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Si quieren entender qué es la conciencia, los científicos deberían leer estos antiguos textos de la India

AlterCultura

Por: pijamasurf - 12/21/2017

Hay algo inmediato que se les escapa a los neurocientíficos que intentan entender que es la conciencia, hasta el momento de manera estéril y que puede encontrarse en estos milenarios tesoros de la investigación de la mente

La ciencia designa a la conciencia como el "problema duro". La ciencia, que conoce tantas cosas sobre el universo, incluso algunas que se encuentra a millones de años luz, realmente no sabe casi nada sobre la conciencia -la luz más inmediata. Se enfrenta a un problema fundamental, ya que para la ciencia sólo es real lo material, lo que puede verse o medirse. Y, sin embargo, el hecho puro de la conciencia, la experiencia subjetiva o qualia, está más allá de todo lo que puede reducirse a una explicación materialista o mecanicista y a un método "objetivo". No sólo existe información sensorial, sino que existe una experiencia fenoménica subjetiva de la información y esto es sumamente misterioso y problemático para los científicos. Uno de los grandes padres del materialismo científico, Huxley, comparó el surgimiento de la conciencia a partir del tejido nervioso con el surgimiento de un genio de una lámpara. Y el mismo Newton ya se había planteado "determinar a través de qué modos o acciones la la luz produce en nuestras mentes los fantasmas del color no es algo sencillo".

La sensación de sentirse alguien, el color rojo del atardecer, el sonido de una nota musical o la sensación de estar enamorado, aunque puedan tener correlaciones neurales, no ocurren en ninguna parte del cuerpo en específico, ni existe en la materia una forma de explicar cómo estas cosas llegan a surgir a partir de tejidos, neuronas y otros. Por ejemplo, los átomos no son rojos, ni huelen, y menos aún son "amables". Parece haber una brecha insalvable. Por eso muchos científicos, para mantener la explicación materialista del mundo que funciona tan bien sin la conciencia, prefieren decir que la conciencia no es fundamental sino que es más bien una ilusión que genera la materia e incluso que no existe realmente -es una alucinación del cerebro-.

El escritor italiano Roberto Calasso, una de las mentes más brillantes de la literatura contemporánea, ha reflexionado en sus últimos libros sobre cómo la sociedad secular, apuntalada en el materialismo científico, se ha convertido en la religión de nuestra época. Una sociedad aparentemente ilustrada que ha acabado con todas las supersticiones menos la superstición de sí misma. Lo que se escapa de esta sociedad global es justamente la conciencia. Y sin la conciencia, la vida pierde sentido y propósito. "La actitud sacrificial implica que la naturaleza tiene significado, mientras que el acercamiento científico nos ofrece una descripción pura de la naturaleza, en sí misma desprovista de significado". Aquí yace la bifurcación insuperable de los paradigmas, la descripción supuestamente objetiva de la naturaleza que "nunca podrá alcanzar el significado. El conocimiento de una vía neural nunca podrá, no importa lo perfecto que sea, ser traducido a una percepción de un estado de conciencia". Y, por más beneficios que logren la ciencia y la tecnología, lo que al ser humano realmente le importa es justamente aquello que la ciencia no alcanza a medir -la riqueza y la miseria de sentirse alguien y tener experiencias conscientes-.

Calasso considera que en el mundo actual, donde casi ya no existe lo sagrado (porque las religiones ya no consiguen interactuar con lo invisible), todos devenimos meros turistas, pero no en el sentido de grandes viajeros, sino en el sentido de la realidad virtual, de una realidad que, más que aumentada, es una realidad disminuida. Disminuida porque está desprovista de lo invisible, de lo sagrado, de lo que tiene espíritu o significado. Todo ocurre como si estuviéramos envueltos en una forma más o menos pasiva de entretenimiento, desde cierta distancia e indolencia, como a través de un headset de realidad virtual, presenciando espectáculo de objetos inertes y fuerzas ciegas y mecánicas.

