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Nikola Tesla y el enigma de los números 3, 6 y 9 (el código de la creación)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 10/03/2017

"Si supieras la magnificencia de los números 3, 6 y 9, tendrías la llave del universo"

La siguiente frase ha generado enorme especulación en Internet entre los seguidores de Nikola Tesla y su visión del universo como número, vibración, energía (la cual puede ser canalizada por el ser humano para transformar la naturaleza): "Si supieras la magnificencia de los números 3, 6 y 9, tendrías la llave del universo". Aparentemente, con esta frase Nikola Tesla había apuntado a un enigmático código de la creación y de la energía universal que se manifiesta como el mundo material. El mismo Tesla seguía una especie de ritual organizacional, haciendo cosas siempre en series de tres. En el siguiente video podemos ver las notables combinaciones que tienen estos números, particularmente el 9, que tiene una serie de coincidencias significativas que hacen pensar que tal vez este número realmente está embebido en el programa mismo que genera el mundo, como el número místico por excelencia.

Algunas de estas impresionantes propiedades del 9 y sus conexiones con el 3 y el 6 están basadas en los 360 grados de un círculo, un número que fue elegido con cierta arbitrariedad, según algunos matemáticos (otros señalan que obedece un patrón observado en la naturaleza). En términos meramente matemáticos, un círculo podría tener 400, mil grados o lo que sea. Pero el 360 es un número especialmente abundante, esto es, que tiene muchos factores: puede ser dividido en 2, 3, 4, 5, 6, 8, 9, 10, 12... partes. Mientras que un número como el 400 no puede ser dividido ni siquiera en tres partes iguales de números enteros. Asimismo, el 360 se acerca a los 365 días del año solar, siendo este una especie de círculo cósmico, utilizado tempranamente en la astrología y en la astronomía por los babilionios y otras culturas. El cielo fue dividido en los 12 signos del zodiaco, cada uno ocupando 30 grados, una aproximación a un mes; el círculo siendo considerado una forma perfecta y divina y, por lo tanto, el 360 también un número divino. Extrañamente, también los antiguos védicos hicieron esta misma división de una rueda astronómica con 12 radios y 360 clavijas. Para la ciencia moderna, sin embargo, no existe una explicación contundente.

Veamos algunas de las secuencias que resalta el video:

Si se agrega 9 a cualquier número, éste finalmente suma el mismo número:

1+9=10 (=1); 2+9=11 (=2); 3+9=12 (=3); etc.

Por otro lado, se sabe que si se suman todos los números del 1 al 10 sin incluir el 9 tenemos: 1+2+3+4+5+6+7+8= 36 (3+6=9)

Por fuerza, entonces, al agregar 9 vuelve el 9. Igualmente si se suman todos los números 1+2+3+4+5+6+7+8+9=45 (4+5=9). Esto hace que los autores del video sugieran que el 9 modela la totalidad y la nada simultáneamente. Es la singularidad y la vacuidad a la vez. Esto es visto así: ya que la suma de todos los dígitos lleva al 9, así también 9 + cualquier otro dígito regresa al mismo dígito: 9-5: 14 (1+4:5). Así que, literalmente, el 9 es igual a todos los dígitos (36) y a la nada o a la no-cosa (0). Vemos aquí una descripción de la creación como un proceso dinámico -no una cosa, no estático- en el cual la totalidad es igual a la nada -la nada que es potencialidad absoluta.

Otras interesantes relaciones con el 9 (hay que decir que muchas ocurren por la elección de utilizar los 360 grados para un círculo, 60 segundos para 1 minuto y 60 minutos para 1 hora, siguiendo esta matriz de 360, así como también por la elección de un sistema decimal):

El día tiene mil 440 minutos que suman 9.

El día tiene 86 mil 400 segundos, que suman 9.

La semana tiene 10 mil 80 minutos, que suman 9.

El año tiene 525 mil 600 minutos, que suman 9.

Un círculo en el espacio está formado por 360 grados (3+6+0=9), cuya mitad son 180 grados (1+8=9), cuya mitad son 90 grados (9+0=9), cuya mitad son 45 (4+5=9), cuya mitad son 22,5 (2+2+5=), cuya mitad son 11,25 (1+1+2+5=9) y la suma 9 de cada mitad, así se repite al infinito.

Quizás habría que mencionar también el hecho de que el embarazo en el ser humano suele durar 9 meses o 36 semanas.

Aquí puedes ver las también impresionantes conexiones o secretos de los números 3 y 6:

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Recordemos siempre la muerte, el misterio y el asombro; ese es el supremo bien

La gnosis abraza el peligro de la transformación mientras que el estado inferior le rehuye.

