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Trump pide a museo un cuadro de Van Gogh; el museo se niega y le ofrece a cambio esta obra

Arte

Por: pijamasurf - 01/27/2018

¿Un gesto demasiado sofisticado para Trump?

De todas las características polémicas que rodean la personalidad de Donald Trump, celebradas por unos (sus simpatizantes) y denostadas por otros (sus detractores), una que de tanto en tanto salta a la vista es su “estrechez de miras”, una expresión que puede parecer ambigua pero que casi siempre apunta a cierta amplitud de juicio que se desea ver en las personas importantes porque, en cierto modo, es resultado de la formación que los llevó a esa posición prominente, una mezcla de estudios, experiencias de vida, moldeamiento social y más. 

En el caso de Trump esos horizontes se perciben mínimos, elementales, como si no tuviera capacidad suficiente para entender los matices de la vida, la relación entre distintos fenómenos o la existencia de perspectivas diferentes a la dominante. La “idiotez” que, acaso con cierto exceso, se ha dicho que domina nuestra época, y que se presenta en oposición a ciertos logros alcanzados por la civilización occidental (que acaso también merecen cuestionarse), parece así haber encontrado una condensación en la figura de Trump, apoyado por muchísimas personas que parecen compartir esa misma estrechez de miras, un cierto desprecio por todo aquello que en el capitalismo se cree superfluo porque se nos hace creer que lo valioso sólo se encuentra ahí donde se produce o se puede consumir.

En un episodio que parece hecho a la medida para esta tensión entre formas tan distintas de ver la vida, hace unos días la curadora en jefe del Museo Guggenheim de Nueva York, Nancy Spector, respondió a Donald Trump a propósito de una solicitud de préstamo de una obra de arte que hizo en nombre de la Casa Blanca. 

En concreto, la administración de Trump solicitó al Guggenheim la pintura Paisaje con nieve (Paysage enneigé), que Vincent van Gogh pintó en 1888 poco después de dejar París, hastiado de la vida entre artistas y el invierno citadino de la capital francesa, según cuentan sus biógrafos. Van Gogh viajó hacia el sur, a Arles, en donde al parecer esperaba encontrar colores más vivos, pero para su sorpresa se topó también con una nevada, la cual sin embargo pintó –en una escena que involucra a un hombre y un perro cruzando un campo– aunque con colores que, según la crítica, evocan la admiración por el arte japonés que el artista había desarrollado en esa época.

Y el Guggenheim le dijo que no a Trump. Sin que se sepa si se ofrecieron argumentos para la negativa, Spector envió una carta al presidente de Estados Unidos en donde le comunicó que la pintura de Van Gogh no puede salir del museo pero, a cambio, le ofrecía otra obra de arte en la cual “el presidente y la primera dama podrían estar interesados”.

Nada menos que America, una instalación del italiano Maurizio Cattelan (conocido ampliamente por la ironía de sus obras, como aquella escultura del papa aplastado por un meteorito, o la de Hitler arrodillado) que consiste en un excusado de oro de 18 quilates, totalmente funcional, dispuesto para el uso de los visitantes del museo y el cual, entre otros propósitos, quiso señalar la banalidad del mercado artístico, la extravagancia posible en el mundo en que vivimos y la disparidad de la economía que hace esto posible. También, como dice la descripción de la pieza que ofrece el propio museo, “su utilidad es finalmente un recordatorio de la ineludible realidad física que comparte toda la humanidad”. Como dice ese estribillo popular: 

Caga el rey, caga el papa,
de cagar nadie se escapa…

Y quizá por eso Spector sugirió la obra de Cattelan a Trump. O quizá sólo porque Trump no se ha mostrado especialmente favorable a apoyar a las instituciones culturales de su país, como si fuera lo último en la lista de lo necesario.

Como sea, puede ser también muestra de la dificultad para entablar diálogos auténticos en nuestra época, empeñados como estamos a veces en permanecer en el aislamiento de nuestras propias opiniones.

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La música de las esferas: una animación que reúne la música de Bach y el talento de Glenn Gould

Arte

Por: pijamasurf - 01/27/2018

Si algún compositor llegó a descifrar la armonía de las esferas de la que habló Pitágoras, ese fue Johann Sebastian Bach

La idea de que el universo posee una forma de armonía secreta, incognoscible para el ser humano, se remonta al menos a la época de los llamados filósofos presocráticos, un grupo de autores igualmente misteriosos de quienes nos llegó apenas el eco vago de su pensamiento, anotado y comentado aquí y allá por otros que vinieron después que ellos y que tuvieron el beneficio de que sus palabras se conservaran.

Pitágoras fue uno de esos pensadores, destacado entre otros no menos eminentes (Zenón de Elea, Parménides, Heráclito, etc.). Fue además un pensador en quien la curiosidad por la realidad estaba acompañada de cierto esoterismo en su forma de entenderla y explicarla. De las conexiones que quizá nunca quedarán claras entre el remoto pensamiento de la India de los Vedas y la filosofía griega, quizá el punto más sólido de unión fue Pitágoras, cuya vida y obra se pierde, sin embargo, en las brumas del tiempo.

De Pitágoras sobrevivió, entre otras, la idea de la “música de las esferas”, una suposición sobre el ordenamiento del universo observable según la cual los astros estaban regidos por proporciones matemáticas no sólo fijas sino también musicales y armoniosas entre sí, tanto en su disposición como en su movimiento.

La idea resultó tan atractiva que de la época del filósofo griego (ca. siglo V antes de nuestra era) sobrevivió e influyó al menos hasta los días de Johannes Kepler, casi mil años después, quien dedicó una de sus obras a demostrar la veracidad de la hipótesis, atribuyendo a cada planeta observable una nota musical y una tesitura a partir de la distancia que los separa entre sí. 

Por lo demás, parece justificado pensar que el postulado pitagórico también ha seducido, en todas las épocas, a la necesidad humana de encontrar orden, razón y acaso una causa última en ese caos que, de inicio, parece ser siempre la realidad y todo lo que ésta implica.

Este breve recorrido por la idea de la “música de las esferas” nos permite compartir una animación breve realizada por Norman McLaren y René Jodoin en 1969 para la Oficina Nacional de Cine de Canadá. En ésta, los artistas tomaron algunos fragmentos de los preludios y las fugas de El clavecín bien temperado de Johann Sebastian Bach, interpretados por su compatriota Glenn Gould, y los interpretaron visualmente siguiendo el motivo esférico. 

Por supuesto, quizá de toda la música que se ha creado en Occidente, no hay ninguna que, de cierta manera exprese tan bien la armonía pitagórica universal como la de Bach, cuya perfección matemática ofrece por momentos la idea de que todo en el universo encaja, que nada hay que no tenga causa o explicación y que, en efecto, desde la brizna más ínfima hasta el planeta más inmenso ocurren siempre al ritmo de una canción que es posible escuchar sólo cuando de verdad ponemos atención a la música secreta de las esferas.

 

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