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En el 2016 el artista Anish Kapoor desarrolló y patentó el Vantablack, "el negro más negro"

En el 2016 el artista Anish Kapoor anunció públicamente que había desarrollado, en colaboración con una empresa del sector aeroespacial llamada NanoSystems, un material capaz de absorber un 99.96% de luz: un tipo de negro llamado Vantablack, también denominado “the blackest black. Esto no pasaría de ser una buena nueva si no fuera por el revuelo —no exento de réplicas*— al que asistimos alrededor del descubrimiento. No contento el escultor con el hallazgo, procedía a patentarlo para su uso en exclusiva.

El Vantablack supone un salto en las artes plásticas complicado por el momento de interpretar críticamente. Su poder de absorción lumínica abre un novísimo campo de expresión no sólo en la pintura o la escultura, también en sectores como el arquitectónico o el textil. A partir de fotografías, somos capaces de ver cómo este material puede imprimirse en cualquier superficie y ocultar por completo todo rasgo volumétrico. Situándonos ante una nueva plástica de la oscuridad, un tacto de invisibilidad diferente, al menos en parte, de antiguas aproximaciones artísticas de objetivo similar**. Aun con todo, el uso de este material permanecerá en exclusiva para equipos aeroespaciales, fines militares y en las obras de Anish Kapoor… Sea cual sea ese horizonte, parece que nos está siendo vetado.

Diversos medios de comunicación especializados se hacen eco sin dar apenas ninguna importancia más allá de lo puramente anecdótico, trasladando y asumiendo una mentalidad más propia de la ingeniería industrial y de producto que del mundo artístico. Artistas y apasionados no tardaron en poner su voz en grito.

Al margen de derroteros de tinte político, lo verdaderamente relevante es intentar comprender, dentro de la libertad constitutiva del arte, qué posibles razones llevan a un artista a obrar así, y en consecuencia condicionar el presente y el porvenir de su práctica. Enmarcando su trabajo bajo una competitividad de corte monopolista y mercantil más que artística —suponiendo que esta competitividad deba existir en contexto artístico, al menos bajo los mismos presupuestos de cómo se entiende este concepto actualmente—.

Es evidente que Anish Kapoor patenta un material por la sola razón de que nadie pueda utilizarlo en círculos artísticos, dando a entender que si así fuera, su discurso —y su negocio— se vería perjudicado. Además de perseguir con su acción un fundamento artístico más que dudoso, su obra misma, presumimos, corre el riesgo de convertirse en mera divisa de intercambio mercantil —abocada a su propia lógica interna y aislada, financiera—. Las razones que da Kapoor son poco menos que ridículas y elusivas. Viene a decir que se trata de un “proyecto” en el que ha estado trabajando varios años, aún en fase de experimentación, y que por ello ve natural el patentarlo.

Podría decirse que todo material “novedoso”, o combinado material original, en un principio sufre en cierta medida de un monopolio más o menos férreo, hasta que la demanda, del tipo que sea, democratiza su uso; no obstante, queda preguntarnos qué posible impulso ha llevado a un hombre, en su práctica artística —creativa, dimensión más puramente humana***—, a imponer intereses egoístas y excluyentes en aras de una competencia ferozpuesto que, si fuera comerciante o coronel, resultaría quizá más evidente, pero en lo cultural lo contrario de competencia no es la incompetencia.

Pongamos por caso al cocinero o al físico, profesiones también humanas; éstos bien podrían otorgar nombre —reivindicativo, rememorante de autoría en medida— a su receta o fórmula descubierta, pero, ¿esto equivaldría a una prohibición elitista de los ingredientes o ecuaciones para evitar, en definitiva, el alimento de otro ser humano, para desarrollo ulterior de una comunidad de seres? Seríamos testigos, a nuestro juicio, de la transformación de una práctica humana en su misma negativa funcional. Los derechos de autor restringen ideas económica o nominalmente, pero no deberían hacerlo culturalmente —al César, lo que es del César—…

Se derivan algunas preguntas: si todos tuviéramos acceso al Vantablack, ¿nuestro primer objetivo sería ponernos a hacer “el Kapoor” por museos y galerías del mundo?****, ¿de qué se protege Kapoor en realidad?...  Puede que él mismo piense, y así lo da a entender con su actitud, que su obra no tiene más profundidad que la que otorga un material y su relativa escasez en un medio concreto. La mentalidad que lleva a meter un árbol en un museo sólo porque sea el último que quede sobre la Tierra. Mentalidad que convierte centros de creación contemporánea en zoos exóticos o en museos arqueológicos, y en el peor de los casos, en circos de variedades.

