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La eterna pregunta de si vivimos en un universo determinista y si existe un orden divino, contestada desde 3 perspectivas: Einstein, Hawking y el pensamiento védico

Detrás de la pared, los dioses juegan con los números de los cuales está hecho el universo.

Le Corbusier

"Dios no juega a los dados", dijo Einstein en respuesta al indeterminismo que postula la física cuántica. Esta es una de las frases más famosas del físico alemán, y no sin razón, ya que implica uno de los grandes enigmas que discute la física moderna y la filosofía a través de la historia. Esto es, el problema, de no fácil resolución, de si el universo y todos sus sucesos han sido ya determinados y obedecen a leyes matemáticas inmutables o si las cosas son indeterminadas, inciertas e incluso incognoscibles. 

Con esta frase Einstein claramente se colocaba en el bando de Laplace, quien a finales del siglo XVIII había fijado la idea de un universo determinista -fresca la noción de la mecánica newtoniana: un universo predecible como un reloj, donde todo seguía patrones perfectos-. Laplace había sugerido que si conociéramos en un momento dado del tiempo las posiciones y velocidades de todas las partículas del universo, podríamos calcular su comportamiento en cualquier otro momento del tiempo. Se cuenta que Napoleón le preguntó a Laplace que cuál era el lugar de Dios en ese sistema, a lo que éste contestó: "No tengo necesidad de esa hipótesis". Stephen Hawking comenta que esto no significa que Laplace no creyera en Dios, sino que creía que simplemente no intervenía para modificar las leyes de la ciencia. Esta idea nos acerca justamente a la idea de Dios de Einstein. Como ocurre con todo gran intelectual, pero especialmente con Einstein, diferentes grupos ideológicos buscan apropiarse de su pensamiento y utilizarlo como un recurso de autoridad. Así hay quienes usan esta frase para decir que Einstein creía en Dios. No entraremos a fondo en este tema que ya hemos discutido aquí. Lo que debemos mencionar es que el Dios de Einstein en todo caso es como el no hipotetizado Dios de Laplace y, más aún, como el Dios de Spinoza, cuyo pensamiento puede resumirse en la frase Deus sive Natura: Dios es igual a la naturaleza. No hay, para Einstein, un Dios trascendente que juega con las leyes del universo o que interviene para afectar el curso de la evolución. No es el Dios de los milagros y los castigos. Es un Dios que es idéntico a las leyes y a la física del universo, y por lo tanto, quizás se pueda prescindir de la palabra "Dios" (pero entrar en esto nos desvía del tema).

Con la teoría cuántica -que hoy es mayormente aceptada- y particularmente con el principio de incertidumbre de Heisenberg, los científicos empezaron a cuestionarse seriamente este dogma determinista. La mecánica cuántica descubrió que no se puede determinar al mismo tiempo la posición y el momento lineal (o la masa y la velocidad) de una partícula. Entre más precisa sea la observación de una, menos se conoce la otra. Heisenberg famosamente dijo que lo que observamos en la materia no son cosas (o partículas) per se sino ondas de probabilidad. Hawking ha sugerido que en realidad no existen posiciones y velocidades de partículas, solamente ondas. Este problema posteriormente se ha relacionado con el llamado efecto del observador de la física, donde el acto de observar parece afectar el fenómeno observado, lo cual pone en duda la existencia de una realidad independiente de la observación de la misma, algo que ciertamente no le gustaba a Einstein.

Hawking apunta que en el caso del principio de incertidumbre al menos aún era posible predecir una combinación de posición y velocidad (un cálculo de probabilidad). Pero con lo que se ha descubierto en torno a la física de los agujeros negros, hasta esto desaparece. Una teoría sugiere que la información de una partícula que cae a un agujero negro puede perderse -y por lo tanto no podríamos calcular la posición o la velocidad de otra partícula con la cual está entrelazada-, lo cual da al traste con la noción de un universo predecible y determinista. Según Hawking: "Einstein estaba doblemente equivocado... No sólo Dios juega a los dados, sino que a veces nos confunde tirándolos donde no los podemos ver". En su defensa, hay que decir que Einstein era consciente de estos problemas y creía que la aparente aleatoriedad del universo era sólo un comportamiento estadístico no fundamental a las leyes del universo y que habría de ser explicada en un futuro con una teoría de variables ocultas (el físico David Bohm postuló una interesante alternativa que, sin embargo, no ha sido aceptada por la comunidad científica).

