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¿El ser humano es la forma en la que una divinidad inconsciente alcanza conciencia de sí misma?

Filosofía

Por: pijamasurf - 04/15/2018

Una poderosa idea que atraviesa la metafísica occidental y que es expresada sobre todo por Hegel, Whitehead y Jung

La idea de que el universo es la forma dinámica en la que Dios o el espíritu universal se realiza a sí mismo, toma conciencia absoluta o integra y sintetiza en sí todas las partes es una de las ideas filosóficas más poderosas en la historia de la filosofía occidental, particularmente en la modernidad. Si bien podemos encontrar ciertas similitudes en el pensamiento oriental, en muchos casos se asume que Dios tiene previamente conciencia absoluta y si bien el universo puede pensarse como un medio empleado por Dios para experimentarse a sí mismo en toda su diversidad y gloria -como su pasatiempo, su lila-, se cree que durante todo este proceso Dios ya tiene completa realización, omnisciencia, libertad, independencia, etc. En otras palabras, precisamente porque es un juego no se está jugando nada (nada cambia realmente), y el destino no es distinto al origen. La idea de que el universo es algo así como la evolución de la divinidad o su proceso de autoconciencia es especialmente atractiva para la mente moderna occidental, ya que mezcla de alguna manera lo religioso con lo científico y mantiene la centralidad del hombre y de la realidad. En el hinduismo, el universo puede considerarse real en tanto que es el pasatiempo de una deidad que está completamente libre de los estragos de la existencia; pero a fin de cuentas, la existencia humana y la realidad del mundo creado son relativas y no afectan en ninguna medida a la deidad. Se nos presenta la idea de que el universo es algo así como un sueño lúcido divino, donde la deidad sabe que está soñando y controla sus sueños. O, por otra parte, en el vedanta, simplemente se dice que la existencia humana, que se percibe a sí misma como separada y real en sí misma, es una ilusión. El mundo esta bajo el hechizo de Maya; lo único que existe es una conciencia absoluta eterna e inmutable (Brahman). Sin embargo, en las religiones hindúes, cuando el ser humano se conoce a sí mismo, ello es igual a Dios conociéndose a sí mismo. Algo en lo que coinciden pensadores occidentales como Hegel, Whitehead y Jung.

A diferencia de la noción cristiana de que el mundo es creado por Dios por la sobreabundancia de su benevolencia -por su amor efervescente-, Hegel considera que el mundo es creado por Dios para tomar conciencia de sí a través de él. La mente de Dios sólo se actualiza a través de sus criaturas, sólo encuentra su perfección y su sentido en su obra. Dios necesita de un opuesto, el mundo (la naturaleza), para realizar su síntesis: el Espíritu Absoluto. Esta idea, sin embargo, no es completamente original, si bien encuentra su planteamiento más definido y claro en Hegel. Aunque no se usa el término inconsciente como tal, éste fue anticipado por Schelling y los poetas románticos alemanes y antes por la teología mística de Böhme y de Eckhart e incluso antes por Pseudo Dionisio, pensadores místicos que hablaron de Dios como algo que probablemente hoy llamaríamos inconsciente. La experiencia mística fue descrita como un des-conocimiento, como una oscuridad brillante, como algo más allá de la dualidad sujeto-objeto. El estado de la divinidad no podía ser como nuestra conciencia, la cual es equiparada desde siempre con la luz, y por lo tanto debía de ser una oscuridad, una tiniebla, algo insondable, algo paradójico, algo inconsciente. Dios no podía ser consciente de algo (de un objeto), pues esto implica un otro -algo que no es Dios-, no podía conocer de la misma manera que el hombre y, por lo tanto, debía de ser inconsciente. 