En varias de las mitologías contenidas en las escrituras sagradas hindúes, se nos previene del poder fáctico de los sentidos. Advierten del peligro de considerar la realidad como un influjo perceptivo sin aristas de ninguna clase. En una habitación oscura, una cuerda enrollada parece simular el descanso de una serpiente. Un palo dentro del agua cristalina, parece torcerse de forma oblicua a nuestros ojos. Lo que vendría a decir: lo estético no vertebra la realidad, realidad donde, está de más decir, incluyo al arte. Esto, a mi juicio, tiene una relación directa con la misma obra del escultor, y quizá nos ayude de paso a entender qué ha podido llevarle a actuar de este modo, en esta su última obra.

Anish Kapoor, hindú de nacimiento, parece que nos vuelve a poner delante la historia de la serpiente y del palo. Desde el comienzo de su carrera, con la conocida serie de esculturas llamadas 1000 Names (cuyo nombre es de por sí identitario), hasta las últimas series de masas de apariencia muscular, Kapoor juega siempre con el observador mediante una simulación. En ambas, el simulacro y lo ilusorio cobran un decisivo papel. La primera pretende suscitar objetos que se encuentran “debajo del suelo”, como el mismo artista llega a afirmar; en la segunda, construcciones artificiales parecidas a la carne, obras con apariencia cárnica… por no hablar de toda la ristra de objetos de suelo y de pared, reflejando el entorno volteado o simulando un espacio sin fondo. Esta tendencia ha sido una constante a lo largo de toda su vida profesional y artística. Nos encontramos ante un juego con arte de ventrílocuo, donde parece prevalecer aquella máxima de cuanto más espectacular y original, mejor; cobrando la forma su interés por las capacidades especulares que residen en apariencia en ella.

Charles Ray, en una conferencia sobre escultura titulada Thoughts on Sculpture, comentaba que el problema de la escultura de Kapoor, aquello mediante lo cual suscitaba en él tan escaso interés, se debe a que se trata de una obra de calidad “diseñable, comprensible, capaz de poseerse (...)”. Con un ejemplo gráfico de una serie de dibujos animados, vemos al Correcaminos poniendo una trampa al coyote, haciéndole caer por un agujero que después levanta con el pico como si fuera un trozo de tela sobre el suelo; Ray comentaba, al hilo, que esos agujeros oscuros de Kapoor también “podías metértelos en el bolsillo y llevártelos a casa”. Viene a decir algo así como que la escultura comprendida en “trucos” que la vertebren, igual que la magia una vez develada, caerá tarde o temprano en la indiferencia. No decimos que en el engaño haya mentira necesariamente, y mucho menos que la expresividad de lo ilusorio o lo ficticio en el arte sea motivo de queja; sólo señalamos que, una vez comprendida la obra, poseída, el calado indefectiblemente decae, nuestra relación viva se solidifica. Al hilo del razonamiento, quizá podríamos preguntarnos por esas otras obras que con el paso de los días —días que cuentan y son contados sobre todo en esa Historia del Arte culturalmente predominante—, parecen en cambio removernos a un tiempo que no somos capaces de encerrar definitivamente bajo ningún marco de comprensión específico, y que, a su vez, nos transmiten el aroma de una época, de su cercanía —época en su sentido más amplio, cultural, sin condicionantes de tipo histórico o causal exclusivamente—. Pensándolo bien, ¿acaso no estaremos ante ese mismo aroma capaz de dar las pautas interpretativas de un tiempo concreto actual? Tiempo poseído de manera indefinida por una competitividad (mediática) que se posiciona como valor nuclear de una realidad (artística)… Si esto es así se evidencia una caducidad, caducidad que puede dar como resultado una transformación del campo de expresión artística en campo de batalla —no siempre pacífica, y desde luego no silenciosa—, decaimiento que tratamos de exponer aquí.