 

EL TIEMPO COMO UNA TIRADA DE DADOS

El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; el tiempo es un tigre que me devora, pero yo soy el tigre.

Borges

Para complementar esta historia científica -ya sea con una mera curiosidad o con algo así como una resonancia arquetípica- resulta interesante notar que en la cosmogonía védica el tiempo mismo puede entenderse como un juego de dados cósmico. El juego de dados aparece tan temprano como el Rig Veda, el texto religioso más viejo de la India, hace unos 3 mil años (los cálculos varían, y algunos dan fechas mucho más antiguas). Y, notablemente, la gran batalla que se cuenta en la Mahabharata -la gran epopeya de la India- es consecuencia de la derrota del rey Yudhishthira frente a Duryodhana en una tirada de dados. Al perder, el clan de los Pandava (entre los que se encuentra el guerrero Arjuna) debe exiliarse al bosque durante 12 años, antes de regresar a ocupar la corona que les pertenece. Al regresar, el clan de los Kaurava no concede entregarles su patrimonio, por lo cual estalla una de las guerras más famosas de la historia de la literatura (acaso sólo comparable a la guerra de Troya). 

A diferencia de la concepción lineal que nos da la idea de progreso en Occidente, en la India se tiene una concepción cíclica del tiempo, la cual se deriva de una observación de los ciclos de la naturaleza. A su vez, los ciclos del tiempo tienen una connotación vinculatoria entre el macrocosmos (el mundo celeste o divino) y el microcosmos (el mundo terrestre y humano), como bien apunta en  su libro Tiempo cíclico y eras del mundo en la India el profesor Luis González Reimann. Existe también un paralelo entre la creación (o manifestación) del universo y su destrucción (o disolución) -algo que no ocurre una vez, sino innumerables veces- y el proceso de transmigración de las almas a través del samsara hasta su eventual liberación (moksha) y reintegración a la unidad primordial. La liberación del ciclo de muerte y renacimiento es, al menos en parte, el equivalente microcósmico de la disolución del universo, la llamada noche de Brahma, en la que el creador reabsorbe el cosmos. Esto queda constatado en el hecho de que se utiliza el término atyantika pralaya para la liberación espiritual (moksha) de un individuo y se utiliza también el término pralaya para los diferentes tipos de disolución con que la deidad absorbe el universo. Este tipo de liberación es una forma de acelerar de alguna manera el proceso universal que puede tardar miles de millones de años vagando en la ignorancia y sufrimiento y reintegrarse a la unidad original que es dicha perfecta. Por otro lado, quizás resulte interesante al lector notar que entre los diferentes tipos de pralaya o disoluciones existe al menos un tipo en el que el cosmos que es absorbido no es destruido en su totalidad sino permanece en estado latente y vuelve a emerger cuando la divinidad entra de nuevo en actividad. Algo que evoca la controversia que existe entre los físicos sobre los agujeros negros y si éstos al engullir la materia dejan escapar luego información -que en esta teoría es aún más fundamental que la energía o la materia- o si ésta se pierde del todo (por lo cual viviríamos en un universo indeterminado y aleatorio). En el caso del hinduismo, sustituyendo el agujero negro por la deidad, responderíamos que la información puede volverse a emitir, por lo cual no se pierde y prevalece la causalidad y del determinismo. Esto coincide con una de las teorías físicas dominantes actualmente, que mantiene que la superficie de un agujero negro es una especie de holograma, en el cual la información de la realidad multidimensional queda inscrita. Por último, la teoría cíclica hindú también describe lo que llama el nitya pralaya, esto es, la creación y disolución permanente de los elementos materiales, lo que coincide con otra noción de la física moderna: el hecho de que constantemente las células y átomos que constituyen los cuerpos están regenerándose y la noción de que el vacío no es tal, y constantemente están surgiendo y desapareciendo lo que los físicos llaman partículas virtuales. 

