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La eterna pregunta de si vivimos en un universo determinista y si existe un orden divino, contestada desde 3 perspectivas: Einstein, Hawking y el pensamiento védico

Detrás de la pared, los dioses juegan con los números de los cuales está hecho el universo.

Le Corbusier

"Dios no juega a los dados", dijo Einstein en respuesta al indeterminismo que postula la física cuántica. Esta es una de las frases más famosas del físico alemán, y no sin razón, ya que implica uno de los grandes enigmas que discute la física moderna y la filosofía a través de la historia. Esto es, el problema, de no fácil resolución, de si el universo y todos sus sucesos han sido ya determinados y obedecen a leyes matemáticas inmutables o si las cosas son indeterminadas, inciertas e incluso incognoscibles. 

Con esta frase Einstein claramente se colocaba en el bando de Laplace, quien a finales del siglo XVIII había fijado la idea de un universo determinista -fresca la noción de la mecánica newtoniana: un universo predecible como un reloj, donde todo seguía patrones perfectos-. Laplace había sugerido que si conociéramos en un momento dado del tiempo las posiciones y velocidades de todas las partículas del universo, podríamos calcular su comportamiento en cualquier otro momento del tiempo. Se cuenta que Napoleón le preguntó a Laplace que cuál era el lugar de Dios en ese sistema, a lo que éste contestó: "No tengo necesidad de esa hipótesis". Stephen Hawking comenta que esto no significa que Laplace no creyera en Dios, sino que creía que simplemente no intervenía para modificar las leyes de la ciencia. Esta idea nos acerca justamente a la idea de Dios de Einstein. Como ocurre con todo gran intelectual, pero especialmente con Einstein, diferentes grupos ideológicos buscan apropiarse de su pensamiento y utilizarlo como un recurso de autoridad. Así hay quienes usan esta frase para decir que Einstein creía en Dios. No entraremos a fondo en este tema que ya hemos discutido aquí. Lo que debemos mencionar es que el Dios de Einstein en todo caso es como el no hipotetizado Dios de Laplace y, más aún, como el Dios de Spinoza, cuyo pensamiento puede resumirse en la frase Deus sive Natura: Dios es igual a la naturaleza. No hay, para Einstein, un Dios trascendente que juega con las leyes del universo o que interviene para afectar el curso de la evolución. No es el Dios de los milagros y los castigos. Es un Dios que es idéntico a las leyes y a la física del universo, y por lo tanto, quizás se pueda prescindir de la palabra "Dios" (pero entrar en esto nos desvía del tema).

Con la teoría cuántica -que hoy es mayormente aceptada- y particularmente con el principio de incertidumbre de Heisenberg, los científicos empezaron a cuestionarse seriamente este dogma determinista. La mecánica cuántica descubrió que no se puede determinar al mismo tiempo la posición y el momento lineal (o la masa y la velocidad) de una partícula. Entre más precisa sea la observación de una, menos se conoce la otra. Heisenberg famosamente dijo que lo que observamos en la materia no son cosas (o partículas) per se sino ondas de probabilidad. Hawking ha sugerido que en realidad no existen posiciones y velocidades de partículas, solamente ondas. Este problema posteriormente se ha relacionado con el llamado efecto del observador de la física, donde el acto de observar parece afectar el fenómeno observado, lo cual pone en duda la existencia de una realidad independiente de la observación de la misma, algo que ciertamente no le gustaba a Einstein.

Hawking apunta que en el caso del principio de incertidumbre al menos aún era posible predecir una combinación de posición y velocidad (un cálculo de probabilidad). Pero con lo que se ha descubierto en torno a la física de los agujeros negros, hasta esto desaparece. Una teoría sugiere que la información de una partícula que cae a un agujero negro puede perderse -y por lo tanto no podríamos calcular la posición o la velocidad de otra partícula con la cual está entrelazada-, lo cual da al traste con la noción de un universo predecible y determinista. Según Hawking: "Einstein estaba doblemente equivocado... No sólo Dios juega a los dados, sino que a veces nos confunde tirándolos donde no los podemos ver". En su defensa, hay que decir que Einstein era consciente de estos problemas y creía que la aparente aleatoriedad del universo era sólo un comportamiento estadístico no fundamental a las leyes del universo y que habría de ser explicada en un futuro con una teoría de variables ocultas (el físico David Bohm postuló una interesante alternativa que, sin embargo, no ha sido aceptada por la comunidad científica).

 

EL TIEMPO COMO UNA TIRADA DE DADOS

El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; el tiempo es un tigre que me devora, pero yo soy el tigre.

Borges

Para complementar esta historia científica -ya sea con una mera curiosidad o con algo así como una resonancia arquetípica- resulta interesante notar que en la cosmogonía védica el tiempo mismo puede entenderse como un juego de dados cósmico. El juego de dados aparece tan temprano como el Rig Veda, el texto religioso más viejo de la India, hace unos 3 mil años (los cálculos varían, y algunos dan fechas mucho más antiguas). Y, notablemente, la gran batalla que se cuenta en la Mahabharata -la gran epopeya de la India- es consecuencia de la derrota del rey Yudhishthira frente a Duryodhana en una tirada de dados. Al perder, el clan de los Pandava (entre los que se encuentra el guerrero Arjuna) debe exiliarse al bosque durante 12 años, antes de regresar a ocupar la corona que les pertenece. Al regresar, el clan de los Kaurava no concede entregarles su patrimonio, por lo cual estalla una de las guerras más famosas de la historia de la literatura (acaso sólo comparable a la guerra de Troya). 