Calasso, en una reciente entrevista sobre su último libro L'innominabile attuale, sugirió que la ciencia, actualmente ligada a la potencia económica de Silicon Valley, en su misma búsqueda de inteligencia artificial, debería de reflexionar sobre la propia inteligencia y preguntarse sobre la conciencia, una palabra que apenas figura en el discurso occidental. Mientras que la palabra "conciencia" aparece en los manuales de filosofía de Occidente hasta el siglo 17, en la India, desde hace más de 3000 mil años es el tema que predomina el pensamiento, con la misma obsesión con la que el hombre occidental busca conocer y conquistar la materia. Calasso recomienda a los neurocientíficos leer los "Upanishad", el conjunto de textos que sirven como comentarios filosóficos a los himnos védicos (a veces llamados las conclusiones de los Vedas o Vedanta), y en los que se demarca la característica esencial del hombre védico: buscar un estado de conciencia que le permita alzarse sobre la muerte. Justamente la misma preocupación que mueve al transhumanismo en nuestra época.

Mucho podrían aprender de estos textos védicos los neurocientíficos, sugiere Calasso, aunque claro que para la ciencia moderna no son más que vestigios de un pensamiento mágico primitivo. Los "Upanishad" son de alguna manera el polo opuesto del materialismo moderno. Para estos textos, escritos por sabios que iban al bosque abandonando la vida mundana, y que se dedicaban a observar su propia mente, lo fundamental, lo que está antes y después de todo, es la mente, fuente y escenario donde ocurre toda empresa humana. Y es que, ¿acaso hay algo más primario que el hecho mismo de la conciencia? Notablemente estos textos fueron para Schopenhauer, quien los leyó apenas en una traducción latina de otra traducción persa (del sánscrito original), el gran acontecimiento literario del siglo XIX. Escribió: "Para mí, los Upanishad son la mayor ventaja que tiene este joven siglo sobre los demás, porque creo que la influencia de la literatura sánscrita penetrará no con menor profundidad que lo hizo el renacimiento de la literatura griega en el siglo XV: si el lector ha recibido y asimilado esta sabiduría sagrada primordial de la India, entonces está bien preparado para escuchar lo que le tengo que decir".

Dice Calasso "Nuestro mundo ha sido genial en inventar prótesis. Prótesis siempre más grandes, prótesis más pequeñas, siempre más útiles y potentes, pero se ha ocupado demasiado poco de quién inventaba la prótesis". En otras palabras, hemos conquistado el mundo exterior extendiéndonos a través de aparatos tecnológicos que penetran la naturaleza y extraen recursos y conocimiento, pero no hemos logrado penetrar el misterio de aquello que inventa esos aparatos, de aquello que siente la necesidad de buscar, de extenderse, de mirar. Nos ocurre tal vez como a aquel que tiene un tesoro en casa, pero sale a buscarlo a una ciudad lejana. 

Lo que buscamos es quién está buscando, dijo San Francisco de Asis. Sin duda sondear galaxias, nebulosas, agujeros negros, y teorizar sobre sus orígenes y composiciones físicas es fascinante e incluso puede -a manera de un espejo cósmico- revelar algo de nuestra propia naturaleza. Somos, como le gusta tanto decir a los físicos, polvo de estrellas. Pero somos más que polvo de estrellas, somos polvo de estrellas que pregunta por su naturaleza. Polvo de estrellas que, como dice la canción de cuna, al mirar al firmamento, se pregunta quiénes somos. Sólo que no nos lo preguntamos mucho, no tanto, no lo suficiente. Porque aunque esta exploración física es fascinante, no lo es tanto como saberse a sí mismo y explorar el cosmos interior. Cómo preguntarse por la naturaleza de la mente, cómo mirar intensamente hacia adentro. Podemos apuntar un telescopio por años al mismo punto del cielo para entender sus misterios, pero ¿quién puede sostener con la misma fijeza su atención en la luz de la conciencia por más de diez minutos? ¿Por diez horas? ¿Por diez años? ¿Por toda una vida? ¿Qué científico refina su propio aparato de conocimiento -su mente- a la par de la refinación de los aparatos tecnológicos con los que mira hacia el espacio? Para los pensadores védicos lo único que importaba era conocer y cultivar la mente -practicando tapas o samadhi- hasta el punto en que se pudiera alcanzar un estado de conciencia de igualdad con la realidad divina Y es que quien lograba conocer la naturaleza de su conciencia, el Sí mismo, el Atman, conocía todo lo demás (el Brahman). Descubría, nos dicen, la luz que encendía las estrellas en el cielo, la luz misma que los dioses alcanzaron al elevarse al cielo. Para los védicos, lo interesante no era que fuéramos polvo de estrella, sino lo que cautivó su atención fue que éramos luz -luz que piensa-. De hecho, todo lo que no fuera el conocimiento del sí mismo, era ignorancia. Y aunque estamos muy lejos de esta civilización extraña que no dejó construcciones ni imágenes casi y que se interesó sólo por un estado de conciencia -incluso en India hace un par de milenios ya era esta una civilización remota y abstrusa- nosotros también, en Occidente, partimos de una tradición que anteponía a la conciencia sobre cualquier otra cosa. La pregunta fundamental de la Grecia antigua era aquella máxima del oráculo de Delfos: "conócete a ti mismo". Este adagio ha devenido en una fórmula ligada al individualismo y a la autoexpresión egoísta de nuestra época consumista, pero obviamente nos remite a la introspección más profunda. No podemos conocer lo que somos, si no sabemos qué es la conciencia. Podemos saber si la información puede escapar de un agujero negro o no, pero mientras nuestra conciencia misma sea un agujero negro para nosotros, seguiremos en la oscuridad. Una interpretación pitagórica de esa frase decía: conócete a ti mismo y conocerás al universo y a los dioses. Tal es la vastedad de la conciencia que incluye a los hombres, a los dioses y a las estrellas.