La escala de la concepción del tiempo que se consolidó en el periodo posvédico es de proporciones que desafían lo "astronómico"; por una parte, el proceso de creación/disolución es infinito (en estricto sentido, no hay un principio o final) y, por otra, la vida de Brahma, el demiurgo, es muy superior a la edad que tiene el universo. Un ciclo de creación o día (kalpa) de Brahma dura 4 mil 320 millones de años humanos (lo mismo dura la noche que duerme). Ahora bien, se considera que Brahma vive 100 años (en su escala de tiempo, obviamente), lo cual es igual a 3.1104 x 1014 o 17 mil 300 veces la antigüedad de nuestro universo según los cálculos de González Reimann. Ahora bien, la división fundamental que se hace de estos ciclos es la de los famosos cuatro yugas o eras -es probable que a partir de esta división deriven las demás-. Estas eras inician con una gran conjunción planetaria y marcan esplendor y decadencia cíclicos de las virtudes espirituales de las humanidades que emergen dentro de la creación. Los yugas son: Krta (o Satya), de 1 millón 728 mil años; Treta, de 1 millón 296 mil años; Dvapara, de 864 mil años; y Kali, de 432 mil años, sumando entre todos 4 millones 320 mil años o un mahayuga, el cual es considerado el gran año. Nótese la proporción 4,3,2,1, y el hecho de que mil mahayugas constituyen un kalpa y 10 eras de Kali son equivalentes a un mahayuga. Existe una división más llamada manvantara, la cual denota el período en el que surge una nueva humanidad presidida por un progenitor -una especie de Adán- llamado Manu. Cada kalpa consta de 14 manvantaras y cada manvantara de 71 mahayugas (aunque este cálculo no es exacto y se utilizan períodos de transición o sandhis, los cuales son como épocas crepusculares). 

El esquema de los yugas tiene ciertos paralelos con la idea de Ovidio de las cuatro eras del hombre (oro, plata, bronce, hierro). El Krta Yuga es la era de prosperidad, sabiduría y demás (asociada con la verdad) y progresivamente van descendiendo, como si se estuvieran alejando de un sol central, hasta Kali, que es la era del conflicto y la ignorancia (en la cual supuestamente nos encontramos ahora). Lo relevante en este caso es que los nombres de cada una de estas eras corresponden a las diferentes tiradas de dados en el juego de dados védico. Krta siendo la jugada ganadora, correspondiendo al número 4; Treta al número 3; Dvapara al 2 y Kali, la peor de todas, al 1. La noción de Krta como la jugada ganadora en los dados se puede extrapolar de tal forma que nacer en el Krta Yuga -donde se dice que se vive 400 años- es tener suerte, sacar un lote afortunado; suerte que va disminuyendo progresivamente con el tiempo. Por otro lado, en la intrincada madeja de correspondencias védicas -los bandhu- es de notarse que los nombres de cada yuga y jugada de dados en algunos textos son asociados también con los diferentes puntos cardinales, siendo Krta, el correspondiente al este, a la salida del Sol. González Reimann nota que el número 4 puede indicar la totalidad. Algo en lo que Jung coincide en su estudio de la alquimia occidental, Mysterium Coniunctionis, donde sugiere que el cuaternario implica la totalidad, los cuatro elementos que deben ser reunidos en uno. Por otro lado, la palabra yuga literalmente significa "yunta", el instrumento empleado para unir los caballos a un carruaje, y en la Mahabharata se dice que las diversas medidas de tiempo (yujyante) están unidas formando una gran rueda de tiempo (kala-chakra), lo cual evoca un poco la visión del profeta Ezequiel del merkabha o el carro flamante de ruedas entreveradas, conformado por cuatro animales o seres divinos. La visión trata ciertamente de un cuaternario y simboliza la totalidad (siendo que las cuatro figuras parecen corresponder a los cuatro signos fijos del zodiaco, cuatro polos del año: el año solar es, por supuesto, un microcosmos del gran año).

Es interesante notar también que la palabra más usada para "dados" en sánscrito es aksha, de la raíz aks, de la cual se deriva también la palabra latina axis (como en axis mundi). La palabra krta, de la misma raíz que karma, significa acción (y la palabra yuga la misma raíz que yoga, de donde viene nuestra palabra "juntar"). Un verso dice: 

Los yugas Krta, Treta, Devapara y Kali son como la conducta del rey. Se dice que el rey es el yuga.