Whitehead y la teología procesal desarrollarían ya en el siglo XX la idea de la interdependencia entre Dios y el mundo utilizando un lenguaje más cercano a la ciencia -esta idea del universo como proceso interdependiente la encontramos en el budismo en la noción de la originación dependiente y en el concepto de vacuidad (shunyata), aunque Dios es reemplazado por el Buda (una diferencia que no podemos explicar en este ensayo, sólo diremos que en el budismo el universo no tiene creador, es un infinito despliegue de la mente)-. El maestro zen Hakuin escribió en un famoso poema: "De la misma manera que sin agua no hay hielo, sin los seres no hay Buda". Aunque en el budismo mahayana la budeidad es el estado original de los seres, ésta necesita de los seres para actualizarse. La budeidad existe desde siempre y para siempre, pero esta esencia necesita de la existencia para poder hacer(se) buda(s). Por su parte, Whitehead concibe a Dios como el fondo (ground) del universo y como inconsciente: el universo es el proceso de su toma de conciencia, de su aprehensión de todos  los objetos (de su sentirse en todo). En la filosofía de Whitehead, Dios tiene un apetito de sentir y esto lo hace manifestar el mundo y volcarse en él para experimentarse a sí mismo. No tienen una relación pasiva e inmutable: Dios es modificado por el mundo y las criaturas temporales alcanzan su deseo en Dios, que se hace consciente en ellos: "Dios es completado por el individuo, en fluidas satisfacciones de hechos finitos, y las ocasiones temporales son completadas por la unión eterna con sus seres transformados, purgados hacia la conformidad con el orden eterno que es la 'sabiduría' absoluta final". 

Desde su propia perspectiva psicológica basada en el estudio de casos y, en última instancia, desde su propia experiencia personal, Jung expresa ideas similares. En su autobiografía, en la que confiesa haber vivido una vida llena de experiencia místicas a través de las cuales se le reveló estar cumpliendo la voluntad divina, escribe:

Las necesarias contradicciones internas en la imagen de un Dios creador pueden reconciliarse en la unidad y totalidad de la persona como coniunctio oppositorum de los alquimistas o como unio mystica. En la experiencia de la persona ya no se prescinde, como antes, de la oposición "Dios y Hombre", sino que la oposición se sitúa ya en la misma imagen de Dios. Tal es el sentido del "culto divino", es decir, del culto que el hombre puede prestar a Dios para que la luz surja de las tinieblas, para que el Creador se haga consciente de su creación y el hombre de sí mismo.

Este es el máximo testamento del pensamiento de Jung y la culminación de esta idea que hemos trazado aquí, de la función divina del hombre, de realizar lo que Whitehead llama la "apoteosis del mundo", la cual ocurre cuando "la Creación alcanza la reconciliación del flujo y la permanencia". Jung habla de la coniunctio oppositorum de los alquimistas, que en su caso es la unión de opuestos como lo masculino y lo femenino, la luz y la oscuridad, la conciencia y la inconciencia, etc. Prosigue Jung:

El hombre, en virtud de su espíritu reflexivo, se ha destacado del mundo de los animales y demuestra, por medio de su espíritu, que la naturaleza ha puesto en él un elevado premio, y precisamente a la evolución de la conciencia. A través de ella se adueña de la naturaleza, al reconocer la presencia del mundo y confirmar en cierto modo al Creador. De este modo el mundo se convierte en fenómeno, pues sin reflexión consciente no lo sería. Si el Creador fuera consciente de sí mismo, no necesitaría ninguna criatura consciente...

La visión de Jung coloca al ser humano, como vanguardia de la conciencia, con la máxima responsabilidad de llevar la Creación a su fruición, de encender "una luz en las tinieblas" del ser. Algo que, por otro lado, no está dado en el solo hecho de que seamos conscientes, en esa "segunda cosmogonía", sino que requiere de que seamos completamente conscientes del inconsciente. Es decir, que nos conozcamos enteramente a nosotros mismos y dejemos que irrumpa la profundidad en la luz. Esto, aclara Jung, es una hipótesis, ya que el inconsciente mismo es, por definición, inconsciente, y por lo tanto, no podemos realmente definirlo y decir cuál es su naturaleza última. De cualquier manera la idea es fascinante, apela a lo más magnánimo del ser humano y se establece en oposición a esa otra poderosa idea de la metafísica india, la cual nos dice que el universo es una ilusión, que no existe la separación, que no existen nuestras vidas individuales, que la perfección, la dicha y la conciencia absoluta son las condiciones eternas de la divinidad inmutable. Y algún día despertaremos de esta penosa ilusión; es más, ya hemos despertado, la dicha radiante del infinito es la única realidad. Es sólo cuestión de reconocerlo.