A diferencia de la concepción lineal que nos da la idea de progreso en Occidente, en la India se tiene una concepción cíclica del tiempo, la cual se deriva de una observación de los ciclos de la naturaleza. A su vez, los ciclos del tiempo tienen una connotación vinculatoria entre el macrocosmos (el mundo celeste o divino) y el microcosmos (el mundo terrestre y humano), como bien apunta en  su libro Tiempo cíclico y eras del mundo en la India el profesor Luis González Reimann. Existe también un paralelo entre la creación (o manifestación) del universo y su destrucción (o disolución) -algo que no ocurre una vez, sino innumerables veces- y el proceso de transmigración de las almas a través del samsara hasta su eventual liberación (moksha) y reintegración a la unidad primordial. La liberación del ciclo de muerte y renacimiento es, al menos en parte, el equivalente microcósmico de la disolución del universo, la llamada noche de Brahma, en la que el creador reabsorbe el cosmos. Esto queda constatado en el hecho de que se utiliza el término atyantika pralaya para la liberación espiritual (moksha) de un individuo y se utiliza también el término pralaya para los diferentes tipos de disolución con que la deidad absorbe el universo. Este tipo de liberación es una forma de acelerar de alguna manera el proceso universal que puede tardar miles de millones de años vagando en la ignorancia y sufrimiento y reintegrarse a la unidad original que es dicha perfecta. Por otro lado, quizás resulte interesante al lector notar que entre los diferentes tipos de pralaya o disoluciones existe al menos un tipo en el que el cosmos que es absorbido no es destruido en su totalidad sino permanece en estado latente y vuelve a emerger cuando la divinidad entra de nuevo en actividad. Algo que evoca la controversia que existe entre los físicos sobre los agujeros negros y si éstos al engullir la materia dejan escapar luego información -que en esta teoría es aún más fundamental que la energía o la materia- o si ésta se pierde del todo (por lo cual viviríamos en un universo indeterminado y aleatorio). En el caso del hinduismo, sustituyendo el agujero negro por la deidad, responderíamos que la información puede volverse a emitir, por lo cual no se pierde y prevalece la causalidad y del determinismo. Esto coincide con una de las teorías físicas dominantes actualmente, que mantiene que la superficie de un agujero negro es una especie de holograma, en el cual la información de la realidad multidimensional queda inscrita. Por último, la teoría cíclica hindú también describe lo que llama el nitya pralaya, esto es, la creación y disolución permanente de los elementos materiales, lo que coincide con otra noción de la física moderna: el hecho de que constantemente las células y átomos que constituyen los cuerpos están regenerándose y la noción de que el vacío no es tal, y constantemente están surgiendo y desapareciendo lo que los físicos llaman partículas virtuales. 

La escala de la concepción del tiempo que se consolidó en el periodo posvédico es de proporciones que desafían lo "astronómico"; por una parte, el proceso de creación/disolución es infinito (en estricto sentido, no hay un principio o final) y, por otra, la vida de Brahma, el demiurgo, es muy superior a la edad que tiene el universo. Un ciclo de creación o día (kalpa) de Brahma dura 4 mil 320 millones de años humanos (lo mismo dura la noche que duerme). Ahora bien, se considera que Brahma vive 100 años (en su escala de tiempo, obviamente), lo cual es igual a 3.1104 x 1014 o 17 mil 300 veces la antigüedad de nuestro universo según los cálculos de González Reimann. Ahora bien, la división fundamental que se hace de estos ciclos es la de los famosos cuatro yugas o eras -es probable que a partir de esta división deriven las demás-. Estas eras inician con una gran conjunción planetaria y marcan esplendor y decadencia cíclicos de las virtudes espirituales de las humanidades que emergen dentro de la creación. Los yugas son: Krta (o Satya), de 1 millón 728 mil años; Treta, de 1 millón 296 mil años; Dvapara, de 864 mil años; y Kali, de 432 mil años, sumando entre todos 4 millones 320 mil años o un mahayuga, el cual es considerado el gran año. Nótese la proporción 4,3,2,1, y el hecho de que mil mahayugas constituyen un kalpa y 10 eras de Kali son equivalentes a un mahayuga. Existe una división más llamada manvantara, la cual denota el período en el que surge una nueva humanidad presidida por un progenitor -una especie de Adán- llamado Manu. Cada kalpa consta de 14 manvantaras y cada manvantara de 71 mahayugas (aunque este cálculo no es exacto y se utilizan períodos de transición o sandhis, los cuales son como épocas crepusculares). 

El esquema de los yugas tiene ciertos paralelos con la idea de Ovidio de las cuatro eras del hombre (oro, plata, bronce, hierro). El Krta Yuga es la era de prosperidad, sabiduría y demás (asociada con la verdad) y progresivamente van descendiendo, como si se estuvieran alejando de un sol central, hasta Kali, que es la era del conflicto y la ignorancia (en la cual supuestamente nos encontramos ahora). Lo relevante en este caso es que los nombres de cada una de estas eras corresponden a las diferentes tiradas de dados en el juego de dados védico. Krta siendo la jugada ganadora, correspondiendo al número 4; Treta al número 3; Dvapara al 2 y Kali, la peor de todas, al 1. La noción de Krta como la jugada ganadora en los dados se puede extrapolar de tal forma que nacer en el Krta Yuga -donde se dice que se vive 400 años- es tener suerte, sacar un lote afortunado; suerte que va disminuyendo progresivamente con el tiempo. Por otro lado, en la intrincada madeja de correspondencias védicas -los bandhu- es de notarse que los nombres de cada yuga y jugada de dados en algunos textos son asociados también con los diferentes puntos cardinales, siendo Krta, el correspondiente al este, a la salida del Sol. González Reimann nota que el número 4 puede indicar la totalidad. Algo en lo que Jung coincide en su estudio de la alquimia occidental, Mysterium Coniunctionis, donde sugiere que el cuaternario implica la totalidad, los cuatro elementos que deben ser reunidos en uno. Por otro lado, la palabra yuga literalmente significa "yunta", el instrumento empleado para unir los caballos a un carruaje, y en la Mahabharata se dice que las diversas medidas de tiempo (yujyante) están unidas formando una gran rueda de tiempo (kala-chakra), lo cual evoca un poco la visión del profeta Ezequiel del merkabha o el carro flamante de ruedas entreveradas, conformado por cuatro animales o seres divinos. La visión trata ciertamente de un cuaternario y simboliza la totalidad (siendo que las cuatro figuras parecen corresponder a los cuatro signos fijos del zodiaco, cuatro polos del año: el año solar es, por supuesto, un microcosmos del gran año).

