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Así son las habitaciones de los millennials alrededor del mundo (FOTOS)

Sociedad

Por: pijamasurf - 10/11/2016

¿Cómo habita una generación acostumbrada a la movilidad y lo efímero?

Alguna vez se contó entre las cualidades de la generación millennial su inclinación por la “movilidad”, un término que quizá nos remite al ámbito de lo tecnológico pero que también se ha aplicado a comportamientos puntuales de los aún jóvenes que, para este momento, rondan los 30 años de edad.

Del trabajo a la situación amorosa, de las posibilidades de estudio al consumo de información, la aparente facilidad de movimiento en la que se formaron los millennials los lleva ahora a no pasar demasiado tiempo en un mismo lugar, con una misma persona, en una misma oficina. Las cosas tienen que cambiar pronto, rápido, del mismo modo que cambian los modelos de un teléfono celular, las mercancías en un anaquel, las opiniones de una persona.

Una posible evidencia para esta hipótesis –para pensar si se cumple o no, en qué grado, bajo qué circunstancias– se encuentra en esta serie fotográfica del sudafricano John Thackwray, quien pasó este año viajando por el mundo y tomando en cada país la fotografía de un joven en su habitación, en edades que van de los 17 a los 30.

Maja, 22 años. Berlín, Alemania. Estudiante de arquitectura

 

Sabrina, 27 años. Beirut, Líbano. Maestra de kíndergarden

 

Mohamed, 17 años. Santa Catarina, Egipto. Estudiante de medicina tradicional

 

Élahé, 29 años. Teherán, Irán. Pintora

 

Pema, 22 años. Katmandú, Nepal. Estudiante de budismo

 

El resultado no es sencillo de aprehender. Algunas habitaciones son pulcras, otras desordenadas, algunas abundantes y otras con apenas lo mínimo; aquellas en donde la cultura local se impone contrastan con otras que bien podrían tratarse de cualquier lugar dominado por la globalización de las mercancías.

¿Pero, después de todo, es posible encontrar una constante? Si acaso, cierto aire de esperanza, de vida que se encuentra en tránsito pero no necesariamente por esa supuesta movilidad con que algunos la califican, sino un tránsito de otro orden: aquel de quien se encuentra en un punto pero sabe bien que no es el definitivo, porque desea estar en otro distinto. 

Ryoko, 25 años. Tokio, Japón. Ingeniera en tecnología de la información

 

Ezequiel, 22 años. Manyatta, Kenia. Guerrero

 

Ben, 22 años. Dallas, EEUU. Estudiante de cine

 

Marcello, 18 años. La Paz, Bolivia. Estudiante de preparatoria

 

Oleg, 24 años. Novosibirsk, Rusia. Ingeniero en telecomunicaciones

 

Joseph, 30 años. París, Francia. Artista

 

Andreea, 24 años. Bucarest, Rumania. Ingeniera civil

 

Asha, 17 años. Madyah Pradesh, India. Ama de casa

 

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Repasar la muerte de un icono es repasar también la muerte de una época

Hubo una época en que cada país tuvo sus propios iconos. Culturalmente, en especial, esto fue palpable lo mismo en el cine que en la poesía, en la música popular y en el arte más elevado. Eso fue antes, cuando la globalización aún no se afanaba por barrer con las fronteras no por espíritu utópico de convivencia mundial, sino más bien por la imposición de un único modelo de consumo afín a intereses específicos.

A esa época perteneció Juan Gabriel y los miles (¿millones?) de personas que hoy lamentan su muerte, la mayoría de ellas en México, otras más en Estados Unidos (por la comunidad mexico-americana que se ha formado en décadas de migración sostenida, misma que suscitó una pequeña nota luctuosa de Barack Obama) y quizá algunas en otros países hispanohablantes. Es innegable, visto objetivamente, que Juan Gabriel es uno de esos iconos culturales en los que aún existía la identificación colectiva, esa en la cual una sociedad (o parte de ella) se miraba reflejada, o encontraba la expresión de lo que intuía vagamente pero sin alcanzar a articular en una expresión coherente, sólida, atractiva. 

En un país de machos, Juan Gabriel nunca ocultó su homosexualidad, y aunque tampoco la aceptó públicamente sí mostró abiertamente el cariz sentimental, tierno rayano en lo cursi, que aunque todos poseemos permitimos emerger sólo en circunstancias tolerables, es decir, la borrachera.

Pero este es sólo un aspecto de las varias aristas que se podrían encontrar condensadas en ese personaje a quien hipocorísticamente ya sólo se le llamaba “Juanga”.

En un texto cuya lectura puede interesar a algunos, la periodista Susana Seijas propone un comparativo interesante entre Juan Gabriel y Prince, también recientemente fallecido. El pasado atribulado de “Juanga”, en donde se cuentan infortunios casi de catálogo como el abandono, la pobreza y la cárcel, derivó casi épicamente en el reconocimiento arrollador de su talento, una especie de lucha entre tesis y antítesis que hizo escribir a Carlos Monsiváis (¿el “Juanga” de la alta cultura?): “A Juan Gabriel nada le ha sido fácil, salvo el éxito”.

Seijas, por su parte, considera que el triunfo de Juan Gabriel se explica, curiosamente, por la cursilería de su estilo, el sufrimiento que transmitía en su música y también la entrega con que se presentaba ante el público (cualidad que lo hace equiparable con Freddie Mercury, según la periodista).

No es fácil decir si esto basta para sostener la comparación entre uno y otro cantante o si, de inicio, ésta puede plantearse. Quizá lo único claro sea que el anacronismo de una época puede medirse por el grado de entusiasmo con que se vive la muerte de alguno de sus iconos.