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La filosofía debe estar libre de ideologías políticas y libre también de las guerras culturales que polarizan el conocimiento

La Universidad de Oxford ha anunciado que buscará "feminizar su currículum de filosofía", asegurándose de que el 40% de los autores en su lista de lecturas recomendadas sean mujeres. La idea, según informa la prensa británica, es parte de una campaña en las universidades que tiene como fin "descolonizar" el currículum. Se instituirá en Oxford también un nuevo curso de "filosofía feminista".

Una lista hipotética de las lecturas recomendadas para alumnos de filosofía en Oxford podría ser la siguiente, con textos de:

Platón

Aristóteles

Descartes

Spinoza

Schopenhauer

Hegel

Hannah Arendt

Mary Wollstonecraft 

Simone de Beauvoir

Elizabeth Anscombe

Habría que haber incluido a Hipatia de Alejandría, pero no se tiene certeza de que el poco material que se le ha atribuido a esta luminaria de la antigüedad sea auténtico. A mi juicio no sería un error incluir a Simone Weil, pero la lista fue pensada tomando más los lugares comunes en el pensamiento dominante. Aunque no hay duda de que estas autoras tienen mucho que decir y sus lecturas no serían un desperdicio, si yo fuera estudiante de filosofía de Oxford -y no de una carrera como las que brotan ahora, como estudios de género y demás- no me daría por bien servido al notar que a razón de una política de inclusión perdería contacto con autores como Heidegger, Nietzsche, Tomás de Aquino o Wittgenstein, por sólo citar cuatro de cientos que quedan desplazados ante la preponderancia de la ideología de género y de lo políticamente correcto. (No tocaremos aquí ese otro tema de la no inclusión de filósofos orientales en el currículum de la carrera de filosofía en Occidente). Evidentemente, esto no significa que los alumnos de Oxford no leerán a estos filósofos, sólo se trata de una recomendación, y seguramente el currículum incluirá a los principales autores de la historia de la filosofía -los cuales, fruto del patriarcado o no, son hombres casi en su totalidad-. Sentiría el mismo descontento, como amante de la filosofía y no como conciliador político, si, por ejemplo, en una universidad mexicana se instituyera una cuota de autores mexicanos en el estudio general de la filosofía o de filósofos negros en Estados Unidos, etc. La filosofía es el amor a la sabiduría y no el amor a la igualdad de género -dicho amor (si es que puede usarse esta palabra en este caso), en su manifestación excesiva y fanática, no es más que crasa ignorancia y una amenaza para la salud de la tradición filosófica de Occidente, la cual ya se encuentra en una seria crisis debido al materialismo científico y a la mentalidad utilitaria neoliberal-. Ciertamente, la filosofía enseña justicia y respeto a la dignidad humana y esto es lo que se necesita enseñar a los hombres y a las mujeres, algo que está presente justamente en los autores clásicos; es de estas enseñanzas y del pensamiento crítico que luego uno podría esperar que los estudiantes pusieran en práctica en la sociedad estos valores de justicia y respeto universal a la dignidad humana. 

El tema aquí es que se está empujando en las universidades no sólo la idea de igualdad de oportunidades, la cual cualquier persona con el mínimo sentido de justicia debe favorecer, sino la idea de igualdad de resultados, y esta última es peligrosa y me atrevería a decir que va en contra de la evolución humana. Un ejemplo burdo: uno ciertamente no buscaría que el 50% de los conductores de maquinaria pesada fueran mujeres y el 50% hombres (o el 60%-40%) si esta proporción no refleja la aptitud para realizar dicha tarea. Manejar maquinaria pesada es peligroso, así que lo que uno buscaría es que fueran las personas más calificadas las que obtengan el trabajo, y si fuera el caso de que hubiera muchas mujeres que quisieran el empleo y estuvieran calificadas para el mismo, que no fueran discriminadas por su sexo. Uno más radical: supongamos que debemos elegir a 10 personas para proponer un plan de contingencia ante una catástrofe mayor como podría ser la colisión de un asteroide, ¿acaso no seria absurdo elegir a cinco mujeres y a cinco hombres solamente para defender la igualdad, y no a las 10 personas con mejores credenciales en el campo? O quizás no sea tan absurdo, al menos para el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, quien hizo que su gabinete estuviera formado por un 50% de hombres y 50% de mujeres, una medida ciertamente populista, que al parecer le generó bastante popularidad.

