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Estas gráficas muestran que esta es la época más próspera y pacífica que el ser humano haya vivido jamás

Sociedad

Por: pijamasurf - 04/25/2018

De acuerdo con varias mediciones, esta época es la más pacífica y próspera de la Historia, si bien se percibe como la peor

Es muy común y cotidiano escuchar frases como “El mundo está cada vez peor”, “Ya no existe la moral aquí”, “Vamos rumbo al abismo”; es muy común abrir el portal de noticias y enfrentarse a toda una larga lista de noticias de guerras, atentados, secuestros, muertes, etc.; es muy común terminar indignado, harto y abochornado por tantas injusticias, abusos, violencias. Sin embargo, y de acuerdo con varios análisis, esta no es la peor época que la humanidad ha vivido.

Según una recopilación estadística, esta época es la más pacífica y próspera de la Historia. Si bien se percibe como la peor, la calidad de vida en muchos sentidos ha mejorado; esto también según uno de los principales entusiastas de la tecnología, el inventor, músico, empresario, escritor y científico estadounidense Ray Kurzweil:

Las personas creen que el mundo está empeorando, y vemos por todos lados lo que está sucediendo en otros países. Las personas piensan que el mundo está empeorando… Esa es la percepción. Lo que realmente está pasando es que nuestra información respecto de lo que está mal nos llega más rápido. Hace 1 siglo, si había una batalla que destruía el pueblo de al lado, uno ni siquiera se hubiese enterado. Ahora, algo está pasando en medio del mundo y uno no sólo lo escucha, lo experimenta.

Con esto se quiere decir que ahora que se toma conciencia de la existencia de las situaciones globales, uno se vuelve hiperalerta y se altera así mismo la percepción que se tiene sobre la seguridad del planeta. No obstante, es imposible dejar de preguntarse: ¿acaso se espera que en un mundo de 7 mil millones de personas no existan tragedias? Sin tomar en cuenta esta creciente tendencia humana por priorizar las experiencias negativas sobre las positivas, de acuerdo con la data de numerosos sitios de investigación –desde Oxfam hasta World Bank– el mundo ha mejorado –aunque sea mínimamente– a lo largo de su historia:

– En 1820, el 94% de las personas que vivían en la Tierra se encontraban en un estado de extrema pobreza. En el 2005, sólo el 9.6%.

– En comparación con las sociedades prehistóricas, los Estados-naciones modernos se encuentran muy lejos de perecer a causa de una guerra. En el siglo XX, testigo de dos guerras mundiales, el porcentaje de humanos que murieron en una guerra fue sustancialmente menor que el que resultó durante las sociedades prehistóricas.

Inclusive, la tasa de homicidios en Europa occidental disminuyó.

– La tasa de mortalidad infantil se redujo considerablemente. Desde 1960, la mortalidad infantil global disminuyó desde 120 x mil nacimientos hasta 30 x mil nacimientos, y la tasa de mortalidad global desde 18 x mil personas hasta 8 x mil personas:

– Las infecciones se han regulado hasta casi el punto de su erradicación. En 1900, 800 de 100 mil personas en EEUU murieron por una infección; en 1996, la cifra se redujo a tan sólo 100 de 100 mil personas.

– Más niños están recibiendo educación desde 1820.

– La gente vive más tiempo. En 1960, la esperanza de vida mundial era de 52 años; ahora es de 72 años de edad.

En términos materiales, es difícil refutar esta noción de progreso. Sin embargo, la calidad de nuestra experiencia en el mundo no va necesariamente de la mano de la cantidad de cosas que tenemos; así, resulta inquietante que exista una especie de epidemia de depresión, ansiedad y otras enfermedades mentales. ¿Será que estamos concentrándonos demasiado en satisfacer nuestras necesidades materiales y apilar riqueza y estamos dejando de lado aspectos cualitativos y subjetivos que enriquecen la experiencia individual y dan sentido a nuestras vidas? 

 

Fotografía principal: El triunfo de la muerte. Detalle del óleo de Peter Brueghel.

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Una ironía histórica: la reina Isabel podría ser descendiente de Mahoma

Sociedad

Por: pijamasurf - 04/25/2018

¿Una reina de Europa con ascendencia islámica?

