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La modelo Emily Ratajkowski escribe un ensayo sobre el problema de ser sexy en un mundo que objetifica la sexualidad

Sociedad

Por: pijamasurf - 02/17/2016

Emily Ratajkowski, una de las mujeres "más sexy del mundo", reflexiona de manera inteligente sobre cómo la sociedad percibe la sexualidad femenina y coarta su expresión natural

La modelo Emily Ratajkowski es considerada una de las mujeres más sexy del mundo y recientemente se ha convertido en vocera de una sensualidad inteligente y empoderada, aunque no sin controversia. Hace unos días dio un discurso de apoyo a Bernie Sanders en su campaña por la candidatura demócrata a la presidencia y ahora ha generado revuelo en la red por escribir un ensayo para la revista Lenny --en el que cita a autores como John Updike y Harper Lee-- sobre la forma en la que la sexualidad femenina es percibida en el mundo.

El ensayo se llama "Baby Woman" y es un breve recuento autobiográfico de cómo ha sido crecer siendo modelo en Estados Unidos. Ratajkowski cuenta que desde que tenía 12 años su papá se refería a ella como "baby woman": una bebé-mujer precoz de 12 años, talla D de brasier, que dormía con sus papás. 

Algunas modelos han denunciado las oscuras prácticas de objetificación y acoso sexual dentro de la industria (por ejemplo, la modelo Sara Ziff), pero Emily enfatiza más la presión sexista de personas fuera de la industria: "maestros, amigos, adultos --individuos que no estaban tan regulados como los altamente escrutados del mundo de la moda me hacían sentir más incómoda o culpable por mi sexualidad en desarrollo".

La esencia de lo que Ratajkowski quiere comunicar es que no debe existir vergüenza o marginación por la expresión de la propia sexualidad, la cual es algo natural, algo que, valga el lugar común, simplemente florece,  sobre todo cuando no está lleno de conceptos y miedos proyectados. Escribe sobre la presión social de no enviar el mensaje equivocado a través de la expresión de su sexualidad:

Lo que esto implica es que ser sexual es equivalente  a ser vil [trashy] porque ser sexy es darle juego a los deseos de los hombres. Para mí, "sexy" es una forma de belleza, una forma de autoexpresión, una que debe celebrarse, una que es maravillosamente femenina. ¿Por qué la implicación debe ser que el sexo es algo que los hombres obtienen de las mujeres y las mujeres ceden a los hombres? La mayoría de las mujeres adolescentes conocen por primera vez lo que son las mujeres "sexy" a través de imágenes editadas con Photoshop de celebridades o del porno. ¿Es ese el único ejemplo que nuestra cultura proveerá para las jóvenes mujeres? ¿Dónde pueden las niñas ver mujeres que encuentran poder en decidir cuándo y cómo ser o sentirse sexualmente? Incluso si es que ser sexualizadas por la mirada de la sociedad es denigrante, de todas maneras debe haber un espacio donde las mujeres puedan ejercer su sexualidad cuando así lo consideren.

La palabras de Emily Ratajkowski en general le han traído elogios y una nueva percepción, ya no sólo como una modelo voluptuosa sino también como una persona pensante. De hecho podemos decir que su ensayo es de alguna manera "sexy". No hay duda de que la expresión genuina de la sexualidad debe permitirse y no debe ser censurada o mirada con envidia. "Me niego a vivir en un mundo de humillación y apologías silenciosas. La vida no puede ser dictada por la percepción de otros", dice Emily, Es ciertamente un derecho personal vestirse, sentirse y expresare de la manera que a uno mejor le parezca. Y es cierto también que la mirada masculina que fomenta la hipersexualización del cuerpo femenino igualmente sólo permite esta sexualidad bajo sus propios términos y en las delimitaciones en las que tiene control. Dicho eso, el tema es complejo ya que muchas jóvenes mujeres, ante la explosión de lo sexy en la esfera pública, ante una ola de empoderamiento a través del cuerpo femenino, no pueden más que sentirse enormemente inseguras comparando sus cuerpos con los de las modelos (que de todas maneras no son como se ven, lo que hace imposible que la comparación resulte medianamente positiva). Estas jóvenes mujeres no sólo no reciben dinero por ser bellas, sino que gastan toda su energía en intentar conformarse a la imagen imposible de belleza, siendo que la belleza física es uno de los factores principales que en nuestra sociedad brinda la posibilidad de éxito a una mujer --entonces, una mujer que no es sexy según los estándares del momento se ve opacada, venida a menos y cohibida, lo cual genera a veces diferentes trastornos.

