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Por qué hacer cosas nuevas es tan difícil (y a la vez tan benéfico)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 01/18/2018

¿Qué hay en la psique humana que vuelve tan difícil hacer experimentos y romper con viejos hábitos?

El ser humano podría ser definido básicamente como una colección de hábitos -más que un alma, o un ser fijo y estable, sólo un proceso de hábitos que se desarrolla en el tiempo (y, de hecho, biológicamente la especies pueden considerarse meros hábitos)-. Nuestros hábitos no sólo determinan en gran medida quiénes somos, sino también quiénes podemos ser. Cuando repetimos los mismos hábitos y no nos abrimos a cosas nuevas nuestra identidad empieza a parecer completamente fija e irreversible, e incluso rancia y anquilosada. En ocasiones esto nos brinda el confort de lo habitual, de lo que ilusoriamente parece permanente, pero por otro lado también nos condena a repetir los mismos errores y limita nuestras posibilidades.

En un interesante artículo en el New York Times, Sendhil Mullainathan explora por qué es tan difícil hacer algo nuevo o cambiar un hábito. En realidad nuestros hábitos no sólo muestran en ocasiones cerrazón, miedo o desidia, sino que son simplemente inefectivos. Por ejemplo, el caso de una persona que toda la vida toma un medicamento patentado que cuesta más caro, cuando existe un genérico que la ciencia ha demostrado que tiene la misma calidad pero es más barato. Lo hace solamente porque está acostumbrado a tomar ese medicamento, porque siempre lo ha hecho, y no logra siquiera intentar experimentar con el otro. En realidad, la poca experimentación que llevamos a cabo en nuestras vida tiene importantes costos, mucho más allá de lo meramente económico.

Un ejemplo notable de cómo somos esclavos de nuestros hábitos es el que se desprende de un estudio con trabajadores que fueron obligados a cambiar su ruta después de una huelga en el metro de Londres en el 2014. Después de las 48 horas de la huelga, muchas personas encontraron que podían hacer menos tiempo al trabajo con la nueva ruta, pero pese a que habían logrado disminuir 6.7 minutos en su tránsito, sólo una de 20 personas no regresó a su ruta habitual.

Mullainathan cita una investigación que sugiere que 47% de todo el comportamiento humano es un hábito que se repite constantemente. En gran medida, operamos como autómatas. 

La razón por la cual no solemos experimentar cosas nuevas es, en gran medida, que al principio pueden ser dolorosas. Existe una sensación, ante la incertidumbre, de que podremos tener malos resultados y que el mismo experimento nos será incómodo. En esto mostramos una suerte de hedonismo cortoplacista, una dependencia a los circuitos más primitivos de dopamina. Generalmente, cuando intentamos algo nuevo -como puede ser aprender un idioma o un instrumento- los mayores beneficios serán a largo plazo y los primeros intentos requerirán de esfuerzo y probablemente de algunos tropiezos. Pero eventualmente, lo sabemos, nuestra vida se enriquecerá enormemente. Somos enormemente complacientes, y aunque sabemos que lo nuevo no será benéfico, preferimos apostar por lo seguro. Aunque eso que es hoy seguro -si seguimos apostándole- garantizará que, en cierto momento, pongamos seriamente en riesgo nuestro bienestar.  

Para acabar con la mecánica de la habituación indeseada es importante notar tres cosas. Primero, que muchas de las cosas a las que estamos habituados y que creemos que hemos elegido en realidad no son elecciones sino solamente costumbres inconscientes, actos que no son guiados por la reflexión sino por impulsos automáticos. Segundo, hay que ser humildes para notar que las cosas a las cuales estamos habituados tal vez no sean las mejores, que posiblemente hemos fallado en nuestros juicios y que pecamos de un exceso de confianza en cómo conformamos nuestra vida. Tercero, y lo más importante, es necesario ser valientes. Romper un hábito es un poco como terminar una relación que, aunque tóxica, nos brinda cierta seguridad, al menos en nuestro pensamiento. Abrirse a lo nuevo y crear un nuevo hábito positivo que reemplace a otro requiere de una cierta osadía, de una cierta confianza en la incertidumbre. No sabemos si realmente lograremos aprender a tocar el violín o si podremos ser tan buenos en el surf como nos gustaría, pero intentarlo y esforzarnos en ello es la forma más segura de seguir creciendo y no quedarnos anquilosados en un lío de viejos hábitos.