Dormido es como Kali, al despertar como Dvapara, cuando está dispuesto a actuar como Treta y moviéndose como el Krta Yuga.

El Krta Yuga es, entonces, donde las cosas se hacen, y siendo que para el pensamiento indio sólo existe algo realmente digno de hacerse y eso es la liberación, podemos sugerir que en el Krta Yuga es donde se logra la liberación más fácilmente, donde los hombres logran su cometido. Aunque esto no significa que en el Kali Yuga esto no ocurra, ya que si bien la batalla que se narra en la Mahabharata coincide con el inicio del Kali Yuga y la muerte de Krishna, según diversas corrientes dentro del hinduismo los dioses han entregado doctrinas especiales para esta era un tanto ignara, como es el caso del bhakti-yoga (la devoción) del mismo Krishna, que logra con métodos más sencillos la liberación, y el cual se expone en el capítulo más famoso de la Mahabharata: la Bhagavad Gita.

Un curioso paralelo puede trazarse entre la idea de que los diferentes ciclos del tiempo son como las diferentes jugadas de dados -¿y por lo tanto, de alguna manera, una tirada determina la fortuna de la transmigración?- y la idea que expone Platón en La república  en el relato de Er, el soldado que alcanza a ver lo que sucede en el estado post mortem, espiando, como si fuere, el telar de las Moiras al no beber del agua del Leteo. En ese extraño episodio, que es antecedido por una especie de viaje astral, se dice que las almas toman parte en una lotería en la que se disponen los diferentes lotes o paradigmas de vidas venideras. Se efectúa un sorteo y los que van saliendo tienen la opción de decidir entre las diferentes vidas que yacen allí como fichas en el piso. El texto dice que la elección que hacen las almas es consecuente con lo vivido y aprendido en su vida pasada. Así, un hombre sabio es quien ha entendido antes cuáles son las condiciones que determinan una buena vida y puede elegir apropiadamente en ese momento, mientras que hombres que en vida no han logrado tal conocimiento suelen tomar decisiones precipitadas que los llevan a tomar lotes abominables o funestos. Por ejemplo, se cuenta allí que el astuto Odiseo, recordando todas sus peripecias y pesares, y evidentemente queriendo descansar, eligió la vida discreta de un ciudadano común y corriente. Otros, sin embargo, acaban adhiriéndose a los destinos de un hombre que devora a sus propios hijos, o de monos, cisnes u otras bestias. El mito nos sugiere que el destino es una mezcla de azar, moralidad y determinismo (ya que si bien las almas reciben los patrones de las vidas, de todas maneras son capaces de elegir cómo enfrentan los diferentes hechos predeterminados). O, también, que la forma de contrarrestar un cierto factor aleatorio inherente a la existencia es a través de la sabiduría y el bien. 

Regresando a la cuestión de este artículo sobre si Dios juega a los dados, en el caso de la India la respuesta es afirmativa, pero con un sentido diferente al que vimos antes. En la cosmología védica, lo que los hombres hacen es en gran medida una imitación de lo que entienden que los dioses hicieron antes -fundamentalmente, porque los dioses no siempre fueron dioses, sino que alcanzaron la divinidad con ciertas conductas-. Así que uno debía esperar que los dioses también tiren los dados y que sean los hombres los que los imiten (si bien, también existen advertencias en contra de la ludopatía en los Vedas). En el mismo himno del Rig Veda en el que se menciona la tirada de dados (y el lamento de un hombre que lo perdió todo en un juego) se dice que los dados se rigen "por reglas tan inmutables como las del dios Savitr". Savitr es el Sol, lo cual no es insignificante, ya que los ciclos de los yugas tienen una conexión matemática con el año solar (además de ser equivalentes a las 432 mil sílabas del Rig Veda). Dice González Reimann que el himno sugiere que:

los dados también obedecen a leyes inmutables que están más allá del control de los humanos y más cerca del mundo de los dioses. Las fuerzas que controlan el movimiento de los dados son, entonces, una expresión de las leyes naturales, a las cuales también está sujeto el tiempo con sus diversos ciclos.