El tema es complejo y se puede argumentar que es necesario estimular e incentivar que las mujeres participen en ciertos campos profesionales. Estoy de acuerdo, e incluso me parece que la sociedad se beneficiaría de una mayor participación de las mujeres en la política o en puestos en lo alto de la jerarquía en empresas. Pero no me parece que el camino sea la arbitrariedad representativa o una especie de "dedazo" igualitario. Ciertamente, el balance en la sociedad puede traer beneficios, pero ese balance debe construirse, paradójicamente, explotando las diferencias. Esto es, dando la oportunidad e incluso liberando el potencial de la expresión de la particularidad de cada persona, de aquello que lo hace único, no igual.

La evidencia científica es bastante contundente en señalar que los hombres y las mujeres tienen diferentes intereses, e incluso cuando se nivela el campo de oportunidades, los hombres y las mujeres eligen diferentes profesiones. En Escandinavia  se ha comprobado que carreras  como la ingeniería son dominadas por los hombres y carreras como el cuidado de la salud son dominadas por las mujeres. Incluso existe información que sugiere que en Suecia y Noruega, entre más igualdad de oportunidades, más diversidad de intereses, presumiblemente debido a que en estos países existen también una libertad y una prosperidad que permiten la expresión de cada género sin tantos obstáculos o sesgos socioeconómicos. No me parece que haya nada malo en ello en esto, y es bastante obvio que obedece a patrones biológicos (el hecho de que los hombres se interesen más por las cosas y las mujeres más por las personas parece tener que ver con que las mujeres, durante miles de años, han tenido que cuidar a sus hijos, y los hombres cazar y proveer protección). Hay feministas radicales que creen que esta pauta biológica puede abolirse en un par de generaciones, que no existe ninguna determinación biológica en el ser humano, que todo es relativo o todo es una opresiva construcción del patriarcado. Estos son reduccionismos que van en contra de la evidencia y la lógica multifactorial de la realidad, ya que la diferencia de intereses y la manifestación de ciertas conductas no es algo culturalmente aprendido, sino innato, como ha sido demostrado por diferentes estudios. Evidentemente, estas diferencias luego son reforzadas o suprimidas por la educación y los paradigmas culturales. 

Existe una interesante disputa sobre si la evolución es una competencia o una colaboración. Hay muestras evidentes de que los miembros de una especie compiten entre sí para reproducirse y que, generalmente, aquellos que se imponen sobre los otros tienen genes más aptos para la perpetuación de una especie (por eso se imponen, obviamente). Por otro lado, también hay evidencia de que la simbiosis es una importante estrategia evolutiva, hasta el punto de que es posible que incluso la célula eucariota -los animales, las plantas, los hongos- sea fruto de una colaboración entre diferentes microorganismos, como bacterias y archaea. El tema es fascinante y complejo; sólo diré que me parece que la evolución es una combinación de ambas y una no excluye a la otra. Lo que el ser humano busca es competir bajo reglas justas o colaborar para que se pueda desarrollar una competencia que extraiga las mejores cualidades de los individuos y, así, que se desarrollen las ideas y los ambientes que propicien la evolución ya no sólo biológica sino moral y espiritual. Hay que ser buenos, pero también inteligentes. Ciertamente, no estamos solos en esta combinación entre la colaboración y la competencia, pues, si bien las jerarquías son algo universalmente distribuido entre las especies, existen especies animales que detentan su jerarquía no a través de la tiranía sino de la colaboración y las muestras de afecto y reconocimiento del valor de los miembros del grupo.

