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¿La mejor solución al problema ecológico es regresar al panteísmo, como creía Arnold Toynbee?

AlterCultura

Por: pijamasurf - 03/09/2018

Tal vez sólo una conciencia panteísta pueda salvar a la humanidad (o hacer que no destruyamos a todas las especies que no somos nosotros)

Arnold Toynbee fue, sin duda, uno de los académicos más leídos e influyentes del siglo XX. El historiador británico fue sensible al enorme problema ecológico cuando apenas se hacía patente. Toynbee escribió:

Creo que la humanidad necesita regresar al panteísmo. Debemos encontrar de nuevo el respeto y la consideración que sentíamos originalmente por la dignidad del mundo natural, y no sólo humano. Necesitamos, para ayudarnos a conseguirlo, una verdadera religión.

El problema del cambio climático evidentemente coincide con el incremento de los medios de producción, con la sociedad industrial y con la explosión tecnológica que hemos vivido en los últimos 150 años. Sin embargo, este período es también el periodo de la llamada "muerte de Dios", la caída de las grandes instituciones que dictaban valores, el surgimiento del hiperindividualismo y otros factores. Aunque es evidente que el cristianismo no ha sido una religión que exalte la naturaleza y la proteja -salvo en el caso de sus santos y místicos-, incluso proyectando la sombra del mal a la naturaleza, el instinto religioso de comunión con algo mayor que el mero ser humano sí es algo que, al adolecer de ello, parece haber precipitado el problema ecológico. Toynbee atribuye parte del problema ecológico al cristianismo y las religiones monoteístas:

Los adeptos a las religiones monoteístas judaicas y sus sucedáneos poscristianos... provienen todos ellos de antiguos panteístas. Este hecho histórico nos hace pensar que existe alguna esperanza de regresar a la actitud panteísta, ahora que hacen evidencia las consecuencias desastrosas de la falta de respeto monoteísta hacia la naturaleza.

Aun cuando las religiones monoteístas ya no tienen tanto poder en el mundo, el pensamiento dualista en el que se basan sigue dominando el mundo; la idea de que el hombre está separado de la naturaleza y que ésta debe ser explotada para nuestro beneficio, pero ahora bajo la noción de que la naturaleza es totalmente inerte, inanimada, muda. El materialismo científico le ha dado la estocada final a Pan. Décadas después de Toynbee, el maestro zen Thich Nhat Hanh ha dicho casi lo mismo en su diagnóstico del problema ecológico como un problema espiritual, de desconexión de la naturaleza y de falta de respeto de los seres vivos no humanos:

El miedo, la separación, el odio y el enojo vienen de un enfoque erróneo derivado de la separitividad entre la Tierra y tú, en donde la Tierra es sólo el medio ambiente. Tú estás en el centro y lo que quieres es hacer algo para la Tierra con el único fin de sobrevivir. Es una manera muy dualista de verlo.

Necesitamos un verdadero despertar, iluminación, para cambiar la manera en que pensamos y vemos las cosas. El cambio sucederá en un nivel fundamental sólo cuando nos hayamos enamorado del planeta.

Al igual que Gary Snyder y el filósofo Timothy Morton, Thich Nhat Hanh nota que la actitud de miedo, enojo y autopreservación para buscar "salvar el planeta" no es suficientemente poderosa. Debe surgir del amor, de la conexión, de la sensación de belleza. Esto lo podemos comprobar en la vida cotidiana. Somos más efectivos y creativos para ayudar a alguien y lograr algo cuando actuamos con amor, porque nos gusta hacerlo.

Se podría argumentar que no es necesaria una "religión" para lograr esta sensación de conexión o respeto entre especies. Pero es poco probable que simples datos científicos inspiren una verdadera transformación -que logren que las personas se enamoren de la naturaleza, si no consideran que existe una profunda unidad espiritual entre ellas y aquello que aparentemente está afuera-. La re-ligiosidad  es aquello que vuelve a ligar al ser humano con algo, eso puede ser Dios, pero también puede ser simplemente una fuerza espiritual, un orden, una inteligencia y demás. En otras palabras, se puede tener una religión no teísta, como lo son en muchos sentidos el budismo y el mismo panteísmo. 

Spinoza dijo "Deus sive Natura": Dios es igual a la naturaleza, la naturaleza es Dios. Todo es la naturaleza, todo es Dios. Sólo que, entonces, en cierta forma se puede prescindir de Dios como una persona o un ser trascendente, ya que lo divino no es diferente a lo existente, al mundo. Lo inmanente es lo íntimo, lo inmediato y lo importante, al menos desde un sentido existencial ecológico. Este era el Dios en el que Einstein dijo creer y en el cual se inspiró para llamar a un sentimiento de religiosidad cósmica, que consideró vital para el desarrollo de la humanidad:

El misterio es lo más hermoso que nos es dado sentir -el conocimiento de la existencia de algo insondable para nosotros, la manifestación de la más profunda razón aunada a la más resplandeciente belleza-. No puedo imaginar un Dios que castiga o recompensa a los objetos de su creación, o que tiene una voluntad del tipo que experimentamos nosotros mismos. Me satisface el misterio de la eternidad de la vida con la conciencia de -y atisbos de- la maravillosa construcción del mundo existente en conjunto con la determinación expedita a comprender una porción, aunque sea pequeña, de la razón que se manifiesta a sí misma en la naturaleza. Esta es la base de una religiosidad cósmica, y me parece a mí que la función más importante del arte y la ciencia es despertar este sentimiento entre los receptivos y mantenerlo vivo. 