No pretendemos comprometer la calidad de la obra de ningún escultor, nada más lejos; aun así creemos que al poner sobre la mesa ciertos aspectos sobresalientes de la misma, éstos nos ayudarán a entender mejor el contexto de esta última acción suya. Y quizá también darnos cuenta de que esta obra no puede ni debe quedar aislada de la misma trayectoria profesional del artista, del sentido de su obra por completo.

Lo que parece más revelador, por lo contradictorio, es que el mismo Kapoor muestre una preocupación mediática poco menos que constante, en deferencia a la libertad y la igualdad de los derechos humanos (quizá el caso más conocido es el del encarcelamiento del artista Ai Weiwei), y no obstante, con una normalidad pasmosa, sufra de una miopía con su propia práctica de tales dimensiones.

Es curioso cómo Kapoor se mantiene ocupado intentando sacar de la cárcel a este o aquel artista, para luego, una vez fuera, arrebatar a escondidas la libertad que constituye su misma razón de ser. ¿Acaso pretender apoderarse jurídicamente (despóticamente) de un material no es una falta igual de grave contra los derechos humanos? ¿Acaso la libertad creativa atesorada no es la verdadera piedra de toque para cualquier concientización ulterior en el ámbito de una comunidad artística y humana justamente entendida? ¿Cuál hubiera sido la reacción de aquel joven hace décadas en una ciudad convulsa y epicentro de una de las más grandes revoluciones escultóricas del momento, como fue Londres, si se le hubiera impedido usar un material concreto en su obra? Y lo que es más importante, puesto que este no es el primer caso similar ocurrido en la historia, ¿qué sería del arte si esa mentalidad se extendiera, igual que un virus, y comenzaran a surgir espíritus de corte similar?, ¿debería una institución pública, orientada a crear comunidad —como un museo—, apoyar una obra bajo la que sopesa una ética de este tipo?

Por estos caminos, el arte no puede sobrevivir sin sufrir de una gravísima desnutrición. Alejados de cualquier mesianismo de tipo comunista, consideramos sin embargo que existe una responsabilidad de fondo al tratar de proyectar el ethos de esta acción más allá, obligándonos a  dilucidar si ciertos “derechos de autor” invaden derechos humanos como tal. En arte, la autoría no debería convertirse en autoritarismo. 

Quizá sea fructífera una meditación, la meditación del escultor sobre si estas ideas suyas — “ideas artísticas” que se esfuerza por apresar— son patrimonio exclusivo del individuo competitivo (aislado) frente al resto, o se deben realmente (agradecer) al cuerpo de la tradición de la que procede o hacia la que siente atracción, por muy oculta que sea. En lo cultural, como en todo organismo vivo, pretender aislar un miembro es condenarlo a su suerte. Y con aislar nos referimos a excluir de raíz, arrancar de una tradición cultural humana y colectiva… considerando el fundamento de la tradición como tarea creativa, no necesariamente recta, ni tampoco ciega.

Volvamos a la serie denominada 1000 Names, cuyos colores y disposición espacial son vivo reflejo de los montones de pigmento que en mercados de la India ponen a la venta las mujeres mientras charlan sentadas en el suelo con sus compañeras. O sus famosos trabajos de cañonazos de cera roja, que podemos ver a escala reducida por esquinas de todas las ciudades, como consecuencia del rastro de una especie de tabaco de mascar que los ciudadanos escupen después de su uso, dejando ese característico surco de color rojo vivo. Sirva esto como ejemplo, a sabiendas de que pecamos conscientemente de un reduccionismo excesivo en la interpretación de sus obras, ejemplo sesgado y exclusivamente formal. Pero parece que para Kapoor, como hemos podido comprobar, esta visión parcial hacia lo matérico tiene una importancia decisiva, hasta el punto de defender —¿blindar?— esta posición con todas las armas a su alcance.

A mi juicio, el verdadero “blackest black” tiene forma de olvido, olvido que no tardará en engullir aquellas obras nacidas por una fugacidad caprichosa, alimentada por una mentalidad solipsista y de carácter puramente comercial. La otra opción es que acaben en salones privados de megalómanos o como pasto de decoradores de interiores sin alma, que viene a ser lo mismo.

Nosotros, que tan lejos estamos del poder adquisitivo que le proporciona cierto estatus del mercado del arte a Kapoor, nos conformamos –sin vergüenza de ningún tipo— con buscar la sensación de total oscuridad en nuestras esculturas o cuadros apagando la luz y cerrando la puerta. Y a poder ser, queden dentro aquellos que pretendan arrebatar subrepticiamente lo que no puede ser derecho exclusivo de nadie.