Es interesante notar también que la palabra más usada para "dados" en sánscrito es aksha, de la raíz aks, de la cual se deriva también la palabra latina axis (como en axis mundi). La palabra krta, de la misma raíz que karma, significa acción (y la palabra yuga la misma raíz que yoga, de donde viene nuestra palabra "juntar"). Un verso dice: 

Los yugas Krta, Treta, Devapara y Kali son como la conducta del rey. Se dice que el rey es el yuga.

Dormido es como Kali, al despertar como Dvapara, cuando está dispuesto a actuar como Treta y moviéndose como el Krta Yuga.

El Krta Yuga es, entonces, donde las cosas se hacen, y siendo que para el pensamiento indio sólo existe algo realmente digno de hacerse y eso es la liberación, podemos sugerir que en el Krta Yuga es donde se logra la liberación más fácilmente, donde los hombres logran su cometido. Aunque esto no significa que en el Kali Yuga esto no ocurra, ya que si bien la batalla que se narra en la Mahabharata coincide con el inicio del Kali Yuga y la muerte de Krishna, según diversas corrientes dentro del hinduismo los dioses han entregado doctrinas especiales para esta era un tanto ignara, como es el caso del bhakti-yoga (la devoción) del mismo Krishna, que logra con métodos más sencillos la liberación, y el cual se expone en el capítulo más famoso de la Mahabharata: la Bhagavad Gita.

Un curioso paralelo puede trazarse entre la idea de que los diferentes ciclos del tiempo son como las diferentes jugadas de dados -¿y por lo tanto, de alguna manera, una tirada determina la fortuna de la transmigración?- y la idea que expone Platón en La república  en el relato de Er, el soldado que alcanza a ver lo que sucede en el estado post mortem, espiando, como si fuere, el telar de las Moiras al no beber del agua del Leteo. En ese extraño episodio, que es antecedido por una especie de viaje astral, se dice que las almas toman parte en una lotería en la que se disponen los diferentes lotes o paradigmas de vidas venideras. Se efectúa un sorteo y los que van saliendo tienen la opción de decidir entre las diferentes vidas que yacen allí como fichas en el piso. El texto dice que la elección que hacen las almas es consecuente con lo vivido y aprendido en su vida pasada. Así, un hombre sabio es quien ha entendido antes cuáles son las condiciones que determinan una buena vida y puede elegir apropiadamente en ese momento, mientras que hombres que en vida no han logrado tal conocimiento suelen tomar decisiones precipitadas que los llevan a tomar lotes abominables o funestos. Por ejemplo, se cuenta allí que el astuto Odiseo, recordando todas sus peripecias y pesares, y evidentemente queriendo descansar, eligió la vida discreta de un ciudadano común y corriente. Otros, sin embargo, acaban adhiriéndose a los destinos de un hombre que devora a sus propios hijos, o de monos, cisnes u otras bestias. El mito nos sugiere que el destino es una mezcla de azar, moralidad y determinismo (ya que si bien las almas reciben los patrones de las vidas, de todas maneras son capaces de elegir cómo enfrentan los diferentes hechos predeterminados). O, también, que la forma de contrarrestar un cierto factor aleatorio inherente a la existencia es a través de la sabiduría y el bien. 

Regresando a la cuestión de este artículo sobre si Dios juega a los dados, en el caso de la India la respuesta es afirmativa, pero con un sentido diferente al que vimos antes. En la cosmología védica, lo que los hombres hacen es en gran medida una imitación de lo que entienden que los dioses hicieron antes -fundamentalmente, porque los dioses no siempre fueron dioses, sino que alcanzaron la divinidad con ciertas conductas-. Así que uno debía esperar que los dioses también tiren los dados y que sean los hombres los que los imiten (si bien, también existen advertencias en contra de la ludopatía en los Vedas). En el mismo himno del Rig Veda en el que se menciona la tirada de dados (y el lamento de un hombre que lo perdió todo en un juego) se dice que los dados se rigen "por reglas tan inmutables como las del dios Savitr". Savitr es el Sol, lo cual no es insignificante, ya que los ciclos de los yugas tienen una conexión matemática con el año solar (además de ser equivalentes a las 432 mil sílabas del Rig Veda). Dice González Reimann que el himno sugiere que:

los dados también obedecen a leyes inmutables que están más allá del control de los humanos y más cerca del mundo de los dioses. Las fuerzas que controlan el movimiento de los dados son, entonces, una expresión de las leyes naturales, a las cuales también está sujeto el tiempo con sus diversos ciclos.

Para los védicos, estas leyes naturales son una expresión de rta, el orden cósmico que más tarde sería llamado dharma y el cual, según los mismos Vedas, surge como emanación natural de la concentración de la energía divina (tapas) al comienzo de cada universo. Al parecer los védicos veían incluso en el aparente azar de una tirada de dados un orden secreto, una "variable oculta", el efecto de una inteligencia divina.  

González Reimann recalca la similitud entre la palabra que designa el lugar donde se jugaban los dados, devana, y deva, la palabra que designa a los dioses, cognado de "dios" y "día" en nuestra lengua. Asimismo, la palabra para destino, daiva, también tiene la misma raíz, div ("brillar"), que deva. El destino, como el día (el tiempo), está asociado a los dioses.

