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No se trata sólo de un “boom” de la experimentación con sustancias alucinógenas, sino de plantear nuevas formas de socializar

Los años 60 y 70 del siglo pasado vieron crecer y caer la contracultura hippie de los Estados Unidos, cuyas manifestaciones en la música, el arte y los estilos de vida tuvieron hondas repercusiones en los años venideros. Fueron los años en que comenzó la prohibición de drogas como el LSD, y la psilocibina (hongos mágicos), que llevarían a la eventual proscripción de la experiencia psicodélica misma.

Andy Roberts es un veterano investigador de dicha experiencia. Para él, no basta con los actuales esfuerzos por cambiar las leyes en favor del uso medicinal de las sustancias psicodélicas y enteógenas (como ocurre poco a poco con la cannabis), sino que hay que luchar por legitimar la experiencia psicodélica en sí misma como un derecho humano, tal como la Convención Europea de Derechos Humanos de 2015 sugirió que debería ser.

Los gobiernos del mundo han visto las drogas como un negocio tanto como los narcotraficantes: mantener la ilegalidad de las sustancias no “protege” a los niños de ellas, sino que permite que grandes flujos de dinero y presupuestos federales puedan destinarse al combate contra las drogas. ¿Y en qué consiste este combate? En costosos operativos para recuperar migajas de la producción de drogas, que apenas merman los recursos del crimen organizado, pero que dejan en bancarrota económica y moral a la sociedad a causa de la violencia.

En su libro The psychedelic renaissance, el doctor Ben Sessa argumenta a favor de la "libertad cognitiva" de los individuos como motor del cambio de paradigma gubernamental. La lógica de esto es que tú, como individuo, tienes el derecho inalienable de experimentar con tu conciencia. Punto. El problema del argumento es que no hemos sabido cómo dar el salto para que este derecho –tan básico como leer lo que tu mente necesite o profesar el culto religioso que más sentido tenga para ti– esté garantizado en las constituciones de los estados-nación.

El gobierno no cree en la experiencia psicodélica, pero cada tanto un eslabón de la cadena de mando cobra súbita conciencia: tal es el caso de David Nutt, antiguo oficial al mando del Consejo Consultivo contra el Abuso de Drogas del Reino Unido, que fue depuesto del cargo al declarar que “algunas drogas eran más dañinas que otras”. 

Luego de ser despedido en 2007, Nutt comenzó a trabajar con expertos para mostrar la hipocresía de la guerra contra las drogas. En un famoso estudio, demostró que los supuestos “daños” que provocan muchas drogas ilegales son superados con creces por drogas legales. En un comparativo de 20 sustancias, el alcohol salió calificado como el más peligroso para la salud, incluso por encima de la heroína, mientras el tabaco calificó en el sexto lugar. El LSD quedó en el lugar 17, seguido en el 18 por el MDMA y por los hongos mágicos en el 20.

Para Nutt, Roberts y muchos otros investigadores, lo que está mal no es que el gobierno trate de proteger a la gente, sino que lo haga a través de prejuicios infundados. ¿A qué le tienen miedo al prohibir la experiencia psicodélica? En realidad se trata de un peligro “virtual”, no muy diferente del que podemos experimentar al abrir un libro sin saber qué va a ocurrir. Los peligros del consumo de LSD o MDMA son reales, pero han sido exagerados: deshidratación, taquicardia, malestar general por la falta de sueño, pérdida de energía a corto plazo si no tomas agua… Eso es todo. Y son peligros completamente evitables con información y educación respecto al uso responsable de psicodélicos.

El renacimiento psicodélico está implicado en el hecho de que nuestra cultura digital se ha nutrido de las exploraciones de conciencia de viajeros responsables, como Steve Jobs o Terrence McKenna, que hacen el mundo mejor para todos con los descubrimientos que realizan en sus mentes. Está implicado también en el hecho de que hoy, a diferencia de hace 50 años, podemos hablar de estas cosas con nuestros amigos y educarnos conjuntamente para dejar atrás el estigma de la desinformación.

Afortunadamente los gobiernos no duran para siempre. Ningún imperio dura para siempre. Está en nuestras manos educarnos y educar a otros para que las leyes del futuro no sólo garanticen el acceso ético y responsable a sustancias controladas, sino que como sociedad logremos trascender los prejuicios colectivos y enfrentarnos a las emociones que nos habitan sin miedo. Sólo así lograremos romper el razonamiento circular de la cerrazón oficial, como queda ejemplificado en la conversación que sostuvieron el doctor Nutt con la antigua secretaria del interior del Reino Unido, Jacqui Smith:

JS: No puedes comparar los daños de una actividad legal con los de una ilegal.
DN: ¿Por qué no?
JS: Porque una es ilegal.
DN: ¿Por qué es ilegal?
JS: Porque es dañina.
DN: ¿No deberíamos comparar los daños para determinar si debería ser ilegal?
JS: No puedes comparar los daños de una actividad ilegal con los de una legal.
 

 

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La experiencia de la noche –y aquellas que se acumularían tras esta iniciación lisérgica– derivarían en uno de los mejores álbumes de la banda, que se estrenó al año siguiente, Revolver.

Fue en 1965 cuando Lennon y Harrison, acompañados de sus respectivas mujeres, cenaban con unas amistades. El anfitrión, un dentista, colocó LSD en el café sin advertirle a nadie. Una vez que los invitados habían cruzado el "punto de no retorno", que en el caso del consumo de LSD es contundente –tras haber sido ingerido ya nada evitará un paseo por el túnel, el anfitrión les confesó su jugada, lo cual provocó el enojo del vocalista de los Beatles. Sin embargo, ya no había mucho que hacer.

Tiempo después Cynthia Lennon, la primera esposa de John, narró su experiencia de aquella noche a Mikal Gilmore en una entrevista para la revista Rolling Stone: "Fue como si de pronto nos encontráramos en medio de una película de terror. El cuarto parecía hacerse cada vez más grande". Ya "colocados", ambas parejas se dirigieron a un club en Londres y ahí, dentro del elevador, ocurrió un episodio de pánico colectivo cuando una pequeña luz roja les pareció un amenazante incendio. "Todos pensamos que había fuego en el elevador. Pero sólo era una luz roja, y todos estallamos gritando, histéricos e incluso sintiendo el calor (del fuego ilusorio)". Una vez adentro del establecimiento, todo comenzó a cambiar para bien. Harrison describe así el momento: "Estaba experimentando una desolación de desbordante bienestar, sentía que ahí estaba Dios, y yo lo podía contemplar en cada haz de pasto. Era como ganar cientos de años de experiencia en solo 12 horas".

Finalmente los cuatro terminaron en la casa de Harrison. John describiría luego la aventura como "Dios, fue simplemente terrorífico, pero también fantástico. La casa de George parecía como un gigantesco submarino. Parecía flotar sobre los muros, de 6m, y yo lo conducía. En ese tiempo hice unas ilustraciones de cuatro rostros diciendo 'Todos estamos de acuerdo contigo'. Estuve verdaderamente 'colocado' durante 1 o 2 meses".

La experiencia de la noche –y aquellas que se acumularían tras esta iniciación lisérgica– derivarían en uno de los mejores álbumes de la banda, que se estrenó al año siguiente, Revolver.  

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