Evidentemente el problema no son las mujeres como Ratajkowski sino la forma en la que nuestra sociedad ha creado una economía de la belleza y ha rodeado la economía (o los símbolos del éxito económico), la publicidad y el entretenimiento con una serie de imágenes sexy que no pueden desligarse de su contexto de poder y de intercambio de valores. Es decir, existe una responsabilidad en las imágenes" sexy" que producimos y con las que hacemos marketing de los valores. En este sentido, Emily quizás podría reflexionar sobre todos los comerciales y videos en los que ha aparecido semidesnuda vendiendo productos o bailando alrededor de un rapero que sigue promoviendo la idea del proxeneta o alcahuete como un modelo para las nuevas generaciones.

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La palabra es para usarla, parece habernos dicho Francisco en su paso por un país que no derrocha palabras

Es la primera vez en mi vida que siento que el papa es una persona; por eso puedo ahora hablar de él. Estuvo en México hace unos días, cuando yo también estaba ahí. Sentí de cerca el latir de su presencia, repercutida estruendosamente en las calles, los medios, los hoteles, las periferias y los aeropuertos. Francisco estuvo por acá.

Como alguna vez hicimos con “El sermón de la montaña”, también podemos pensar en estas intervenciones de Francisco como las actuaciones de un maestro. Jesús fue maestro de sus fieles en aquella mítica escena de las bienaventuranzas; Francisco también lo fue ahora en la Ciudad de México, en Ecatepec, en Ciudad Juárez y en donde más que haya estado.

Francisco llegó a México sabiendo qué quería; y todos sabíamos que estaba llegando a México sabiendo que algo quería. Tenía un propósito pedagógico; quería dejar una enseñanza; sabía que estaba ante la oportunidad de contribuir a la conformación de una nueva posición de un pueblo; sabía que no podía dejar pasar esta oportunidad porque probablemente no habría otra. Estaba consciente de que a la Iglesia le tocaba su momento y que si no lo asumía, no sería la Iglesia que él se propone representar. Tenía ganas, se le veían. Llegó sonriendo, aunque sabía que lo suyo no sería de paneles, lobbies acaramelados y levedades. Venía a dejar su marca.

Su herramienta era pura y exclusivamente la palabra; no tenía otra, como nosotros, los maestros. O le confería a la suya un peso suficiente o apenas habría pasado por allí otro conversador más, por más argentino que éste fuera. Y no alcanzaba con que se proclamara como la palabra de Dios, entre otras cosas porque no lo es. Tenía que hacerla pesar como la palabra del papa Francisco. Si su palabra no pesa, su presencia no trasciende. Primer gran desafío docente.

El gran riesgo estaba –otra vez más-- en caer en la neutra palabra moral; esa que pondera en abstracto pero no enseña; esa que se jacta sin por eso dejar marcas; esa que no produce más que reivindicación narcisista en quien la emite. Francisco no cayó en la trampa. También estaba el riesgo de gastarla en bastidores y cenáculos cerrados (especializados en el desgaste y la disuasión), como si desde ahí luego pudiera irradiar. Lo evitó con sagacidad y regaló sonrisas “sociales” como escudo, cuando sabía que no era ni la hora ni el lugar. Reservó su palabra para cuando ella pudiera valer. Fue muy calculador con eso. Y acertó. Nada le dijo al presidente Peña Nieto nunca, pero mucho menos aún recién aterrizado; apenas sonrió, se divirtió con los niños, rompió el protocolo y se retiró a descansar (lo mismo que deberíamos hacer los maestros ante los padres cada primer día de clases).

Su_Santidad_Papa_Francisco“Sean Obispos de mirada limpia, de alma trasparente, de rostro luminoso. No tengan miedo a la transparencia. La Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar. Vigilen para que sus miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanidad…”, soltó en su hora, y también luego rompió el protocolo y se retiró a descansar. Prudente y calmo esperó su hora y cuando ésta había llegado y el clero en pleno estaba delante de él, a su merced, espetó. No estoy diciendo que explicó; estoy diciendo que disparó. No es lo mismo. No dio una clase descriptiva de lo que podemos entender por transparencia; no había salido de Roma con sus cansados 80 años, pasado por La Habana construyendo el símbolo que construyó y llegado hasta este México profundo apenas para explicar lo obvio y lo disponible. Como los maestros, que no deberíamos justificar nuestras largas cruzadas diarias apenas por explicaciones zonzas, obvias y redundantes, apoyados en cansinos libros didácticos. Sabía que estaba ante un clero corrupto y socio del poder y sabía que no era cuestión de que les explicara nada; que su enseñanza –si la hubiera-- tenía que ser la de la conmoción, la de la desestabilización, la del shock y la de la denuncia frontal. También sabía que su palabra iría cogiendo su crescendo y que cuando estuviera en el clímax, él tendría que tener a mano su daga final. Y la tuvo: “La Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar”. Esas frases que no se olvidan, porque te atrapan en tu experiencia y te atraviesan. Palabras simples, en concatenación fácil, para producir una enseñanza ejemplar y letal. ¿Tú recuerdas alguna de tus maestros? Yo no. Toda la visita de Francisco estaba en esas nueve palabras. Era esa frase a esa hora en ese lugar. Toda su enseñanza quedó allí. Y se retiró a descansar.

