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Si quieres ayudar realmente a alguien que está sufriendo no intentes solucionar su problema, mejor haz esto

AlterCultura

Por: pijamasurf - 10/29/2018

A menudo proponemos solucionemos y buscamos que la persona haga lo que nos parece indicado a nosotros y entonces, olvidamos escuchar y poner atención

Comúnmente, cuando tenemos contacto con una persona que está atravesando por un momento difícil, como puede ser una pérdida o una enfermedad, lo primero que intentamos, queriendo ayudar, es ofrecer una solución. Escuchamos mínimamente cuál es el problema de la persona y empezamos a pensar en soluciones, en qué haríamos nosotros y en qué cosas hemos escuchado antes que podrían servirle. Generalmente, el otro puede seguir contándonos lo que le pasa pero nosotros ya no lo estamos escuchando atentamente, estamos pensando en lo que él o ella debería hacer. En ocasiones esto obedece a un genuino deseo de ayudar, pero generalmente es una especie de intolerancia al dolor, una incapacidad de estar en un estado vulnerable, dejándonos permear por el sufrimiento del otro; y entonces nuestra ayuda, más que una genuina ayuda, es una forma de distraernos y protegernos.

Como han notado diversos terapeutas y maestros espirituales -por ejemplo, Carl Jung y Chögyam Trungpa-, lo que la gente realmente necesita en un momento de crisis emocional es ser escuchada, que le demos nuestra atención indivisa sin juzgarla. Permitirle que exprese todo lo que siente y hacerle sentir que alguien está allí, simplemente. Algo difícil de describir y que no puede ser cuantificado ocurre cuando le ponemos atención al dolor de una persona. La escritora francesa Simone Weil, no sólo una de las mentes más brillante de su época sino una de las más bondadosas, escribió que "la atención es la forma más rara de generosidad". Weil tenía una forma muy especial de entender la atención, que para ella consistía en:

suspender el pensamiento, en dejarlo disponible, vacío y penetrable al objeto... la mente debe estar vacía, a la espera, sin buscar nada, pero dispuesta a recibir en su verdad desnuda al objeto que va a penetrar en ella.

Así que poner atención no es algo que hagamos fácilmente; es una kénosis: requiere de apertura ante la persona o el objeto y gran generosidad, un vaciarse para dar espacio y paz para que el otro se manifieste. Por eso la atención puede igualarse al amor. "La plenitud del amor al prójimo estriba simplemente en ser capaz de preguntar '¿Cuál es tu tormento?'"; en hacerle la pregunta necesaria y escucharlo y "saber dirigirle una cierta mirada. Esta mirada es, ante todo, atenta". Weil agrega que casi todos los que creen que son capaces de prestar atención a un desdichado se engañan. Y es verdad, nos engañamos. Le ponemos atención a nuestros propios impulsos, deseos y pensamientos, pero muy rara vez a lo que nos dice y siente un desdichado.

Jung, por su parte, escribió que la base del rapport y de la capacidad terapéutica de un médico yace en escuchar sin juzgar los problemas de su paciente, en aceptarlos y no colocarse por encima de su dolor. Se trata de:

un profundo respeto a los hechos -por el hombre que sufre por ellos y por el predicamento de la vida de ese hombre-. La persona verdaderamente religiosa tiene esta actitud. Sabe que Dios ha hecho que sucedan todo tipo de cosas extrañas e inconcebibles y busca de las formas más curiosas entrar en el corazón de un hombre. Así entonces, siente en todas las cosas la presencia de la voluntad divina. Esto es de lo que hablo con objetividad sin prejuicios. Es un logro moral de parte del doctor que no se ve repelido por la enfermedad y la corrupción. No podemos cambiar nada si no lo aceptamos. La condenación no libera. Oprime. Y yo soy el opresor de la persona que condeno -no su amigo o par en su sufrimiento-. 

[...] Pero, si el doctor desea ayudar al ser humano, debe aceptarlo tal como es. Y sólo puede hacer esto realmente si antes ya se ha visto y aceptado tal como es él mismo. Tal vez esto suene simple, pero lo simple siempre es lo más difícil. En la vida real, se requiere del más grande arte para ser simple. Y así, la aceptación propia es la esencia del problema moral, y el examen crucial de la perspectiva que uno tiene de la vida.

Algo casi idéntico a lo que notó el maestro budista Chögyam Trungpa Rinpoche, quien como gurú de cientos de personas también fue su terapeuta:

Si el paciente se siente terrible, el sanador recoge esa sensación del malestar del paciente: por un momento siente lo mismo, como si él mismo estuviera enfermo. Por un momento los dos no están separados y un sentimiento de autenticidad ocurre. Desde la perspectiva del paciente esto es exactamente lo que se necesita: alguien que reconozca su existencia y el hecho de que realmente necesita ayuda. Alguien que en verdad vea su enfermedad. El proceso de sanación puede entonces empezar en el estado del paciente, porque se da cuenta de que alguien se ha comunicado con él completamente. Ha habido un mutuo atisbo de un terreno en común. Las bases subyacentes psicológicas de la enfermedad se empiezan a resquebrajar, se disuelven...