David Chaim Smith, Kabbalistic Mirror of Genesis

Let all compounds be dissolved.

Francis Bacon

 

Tanto Platón como Aristóteles escribieron que la filosofía nace de la capacidad de asombro (thaumazein) del ser humano. Esta capacidad de asombro, para estar entonada con la vida filosófica debe renovarse constantemente, debe ser capaz de indagar el misterio y ser sensible al cambio. Para el ser humano es confrontar la muerte, lo que más íntimamente lo acerca al misterio y a la transformación. Por ello Platón escribió en El Fedón que lo que define a los filósofos es que  "se ejercitan para morir"; la filosofía es fundamentalmente un entrenamiento para la muerte. Sócrates, el filósofo que prefirió morir a traicionar la virtud de su conciencia, dice allí: "¿No sería absurdo que un hombre que ha pasado toda la vida alistándose para vivir en un estado tan cercano a la muerte, se viera perturbado cuando la muerte llega a él?".

La filosofía occidental nos dice que la muerte es lo que hace al filósofo, tanto en el sentido de que al morir, en la visión platónica, el filósofo, habiendo cultivado la virtud y el discernimiento, debe ser capaz de separar lo puro de lo impuro y emprender el vuelo del alma, como también en el sentido de que es pensar en la mortalidad lo que genera una conciencia filosófica, una forma de vivir que se basa en lo esencial, que se dirige a aquello que realmente importa y que permite por lo tanto trascender un estado más bajo e inconsciente de existencia. Vivir con la muerte en la mente es la forma en la que ese asombro (thaumazein) se mantiene vivo; paradójicamente, es mirar hacia el abismo de la muerte lo que mantiene encendida, por así decirlo, la llama de la vida, de una vida con significado, de una vida apasionada. Recordar que vamos a morir, que podemos morir en cualquier momento, que nuestros seres queridos morirán y que todo lo compuesto está por desvanecerse es la mejor motivación que tiene el ser humano. 

En la filosofía budista, el camino de la práctica hacia el despertar comienza fundamentalmente sosteniendo el pensamiento de la muerte, de la impermanencia de todos los seres y todas las cosas compuestas. En algunos casos los monjes no sólo se recuerdan la fragilidad de su existencia, incluso realizan meditaciones sumamente explícitas, contemplando cadáveres o imágenes de cadáveres, o imaginando la putrefacción del cuerpo y los órganos y entrañas en estados de descomposición y demás imágenes viscerales, las cuales buscan ser un llamado impostergable a la práctica del dharma, esto es, la filosofía, el correcto proceder que conduce a la virtud y al aprovechamiento de lo que se conoce como la "preciosa vida humana". El Buda enseñó que la vida humana es un acontecimiento sumamente raro y prodigioso, cuyo desperdicio no logramos dimensionar. Esta feliz conjunción de causas y condiciones que es la vida humana, dice el Buda en los sutras, es similar al siguiente símil: Imagina que un hombre arroja un madero con un agujero redondo al océano. Imagina también que hubiera una tortuga ciega que saliera a la suprerficie del mar cada 100 años. ¿Cuáles son las probabilidades de que la tortuga introduzca su cabeza por el palo con un agujero en forma de anilla? Algo tan raro es la vida humana que tienes.

La práctica preliminar de diferentes vehículos budistas se conoce como "los cuatro pensamientos que llevan al dharma". Entre ellos se encuentra meditar sobra la preciosa vida humana y sobre la muerte o impermanencia; los otros dos son el karma (o el hecho de que nuestros actos y pensamientos tienen consecuencias) y las imperfecciones del samsara (la existencia cíclica en la cual el sufrimiento es la norma). “Si no piensas en la muerte y en la impermanencia, la conciencia de que no hay tiempo que gastar no surgirá en tu flujo mental, y sucumbirás ante la lasitud y la pereza, sin contemplar el dharma”, dice Padmasambhava, el gran maestro del budismo tibetano. Jamgon Köngtrul, el gran enciclopedista del Tíbet, tiene estos versos sobre la meditación de la muerte:

El universo, este mundo externo,

Será destruido por el fuego y el agua.

Las cuatro estaciones, meros momentos, vienen y van.

Todo es impermanente, sujeto a los cuatro fines.

 

Nunca ha habido una persona que no haya muerto.

La vida y el aliento son como el rayo y el rocío.

Ni siquiera es seguro cual vendrá antes,

mañana o el siguiente mundo.

 

Si sólo pienso en el dharma pero no lo practico,

los demonios de la distracción y la pereza me aplastarán.

