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No evites la tristeza o el dolor: las emociones negativas son la clave del bienestar psíquico

Salud

Por: pijamasurf - 06/22/2016

Una corriente de la psicología contemporánea, basada en la eudaimonía de la Grecia antigua, nos insta a reconocernos en las emociones negativas para así alcanzar cierto grado de bienestar mental

En ocasiones anteriores en Pijama Surf hemos señalado un rasgo que parece muy común a nuestra época y que, de una u otra manera, se ha sostenido a lo largo de los últimos 20 o 30 años, una especie de “síntoma” de la psique colectiva que nos lleva a rehuir del dolor, evitarlo, alejarnos de él como si se tratase de una plaga o algo aún más despreciable.

Decimos dolor pero en realidad nos referimos a algo mucho más amplio, diverso y quizá incluso complejo. El dolor en sí puede manifestarse al menos en dos formas: el físico y el emocional, y en ciertos casos el espectro se ramifica hacia múltiples opciones. El dolor por una enfermedad crónica, el dolor por una jaqueca, el dolor por comer mal, el dolor de la ruptura amorosa, el de la sensación de soledad (tan común en nuestro tiempo), el dolor de sentirse fracasado o frustrado, el dolor de la tristeza. ¿De qué hablamos cuando hablamos de dolor?, podríamos preguntar, parafraseando el título de Raymond Carver.

La respuesta podría ser negatividad, un término al que sin duda también se le levanta la ceja inmediatamente, se le dedica un gesto de reticencia. Y es que quizá, en lo más fundamental, eso es justo lo que en los últimos años se nos ha enseñado a querer rechazar: la negatividad de la vida. No por casualidad ciertas narrativas se fijan únicamente en lo “positivo” de la vida y nos animan a nosotros mismos fijarnos exclusivamente en eso. "Fijarse" en el sentido de poner nuestra atención pero también con el imperativo de quedarnos sólo en ello. Fijar como se fija la mirada, pero también como se fija un clavo en la pared.

¿Pero es posible hacer eso con la vida? ¿Es posible vivir, transitar por esto que llamamos existencia, sin oscilar constantemente entre la alegría y la tristeza, la soledad y la compañía, el amor y el desamparo, el bienestar y la angustia? No es que la vida sea dual per se, sino quizá más bien que su naturaleza es contingente, que en la delicada e imprevisible combinación de circunstancias que resultan en un hecho de la vida, todo eso se encuentra en latencia, dispuesto a emerger y posarse sobre el instante.

¿Cómo pretender entonces amputarle a la existencia ese cariz negativo que le es consustancial? No hay forma de vivir sin transitar por el dolor, la tristeza, el sufrimiento, el desamor, el enojo, el rechazo, la  decepción y, en general, todo aquello que ahora estamos habituados a considerar “negativo”.

Y no sólo porque sea parte de la vida en sí sino sobre todo porque, contrario a la suposición del pensamiento dominante, lo negativo es auténticamente útil. El pensamiento positivo que se intenta imponer es útil al mercado, pues en el sistema de producción contemporáneo al dolor se le elude consumiendo, llevando la atención a otro lugar, lejos de la angustia. Esa es su utilidad para el mercado.

¿Pero por qué si es nuestro dolor permitimos que le sea útil a alguien más? ¿No sería mejor que nosotros fuéramos los principales beneficiarios de su usufructo, hipotético o efectivo?

En buena medida ese es uno de los fundamento de un enfoque más o menos reciente de psicología terapéutica que se agrupa bajo el término de “aproximaciones eudaimónicas” (eudaemonic approaches), de las cuales también nos hemos ocupado anteriormente en Pijama Surf. Para ser breves ahora, basta con decir que “eudaimonía” se ha traducido como una suerte de “buen vivir”, el conjunto de enseñanzas, recomendaciones y aprendizajes propios que nos sitúan en el camino del bienestar auténtico y pleno. Eso que conocemos como “filosofía” fue por muchos siglos y en varias de sus vertientes un método para conducir al hombre por la vía de la felicidad –de Sócrates a Nietzsche y Kant, por lo menos.