En el Nirnayasindu se narra un episodio en el que el rishi Narada viaja al Kailash, la montaña sagrada de Shiva, donde se encuentra al dios jugando a los dados con su divina consorte Parvati. Según González Reimann, Narada menciona que el universo entero es el tablero donde los dioses juegan a los dados, compara los 12 meses con 12 aspectos del juego y dice que el resultado del juego equivale a la creación o disolución del universo. Cuando Parvati gana, el universo se crea; cuando Shiva gana, el universo se disuelve (Shiva es el destructor en el famoso trimurti). Aunque realmente no hay un triunfo definitivo, ya que estos dioses son también los dos polos fundamentales de la existencia de cuya atracción y repulsión se establece el vaivén universal, el juego del caos y el cosmos, la noche y el día. Y en el hinduismo el universo mismo suele ser considerado como el juego (lila) de la deidad suprema, la cual crea y habita y destruye el mundo por deporte. Por otro lado, uno imagina que las partidas de Shiva y Parvati son amenizadas con las legendarias caricias eróticas de esta pareja que será tan cara para la imaginación tántrica. 

Otro verso del Rig Veda dice: "los dioses se mueven como los dados, nos dan riqueza y nos la quitan". Esto sugeriría que para el hombre el destino es incomprensible y que su vida está sujeta a fuerzas incontrolables. Sin embargo, las Upanishad, que son la continuación esotérica de los Vedas, revelarán el secreto, la "variable oculta", esto es, la doctrina de la identidad entre la divinidad y el ser humano. Como dice la Bhradaranyaka Upanishad:

aquel que piensa: 'la divinidad es una cosa y yo otra', ese 'no sabe'. Es como un animal para los dioses. Como los animales sirven a los hombres, así también cada hombre sirve a los dioses. Cuando un hombre pierde uno de sus animales esto causa gran descontento, ¿qué se puede decir de muchos animales? Por ello no les gusta a los dioses que los hombres sepan esto.

De aquí que podamos inferir que, a fin de cuentas, son los hombres los que controlan el destino de la tirada de dados que es la existencia temporal (y eso es lo que los dioses no quieren que sepamos, porque conocer la realidad nos libera de su poder invisible). La forma en la que se controla esta tirada de dados que determina nuestro destino es con los actos que realizamos: con el karma que determina la transmigración y demás, pero de manera definitiva con el conocimiento de la verdad, que es esta identidad entre el alma y la divinidad suprema (Brahman). Estos textos parecen decirnos que mientras hay ignorancia el hombre es una especie de animal de ganado que es pastoreado y finalmente comido por los dioses o por fuerzas desconocidas e ininteligibles (vivimos en un universo donde cada cosa se alimenta de otra). Pero una vez que alcanza el conocimiento de sí mismo descubre cómo todos su actos y pensamientos lo han llevado al mundo, al cuerpo y al exacto lugar en el que está. Y es entonces, al ver el engranaje con el que está armado el juego y las variables ocultas que lo subyacen, que es capaz de liberarse de la aparente inexorabilidad de las leyes del tiempo.

Así entonces, tenemos en el pensamiento védico un dios o una serie de dioses que sí juegan a los dados, pero en un universo que permanece hasta cierto punto causal y determinista. Un determinismo, sin embargo, más moral y mental que físico, puesto que por lo menos desde las Upanishad -antes de que el Buda dijera Si uno habla o actúa con un pensamiento impuro, entonces el sufrimiento le sigue de la misma manera que la rueda sigue la pezuña del buey- ya se enseñaba que el universo estaba regido por una ley moral. Sin embargo, este determinismo -o esta sujeción a los actos y sus consecuencias- puede romperse cuando se comprende que el controlador de los dados no es distinto a uno. Entonces, enseñan las Upanishad, se trasciende el tiempo y sus leyes. El conocimiento de la eternidad e inmutabilidad del Ser (Atman) -que Shankara describe como pura conciencia luminosa no-dual- es suficiente para abolir para siempre el azar y disolver el océano del samsara como si se tratara de un sueño. La tirada de dados se revela ilusoria, o quizás sólo como lo que es: un juego, un juego donde el jugador es también sus oponentes, los dados y el mismo campo donde se lanzan los dados. 

 

Twitter del autor: @alepholo

 

The Ancient Vedic Game of Dice and the Names of the Four World Ages in Hinduism

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¿El psicoanálisis perderá vigencia cuando el ser humano sea capaz de comprender su vida?

El psicoanálisis ha conocido un desarrollo histórico peculiar, oscilante entre la aceptación y aun la fascinación por un lado y, por el otro, el rechazo y la denotación más furibunda. Con todo, el psicoanálisis persiste.

¿Cuál es la causa de dicha persistencia? Una respuesta seria pasa, necesariamente, por el malestar del ser humano, para el cual, hasta ahora, la cultura no ha encontrado un solo remedio efectivo. O, mejor dicho: sí los ha encontrado, desde el pensamiento de los Vedas y el budismo hasta las “reglas para vivir” del Dr. Jordan Peterson, de Platón y los estoicos a las ideas de Nietzsche o las reflexiones de Byung-Chul Han, el malestar que al parecer acompaña inevitablemente a la existencia humana ha sido objeto de estudio e investigación filosófica, de lo cual, a su vez, se han derivado diversos intentos de respuesta a las preguntas que en algún punto asaltan la vida humana: ¿es posible vivir sin malestar? ¿es posible vivir sin miedo? ¿es posible vivir sin sufrimiento y sin angustia? ¿es posible vivir sin ira?

Estas preguntas fundamentales tienen respuesta, pero a diferencia de otras disciplinas, sistemas de pensamiento o corrientes filosóficas, doctrinas espirituales y religiosas, la postura del psicoanálisis es clara al respecto: es el propio sujeto quien debe elaborar por sí mismo dicha respuesta. 