Si el clero mexicano está hipotecado en la oligarquía y en el poder mexicanos, no había más remedio que enfrentarlo. Sacudirlo cuando no tuviera defensas y luego dejarlo para que se reorganizara como pudiera, cuando él se haya retirado a descansar. Lo apeló, que eso es enseñar; lo obligó a asumir su posición, que eso es formar. Fue el gran maestro que se propuso ser y que el papa tiene que ser.

La proporción del fenómeno (narco), la complejidad de sus causas, la inmensidad de su extension es como metástasis que devora; la gravedad de la violencia que disgrega y sus trastornadas conexiones, no nos conciernen a nosotros. No debemos, Pastores de la Iglesia, refugiarnos en condenas genéricas, sino exigirnos un coraje profético y un serio y cualificado proyecto pastoral para contribuir, gradualmente, a entretejer aquella delicada red humana, sin la cual todos seríamos desde el inicio derrotados por tal insidiosa amenaza.

Le dijo al clero que ante lo que parece que “no se puede hacer nada”, mañana mismo algo ellos deben hacer. Y les dijo también --sin elipsis-- que eso de condenar no sirve para nada, y mucho menos para exculparse. Que no sean obscenos. Los mandó a trabajar, que es lo que les toca. Pastores de la Iglesia, ¡a la pastoral! Organícense y organicen a su pueblo. Sean actores; sean activos; den el ejemplo. ¿Cuándo un maestro se atreve a aquello? ¿Cuando un maestro asume que lo suyo es de esa índole? Otra vez, no es explicar, es apelar. No se trata de convencer a nadie de nada, sino de empujar a todos a algo. Esa es la docencia; la única docencia que reconozco. Los maestros servimos para eso o no servimos para nada, como el papa.

Tuvo su exabrupto también (“¡Deja de ser egoísta!”), y lo podemos poner en la serie de la construcción de su posición de maestro. Al egoísta hay que decirle simple y directamente que deje de ser egoísta, con esa palabra pesada que tiene el gran maestro.

Decimos muy a menudo que se trata de forjar competencias en nuestros alumnos y luego damos clases de historia. Para forjar competencias –que bien podemos llamarlas, para entendernos, actitudes-- debemos usar nuestra palabra con otro sentido y en otra dirección; valiéndonos de otras habilidades; trayendo otros propósitos; asumiendo todos los riesgos. No alcanza con ser el papa para hablar así; como tampoco alcanza con ser maestro para lograr este tipo de objetivos. Francisco usó su investidura como punto pivote, pero fue construyendo con cuidado y buen manejo de los tiempos y espacios su palabra, su daga, su herramienta de trabajo, su didaxis. Le fue confiriendo poco a poco peso específico y supo capitalizar cuando su primera intervención golpeó, como aquel boxeador que al fin alcanza la quijada. De ahí en adelante, sabía que lo que dijera impactaría, si no cometía errores inocentes que no cometió. De ahí en más anduvo seguro. El maestro lo mismo, día tras día; debe construir su palabra de a poco y luego cuidarse de no dilapidarla en eternos discursos vacíos, ponderaciones inútiles, descriptivas tautológicas o explicaciones sin sentido. Saber usarla y cuidarla, para que le sea útil. La palabra en las escuelas está gastada de tanto ser mal usada.

Y Francisco se retiró, calmo y justificado, otra vez a descansar. Los maestros también lo mereceremos, entonces.

La palabra es para usarla, parece habernos dicho Francisco en su paso por un país que no derrocha palabras. Pero en el mundo en general, la palabra está saturada. Hablamos demasiado; escribimos insensatamente; publicamos de una manera absurda; sermoneamos como si supiéramos en cada bar, en todas las aulas y dentro de cada taxi… Por eso creo que Francisco nos ha dejado una enseñanza pedagógica. Nos mostró cómo opera quien sabe que puede formar y sabe también que debe formar; ah, y además es plenamente consciente de que no sobrarán próximas oportunidades.

Si apenas eso aprendiéramos de sus 5 días en México, el mundo educativo se podría dar por feliz.

 

Twitter del autor: @dobertipablo