dicho eso, una conferencia presencial difícilmente podrá ser superada por un holograma o cualquier otro dispositivo de proyección.

 

En este enlace de la BBC puedes ver una demostración del Pepper's Ghost effect

Te podría interesar:

¿Las mujeres no tienen creatividad científica? El ‘efecto Matilda’ lo explica

Ciencia

Por: pijamasurf - 11/02/2018

Cuando se revisa la historia del desarrollo de la ciencia pareciera que sólo los hombres han participado en ella, ¿pero en verdad es así?

Más allá de las posiciones enconadas en las que actualmente viven ciertas personas al enfrentar a mujeres contra hombres, con cierta serenidad y aun objetividad es posible advertir el lugar secundario que las mujeres suelen tener en diversos ámbitos del desarrollo cultural humano. 

Una revisión (así sea superficial) de la historia del arte, de la ciencia, de la política y de casi cualquier otro campo nos arrojará un desequilibrio evidente entre el número de hombres y el de mujeres que figuran en esas páginas. Parafraseando cierto poema célebre de Bertolt Brecht podríamos preguntarnos: ¿dónde están las mujeres compositoras e inventoras?, ¿dónde las mujeres filósofas? ¿las líderes sociales? ¿Por qué parece que, durante tantos siglos, únicamente los hombres se encargaron de poner en marcha la rueda de la historia? 

Al menos en el caso de la ciencia, es posible encontrar respuestas concretas, particularmente las que con un sólido trabajo de investigación ha ofrecido Margaret Rossiter, profesora en la Universidad Cornell que en la década de 1990 acuñó el término “efecto Matilda” para señalar la ausencia deliberada de reconocimiento hacia las mujeres en los descubrimientos e invenciones científicas.

Rossiter dio ese nombre al concepto a raíz de “La mujer como inventora”, un ensayo de Matilda Joslyn Gage publicado en 1893 en el que su autora, una conocida feminista y luchadora por el derecho de las mujeres a votar, intentó refutar el prejuicio largamente sostenido de que las mujeres no poseían ningún tipo de inventiva o genio mecánico, lo cual explicaba que no destacaran en las disciplinas científicas y tecnológicas. Ya en aquella época Gage señaló que, más bien, la educación que solían recibir las mujeres hasta entonces descuidaba o ignoraba todo tipo de materias relacionadas con la ciencia. “Y aun así”, escribo Gage, “algunas de las invenciones más importantes del mundo se deben a una mujer”.

Siguiendo esa perspectiva, Rossiter se dedicó a rastrear los casos en Estados Unidos en los que una invención o un descubrimiento científico habían sido fruto del trabajo parcial o total de una mujer y no sólo no se le había otorgado el reconocimiento correspondiente sino que, lo que a veces resultaba todavía más inexplicable, dicho reconocimiento había recaído en la figura de un hombre.

Por ejemplo, el caso de Alice Augusta Ball, química originaria de Seattle, Washington, que a inicios del siglo XX dedicó sus esfuerzos a encontrar una cura para la lepra, trabajo que lamentablemente se vio interrumpido a causa de su muerte abrupta en un accidente automovilístico. Arthur Dean, un colega suyo, retomó los avances hechos por Ball y todos los trabajos los firmó con su nombre, sin otorgarle nunca ningún tipo de crédito a Ball. A la postre, la cura contra dicha enfermedad sería conocida como el “método Dean” contra la lepra.

Otro ejemplo significativo es el de Lise Meitner, doctora en física de origen austríaco que participó junto con otros en los primeros experimentos en materia nuclear y, también como otros científicos, fue perseguida por el régimen nazi, a causa de su origen judío. El logro más destacado de Meitner fue haber dirigido al equipo que descubrió la fisión nuclear, con la cual hoy en día se produce cerca del 20% de la energía eléctrica que se consume mundialmente (entre otros usos). Curiosamente, quien recibió el Premio Nobel de Química por dicho descubrimiento fue su sobrino, Otto Frisch.

Otros ejemplos del “efecto Matilda” han sido compilados recientemente por Timeline, un proyecto editorial en línea que busca recuperar esos momentos en que la historia ha parecido quebrarse para empezar algo nuevo y desconocido. Por ejemplo, la posibilidad para las mujeres de ser reconocidas por su trabajo intelectual.

 

También en Pijama Surf: 11 libros indispensables sobre feminismo según la Biblioteca Pública de Nueva York

 

Imagen de portada: Lise Meitner y Otto Hahn en su laboratorio, en 1913