Sin duda, parece más sencillo adherirse a una solución ya hecha: seguir tal o cual serie de mandamientos, tomar el antidepresivo o el ansiolítico, intentar ser hoy hedonista y mañana probar el minimalismo, etc. Y nos parece más sencillo porque así es como aprendemos a vivir: obedeciendo, adoptando las formas de vida que nos enseñan y que, se nos dice, son necesarias para ser aceptados por otros (en la comunidad de lo humano). Pero frente a esto, el psicoanálisis llama al sujeto a detenerse para preguntarse si eso es lo que realmente quiere, si esa es la vida que desea o es aquella que le enseñaron a desear.

Cabe decir que dicha confrontación no es sencilla y mucho menos en una cultura que nos empuja justamente a lo contrario: a vivir sin reflexionar, sin interrogar ni emprender un esfuerzo propio y auténtico de cambio. 

Compartimos estos párrafos a manera de introducción para una entrevista que le hizo Emilia Granzotto a Jacques Lacan en 1974. De todas las personas que han intentado seguir el método elaborado por Sigmund Freud, quizá Lacan ha sido el único que aportó verdaderamente al desarrollo del psicoanálisis, por el hecho simple pero al parecer muy difícil de realizar de que su único interés a lo largo de su trayectoria fue leer atentamente la obra de Freud. 

Originalmente, la entrevista se publicó en la revista italiana Panorama, en su número del 21 de diciembre del año referido. La transcribimos íntegra, en razón de los varios puntos de interés que Lacan tocó en aquella ocasión y porque creemos que a lo largo de la charla se teje una cohesión que vale la pena conservar así para entender las palabras del psicoanalista. 

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Panorama: Prof. Lacan, se escucha hablar más y más a menudo de la crisis del psicoanálisis, se dice que Sigmund Freud está superado, que la sociedad moderna ha descubierto que su doctrina no alcanza a comprender al hombre ni a interpretar a fondo su relación con el ambiente, con el mundo…

Lacan: Son historias. En primer lugar, la crisis no existe, no está. El psicoanálisis, al contrario, no ha alcanzado del todo sus límites. Hay aún muchas cosas para descubrir tanto en la práctica como en la doctrina. En el psicoanálisis no hay solución inmediata, sino solamente la larga y paciente investigación acerca de los porqués. En segundo lugar: Freud. ¿Cómo se lo puede juzgar como superado si no lo hemos comprendido enteramente? Lo que sabemos es que ha dado a conocer cosas totalmente novedosas que no se habían imaginado antes de él, problemas… del inconsciente hasta la importancia de la sexualidad, del acceso a lo simbólico al sujetamiento a las leyes del lenguaje.

Su doctrina ha puesto a la verdad en cuestión, un asunto que concierne a cada uno personalmente. Nada que ver con una crisis. Repito: estamos lejos de los objetivos de Freud. Es porque su nombre ha servido para cubrir muchas cosas que ha habido desviaciones, los epígonos no han seguido siempre fielmente el modelo, eso ha creado la confusión.

Después de su muerte en 1939, algunos de sus alumnos pretendieron hacer el psicoanálisis de otra manera, reduciendo su enseñanza a algunas pequeñas fórmulas banales: la técnica como rito, la práctica reducida al tratamiento del comportamiento y, como objetivo, la readaptación del individuo a su entorno social. Es decir, la negación de Freud, un psicoanálisis acomodaticio, de salón.

Él mismo lo había previsto. Decía que hay tres posiciones imposibles de sostener, tres tareas imposibles: gobernar, educar y psicoanalizar. Hoy día poco importa quien tiene las responsabilidades de gobernar y todo el mundo se pretende educador. En cuanto a los  psicoanalistas, ¡ay!, por desgracia prosperan como los magos y los curanderos. Proponer ayudar a las personas significa el éxito asegurado y la clientela detrás de la puerta. El psicoanálisis es otra cosa.

Panorama: ¿Qué exactamente?

Lacan: Lo defino como un síntoma, revelador del malestar de la civilización en la cual vivimos.  No es ciertamente una filosofía; yo aborrezco la filosofía, hace ya tiempo que ella no dice nada interesante. No es tampoco una fe y tampoco me va llamarla ciencia. Digamos que es una práctica que se ocupa de aquello que no anda, terriblemente difícil, ya que pretende introducir en la vida cotidiana al imposible y al imaginario. Hasta ahora, ha obtenido ciertos resultados, pero no dispone aún de reglas y se presta a toda suerte de equívocos.

No hay que olvidar que se trata de algo totalmente nuevo, ya sea en relación con la medicina, la psicología o las ciencias afines. Es asimismo muy joven. Freud murió apenas hace 35 años. Su primer  libro, La interpretación de los sueños, fue publicado en 1900 y con muy poco éxito. Creo que fueron vendidos unos 300 ejemplares en aquellos años. Tenía pocos alumnos que pasaban por locos y ellos mismos no estaban de acuerdo acerca de la manera de poner en práctica y de interpretar aquello que habían adquirido.

Panorama: ¿Qué es lo que no anda en el hombre hoy en día?

Lacan: Hay una gran fatiga de vivir como resultado de la carrera hacia el progreso. Se espera del psicoanálisis que descubra hasta dónde se puede llegar arrastrando esa fatiga, ese malestar de la vida.

Panorama: ¿Qué es lo que empuja a la gente a analizarse?

Lacan: El miedo. Cuando al hombre le llegan las cosas, incluso las cosas que ha querido, que no comprende, tiene miedo. Sufre de no comprender y poco a poco entra en un estado de pánico. Es la neurosis. En la neurosis histérica el cuerpo deviene enfermo del miedo de estar enfermo sin estarlo realmente. En la neurosis obsesiva el miedo pone cosas bizarras en la cabeza … pensamientos que no se pueden controlar, fobias en las cuales formas y objetos adquieren significaciones diversas y espantosas.