Para los védicos, estas leyes naturales son una expresión de rta, el orden cósmico que más tarde sería llamado dharma y el cual, según los mismos Vedas, surge como emanación natural de la concentración de la energía divina (tapas) al comienzo de cada universo. Al parecer los védicos veían incluso en el aparente azar de una tirada de dados un orden secreto, una "variable oculta", el efecto de una inteligencia divina.  

González Reimann recalca la similitud entre la palabra que designa el lugar donde se jugaban los dados, devana, y deva, la palabra que designa a los dioses, cognado de "dios" y "día" en nuestra lengua. Asimismo, la palabra para destino, daiva, también tiene la misma raíz, div ("brillar"), que deva. El destino, como el día (el tiempo), está asociado a los dioses.

En el Nirnayasindu se narra un episodio en el que el rishi Narada viaja al Kailash, la montaña sagrada de Shiva, donde se encuentra al dios jugando a los dados con su divina consorte Parvati. Según González Reimann, Narada menciona que el universo entero es el tablero donde los dioses juegan a los dados, compara los 12 meses con 12 aspectos del juego y dice que el resultado del juego equivale a la creación o disolución del universo. Cuando Parvati gana, el universo se crea; cuando Shiva gana, el universo se disuelve (Shiva es el destructor en el famoso trimurti). Aunque realmente no hay un triunfo definitivo, ya que estos dioses son también los dos polos fundamentales de la existencia de cuya atracción y repulsión se establece el vaivén universal, el juego del caos y el cosmos, la noche y el día. Y en el hinduismo el universo mismo suele ser considerado como el juego (lila) de la deidad suprema, la cual crea y habita y destruye el mundo por deporte. Por otro lado, uno imagina que las partidas de Shiva y Parvati son amenizadas con las legendarias caricias eróticas de esta pareja que será tan cara para la imaginación tántrica. 

Otro verso del Rig Veda dice: "los dioses se mueven como los dados, nos dan riqueza y nos la quitan". Esto sugeriría que para el hombre el destino es incomprensible y que su vida está sujeta a fuerzas incontrolables. Sin embargo, las Upanishad, que son la continuación esotérica de los Vedas, revelarán el secreto, la "variable oculta", esto es, la doctrina de la identidad entre la divinidad y el ser humano. Como dice la Bhradaranyaka Upanishad:

aquel que piensa: 'la divinidad es una cosa y yo otra', ese 'no sabe'. Es como un animal para los dioses. Como los animales sirven a los hombres, así también cada hombre sirve a los dioses. Cuando un hombre pierde uno de sus animales esto causa gran descontento, ¿qué se puede decir de muchos animales? Por ello no les gusta a los dioses que los hombres sepan esto.

De aquí que podamos inferir que, a fin de cuentas, son los hombres los que controlan el destino de la tirada de dados que es la existencia temporal (y eso es lo que los dioses no quieren que sepamos, porque conocer la realidad nos libera de su poder invisible). La forma en la que se controla esta tirada de dados que determina nuestro destino es con los actos que realizamos: con el karma que determina la transmigración y demás, pero de manera definitiva con el conocimiento de la verdad, que es esta identidad entre el alma y la divinidad suprema (Brahman). Estos textos parecen decirnos que mientras hay ignorancia el hombre es una especie de animal de ganado que es pastoreado y finalmente comido por los dioses o por fuerzas desconocidas e ininteligibles (vivimos en un universo donde cada cosa se alimenta de otra). Pero una vez que alcanza el conocimiento de sí mismo descubre cómo todos su actos y pensamientos lo han llevado al mundo, al cuerpo y al exacto lugar en el que está. Y es entonces, al ver el engranaje con el que está armado el juego y las variables ocultas que lo subyacen, que es capaz de liberarse de la aparente inexorabilidad de las leyes del tiempo.