 

Contacto: danieldelrio0@gmail.com

 

* El artista británico Stuart Semple, en respuesta al suceso, inició una “batalla por el color” contra Kapoor, comenzando por el desarrollo de un pigmento, el “pinkest pink”, cuya patente está abierta para todo el mundo, excluyendo a Anish Kapoor. El pasado febrero, sacó al mercado un pigmento llamado Black 1.0 Beta pigment, descrito como “flattest, mattest, blackest art material on the planet”, a la venta de nuevo para todos excepto para Kapoor. Esto nos advierte claramente del fatal destino al que nos aboca este tipo de actitud –por ambas partes– en el arte, y que pretendemos hacer entrever en este escrito.

** Nos vienen a la mente aquellos cuadros que tienen la Anunciación como motivo central, siendo quizá uno de los más antiguos conatos de transmitir una invisibilidad plástica –aunque de índole diferente– a partir de la representación pictórica del ángel invisible a los ojos humanos de la Virgen.

*** Dar las razones ahora de por qué consideramos el arte de esta forma superaría con mucho las intenciones de este artículo, quede nada más apuntado para hacer ver las importantes consecuencias a nuestro juicio de la acción de Kapoor en lo que al hombre en general se refiere.

**** Dejando de lado la manida discusión sobre verdadera la autoría de sus piezas, si las hace él o sus ayudantes, asunto que para nosotros, por inocente, carece de contenido si se tiene algo de perspectiva.

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25 películas difíciles de entender que son un gran estímulo para tu conciencia

Arte

Por: pijamasurf - 05/15/2018

Si bien estas cintas pueden parecer complejas, su recompensa es que nos llevan a preguntas que de otro modo quizá no nos haríamos

“Sólo lo difícil es estimulante”, dijo alguna vez el poeta y novelista cubano José Lezama Lima, que en su literatura profesó con el ejemplo y llenó sus escritos de adjetivos y construcciones gramaticales a veces difíciles de penetrar… pero, cuando se les entiende, profundamente gratificantes. 

La dificultad nos incita a esforzarnos más. Aunque no menos cierto es que algunas personas frente a lo adverso prefieren retirarse, aburridas o atemorizadas, acaso como efecto de un viejo hábito aprendido frente a aquello que se les presenta como un obstáculo a su voluntad y no como un incentivo. Lamentablemente, pues rendirse nos priva de llegar a la meta, de descubrir algo que no sabíamos, de disfrutar nuevos placeres e incluso de aprender a partir de los tropiezos. Eso es lo estimulante de la dificultad.

Elaboramos este breve elogio a lo difícil como introducción a 25 películas que cumplen con dicha característica. No se trata de cintas particularmente dóciles frente al espectador, pues sea por su elección narrativa, por el uso de lenguaje cinematográfico, por el tema general tratado o por algún otro motivo, representan un reto del tipo al que no siempre estamos habituados cuando nos sentamos a ver una película.

Pero en este caso, la dificultad también tiene su recompensa. Quizá cuando comiencen a correr los créditos finales en alguno de estos títulos tengas la sensación creciente de no saber qué acabas de ver, quizá no atines a articular una sola idea coherente y te sientas abrumado y hasta un poco torpe. Pero también es muy posible que sientas un cosquilleo en tu mente, como un rayo de luz vivo, titubeante, que se esfuerza por salir y crecer…

Compartimos a continuación los títulos y algunos datos al respecto de cada una.

 

Being John Malkovich, Spike Jonze (1999) 

Si bien el punto de partida de esta película es enteramente fantasioso, su desarrollo nos lleva a explorar el enigma de la identidad y de eso que llamamos "yo", sin duda uno de los abismos más inquietantes de todos los que el ser humano puede encontrar para abismarse.

 

Enemy, Denis Villeneuve (2013)

Una adaptación parcial de El hombre duplicado, novela de José Saramago (2002), esta cinta sigue la historia de un hombre que descubre por casualidad en una película a otro que es idéntico físicamente a él. La búsqueda de este “doble” hace al espectador preguntarse sobre el fundamento de su propia identidad. 