Panorama: ¿Por ejemplo?

Lacan: El neurótico llega a sentirse empujado por una necesidad espantosa de tener que verificar docenas de veces si la canilla está cerrada de verdad o si tal cosa está bien en su lugar, sabiendo con certeza que la canilla está como debe estar y que la cosa está en su lugar. No hay pastilla que cure eso. Tú debes descubrir por qué eso te llega y saber lo que eso significa.

Panorama: ¿Y el tratamiento?

Lacan: El neurótico es un enfermo que se trata con la palabra, sobre todo con la suya. Debe hablar, contar, explicar él mismo. Freud lo define así: asunción de la parte del sujeto de su propia historia, en la medida en que ella está constituida por la palabra dirigida a otro. El psicoanalista no tiene mas remedio que ser el rey de la palabra. Freud explicaba que el inconsciente no es tanto algo profundo sino, más bien, es inaccesible a la profundización consciente. Y decía también que en ese inconsciente ello habla: un sujeto en el sujeto trascendiendo al sujeto. La palabra es la gran fuerza del psicoanálisis.

Panorama: ¿Palabra de quién? ¿Del enfermo o del analista?

Lacan: En el psicoanálisis, los términos enfermo, médico, medicina no son exactos, no son utilizados. Incluso las fórmulas pasivas que son utilizadas habitualmente no son justas. Se dice "hacerse psicoanalizar". Es falso. Aquel que hace el trabajo en análisis es aquel que habla, el sujeto analizante mismo si él lo hace según el modelo sugerido por el analista que le indica cómo proceder y lo ayuda con sus intervenciones. Las interpretaciones que les son proporcionadas parecen dar sentido en un primer abordaje a aquello que el analizante dice.

En realidad, la interpretación es más sutil, tiende a borrar el sentido de las cosas por las cuales el sujeto sufre. El objetivo es el de mostrarle, a través de su propio relato, que su síntoma, digamos la enfermedad, no está en relación con nada, que está desanudado de todo sentido. Incluso si en apariencia es real, no existe.

Las vías por las cuales esta acción de la palabra procede piden mucha práctica y una paciencia infinita. La paciencia y la ponderación son los instrumentos del psicoanálisis. La técnica consiste en saber ponderar la ayuda que se le da al analizante; es por esto que el psicoanálisis es difícil.

Panorama: Cuando se habla de Jacques Lacan, se asocia inevitablemente ese nombre a una fórmula: el retorno a Freud. ¿Qué significa eso?

Lacan: Exactamente eso que es dicho. El psicoanálisis es Freud. Si se quiere hacer psicoanálisis, hay que referirse a Freud, en sus términos, en sus definiciones, leídas e interpretadas en su sentido literal. He fundado en París una escuela freudiana justamente para eso. Hace 20 años, o más, que vengo explicando mi punto de vista: el retorno a Freud simplemente significa  despejar el campo de las desviaciones y de los equívocos, de las fenomenologías existenciales —por ejemplo— tanto como del formulismo institucional de las sociedades analíticas, retomando la lectura de su enseñanza según los principios definidos y catalogados en su trabajo. Releer a Freud quiere decir solamente releer a Freud. Aquel que no hace esto en psicoanálisis, utiliza formas abusivas.

Panorama: Pero Freud es difícil. Y Lacan, dicen, lo torna incomprensible. Se le reprocha a Lacan  hablar y sobre todo escribir de tal manera que solamente aquellos iniciados pueden esperar comprender.

Lacan: Lo sé, tengo la reputación de ser un oscuro que esconde su pensamiento en nubes de humo. Yo me pregunto por qué. A propósito del análisis, respeto conjuntamente con Freud que sea el juego intersubjetivo a través del cual la verdad entre en el real. ¿No está claro? Pero el psicoanálisis no es una cosa simple.

Mis libros tienen reputación de incomprensibles. ¿Pero por quién? No los he escrito para todos, para que sean comprendidos por todos. Al contrario, no me he preocupado ni un instante de complacer a algunos lectores. Tengo cosas para decir y las digo. Me es suficiente tener un público que lee, y si no comprende, paciencia. En cuanto al número de lectores, tengo más oportunidad que Freud. Mis libros son muy leídos; estoy asombrado por eso.
Estoy convencido de que dentro de 10 años como máximo, quien me lea me encontrará transparente como una buena jarra de cerveza. Es posible que entonces se diga: ¡ese Lacan, es banal!

Panorama: ¿Cuáles son las características del lacanismo?

Lacan: Es un poco apresurado decirlo, ya que el lacanismo no existe aún. Se percibe apenas un olor, como un presentimiento.

Sea lo que sea, Lacan es un señor que practica el psicoanálisis hace 40 años y que estudia desde hace más tiempo. Creo en el estructuralismo y en la ciencia del lenguaje. He escrito en uno de mis libros que aquello a lo cual nos devuelve el descubrimiento de Freud es a la importancia del orden en el cual hemos entrado, en el que somos, si se puede decir, nacidos por segunda vez, saliendo del estado llamado justamente infans, sin palabra. El orden simbólico sobre el cual Freud ha fundado su descubrimiento está constituido por el lenguaje, como momento del discurso concreto universal. Es el mundo de las palabras que creó el mundo de las cosas, inicialmente confusas en el devenir del todo. Solamente las palabras dan un sentido cabal a la esencia de las cosas. Sin las palabras, nada existiría. ¿Cuál sería el placer sin el intermediario de la palabra?

Mi idea es que Freud, al enunciar en sus primeras obras (La interpretación de los sueños, Más allá del principio del placer, Tótem y tabú) las leyes del inconsciente, formuló —como precursor de su tiempo— las teorías con las cuales algunos años más tarde Ferdinand de Saussure abrió el camino de la lingüística moderna.

