*

X
En una sociedad donde se multiplican los deseos y las falsas necesidades, la procrastinación se ha convertido en un serio problema de salud que poco a poco va mermando a los individuos hasta que pierden el poder de hacer lo realmente necesario

6268_Clock-with-an-old-design-but-beautiful-architecture

Aquel que desea pero no actúa, engendra la pestilencia.

William Blake, "Proverbios del Infierno"

 

Tal vez porque el mundo moderno nos bombardea con innumerables estímulos, distracciones, ofertas de último minuto y microdecisiones (¿debo comprar esas cerezas orgánicas, debo probar esa nueva técnica de masaje bioenergético tailandés?), nunca habíamos estado tan conscientes de la existencia de la procrastinación. No es que saber que existe nos ayude mucho, no al menos según su creciente aparición en los medios y en la literatura médica, y es que tal vez saber que estamos procrastinando es una de las causas que contribuye a seguir procrastinando, en una especie de parálisis por el análisis.

Procrastinar evidentemente afecta nuestra productividad, pero eso quizás sea lo de menos, ya que estudios recientes muestran que también afecta nuestra salud, al crear una atmósfera de microtensión permanente que pende sobre nuestra cotidianidad. Según el doctor Joseph Ferrari de la Universidad DePaul, los procrastinadores no sólo tienen niveles más bajos de autoestima, tienen más problemas para mantener relaciones estables y más problemas para autorregularse, también se enferman más. "La investigación del sector salud muestra que se enferman más. Tienen más dolores de cabeza y problemas gastrointestinales".

Ferrari atribuye esta patologización al silencioso enemigo del hombre moderno: el estrés. "Es la preocupación la que causa daño. Así que tenemos implicaciones de salud, implicaciones sociales e implicaciones personales". En otras palabras, la procrastinación es una espiral integral decadente que poco a poco horada tu vida. Suena terrible, pero, ¿es suficiente para motivarte a hacer lo que tienes que hacer?

El problema de la procrastinación evidentemente es que ejerce una presión psíquica más o menos permanente sobre un individuo y minuciosamente crea una fuga de la voluntad, lo que acaba formando una imagen personal bastante negativa y desempoderada, una especie de autoabandono. La función biológica del estrés es combatir una amenaza aguda que requiere de una respuesta contundente inmediata: el caso que se cita comúnmente es el de encontrarse con un depredador y huir (o luchar) para salvar la vida. Esto evidentemente no suele ocurrir muy seguido en la vida moderna y, sin embargo, el estrés parece ser una presencia ubicua en nuestra civilización (hemos tenido que inventar fantasmagóricos depredadores para llenar el vacío o el exceso de tiempo sin saber qué hacer).  

Al sentir estrés el organismo se inunda de hormonas como el cortisol y la adrenalina, que pueden ser inflamatorias y en general sumamente desgastantes para el sistema inmune cuando se producen crónicamente. La procrastinación --en el sentido de que sentimos una presión constante de hacer algo, la cual, aunque no le damos demasiada importancia, no eliminamos del todo-- nos coloca en un estado casi permanente de tensión, hasta que finalmente hacemos lo que tenemos que hacer... y decapitamos al tigre invisible (o aplacamos a ese insidioso daemon).

Ferrari sugiere que nuestra sociedad debería fomentar una cultura de cumplir con los plazos indicados y no estirar la liga. Es decir, no crear una noción implícita de que las fechas de entrega siempre pueden ser postergadas y que cuando decimos que algo es para un día o una hora en realidad estamos diciendo que es para un día o una hora más tardía. Esto igualmente con nosotros mismos. Pero somos enormemente autoindulgentes, y eso nos puede estar lastimando; lo contrario también nos lastima, el categórico autotirano que nos exige hacer más y más cosas innecesarias y, en cuestiones prácticas, irrealizables, forzando nuestra delicada máquina orgánica.

El hombre moderno no ha interiorizado lo suficiente el peligro que significa no tener disciplina, ya que sin disciplina nos volvemos presa fácil de la formación de cualquier tipo de hábito no intencional y no controlado. Estos hábitos son, además de difíciles de suspender, la principal fuente de enfermedad en la vida moderna (como aguas estancadas en la mente-cuerpo). A esto Ferrari agrega que debemos también incentivar la acción temprana, como dice el dicho: "al que madruga Dios le ayuda" y estructurar la sociedad para que se gratifiquen estas acciones y buscar eliminar o aminorar todo este mercado de las ofertas de último minuto.

A la luz de esto uno debería tener cuidado con sus propósitos de Año Nuevo y todas esas elucubraciones mentales de todo lo que vamos a hacer y ser --siempre después-- lo cual seguramente nos va a hacer mejorar (algún día) y ahora sí vamos a lograr ser quien queremos ser (porque creemos que nuestro ser está en el futuro, cuando por fin nos guste quién somos). Por supuesto, es un impulso natural querer crecer y cumplir nuestros deseos, pero hay que cultivar la mesura y operar desde una mezcla equilibrada de espontaneidad y orden. En su nivel más básico y tóxico la procrastinación nos disocia del presente, en una perpetua hipoteca, hace que, como escribiera Emerson "nos estemos siempre preparando para vivir pero nunca viviendo". Ni aquí ni allá, fragmentados, procastrados. 