Así, las “aproximaciones eudaimónicas” de cierta psicología contemporánea abogan por abrazar la complejidad de la vida con el propósito de aprender de ello para bien del propio sujeto.

ina2Como antes, esta manera de ejercer el tratamiento de la psique aspira a cierta forma de bienestar, en este caso específicamente mental pero bajo la premisa de que éste es crucial para el bienestar general. Sin duda muchos de nosotros nos hemos dado cuenta de que si nuestra mente no está bien, resulta difícil desenvolvernos en otros ámbitos de la vida: la atención para el trabajo se disipa, se pierden las ganas de hacer ejercicio, incluso puede suceder que sobrevengan épocas de no querer ver a nadie, etcétera.

Y es que si bien, por otro lado, tampoco existe tal cosa como un “estar bien” para la psique, un estado de tranquilidad o de felicidad perpetuas o al menos persistentes, estas aproximaciones eudaimónicas hacen ver con mayor claridad la presencia y el dominio que ejercen las emociones negativas sobre nuestro estado general de ánimo. En cierta forma podríamos decir que querer ignorarlas es darles poder sobre nosotros, pero tomarlas en cuenta y entenderlas como parte de nuestra existencia es minar dicha influencia, disminuirla. No desaparecerlas, pero tampoco permitir que tomen el control de nuestra existencia.

“Una de las principales razones por las que tenemos emociones es porque nos ayudan a evaluar nuestras experiencias”, dice al respecto Jonathan M. Adler, psicólogo del Franklin W. Olin College of Engineering (Needham, Massachusetts), representante de esta corriente.

En ese sentido, la aproximación eudaimónica no garantiza la alegría, la felicidad o el amor. De hecho, nadie ni nada puede hacerlo. Las religiones lo han intentado, y en eso el capitalismo se les parece, pero incluso aquéllas sabían bien que no en esta vida sino como una promesa de la vida más allá de la muerte. El capitalismo, en su deliro, asegura que es posible ser feliz, pero a su manera. ¿Y no será posible ser feliz de una forma propia, auténtica?, podríamos preguntar.

De cierta manera esa es la alternativa de la eudaimonía. Su ejercicio terapéutico conlleva algo que puede parecer una promesa de bienestar pero con una cláusula: abrazar las emociones negativas con tanto ardor como las positivas, comprender ambas como elementos ineludibles de la existencia, transitar el camino sin alegar pretextos ni buscar falsos atajos. Lo que nos ofrece es una vía para conocernos en lo esencial y reconocernos en las múltiples variantes que esto adquiere en función de la vida misma. Y eso no es, en modo alguno, asunto de poca monta.

 

(Ilustraciones: Ina Stanimirova)

 

También en Pijama Surf: Por estas razones no deberíamos rehuir al dolor, ni físico ni emocional, sino hacerlo parte de nuestra vida

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¿Qué provoca la comezón y por qué se siente tan bien rascarse?

Salud

Por: pijamasurf - 06/22/2016

La comezón y el dolor al parecer están relacionados, pero la primera (a diferencia del segundo) se ve mitigada por estímulos incómodos y puede ser exacerbada por los analgésicos

Todas las personas se rascan de vez en cuando, algunas con más frecuencia que otras, pero definitivamente la comezón es algo conocido para cualquier ser humano. Sin embargo pocas veces nos detenemos a preguntarnos de dónde viene, qué la provoca, cómo es que la sentimos o qué es en realidad. No obstante, en ocasiones la comezón puede volverse algo mucho más grave y atemorizante; de hecho, hay enfermedades que podrían provocar que te rasques hasta destruirte la piel.

Un claro ejemplo de esto es el delirio de parasitosis o síndrome de Ekbom, que se caracteriza porque quien lo sufre está convencido de que su piel está infestada de insectos, los cuales pueden ser piojos, ácaros, pulgas, gusanos u otro tipo de parásitos. Y a pesar de ser invisibles para el resto de las personas para quien presenta el síndrome son perfectamente claros e inquietantes, de tal manera que el paciente es capaz de describir los bichos a la perfección, no sólo en cuanto a su color, forma y tamaño sino que también puede proporcionar mucha información sobre como se mueven, comportan y reproducen. Algunas personas tienen asimismo la convicción de que estos parásitos no sólo se encuentran sobre su piel sino debajo de ella y hasta en sus órganos internos; por esta razón suelen rascarse compulsivamente causando lesiones, inflamación e infecciones.