 

Predestination, Peter y Michael Spierig (2014)

Sin mayor introducción, esta cinta sitúa a su espectador en plena acción, y ahí comienza la complejidad. Poco a poco, el espectador es llevado a la comprensión de la trama general, basada en el motivo del viaje en el tiempo.

 

Mr. Nobody, Jaco Van Dormael (2009)

Además del tema principal de la cinta –la posible inmortalidad del ser humano–, Mr. Nobody presenta cierta complejidad por su narrativa fragmentada y su ambición de cruzar diferentes historias.

 

A Clockwork Orange, Stanley Kubrick (1971)

A primera vista esta película es sencilla, posiblemente perturbadora en algunos de sus planteamientos, pero cinematográfica y narrativamente simple. En el fondo, sin embargo, los temas que toca y las preguntas que plantea en torno a éstos no son especialmente fáciles de entender. Este comentario de Slavoj Zizek al respecto aporta una perspectiva que puede resultar útil para la comprensión del filme.

 

Cloud Atlas, Tom Tykwer y Lana y Andy Wachowski (2012)

La dificultad de esta cinta proviene sobre todo de su narrativa, que integra seis épocas diferentes unidas por la causalidad de ciertos fenómenos. Se trata de un esfuerzo admirable por traducir en el cine la contingencia propia de la vida.

 

The Fountain, Darren Aronofsky (2006)

Desde sus primeras cintas (Pi y Requiem for a Dream, de 1998 y 2000, respectivamente), Aronofsky se distinguió por ser un director poco común, inclinado hacia la experimentación y la complejidad narrativa. En The Fountain se propuso explorar el tema de la conciencia y su destino una vez que la vida termina.

 

Abre los ojos, Alejandro Amenábar (1971)

Una cinta que juega con el tópico clásico de la frontera entre la realidad y el sueño y cómo una persona puede ser manipulada para dudar de su propia realidad, o de sus propios sueños.

 

Shutter Island, Martin Scorsese (2010)

Si bien a Scorsese se le identifica más bien con cintas de criminales, mafias y personajes a medio camino entre el cinismo y la locura, en Shutter Island filmó una historia un tanto fuera de dicha línea, la cual sigue la investigación de un agente policíaco que busca explicar la desaparición de un paciente en un hospital psiquiátrico. Cabe mencionar que el final de la película ha suscitado varios artículos en Internet que buscan explicarlo.

 

Memento, Christopher Nolan (2000)

En esta película, Nolan ensayó un recurso narrativo interesante que quizá confunde de inicio al espectador, pero pronto encuentra su propia lógica.

 

Donnie Darko, Richard Kelly (2001)

A diferencia de otras cintas consideradas de culto, que lograron trascender este límite y dieron cierto salto a la cultura pop, Donnie Darko ha navegado desde su estreno en aguas un tanto apartadas y frías. Quizá esto se deba a la oscuridad de su cinematografía, que se expresa en casi todos los aspectos de la cinta. De cualquier modo, se trata de una película que no ha dejado de fascinar y, sobre todo, perturbar lúcidamente.

 

Inception, Christopher Nolan (2010)

La película más popular de Nolan es también la obra en la que mejor empleó su juego de distintos planos de realidad, logrando ese efecto que también se encuentra en Las mil y una noches, en el Quijote y en algunas narraciones de la literatura oriental: que el espectador ya no pueda diferenciar entre la realidad y la ficción. Hace algún tiempo, Nolan explicó el significado de la escena final de la cinta.

 

Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Michel Gondry (2004)

Un clásico de nuestra época, esta película de Gondry cautivó de inmediato a los espectadores por su exploración de la memoria en relación con el amor. Sin embargo, más allá de la temática, la cinta destaca también por el manejo de su narrativa, que hace honor a la complejidad del argumento. 

 

Melancholia, Lars von Trier (2011)

¿Cómo pueden convivir en una cinta una boda y la colisión inminente de la Tierra con otro planeta? Esta pregunta, que podría parecer un tanto excéntrica, revela en su respuesta algunas de las contradicciones más enigmáticas de la naturaleza humana. Para los interesados, en el primer ensayo de La agonía del Eros, el filósofo Byung-Chul Han dedica un comentario particularmente inteligente a esta cinta.