Nótese que Einstein veía una razón y una belleza inmanentes en la naturaleza, no una marcha ciega, aleatoria y sin sentido. Esta sensación de inteligencia en el cosmos, de significado y belleza es absolutamente esencial. Se puede prescindir de un Dios personalizado, como el dios cristiano, pero no se puede prescindir de esta sensación de participación en un proceso cósmico de inteligencia superior, si es que queremos actuar con moralidad y entusiasmo.

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Por qué dijo Jung que las mujeres eran "seres mágicos" y por eso les tenía miedo

AlterCultura

Por: pijamasurf - 03/09/2018

Enigmáticas y fascinantes palabras que nos llevan al corazón radiante del anima, el arquetipo femenino en el hombre

El eterno femenino nos atrae hacia lo alto.

Goethe

Jung creía que en el hombre existía una imagen arquetípica femenina, que lo guiaba hacia la completud o la realización de su propio ser (Selbt). Esta imagen o fuerza es conocida como el "anima", la cual se podía representar como la madre, la hija, la hermana, la amante, una diosa celestial o una fuerza telúrica monstruosa, etc. Aunque en la experiencia el anima y las mujeres con las que se encuentra el hombre se mezclan y superponen en una retroalimentación de las fantasías y las fuerzas psíquicas transconcientes, el anima y la mujer en sí misma no son lo mismo. En el caso de la mujer ocurre algo similar, aunque no idéntico, con el animus, el arquetipo masculino en el alma femenina, el cual es aún más complejo, según Jung. 

El concepto de anima, de acuerdo con Jung, iba mejor de la mano con un lenguaje imaginativo, dramático, mitológico, sensorial, y no con un lenguaje científico descriptivo; había que dejar espacio, vacío, para que el arquetipo actuara, ya que era un proceso viviente del alma. A diferencia de lo que se creía con el horror vacui que se proyectó a la naturaleza, los arquetipos aman el vacío.

El anima encarna en cada hombre en el trasfondo psíquico como un patrón que universaliza la experiencia y la refiere a una base profunda de sentido o significado que se encuentra enraizada en el inconsciente colectivo. El anima es toda la experiencia de la feminidad en el sexo masculino, más allá de la especie, que aparece con fuerza imaginativa y que viene desde el principio del cosmos, el cual está permeado por energías polares u opuestos que deben conjugarse para dar vida y espiritualmente para lograr la integración de la psique con su esencia divina.

Esta anima es arquetípicamente la figura femenina por la cual el hombre se interna en lo desconocido y mata dragones y demonios. Pero aunque es la gran motivación de la psique masculina, también puede llevarlo a la perdición; participa también en la imagen del trickster, la encantatriz, la seductora, la femme fatal, la diosa Maya, Circe, las sirenas y ninfas, Salomé, etc. Dice Jung: "Ya que es su gran desafío, exige del hombre lo máximo, y si lo obtiene, ella lo recibirá". Una afirmación un poco críptica, que parece sugerir que las joyas de la corona serán solamente de los verdaderamente valerosos. El soma, el elixir de la inmortalidad siempre está custodiado por una serpiente y/o una ninfa. Si entrega todo, ella lo recibirá en su seno: no el seno opresor de la madre celosa sino el seno liberador de la vida, la energía y el significado que es predicado en la belleza y la armonía.

En el Libro rojo Jung dice: "Eres esclavo de lo que tu alma necesita. El hombre más masculino necesita a la mujer, y por lo tanto es su esclavo. Conviértete en mujer tu mismo, y serás salvado de la esclavitud a la mujer... La aceptación de la feminidad lleva a la completud. Lo mismo es válido para la mujer que acepta su masculinidad". Aquí Jung obviamente habla de la noción alquímica del hermafrodita, en la que se realiza la unión sexual interna entre los principios masculinos y femeninos, lo cual no significa suprimir uno en favor del otro. El hombre debe desarrollar toda su masculinidad y fuerza, pero también ser sensible a la feminidad. 

Jung habló de cuatro etapas en la relación del anima en el hombre. La primera es Eva, la tierra como madre biológica o como materia por fertilizar. La segunda etapa cobra una dimensión erótica, romántica, estética, y se valúa a la mujer como individuo (la mayoría de los hombres no pasa de esta etapa). La tercera etapa es en la que Eros se alza a lo religioso y espiritual. Esto es descrito por Platón en El banquete: el amor físico es trascendido y usado para elevar el alma. La cuarta etapa es ya una etapa de gloria arquetípica en la que la mujer se convierte en una encarnación de la divina Sophia, la sabiduría, y con ella el hombre alcanza la piedra filosofal.   

En una entrevista Jung expresó esto: "Las mujeres son una fuerza mágica. Se rodean de una tensión emocional más fuerte que la racionalidad del hombre... La mujer es un ser muy fuerte, mágico. Es por ello que le temo a la mujer". Este temor, creemos, debe ser interpretado como el terror de lo sagrado, el mysterum tremendum, la sensación que según Rudolf Otto acompaña al verdadero encuentro místico o numinoso... y, por lo tanto, una forma de veneración. David Tresan, sin embargo, ve una ambivalencia en Jung, quien atribuyó a los reflejos fantasiosos y engañosos del anima algunos de los peligros a los que sucumbieron Nietzsche y los nazis. Pero señala que después de una experiencia al límite, un casi ataque al corazón que lo llevó a una seguidilla de visiones nocturnas, siendo su ego vencido in extremis, Jung llegó en 1944 a una experiencia "directa de la belleza no mediada por su intelecto" en la que el anima se reveló como "puramente irracional, el arquetipo de la vida, directo, asombroso, eterno". Jung debía también enfrentar la muerte para penetrar en los misterios del anima, desde cuyos abismos radiantes se erigen "el amor, la belleza, la sabiduría", esa trinidad que representa la mujer en el alma masculina.  

 

* Citas tomadas del ensayo "Anima" de Paul Watsky