Por increíble que parezca, una de las complicaciones para atender este malestar es definir qué es la comezón. Hace más de 3 siglos un doctor alemán llamado Samuel Hafenreffer describió la comezón como cualquier “sensación desagradable que active el deseo o reflejo de rascarse”. Esta definición puede tener cierto sentido, pero resulta redundante y ciertamente insuficiente si lo que se desea es una explicación científica. En este sentido la comezón y el dolor parecen estar relacionados. La piel es el órgano más grande del cuerpo y tiene muchísimas terminaciones nerviosas llamadas nociceptores, que son terminales nerviosas libres y no especializadas cuyos cuerpos se encuentran fuera de la columna vertebral; su trabajo es obtener información sobre la presencia de estímulos potencialmente nocivos y mandarla hacia la médula espinal y el cerebro, así que una estimulación suave de dichas neuronas resulta en la sensación de comezón; por otro lado un estímulo más poderoso desencadena una reacción de dolor. Al menos esa es una teoría sobre lo que regula la intensidad de las sensaciones, aunque hay una hipótesis alternativa que apela a la especificidad y asevera que ciertas neuronas son responsables del dolor y otras de la comezón.

El hecho de que diferentes estímulos pueden causar prurito complica aún más el panorama. Por ejemplo la picadura de un insecto puede despertar una sensación aguda de comezón, mientras que la piel seca, una condición médica como el eccema y la psoriasis pueden causar comezón crónica. Otras causas detrás de esta sensación son linfoma, hipertiroidismo, esclerosis múltiple, tumores cerebrales, enfermedades crónicas del hígado y SIDA. Además están los factores psicológicos y cognitivos; en algunos casos la necesidad de rascarse es fruto de un desorden obsesivo compulsivo, en cuyo caso rascarse sólo exacerba el problema. Otros casos son aún más terribles y complicados, como el síndrome de Ekbom que mencionamos anteriormente.

Algo muy peculiar sobre la sensación de comezón es que los estímulos dolorosos parecen mitigarla; finalmente rascarse es arañar la piel con las uñas, lo cual podría ser doloroso pero en presencia de prurito resulta un alivio. Otros estímulos que pueden provocar la misma reacción son la aplicación de frío o calor, así como algunos leves toques de corriente eléctrica. En este sentido la comezón es diferente al dolor, pues cuando nos lastimamos el primer reflejo es alejarnos de la fuente de dolor, mientras que cuando tenemos comezón algo de dolor podría ser bueno. Otra rareza que provee cierta consistencia es que los analgésicos que en teoría deberían reducir estímulos desagradables como el dolor pueden aumentar las ganas de rascarse.

Pero, ¿por qué rascarse es hasta cierto punto placentero? Quizá la respuesta a esta pregunta radique en el proceso de evolución humano, pues en este sentido retirar posibles insectos o parásitos de la piel es algo positivo, así que cuando algo perturba a la piel, como por ejemplo una picadura de insecto, las células liberan una sustancia química llamada histamina que estimula a los nociceptores para que manden mensajes a la médula espinal, que posteriormente envía la información a los muchos nervios que conforman el tracto espinotalámico que llega hasta el cerebro. Los científicos creen que la histamina es la sustancia detrás de la comezón, pues en 2009 se realizó una investigación en la que aplicaron una inyección de histamina en primates y monitorearon la actividad en sus tractos espinotalámicos. Así fue como descubrieron que tras la inyección las neuronas presentaron una rápida e intensa actividad. Luego rascaron un poco y se dieron cuenta de que la actividad neuronal disminuía frente a este estímulo. Quizá el poeta Ogden Nash tenía razón cuando dijo que “la felicidad era poder rascarse la comezón”.