Quizá uno de los grandes errores del ser humano es que a lo largo de su historia se ha tomado más en serio de lo que debería. Desde el momento en que, como dice Nietzsche, unos animales astutos inventaron el conocimiento, nuestra especie ha pasado sus días combatiendo entre sí, creyendo en entidades abstractas y en última instancia inexistentes (Dios, la Nación, el Dinero, etc.), defendiendo unas y denostando otras, matando a unos por creer en otras, y más. Todo lo cual demuestra, a su vez, que en algún momento perdimos de vista que todo es una invención y un accidente, y que creer verdaderas dichas narraciones sólo nos ha alejado de realidades mucho más elementales, sencillas y vitales como poder convivir tranquilamente y en relativa armonía con nosotros mismos, con los demás y con el entorno en el que nos encontramos.

Con todo, parece que lo más simple es para el ser humano lo más difícil de hacer, y a cambio tiene que complicar su existencia, acaso para sentirla justificada.

Una de esas complicaciones es la historia y, concretamente, la historia política, que no por casualidad se cruza en muchos momentos con la historia de las religiones. Como aseguró Jacques Lacan en una entrevista que compartimos hace poco, la religión es una feria de vanidades capaz de entretener al ser humano durante mil años, y en parte ello se debe a que como en la política, en sus fundamentos se encuentra el uso del poder, la vaga impresión de que se tiene poder sobre otros y que esto es algo importante.

En el caso de Europa, tanto la política como la religión se encuentran bien condensadas en esa otra feria de vanidades que han sido las “casas reinantes”, esto es, las familias que por otra suma de accidentes históricos terminaron conduciendo el destino de cientos o miles de personas que decidieron apoyarlas por distintas razones, entre otras, por un extraño convencimiento de defensa de una religión o de un Estado.

¿Pero qué pasaría si todo eso por lo cual se dice “combatir” fuera falso? ¿Qué pasaría si, excavando un poco, se rompiera esa frágil membrana de los ideales y las consignas y se descubriera que éstas se encuentran sostenidos apenas por unas cuantas palabras pero no por hechos reales que aseguren su veracidad? ¿Qué pasaría si, digamos, una de las reinas más emblemáticas de Europa fuera descendiente nada menos que del mismísimo Mahoma, fundador del islam, una de las religiones que más se combaten en Occidente?

A dicha hipótesis apunta un estudio realizado por Harold B. Brooks-Baker hace algún tiempo, sobre el linaje de Isabel II, el cual tiene un primer punto de interés con respecto a su parentesco con Mahoma cuando Isabel de Castilla, hija de Pedro I de Castilla y de María de Padilla, se convirtió en duquesa de York, en 1372, al casarse con Edmundo de Langley, este último ascendiente directo de la actual reina del Reino Unido. 

Como saben quienes conocen la historia de Europa, casi toda la península ibérica vivió durante 7 siglos bajo el dominio musulmán, razón por la cual no es de extrañar que prácticamente todas las casas reinantes tuvieran ascendencia árabe. Este parece ser el caso también de María de Padilla, madre de la susodicha Isabel de Castilla y cuyos ancestros parecen llegar hasta Zaida, princesa mora y consorte (probablemente también esposa) del rey Alfonso VI de Castilla y León. 

Zaida se refugió en la corte castellana luego de que los almorávides invadieran, entre otros territorios, Córdoba, donde vivía junto con su padre, Al-Mu’tamid, rey abadí de Sevilla y, a través de una docena de generaciones, descendiente de la rama directa de Mahoma, por su nieto Hasan ibn Ali y por su hija Fátima.

La autenticidad del linaje que va de Mahoma a la reina Isabel II se ha puesto en duda, sobre todo por la falta de registros claros de filiación que podrían verificarlo, pero al parecer, en ciertos ámbitos del mundo musulmán, esto se tiene por cierto y verdadero.

Sea como fuere, es posible tomarlo también como una curiosidad que nos recuerda esa serie de equívocos y azares que es la historia y todo lo que en ésta se ha construido, y la cual, como decíamos al inicio, quizá podríamos comenzar a tomar menos en serio.

 

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