Panorama: ¿Y el pensamiento puro?

Lacan: Sometido, como todo el resto, a las leyes del lenguaje, solamente las palabras pueden introducir y darle consistencia. Sin el lenguaje, la humanidad no daría un paso hacia el frente en las investigaciones acerca del pensamiento. Del mismo modo para el psicoanálisis. Sea cual sea la función que quisiéramos atribuirle –agente de cura, de formación o de sondeo– no hay más que un médium del que se sirve: la palabra del paciente. Y  cada palabra pide respuesta.

Panorama: ¿El análisis como diálogo? Hay gente que lo interpreta, sobre todo, como un sucedáneo laico de la confesión…

Lacan: ¿Pero qué confesión? Al psicoanalista no se le confiesa nada. Se va a decirle simplemente todo lo que se le pasa por la cabeza. Palabras precisamente. El descubrimiento del psicoanálisis es el del hombre como animal parlante. Es asunto del analista poner en serie las palabras que escucha y darles un sentido, una significación. Para realizar un buen análisis, hace falta un acuerdo, una afinidad entre el analizante y el analista. A través de las palabras de uno, el otro busca hacerse una idea de lo que se trata y encontrar más allá del síntoma aparente, el difícil nudo de la verdad. Otra función del analista es la de explicar el sentido de las palabras para hacer comprender al paciente qué puede esperar del análisis.

Panorama: Entonces es una relación de una extrema confianza.

Lacan: Sobre todo un intercambio, en el cual lo importante es que uno habla y el otro escucha. Aun en silencio. El analista no plantea preguntas y no tiene ideas. Da solamente las respuestas que hace falta dar a las preguntas que suscitan sus buenas ganas. Pero –a fin de cuentas– el analizante va siempre adonde el analista lo lleva.

Panorama: Eso es la cura. ¿Y acerca de las posibilidades de curación? ¿Se sale de la neurosis?

Lacan: El psicoanálisis tiene éxito cuando vacía el campo tanto del síntoma como del real, y así llega a la verdad.

Panorama: ¿Podría explicarme ese concepto de una manera menos lacaniana?

Lacan: Yo llamo síntoma a todo aquello que viene del real. Y el real es todo aquello que no anda, que no funciona, eso que hace obstáculo a la vida del hombre y a la afirmación de su personalidad. El real vuelve siempre al mismo lugar, se lo encuentra siempre allí con las mismas manifestaciones. Los científicos disponen de una bella fórmula: que no hay nada de imposible en el real. Hace falta ser un caradura para hacer afirmaciones de ese género, o bien, como yo lo sospecho, una ignorancia total acerca de lo que se hace y de lo que se dice. El real y el imposible son antitéticos; no pueden estar juntos. El análisis empuja al sujeto hacia el imposible, le sugiere considerar el mundo como es verdaderamente, esto es, imaginario y sin ningún sentido. Mientras que el real, como un pájaro voraz, no hace otra cosa que nutrirse de cosas sensatas, de acciones que tienen un sentido.

Se escucha  siempre repetir que hay que darle un sentido a esto o a aquello, a sus propios pensamientos, a sus propias aspiraciones, a los deseos, al sexo, a la vida. Pero de la vida no sabemos nada de nada, como se sofocan los científicos por explicar. Mi miedo es que, por culpa de ellos, el real, cosa monstruosa que no existe, termine tomando la delantera. La ciencia está en camino de sustituir a la religión, con otro tanto de despotismo, de oscuridad y de oscurantismo. Hay un dios átomo, un dios espacio, etc. Si la ciencia o la religión lo logran, el psicoanálisis está acabado.

Panorama: ¿Qué relación guardan entre sí hoy día la ciencia y el psicoanálisis?

Lacan: Para mí la única ciencia verdadera, seria para seguir, es la ciencia ficción. La otra, aquella que es oficial, que tiene sus altares en los laboratorios, avanza a tientas y a locas y comienza a tener miedo de su sombra. Pareciera que a los científicos también les llegó el momento de angustia. En sus laboratorios asépticos revestidos de sus guardapolvos almidonados, esos viejos niños que juegan con cosas desconocidas, manipulando aparatos siempre más complicados e inventando fórmulas siempre más oscuras, comienzan a preguntarse qué es lo que podrá sobrevenir mañana y qué terminarán aportando sus investigaciones siempre novedosas. En fin, digo: ¿Y si es demasiado tarde? Se llamen biólogos, físicos, químicos, para mí están locos.

Solamente por el momento, mientras están en vías de destruir el universo, se les ocurre preguntarse si por azar eso que hacen no sería peligroso. ¿Y si todo saltara? ¿Y si las bacterias tan amorosamente cuidadas en los blancos laboratorios se trasmutasen en enemigos mortales? ¿Y si el mundo fuera barrido por una horda de esas bacterias con toda la mierda que lo habita, comenzando por los científicos de los laboratorios? Hay tres posiciones imposibles dichas por Freud: gobernar, educar y psicoanalizar. Agregaría una cuarta: la ciencia. Tan cerca como las demás, los científicos no saben que están en una posición insostenible.

Panorama: Es una definición bastante pesimista de aquello que comúnmente se llama progreso.

Lacan: Para nada, no soy para nada pesimista. El hombre no llegará a nada, por la simple razón de que es un bueno para nada, incapaz de destruirse a sí mismo. Una calamidad total promovida por el hombre, eso lo encontraría personalmente maravilloso. Sería la prueba de que finalmente ha logrado fabricar alguna cosa con sus manos, con su cabeza, sin intervención divina, natural o de otra especie.