Así entonces, tenemos en el pensamiento védico un dios o una serie de dioses que sí juegan a los dados, pero en un universo que permanece hasta cierto punto causal y determinista. Un determinismo, sin embargo, más moral y mental que físico, puesto que por lo menos desde las Upanishad -antes de que el Buda dijera Si uno habla o actúa con un pensamiento impuro, entonces el sufrimiento le sigue de la misma manera que la rueda sigue la pezuña del buey- ya se enseñaba que el universo estaba regido por una ley moral. Sin embargo, este determinismo -o esta sujeción a los actos y sus consecuencias- puede romperse cuando se comprende que el controlador de los dados no es distinto a uno. Entonces, enseñan las Upanishad, se trasciende el tiempo y sus leyes. El conocimiento de la eternidad e inmutabilidad del Ser (Atman) -que Shankara describe como pura conciencia luminosa no-dual- es suficiente para abolir para siempre el azar y disolver el océano del samsara como si se tratara de un sueño. La tirada de dados se revela ilusoria, o quizás sólo como lo que es: un juego, un juego donde el jugador es también sus oponentes, los dados y el mismo campo donde se lanzan los dados. 

 

Twitter del autor: @alepholo

 

The Ancient Vedic Game of Dice and the Names of the Four World Ages in Hinduism

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Un breve recuento del gran descubrimiento que ocurrió en la India hace 3 mil años, cuando el ser humano por primera vez se dedicó a observar, con ardiente disciplina, su propia conciencia

Un fenómeno único ocurrió hace unos 3 mil años en la India. En pocas palabras: el hombre empezó a observar detenidamente su propia conciencia. Dejó de mirar hacia afuera para conocer la realidad, y miró hacia adentro. Y de una manera rigurosa, incluso con un cierto ardor que sería definitivo en el pensamiento y en las prácticas religiosas del subcontinente indio: con tapas. Nació aquí el poder de la concentración. Ya no como un accidente o un añadido de la tarea o el trabajo, sino como una especie de fuego que era dominado y puesto al servicio de un fin religioso, una tecnología divina. Era divina esta técnica puesto que, según los grandes poetas visionarios a quienes les debemos los Vedas -los rishis-, los mismos dioses se habían hecho divinos incorporando el tapas a sus actividades, la concentración ardiente de la conciencia en un solo punto, la austeridad, el ascetismo. Era la esencia o el resplandor que producía el sacrificio védico: el procedimiento con el que el mundo había sido creado y que, al ser imitado, conducía a los hombres al estado de los dioses. 2 mil años después, un místico alemán que podría haber sido uno de los renunciantes de los Upanishad -Meister Eckhart-, nos diría que lo sagrado no es qué se hace sino cómo se hace. Uno se vuelve divino o  se vuelve santo no por aquello que hace sino por la atención refinada con la que hace las cosas.

Este momento capital en la historia del pensamiento se hace patente con la redacción de los Upanishad, los textos que condensan en su esencia filosófica y esotérica los cuatro vedas tradicionales, de los cuales forman parte como anexos o addendums (son llamados "vedanta": lo que le sigue a los Vedas). Estaban estos textos ligados a la sabiduría iniciática que se impartía en el bosque a los renunciantes, los samnyasin, quienes habiendo puesto en orden su vida mundana, lo abandonaban todo en busca de la realidad última. La comparación no es del todo adecuada, pero podemos pensar que los Upanishad son como el nuevo testamento y los Vedas son como el viejo testamento, si es que queremos hacer una comparación con el cristianismo. De cualquier manera, los Upansihad, que basan sus argumentos en la autoridad de los cuatros vedas, serán el fondo perpetuo sobre el cual se desarrollará todo el hinduismo y podemos afirmar que también el budismo, al menos en sus primeros siglos. El yoga, el tantra, el bhakti, ya están allí en sus primeros brotes o, al menos, en sus semillas. No se equivocó Schopenhauer, a mi juicio, cuando escribió -después de leer una traducción en latín vía el persa- que eran el pináculo de la sabiduría y el gran consuelo para la vida y la muerte humanas.

El profesor Dasgupta, en el primer tomo de su erudita historia de la filosofía de la India, escribe que el cambio que se observa con los Upanishad es inédito en la historia y sin una clara explicación -más allá de la revelación interna de los filósofos o videntes védicos. "En los Upanishad" escribe, "la posición cambia radicalmente, y el centro de interés ya no está en el creador externo sino en el sí mismo [Atman]". Dasgupta se confiesa un tanto perplejo:

el desarrollo natural de la posición monoteísta del Veda podría haber crecido en una forma desarrollada de teísmo, pero no en la doctrina de que el sí mismo es la única realidad y que todo lo demás es inferior... Está allí como un asunto de percepción directa y la convicción con la que esta verdad es aprehendida [por los autores de los Upanishad] no puede más que impresionar a los lectores.