Por último, si bien somos animales de hábitos y es casi imposible no incurrir en conductas repetitivas habituales, existe la posibilidad de enfrentar la vida con una cierta frescura, con constante apertura a la novedad. Pero, paradójicamente, para lograr este estado en el que nos movemos mayormente libres de los hábitos, primero es necesario emplear ciertos hábitos constructivos y otros que podemos llamar depurativos o purgativos. Como dijera el maestro budista tibetano Thinley Norbu: "transforma hábitos negativos en hábitos positivos para ir más allá de todo hábito". Un hábito positivo en el budismo es aquel que conduce hacia el conocimiento de la verdad, o aquello que elimina todo obstáculo que impide la realización de la verdad. La verdad es la condición natural del ser, en la cual está unido con la totalidad.

 

Foto: Abbey Lossing

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Por: pijamasurf - 01/18/2018

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Más que comer bien, más que dormir bien, más que hacer ejercicio o tener relaciones íntimas, probablemente el factor esencial para una vida sana integralmente es tener sentido o propósito existencial. Esto había sido sugerido en la famosa cita de Nietzsche que se encuentra en El ocaso de los ídolos, que a grandes rasgos se traduce así: quien tiene un porqué encuentra un cómo. Y había sido reforzado por las ideas del doctor Viktor Frankl, autor de la logoterapia, en su libro El hombre en busca de sentido, donde expone que las personas que tenían un sentido existencial lograban superar la adversidad física y psicológica de los campos de concentración con mucha mayor efectividad. Esto empieza a sugerirnos el poder que tiene el ser humano para vencer todo tipo de adversidades cuando está motivado, tiene confianza en sí mismo y siente que existe de manera alineada a un propósito.

Hace unos días la revista New Scientist publicó una investigación en la cual se estudia cómo el sentido de propósito puede mantener feliz a una persona. Entre otras cosas se hace mención de cómo el sentido de propósito, es decir, saber o creer que vivimos para algo y que nuestra existencia tiene sentido, está asociado con la prevención de ataques cardíacos, evita la demencia senil, hace que los individuos duerman mejor, tengan mejor sexo y vivan vidas más longevas y satisfactorias. El artículo mantiene que es importante contarnos historias sobre cómo el universo tiene un sentido de propósito, aunque desde la perspectiva de la ciencia en realidad sólo somos efímeras colecciones de materia y energía en un vasto cosmos azaroso y sin significado. Sin embargo, esta idea materialista de la ciencia es también sólo otra historia que nos contamos. Así que no hay una razón realmente de peso para elegirla por sobre las demás. Por otro lado, una vida que siente el asombro de existir y se siente parte de algo más grande nos da una razón o motivación para afrontar la adversidad

El profesor de psicología de UCLA, Steven Cole, ha notado que existe una profunda relación entre el funcionamiento apropiado de nuestro sistema inmune y ciertos estados mentales. En un estudio, Cole intentó entender cómo la felicidad se correlaciona con la salud a grandes rasgos. En la investigación se midió el perfil de expresión genética del sistema inmune de un grupo de voluntarios y se relacionó ello con una evaluación de sus niveles de felicidad. Un mejor perfil de expresión genética significa una mayor respuesta antiviral y una menor respuesta inflamatoria. Cole dividió la felicidad en lo que llama una felicidad hedonista y una felicidad eudaimónica: "La felicidad hedonista es el estado de ánimo elevado que experimentamos después de un evento de vida externo, como comprar una casa", la eudaimonia es "nuestro sentido de propósito y dirección en la vida, nuestro involucramiento con algo más grande que nosotros", explica Cole. En el estudio se encontró una notable correlación entre la felicidad eudaimónica y un mejor funcionamiento del sistema inmune, no así con la felicidad hedonista. En otras palabras, el mero placer no nos brinda salud y satisfacción verdadera pero sí lo hace tener significado o propósito. Esto también sugiere que sólo la felicidad eudaimónica nos ayuda realmente a lidiar con el estrés y de alguna manera neutralizarlo.

Tomando esto en cuenta, la próxima vez que quieras paliar o combatir el tedio existencial comiendo comida reconfortante, viendo una película entretenida, checando tu feed de Instagram o tomando alguna droga y demás, mejor considera visitar a alguien que amas, ayudar a alguien que lo necesita, ponerte a trabajar en algo creativo, hacer una caminata contemplativa en la naturaleza o practicar una disciplina espiritual. La diferencia entre estas dos "medicinas" es la misma que entre tomar fuertes químicos con efectos secundarios y utilizar alimentos orgánicos como tratamiento.