Ya que me iré de este mundo desnudo y sin posesiones

debo practicar el supremo dharma sin retraso.

Aunque para los budistas el dharma tiene un sentido muy claro ligado a la práctica de un sistema de conocimiento que lleva a trascender el estado de sufrimiento que caracteriza a este mundo impermanente, conocido como samsara (en otras palabras, se piensa en la muerte para ir más allá de la muerte), esta palabra (dharma) la podemos también entender como el propósito o sentido de nuestra vida, el cual no debemos de nunca perder de vista. El memento mori, el recuerdo de la muerte como posibilidad inminente, es un llamado a ir a la esencia, a no procrastinar y caer en la cómoda lasitud e indiferencia que caracteriza a la vida moderna. Ya sea que pensemos que la vida es la insuperable oportunidad de buscar la liberación o trascendencia o ya sea que pensemos que la vida es única y que no volveremos a estar en este mundo (que nos volveremos nada, polvo, materia inerte), de cualquier manera la muerte nos recuerda que este momento presente es lo único real que tenemos y por ello tiene un valor incuantificable. Pasar la vida buscando solamente entretenernos, distrayéndonos viendo televisión o posteando cosas en redes sociales, o apilando posesiones materiales, es francamente una estupidez -la más crasa ignorancia que traiciona el potencial y la belleza de nuestra humanidad. Lamentablemente, la vida moderna parece sistemáticamente diseñada para que no nos inmutemos demasiado y no pensemos en nuestra muerte y en la urgencia en la que vivimos (el Buda describió este mundo como un incendio, todas las cosas arden y nosotros no nos percatamos y no hacemos nada para escapar este destino). Como dice Sogyal Rinpoche: "La pereza occidental consiste en retacar nuestras vidas de actividad compulsiva para que no haya tiempo de enfrentar lo importante". Lo que predomina son estímulos insignificantes y una especie de urgencia de producir y consumir que nos hace creer que no tenemos tiempo para reflexionar, para contemplar la nada, el vacío, para estar en silencio, para preguntarnos quiénes somos, a dónde vamos, de dónde venimos, y todo eso que realmente importa.

Rilke escribió en Las elegías de Duino: "Morir es trabajo duro y está lleno de recogimiento antes de que uno pueda gradualmente sentir un trazo de la eternidad". Si aspiramos a la eternidad, a la belleza que es el reflejo mundano de la eternidad, o por lo menos a una vida con significado, a la intensidad y a la plenitud, a una vida llena de Eros y Tánatos, de sangre y luz, debemos ser capaces de retraernos del automatismo hedonista inane del tren existencial cotidiano y cuestionar seriamente lo que estamos haciendo con nuestro tiempo. Existe un deseo profundamente humano evolutivo de transformarnos hacia un ideal sublime, hacia nuestro más alto potencial, hacia la más lúcida expresión del ser, hacia el máximo bien, y para esto resulta difícil encontrar algo más poderoso que pensar todos los días que la muerte es inminente y con ella se presenta la posibilidad de que todos nuestros deseos más sinceros y sublimes se reduzcan a nada, queden sepultados o al menos se vean seriamente impedidos. Al mismo tiempo, también hay que considerar que la muerte nos ofrece el misterio de la transformación en su más alta posibilidad: el umbral en el cual quizás finalmente sepamos quiénes somos. Pero esa transformación misteriosa no será un salto abrupto, sino la consecuencia y maduración de las transformaciones constantes que hemos vivido. La muerte no es una isla al final, sino que es el proceso continuo de la existencia, realidad cotidiana, de la misma manera que la creación y el nacimiento son presencia perpetua. Así, la muerte se puede entender como "la ultima mutación [en una serie de mutaciones] por medio de la cual se perfecciona lo noble que se extrae del microcosmos”. Est mutatio ultima qua perfictur nobile ilud extractum microcosmi, la bella definición de la muerte de  Sir Thomas Browne. La muerte como posibilidad de perfeccionamiento, de lo más noble que hay en nosotros, pero no sólo en ulterioridad y trascendencia, sino como inmanencia de siembra. El gran poeta santo Kabir dijo mejor lo que he querido decir en este artículo:

Lo que llamas la "salvación" pertenece al tiempo antes de la muerte.

Si no te liberas de tus cadenas mientras estás vivo, 

¿crees que fantasmas lo harán por ti después?

La idea de que el alma se unirá a lo divino

Sólo porque el cuerpo se descompone-

eso es mera fantasía.

Lo que se encuentra ahora se encontrará entonces.

Si no encuentras nada ahora, 

simplemente te despertarás en un apartamento vacío

en la ciudad de la muerte...

 

Twitter del autor: @alepholo