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La popularidad de los tatuajes refleja rasgos notables de la psicología de los millennials y en general de la cultura moderna individualista

Hasta hace unas décadas los tatuajes eran algo que en la cultura occidental estaba asociado con las clases bajas y, sobre todo, con los marineros. La palabra tatuaje (tattoo, en inglés) proviene del polinesio tattaow. Tradicionalmente, los marineros y hombres de las islas del Pacífico eran los que tenían tatuajes y también solían hacerse piercings, incluyendo la extraña tradición de los marineros filipinos de hacerse incisiones de oro en el pene. Aunque quién sabe, tal vez en la fluctuante moda de la autoexpresión, esto regrese próximamente. Penes de oro y vaginas de glitter.

A partir del siglo XX los tatuajes se volvieron accesorios de moda y se ligaron a la autoexpresión y a la noción de ser cool.  En Estados Unidos sondeos señalan que, hasta el 47% de los millennials, tiene por lo menos un tatuaje, siendo por mucho la generación que más se tatúa, aunque muchos, al llegar a la madurez, se arrepienten, según reportan algunos cirujanos. Evidentemente la tinta en la piel ha invadido el mundo y se ha vuelto algo aceptado y bien visto. Antes no era así, los tatuajes podían ser marcas con los que los esclavos o prisioneros eran reconocidos o, en el caso de algunos mineros, eran formas "tatuadas" por elementos de la naturaleza, como polvo de carbón que se metía en sus heridas. El lado cool quizás venga más porque, entre ciertas tribus indígenas, los tatuajes son usados con fines mágicos, o porque en algunos grupos, como la mafia rusa o la mafia japonesa, utilizan tatuajes. Aunque en estos últimos casos, los tatuajes son una señal de pertenencia a un grupo y no para resaltar la individualidad, como ocurre con la mayoría de los casos de la actualidad. Todo esto nos ayuda a entender la explosión de los tatuajes, la cual tiene que ver con una nueva forma de pensar. 

Quizás la frase que más pueda asociarse con una suerte de manifiesto de la cultura del tatuaje es esta de Oscar Wilde: "Uno debería ser una obra de arte, o al menos usar una obra de arte". Una frase que se entiende mejor a la luz del hiperindividualismo moderno. Al haber perdido fuerza las narrativas colectivas, el individuo dejó de buscar participar en cambios políticos, movimientos sociales  o grupos religiosos, en los cuales su individualidad se disolvía y donde su yo no era tan importante. En cambio, desde el Renacimiento en cierta forma, pero sobre todo después de la contracultura de los sesenta, lo que se exalta es el individuo, la búsqueda del ser auténtico y de nuestro yo en su máxima expresión. Adam Curtis, quizás el más lúcido narrador de los eventos del mundo contemporáneo, tituló un documental para referirse al siglo XX, "El Siglo del Yo". Nosotros solemos pensar que el yo, el individuo como centro de la existencia es una realidad autoevidente, que existe desde siempre, pero en realidad es una invención moderna. Merece citarse extensamente lo que dice Curtis:

Las ideas de cambio no encuentran tracción por el surgimiento del individualismo, el cual en nuestra época puede rastrearse a la década de los 70.  [El individualismo es] esta idea de que tú y yo creemos que lo que queremos, pensamos y sentimos es lo verdadero y auténtico y nadie debe de decirnos qué hacer. Es una idea muy poderosa, que domina nuestra sociedad [a la cual contribuyeron] Margaret Thatcher y el punk. El problema es que la política no puede lidiar con esto, porque la política requiere que un partido político te diga "ven conmigo, únete y usaremos ese poder colectivo para cambiar el mundo", pero para hacer esto tienes que aceptar que eres parte de algo, tienes que rendirte a algo más grande. 

Esta tendencia se ve cifrada en la idea de que lo importante es cambiarse a uno mismo,  la revolución existe en la mente del individuo y por lo tanto debemos de buscar desarrollar y expresar esa individualidad. Lo revolucionario es ser tú mismo, de nuevo una frase de Wilde nos sirve para ilustrar "Sé tú mismo, todos los demás [puestos] ya están tomados." El mandato que se venía estableciendo era ser original, ser creativo, ser auténtico. Esto nos haría bien a nosotros mismos, y por añadidura a la sociedad. Ser creativos y auténticos era suficiente para transformar al mundo. Y entonces la protesta se hace con manifestaciones creativas de autoexpresión. Este es el momento donde entra el marketing capitalista para utilizar a su favor estas ideas. Dice Curtis:

si vas a ser un individuo autoexpresivo -la meta misma de la existencia- ¿cómo haces esto? Porque no muchos sabían cómo o tenían la confianza para hacerlo. Yo argumento que el capitalismo consumista moderno entró y dijo: "Nosotros podemos ayudarte a hacer esto. Te podemos proveer con múltiples cosas para que puedas expresarte, gamas de ropas, coches, todo tipo de productos con los que podrías expresa tu identidad individual". Lo cual fue fantástico para el capitalismo porque podían ahora diversificarse y hacer muchos otros productos.

El marketing aprovecha esta oportunidad: las personas buscan expresar su individualidad, aquello que los hace únicos y especiales, pero no saben bien cómo hacer esto, después de todo llevan siendo parte de masas más o menos homogéneas durante mucho tiempo. Así, las marcas pueden ayudar, proveyéndoles de nuevas identidades que construyen, en parte, a través de los productos con los que se expresan. Y es que no sólo se trata de encontrarnos a nosotros mismos, se trata de comunicar a los demás lo que somos, aquello que nos hace únicos -para lo cual necesitamos cosas que lo demuestren-. Dentro de estas tendencias a ser especial, único y diferente -algo que hemos escuchado en innumerables slogans- la rebeldía se vuelve cool. Las marcas ayudan a las personas a expresar su rebeldía con ciertos productos que retoman de la contracultura o de ciertos movimientos que en un principio eran marginales. Esto funciona bastante bien, pero al final de cuentas, ya que el no conformismo es lo realmente cool -y la moda cambia tan rápido-, muchos individuos buscan espacios aparentemente libres de la influencia de la cultura de masas, que al final es algo ajeno y serial mientras que ellos lo que quieren es algo único y auténtico, lo cual pueden encontrar en el tatuaje. Un tatuador que "ha tatuado a decenas de miles de personas" lo explica en el sitio Thought Catalog:

Creo que este uso de los tatuajes es una forma de "individualismo masivo"... el individualismo masivo es mucho más poderoso que el conformismo tradicional o las presiones que las instituciones imponen a los individuos... no hay en esto, aparentemente, ninguna institución que obligue a conformarse a un ideal o a una serie de conductas o pensamientos; el individualismo masivo se presenta en realidad como una liberación de estas fuerzas.