Todas  esas bellas bacterias bien nutridas que se pasean por el mundo, como las langostas bíblicas, significarían el triunfo del hombre. Pero eso no llegará jamás. La ciencia tiene  su buena crisis de responsabilidad. Todo regresará al orden de las cosas, como se dice. Lo he dicho, el real tendrá la superioridad como siempre y nosotros estaremos jodidos como siempre.

Panorama: Otra de las paradojas de Jacques Lacan. Nos lanza no solamente la dificultad del lenguaje y la oscuridad de los conceptos, los juegos de palabras, los divertimentos lingüísticos, los acertijos a la francesa y precisamente las paradojas. Aquel que lo escucha o lo lee debe de sentirse desorientado…

Lacan: No bromeo del todo, digo las cosas muy seriamente. Salvo que utilice las palabras como los científicos, de los que hablamos antes, utilizan sus alambiques y sus aparatos electrónicos. Busco siempre referirme a la experiencia del psicoanálisis.

Panorama: Usted dijo: el real no existe. Pero el hombre medio sabe que el real es el mundo, todo aquello que lo rodea, lo que se ve ante el ojo desnudo, se toca, es…

Lacan: De entrada rechacemos a este hombre medio que, él, para comenzar no existe, es solamente una ficción estadística. Existen los individuos y eso es todo. Cuando escucho hablar del "hombre de la calle", de los sondeos, de los fenómenos de masa o de cosas parecidas, pienso en todos los pacientes que he visto pasar sobre el diván de mi consultorio en 40 años de escucha. No hay uno solo que sea parecido a otro, ninguno con la misma fobia, la misma angustia, la misma manera de relatar, el mismo miedo de no entender. El hombre medio, ¿quién es? ¿Yo, usted, nosotros, mi conserje, el presidente de la república?

Panorama: Hablamos del real, del mundo que todos vemos …

Lacan: Precisamente. La diferencia entre el real (a saber: eso que no va) y el simbólico y el imaginario (a saber: la verdad), es que el real es el mundo. Para constatar que el mundo no existe, que no es, hace falta pensar en todas las cosas banales que una infinidad de gente estúpida creen que es el mundo. E invito a los amigos de Panorama, antes de acusarme de paradoja, a reflexionar acerca de lo que acaban de leer.

Panorama: Aún más pesimista, se diría…

Lacan: No es cierto. No me coloco entre los alarmistas ni entre los angustiados. Estupendo si un psicoanalista no ha dejado atrás su estado de la angustia. Es cierto, hay alrededor de nosotros cosas horripilantes y devorantes, como la televisión, por la cual la mayoría de nosotros se encuentra regularmente fagocitado. Pero es únicamente porque las personas se dejan fagocitar que llega a inventarse un interés para aquellos que lo ven. Luego hay otros aparatos monstruosos, tan hambrientos: los cohetes en la luna, las investigaciones en el fondo del mar, etc. Cosas que devoran. Pero no hay por qué hacer un drama. Estoy seguro de que cuando hayamos tenido los cohetes, la televisión y todas las otras malditas investigaciones para la vida, encontraremos otras cosas para ocuparnos. Hay una reviviscencia de la religión ¿no? ¿Y qué mejor monstruo hambriento que la religión, una feria continua con la cual es posible entretenerse durante siglos, como ya se ha mostrado?

Mi respuesta a todo ello es que el hombre siempre supo adaptarse al mal. El solo real concebible al que tenemos acceso es precisamente este y hay que darse una razón. Dar un sentido a las cosas, como se dice. De otro modo, el hombre no tendría angustia, Freud no se habría vuelto célebre y yo no sería profesor universitario.

Panorama: Las angustias, ¿son todas ellas siempre de ese tipo, o bien hay angustias ligadas a ciertas condiciones sociales, a ciertas etapas históricas, a ciertas latitudes?

Lacan: La angustia del científico que tiene miedo de sus propios descubrimientos puede parecer reciente, pero, ¿qué sabemos nosotros de aquello que les llegó en otras épocas, de los dramas de otros investigadores? La angustia del obrero remachado a la cadena de montaje como al remo de una galera, esa es la angustia de hoy día. O más simplemente, está ligada a las definiciones y a las palabras de hoy.

Panorama: Pero, ¿qué es la angustia para el psicoanálisis?

Lacan: Algo que se sitúa en el exterior de nuestro cuerpo, un miedo, un miedo de nada más que del cuerpo –comprometido el espíritu– pueda motivar. En suma, el miedo del miedo. Muchos de esos miedos, muchas de esas angustias, al nivel donde lo percibimos, tienen alguna cosa que ver con el sexo. Freud decía que la sexualidad para el animal parlante que se llama el hombre, no tiene ni remedio ni esperanza. Uno de los deberes del analista es el de encontrar en las palabras del paciente el nudo entre la angustia y el sexo, ese gran desconocido.

Panorama: Ahora que se coloca al sexo en todas las salsas –sexo en el cine, en el teatro, en la televisión, en los diarios, en las canciones, en la playa– se dice que la gente está menos angustiada respecto de los problemas ligados a la esfera sexual. Los tabúes han caído, se dice, el sexo ya no da miedo…

Lacan: La sexomanía galopante es solamente un fenómeno publicitario. El psicoanálisis es una cosa seria que comporta, y lo repito, una relación estrictamente personal entre dos individuos: el sujeto y el analista. No existe psicoanálisis colectivo, como no existen angustias o neurosis de masas.

Que el sexo sea puesto a la orden del día y expuesto en todos los rincones de las calles, tratado de la misma manera que no importa cuál detergente en los carruseles televisivos, no constituye absolutamente promesa alguna de beneficio. No digo que esté mal. Ciertamente, eso no sirve para aliviar las angustias y los problemas singulares. Eso forma parte del mundo, de esa falsa liberación que nos es proporcionada como un bien acordado desde lo alto por la susodicha sociedad permisiva. Pero eso no sirve al nivel del psicoanálisis.

 

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