Dicho todo eso, tampoco me parece malo que se realicen campañas para fomentar el interés de las mujeres hacia ciertas disciplinas o para intentar que la ciencia y la tecnología, que tienen tanta preponderancia económica en nuestra sociedad, sean más atractivas para las mujeres, siempre y cuando esto no afecte la efectividad, la calidad o el desarrollo de las mismas. Por llevar esto a la hipérbole (a la cual está siendo llevada en estas guerras de la política de la identidad), un graduado de filosofía que leyó el 60% de autores y 40% de autoras en su carrera está poniendo en entredicho su educación, porque, recordemos, esta estudiando filosofía, no estudios de género o igualdad o teoría feminista -aunque a muchos les gustaría que todas las carreras tuvieran que rendir pleitesía a la ideología de lo políticamente correcto-. Cómo propiciar el interés es un tema que ciertamente debe discutirse y admite diversas alternativas, pero espero haber demostrado con este artículo que es poco inteligente e incluso injusto establecer medidas de igualdad obligatoria en las empresas, en el gobierno, en las instituciones educativas, etc. Creo que el feminismo en su sentido más digno no busca que se le favorezca por sobre los hombres o que se le den ventajas o dádivas populistas infectadas de ideología, lo que busca es un plano justo de competencia para el cual se deben contemplar ciertas diferencias; por ejemplo, regulaciones que no sólo permitan la licencia de maternidad sino que se eduque al respecto. Incluso cosas como las que está haciendo Oxford, modificando la forma en la que se hacen los exámenes, tomando en cuenta que las mujeres suelen tener mejores resultados cuando pueden llevarse el examen a casa, aparentemente por un efecto negativo de la presión temporal. Por otro lado, esta medida no elimina los exámenes cronometrados, sólo complementa el método de examinación con otra alternativa. De cualquier manera, lo importante aquí es que esto afecta la calidad del contenido de un curso.

Es cierto que existe una injusticia histórica en contra de las mujeres. Pero, parafraseando al Buda, la injusticia nunca podrá ser vencida con la injusticia. Lo que se debe buscar es la justicia, una conciencia moral humanista -más allá de los sexos- antes que la igualdad per se (lo cual es ciertamente utópico e irrealizable, como han demostrado los intentos de aplicar el comunismo, e incluso contra natura). Esto debe ser, entonces, hacer un esfuerzo constante por efectuar una igualdad de oportunidades, entendiendo que eso nunca podrá lograrse absolutamente en un mundo dinámico y que no se verá reflejado en una igualdad de resultados justamente por las diferencias en los sexos. Las cosas siempre funcionan mejor cuando se realizan de manera voluntaria y a través del convencimiento, y no mediante la obligación o en contra de las propias creencias. Esto significa obviamente castigar la discriminación y combatir ciertos rasgos atávicos misóginos, para lo cual ciertamente parece lógico incluir en las materias correspondientes enseñanzas sobre la igualdad de capacidades de los sexos y los valores cívicos y humanistas esenciales, pero no secuestrar todas las disciplinas con una agenda ideológica. Esta educación que incorpore rasgos igualitarios, no debe extenderse a una supresión de la masculinidad de los niños -como sería, por ejemplo, reprimir cierta agresividad que es parte del desarrollo natural de los niños y, en menor medida, también de las niñas). 

Aunque en la superficie parece progresista, la igualdad forzada (la igualdad de facto, la igualdad de resultados), es una medida retrógrada draconiana. Las mujeres y los hombres no somos iguales, la naturaleza es diversa, y esa es la belleza del mundo, lo que lo hace dinámico y fascinante; esta diferencia es lo que produce la atracción (o el deseo) -que es realmente el motor de la mayoría de las cosas en el mundo-; incluso, uno podría aventurarse a decir que esta diferencia -que es también una fricción creativa- entre los polos u opuestos arquetípicos (entre lo positivo y lo negativo, entre el cielo y la tierra, entre el calor y el frío) es la base de las grandes fuerzas que animan el cosmos, como el electromagnetismo. Los hombres, si son inteligentes, deben desear mujeres fuertes en su propia feminidad, que se sientan libres y que pueda expresar su ser, y las mujeres inteligentes, hombres fuertes en su propia masculinidad, etc. Esta es la mejor forma de evitar el abuso y esta guerra de sexos que domina el discurso hoy en día y que evita que nos dediquemos a cosas más interesantes y estimulantes; por ejemplo, la filosofía, y la contemplación pura de las ideas, más allá de lo políticamente correcto. Coincido con Aquino, quien dijo que el sentido de la vida política era hacer posible la felicidad de la vida contemplativa, crear la paz necesaria para poner al ser humano en una posición en la que se puede "dedicar a la contemplación de la verdad". Es necesario discutir y ponerse de acuerdo y crear las condiciones para que se puedan desarrollar las más altas funciones de la vida humana que son estéticas, intelectuales o espirituales. Pero no aferrarse a la discusión y al encono y a esa peligrosa superstición que es la identidad grupal; no enredarse demasiado, no quedarse en lo particular y transitorio y perder de vista el sentido último.

 

Twitter del autor: @alepholo