Es algo así como un salto cuántico de la filosofía mística. Este misterioso punto parece ser lo que se describe en el Katha Upanishad, cuando se dice que hubo una ocasión en la que "cierto sabio que buscaba la inmortalidad, miró hacia adentro y encontró de esta manera al Sí mismo (el Atman)". Mientras que en los textos védicos anteriores el énfasis estaba en realizar una serie de acciones específicas con gran minuciosidad para obtener ciertos resultados -desde la riqueza material hasta la inmortalidad en el cielo-, aquí la verdadera práctica religiosa consiste fundamentalmente en el conocimiento; la aparatosidad ritual que caracteriza al sacrifico védico se reduce a su mínimo esencial y los elementos materiales son sustituidos por procesos meditatiivos. Así entonces, el sacrificio del caballo -donde se mataba a un caballo y se alimentaba al fuego divino- es reemplazado por un proceso meditativo en el que el universo es visualizado como un caballo: "la aurora es la cabeza, el Sol es el ojo,  el viento es la vida", etcétera.

De este movimiento introspectivo de la conciencia, de lo objetivo hacia lo subjetivo, nació la doctrina del Atman. Descubrieron, dice Dasgupta, que hay algo que subyace "al mundo cambiante exterior, una realidad inmutable que es idéntica a aquello que subyace la esencia del hombre". Al inspeccionar la conciencia, al bucear en el mar del ser, los contemplativos descubrieron una luz invariable: el Atman (el Sí mismo o el alma), que, notaron, es igual a Brahman (el Ser universal, Dios). Este es el eje central de toda la filosofía india -ya que todo de alguna manera gira en torno a esta idea, incluyendo el budismo, ya sea como comentario, como reapropiación o como intento de refutación-. El Atman es el referente omnipresente. Es sin duda también el origen de la proposición básica que mueve a la espiritualidad moderna que se desmarca como "no religiosa" y del llamado new age, en su versión diluida, la idea de que "Dios está en el interior".

Tenemos ciertamente aquí la versión hindú, probablemente más antigua, de aquella máxima de Delfos que debió ser el eje rector del pensamiento filosófico helénico: Conócete a ti mismo. Según Marsilio Ficino, el gran traductor platónico, el mismo Platón entendió que la máxima tenía el sentido de que cuando uno se conoce a sí mismo conoce también a Dios. Encontramos aquí una cierta hermandad axial, siguiendo el término de Jaspers.  

Ahora bien, quizás lo más interesante para nosotros -que tendemos a buscar lo pragmático y tratar de hacer que el conocimiento se convierta en algo productivo que nos dé un beneficio- es el método que desarrollaron estos filósofos contemplativos. Ese método originalmente fue llamado de manera un tanto misteriosa y difusa tapas, término que fue traducido muchas veces como "austeridad" o "ascetismo", pero que es mejor traducido como el ardor de la concentración o la energía de la concentración -y que también se puede describir, con cierta licencia poética, como el fuego de la atención-. Fuego en el sentido prometeico: la chispa divina que existe en la naturaleza humana. Fuego que ahora se nos roba de regreso, con la tecnología digital moderna de la distracción masiva y con la llamada economía de la atención que monetiza el tiempo en línea. Antiguo fuego védico, que llevaba al cielo, ahora rehén, ahogado en lo que Neil Postman llamó "un mar de irrelevancia". "Orwell temía que la verdad nos sería ocultada. Huxley temía que la verdad sería anegada por un mar de irrelevancia". 