En este punto, no hago distinción entre médico y psiquiatra: ya sea que estemos lidiando con el nivel psicológico o físico, la relación con el paciente debe ser exactamente la misma. La atmósfera de aceptación es extremadamente simple pero efectiva. El punto central es que paciente y sanador compartan la sensación de dolor y sufrimiento -la claustrofobia o el miedo o el dolor físico-. El sanador se tiene que sentir parte de todo el engranaje. Parece que muchos sanadores evitan tal identificación; no quieren involucrarse con una experiencia tan intensa. En lugar de esto, la juegan de manera desafectada y despreocupada, tomando una perspectiva más de negocios.

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La atracción o el misterio de la muerte parecen ser más poderosos que el miedo que podemos tenerle

La muerte ha ejercido, desde siempre, un interés profundo en el ser humano. Si de por sí la vida se nos presenta como un misterio, en cierto modo un corolario que se deriva de ella es la pregunta simple de por qué tiene que llegar a su fin. No sabemos por qué surgió la vida o cuál es su propósito pero, en contraparte, tenemos una certeza: eventualmente, la vida terminará.

Acaso como expresión de ese misterio que rodea a la muerte, los lugares que presentamos a continuación comparten la característica un tanto incomprensible de ser visitados por miles o millones de personas cada año, a pesar de que en sí mismos son una evocación de la muerte. 

Si bien se ha dicho que el ser humano, a lo largo de su vida, hace todo para intentar evadir la certeza de la muerte, que estos lugares se hayan convertido en atractivos turísticos parece, por el contrario, probar que después de todo, la atracción o la curiosidad son más poderosas.

Bosque de Aokigahara, Japón

En las faldas del emblemático monte Fuji se encuentra este bosque cuyo nombre significa, literalmente, “mar de árboles”. El sitio es especialmente hermoso porque cubre los vestigios de la última gran erupción del monte Fuji, ocurrida en el año 864 de nuestra era, que también dio origen a un lago aledaño. Cuando la lava volcánica se solidifica, se convierte en suelo y rocas particularmente porosos, una cualidad que facilita la absorción del sonido. El bosque de Aokigahara es un lugar especialmente silencioso por esta razón. 

Quizá por eso mismo o por otras características, Aokigahara ha sido desde mediados del siglo XX uno de los puntos preferidos por los suicidas en Japón, quienes al parecer deciden acabar su vida en medio de la soledad y la quietud que provee este bosque.

 

Cementerio de Montparnasse, París

Este es sin duda uno de los cementerios más visitados del mundo, no sólo porque se encuentra en la ciudad turística por antonomasia, sino también por cualidades propias: además de la belleza de su disposición arquitectónica, sus mausoleos y en general sus monumentos mortuorios, Montparnasse destaca por la enorme cantidad de personas célebres que ahí fueron inhumadas. Las tumbas que más atención reciben son las de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, Serge Gainsbourg y Guy de Maupassant. Los restos de Cioran y de André Citroën también descansan ahí, además de los de Julio Cortázar y Porfirio Díaz.

 

Catacumbas de París

También en París es posible visitar un lugar insólito no sólo por estar asociado con la muerte, sino sobre todo porque es una estructura inesperada para una ciudad como la capital francesa. Se trata de las llamadas “Catacumbas de París”, que toman su nombre de los recintos subterráneos que se utilizaron en Roma para inhumar a los difuntos y que a su vez recibieron a las primeras comunidades de cristianos, cuando el ejercicio de su religión estaba prohibido en el Imperio.

En el caso de las Catacumbas de París, su origen es muy distinto, aunque no por ello menos sorprendente. Inicialmente, su antigüedad data del siglo XVIII, cuando el gobierno local decidió transferir los restos óseos de casi 6 millones de personas de los panteones de la ciudad a otra parte, por motivos de salud pública. Después de examinar el problema, las autoridades decidieron aprovechar los corredores dejados por la explotación minera que había tenido lugar desde la Antigüedad y convertir al menos una zona en un osario. 

Por este aspecto, las de París son catacumbas como las romanas pero, hasta donde se sabe, nunca albergaron algún tipo de culto o ritual.

 

Museo de las momias de Guanajuato, México

Como en el caso anterior, aquí no se trata de “momias” en el sentido estricto del término. A diferencia de las egipcias, las momias de este museo no son ni antiguas ni, de hecho, resultado de un proceso de conservación del cuerpo inerte de una persona. En realidad se trata de los restos de poco más de 100 personas, que fueron exhumados de un panteón local luego de que nadie pagara los derechos requeridos para mantener intactas sus correspondientes tumbas. 

Cuando las autoridades abrieron los sepulcros, a mediados del siglo XIX, encontraron que los cuerpos se habían “momificado” naturalmente, como resultado de las condiciones del suelo de dicha región del centro de México.

 

Taj Mahal, India

Muchos reconocemos de inmediato el Taj Mahal, uno de los iconos turísticos de la India. Y sea por su majestuosidad o por el exotismo que asociamos con este país, quizá pensemos de inmediato que se trata de un palacio, como aquellos donde transcurren las historias de Las mil y una noches.

No olvidemos, sin embargo, que el Taj Mahal es un mausoleo, es decir, el monumento mortuorio erigido para ser la última morada de los restos de una persona, en este caso, Arjumand Banu Begum (o Mumtaz Mahal), cuarta esposa del Shah Jahan, emperador de la India en tiempos del imperio mongol.

Se calcula que entre 7 y 8 millones de personas visitan el Taj Mahal cada año.

 

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