 

Jacob’s Ladder, Adrian Lyne (1990)

Un veterano de la guerra de Vietnam comienza a tener recuerdos tormentosos y un tanto involuntarios de sus días en dicho conflicto; conforme investiga el origen de éstos, descubre una verdad horrenda. Cabe señalar que todos los efectos especiales de esta cinta no son resultado de la posproducción de la misma, sino que fueron filmados en vivo, lo cual también le otorga un gran valor cinematográfico.

 

Synecdoche, New York, Charlie Kaufman (2008)

En esta lista, Kaufman se encuentra tácitamente en otras dos cintas, pues fue el guionista de Being John Malkovich y Eternal Sunshine of the Spotless Mind, lo cual revela ya su talento para contar historias de formas más bien inusuales. Synecdoche, New York fue su debut como director y el resultado no fue menos complejo. Grosso modo, la cinta cuenta el esfuerzo de un director de teatro (Philip Seymour Hoffman) por montar una obra que aspira a convertirse en la realidad misma. Quien conozca la breve narración de Borges Del rigor en la ciencia puede tener una idea de la trama de esta película.

 

Fight Club, David Fincher (1999)

Un thriller psicológico que devino cinta de culto, Fight Club cuenta la vida de un oficinista más bien común, con un problema de depresión, insomnio y hastío, que un día se encuentra con un sujeto que parece todo lo opuesto a él: es bien parecido, es audaz, desobedece las reglas, es un tanto cínico incluso. A partir de esta relación ambos inician un “club” cuyo único fin es pelear, pero que pronto da pie a otras acciones.

 

Blade Runner, Ridley Scott (1982)

Un clásico de la ciencia ficción y del cine en general, esta cinta basada parcialmente en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968) de Philip K. Dick deja en el aire una de las preguntas más enigmáticas que puede plantearse en torno a la condición decisiva de nuestra especie: eso que hace humano al ser humano, ¿puede replicarse?

 

Moon, Duncan Jones (2009)

Un hombre ha estado solo durante 3 años en una base lunar, “acompañado” únicamente por una inteligencia artificial. Hacia el final de este período y cuando parece que volverá por fin a reunirse con su esposa y su hija en la Tierra, comienza a tener alucinaciones inquietantes. La famosa “vuelta de tuerca” de la que Henry James habló para las historias que nos llevan más allá de lo esperado, es aplicada aquí con maestría.

 

El espejo, Andréi Tarkovski (1975)

Una de las cintas más experimentales de Tarkovski (y se dice que también la más íntima), en la que buscó traducir el flujo de conciencia que se presenta en la memoria, que nunca es lineal ni directo, sino más bien fragmentado, interrumpido, con saltos entre épocas no necesariamente consecutivas y sin embargo unidas en un mismo hilo común.

 

The Tree of Life, Terrence Malick (2011)

A partir de las vivencias de una familia del sur de Estados Unidos, Malick traza una espiral hasta el origen del universo y de la vida en la Tierra, con idas y vueltas entre ese viaje cósmico y la memoria del hombre que está recordando su pasado. La película destaca también por su belleza visual, su edición y la banda sonora.

 

Primer, Shane Carruth (2004)

Carruth posee una formación como matemático e ingeniero, misma que no ha dudado en incorporar a su trabajo cinematográfico. Esta cinta en especial destaca por la complejidad del desarrollo de su argumento, sus diálogos y los temas filosóficos y científicos que se presentan. El tema general de la cinta es el viaje en el tiempo.

 

Mulholland Drive, David Lynch (2001)

“Una historia de amor en la ciudad de los sueños”. Con esa descripción Lynch presentó esta película que, en rigor, se clasifica más bien dentro del género del thriller psicológico (un tanto detectivesco).

 

Inland Empire, David Lynch (2006)

Una de las cintas más arduas de Lynch, por el uso de ciertos recursos cinematográficos pero sobre todo por la narrativa compleja que desarrolla: por un lado, hace que al interior de la película ocurra otra película, pero también establece conexiones con personajes de otras obras suyas (como Twin Peaks o Lost Highway).

 

2001: A Space Odyssey, Stanley Kubrick (1968)

Si bien es uno de los filmes más conocidos de Kubrick y en cierto modo “transparente”, su posible dificultad se encuentra en el tema que aborda. ¿Es 2001: A Space Odyssey sólo una película de ciencia ficción o más bien un ambicioso relato de la evolución humana?

 

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