Los contemplativos de la India observaron, desde la época de los Upanishad y ciertamente también en la difusión budista, que algo ocurría cuando la mente se concentraba. Una especie de alquimia psicológica. Cuando la atención se fija de manera estable en un punto, esto genera algo así como un fuego que purifica, un fuego en el que arde toda la miasma del pensamiento y quizás todo el detritus inconsciente también (es limpieza de los llamados sankharas y, ciertamente, medicina para las epidemias modernas: la depresión y la ansiedad). Asimismo, cuando la mente se calma, se obtiene estabilidad, y esto permite conocer la realidad. Esto es igual a cuando deja de soplar el viento en la superficie de un pozo de agua y entonces podemos ver reflejado nítidamente el Sol. O cuando un espejo se limpia y podemos ver nuestra imagen. El maestro de meditación budista Alan Wallace compara esto con el uso de un telescopio, el cual, para producir imágenes del cosmos de validez científica, debe mantenerse estable. Wallace ha dicho atinadamente que los contemplativos de la India descubrieron su propio telescopio Hubble al menos 2 mil 500 años antes que Occidente. Este telescopio es el samadhi que se erige sobre la base de la ecuanimidad, la concentración y la paz contemplativa. El samadhi es de alguna manera el avatar del tapas, pasando por el yoga de Patanjali y con sus matices distintos en el budismo. Término polisémico: literalmente samadhi se refiere a algo que está unido o integrado. Algo así como una mente o un intelecto integrado y ecuánime. Con el tiempo ha llegado a significar tanto el estado de concentración unipuntual como la paz, la purificación y el éxtasis que produce. En el budismo es uno de los ocho elementos del noble sendero que llevan al despertar o iluminación y en el yoga de Patanjali es el octavo miembro, es decir, el estado final de integración iluminada o yoga. En el tantrismo budista, el samadhi connota un estado de ananda o mahasukha: dicha suprema. Esto es porque, según se enseña, el estado natural de la mente, sin agitaciones y obstrucciones, es una luminosidad dichosa.

Aunque me parece que los primeros en desarrollar esta noción de la concentración como esencia y sumo bien de la práctica religiosa fueron los contemplativos hindúes, no hay duda de que existe una larga tradición en Occidente. Sabemos que los padres del desierto practicaron su forma de mindfulness o atención plena. Se buscaba hacer honor a aquel verso de la Carta a los Tesalonicenses de San Pablo que dice "ora constantemente". Había que estar sumido constantemente en la oración, incluso cuando se realizaban acciones cotidianas. La forma de hacerlo era manteniendo una cierta concentración, teniendo a Dios siempre en la mente, cultivando un fuego en el corazón. En el budismo se elegiría siempre observar los aires vitales, cómo entra y sale, entra y sale. El profesor Radhakrishnan, en su traducción de los Upanishad, nos dice que, de hecho, la concentración es la oración. Estar concentrados, con la mente fija como un rayo, es estar orando. La forma más alta de oración -el silencio interior-, la cual no distingue entre lo sagrado y lo profano, lo religioso y lo secular, entre lo interno y lo externo.

Dice Patanjali (Yoga-sutra 3.3) que samadhi es "cuando sólo el objeto de meditación brilla, [y la mente] está libre de su propia naturaleza [reflexiva]". La mente se diluye en la pura conciencia luminosa. El traductor Edward Bryant explica que "cuando no se está consciente más que del objeto de meditación en samadhi convencional, entonces ese objeto constituye el universo". Esto es importante porque, según enseñan los Upanishad, uno se convierte en aquello en lo que medita. Y cuando hay un solo objeto, ese objeto es el universo. Así, nos podemos convertir en ese objeto, en la pura luz de la conciencia, en el palacio iluminado de un mandala, en el universo, en Dios, etc. Esta es la gran sabiduría contemplativa de estas tradiciones.

El poeta místico Angelus Silesius escribió: 

Si tan sólo pudieras quedarte quieto, y dejaras de buscar

ansiosamente a Dios -lo encontrarías en tu lugar.

Creo que este es el sentido del salmo (46:10) que dice: "Quédate quieto y conoce que yo soy Dios". Sea Dios o el sí mismo, la realidad sólo puede conocerse con esa quietud -que no es una aquiescencia-, es un silencio desde el cual se oficia, es un ardor, una llama pura que devora toda división, toda noción de separación. Como dice Eckhart, en ese espacio contemplativo que es el fondo del alma:

Actuar y llegar a ser son uno. Dios y yo somos uno en la operación: Él actúa y yo llego a ser. El fuego transforma en sí mismo todo lo que alcanza: le impone su naturaleza. No es el fuego el que se transforma en madera, sino la madera en fuego. Igualmente, somos transformados en Dios a fin de conocerlo tal como es.

 

Twitter del autor: @alepholo