El tatuaje para muchos -evidentemente con excepciones- es una forma de obtener esta supuesta libertad de la presión a conformarse con la cultura global consumista y, sin embargo, su popularización, paradójicamente, es un producto de este mismo capitalismo consumista. La idea central que mueve al consumidor es la misma que mueve al rebelde contracultural: poder hacer lo que quiera (drogarse si quiere, tatuarse, elegir el canal que ve en la TV o la marca de cereal que desayuna). El tatuaje es una forma de expresión de esta libertad con un aura más o menos transgresora (al menos hasta hace unos años) o empoderadora (en tanto que apuntala y afirma la identidad). Ante esta idea de libertad, basada en los derechos y en el libre albedrío radical, Curtis opone otra concepción de la libertad: la libertad como servicio y responsabilidad, como ser parte de algo más grande que ti mismo.

Por otra parte, siendo sobre todo una especie imitativa, el fenómeno de popularidad de los tatuajes es alimentado por las imágenes de los tatuajes de las celebridades, que son como los legisladores de nuestra época y que, con su uso legitiman y fomentan el uso masivo. Usando la ropa que usan las celebridades o copiando sus looks y demás características, podemos de alguna manera participar en sus vidas y obtener algunos de los beneficios de su imagen. Esto tiene que ver también con la idea de Wilde: si no podemos ser artistas nosotros mismos, al menos uno tiene la consolación de que puede usar arte y empaparse un poco de la magia sexy del arte. O si uno no puede ser famoso, al menos uno puede intentar verse cómo alguien que es famoso y tal vez eso -en el simulacro- brindará algo de poder de atracción. 

Un artículo en el sitio The Imaginative Conservative sugiere que el tatuaje más que una forma de arte, es una forma de poesía hecha carne. Una forma de relacionarse con el verbo (que se hizo carne), con lo sagrado y de llevarlo en la piel. Pero esta lógica no sucede en un mundo en el que ya no se entiende lo sagrado y en el que se vive lo que Max Weber vislumbraba como un desencantamiento progresivo del mundo, consecuencia del capitalismo. Así, millones de personas se tatúan símbolos como runas, mantras, palabras en sánscrito, glifos, sigilos y demás, que no entienden, que apenas saben lo que significa por una búsqueda en Internet y que, de todas maneras, son lenguajes arcanos y arcaicos que casi nadie conoce y que nos remiten a algo distante y remoto. En un tiempo donde lo sagrado y lo divino era parte integral de la existencia, lo mágico y numinoso se convertía en fetiche. Aquí también hay obviamente una contradicción porque la búsqueda de lo sagrado y lo místico tradicionalmente supone una anulación del individuo y de su historia personal, un vaciamiento de la personalidad para dejarse poseer por lo sagrado. Una pérdida de importancia personal e identidad individual para ponerse al servicio de lo divino o superior. El tatuaje, salvo en los casos que es utilizado para recordar algo que es parte específica de la práctica espiritual, suele, por el contrario, reforzar la individualidad y el orgullo personal. 

Otras personas han sugerido que la atracción del tatuaje tiene que ver con un proceso físico, con una búsqueda de sentir, literalmente al filo de la navaja, algo que provee una sensación pico -un cóctel de endorfinas- en un mundo tan sedado y acomodado. Ciertamente esta es una de las razones por las que algunas personas se vuelven adictas a los tatuajes, pero no explica el fenómeno en su conjunto, aunque también es parte de lo que sucede en su aspecto más amplio. La popularidad del tatuaje es una forma de buscar significado y propósito en un mundo en el que la persona -al perder las grandes estructuras que la proveían ede significado: la familia, la iglesia, el estado y el mismo arte en su aspecto no de autoexpresión, sino de vinculación con lo intemporal- se encuentra sola y naufragando y necesita autoproveerse de significado o tomarlo de estructuras seculares dominadas por la mentalidad de consumo. Es por ello que vemos cómo muchas personas se tatúan en su adolescencia o juventud, cuando buscan desprenderse de núcleos colectivos y afirmarse como individuos. Al existir con una identidad tan suelta como la de nuestra en nuestra época, el tatuaje es una forma de cimentar nuestra identidad, de fijarla, de encontrarla en la tinta y de crear la ilusión de indelebilidad y permanencia; de que sabemos quién somos -y que somos algo sólido-, de que hay algo único y especial que nos define. 

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