Para explicar de manera más completa el fenómeno de la procrastinación, debemos entenderla también como el resultado de una sociedad de consumo y de crecimiento infinito (el paradigma de la economía que vivimos) que ejerce una presión constante para que seamos productivos y que seamos siempre mejores (y para ello compremos cosas y experiencias) y podamos competir con nuestros pares para alcanzar nuestros sueños diseñados por las agencias de publicidad. Que seamos como la máquina que nunca descansa, como el minisúper o el feed de Facebook que están las 24 horas todos los días del año suministrando bienes o información. Ciertamente existe este nefasto y cuantioso efecto colateral del modelo económico en la psique individual. Entre más deseos tenemos, más posibilidades tenemos de procrastinar y/o frustrarnos. Por eso es indispensable que el ser humano sea capaz de distinguir entre toda esta influencia externa que le hace creer que necesita tener y hacer cosas que no son de ninguna manera esenciales y sus verdaderas necesidades, aquellos imperativos que se originan en la profundidad de su psique (en otras palabras, separar el grano de la paja). Es cuando deja de hacer lo que realmente le es necesario y, quizás de manera más precisa, cuando deja de actuar desde lo necesario en su vida diaria (en cuyo defecto se actúa desde la fantasía, desde la confusión o simplemente desde la insignificancia) que se producen las enfermedades y las heridas más profundas que alteran el funcionamiento natural del organismo, el cual está diseñado justamente para realizar lo que necesitamos pero no para un excedente. Entonces podríamos decir que para "curar" la procrastinación primero deberíamos colocarnos en un estado en el que podamos realmente discernir qué es lo necesario y así eliminar todo lo innecesario (lo cual es también una definición de un modelo de crecimiento, para plantas u hombres). Así la procrastinación no es sólo una cuestión psicológica, es también un problema filosófico, por lo cual nos serviría recurrir a los estoicos, por ejemplo, quienes enseñaron que la virtud era actuar en concordancia con la naturaleza, todo los demás entra dentro de lo que podemos llamar innecesario.

Conocer lo necesario es equivalente a apreciar y entender las leyes de la naturaleza: una vez que las entendemos y somos capaces de observarlas en acción es mucho más fácil seguirlas y tomar una posición más relajada: como quien se coloca en una balsa en un río confiado de que avanza hacia su destino puesto que conoce la dirección del viento. Si seguimos las leyes de la naturaleza, lo más probable es que nos mantengamos sanos y satisfechos --no es casualidad que una enfermedad sea llamada también un desorden, es decir, una violación de las leyes naturales. Y es que, recordemos, la necesidad, Ananké, para los griegos era incluso superior a los dioses e incluso los Olímpicos debían ajustarse a sus leyes.

 

Twitter del autor: @alepholo

Te podría interesar:
Platón distinguió tres tipos específicos de alma que convergen al interior de la persona, como tres ríos distintos cuyos afluentes alimentan un mismo lago

Alma

El alma es, según lo expuesto por el maestro Platón, aquello que de inmortal y de divino hay en el hombre. El alma le otorga a todas las cosas su agencia y movimiento, pero por una especial disposición dentro del ser humano, le ofrece además su racionalidad, o al menos le asegura la potencialidad para desarrollarla bajo el impulso de la voluntad. El alma es lo real en el hombre. Sin embargo, una exposición tan somera no podría ser menos que insuficiente, porque bajo la desgastada palabra “alma” hay en realidad una doctrina mucho más profunda y rica en significados. Como principio metafísico que organiza todo el dinamismo vegetativo, sensitivo e intelectual de la vida, el alma posee necesariamente una complejidad que el mismo Platón se encargó de clasificar, al distinguir tres tipos específicos de alma que convergen al interior de la persona, como tres ríos distintos cuyos afluentes alimentan un mismo lago. Así, el sabio griego discierne entre un alma concupiscible, un alma irascible y un alma racional.

El alma concupiscible es entre todas la más inferior y susceptible a la inestabilidad del mundo, por cuanto su naturaleza intrínseca es la de hallarse ligada a las pasiones y deseos del cuerpo, siendo afectada por todos los apetitos desordenados que emergen del contacto con la materia, manteniéndose esclava de la transitoriedad y de las mutaciones. La porción concupiscible se enciende con los estímulos exteriores, provocando las reacciones de apego y aversión que caracterizan al ardor pasional. Su baja condición va unida a la mortalidad, manteniéndose ligada al cuerpo tanto tiempo como éste subsista todavía tras la muerte, para luego disolverse irremediablemente. Es de hecho el reducto psíquico que permite la existencia de esa cristalización que conocemos como ego. En el esoterismo hebreo se le conoce como Nefesh, el alma instintiva que hace posible la interacción entre la parte espiritual y la parte corporal del ser. El Nefesh se relaciona semántica y etimológicamente con el árabe Nafs, que en el contexto del sufismo designa propiamente al ego, siervo de Iblis y principal enemigo del derviche, al que deberá someter y derrotar gracias a sus esfuerzos en la Yihad al-Akbar o guerra santa interior. En el simbolismo del cuerpo, el lugar del alma concupiscible es a nivel de las vísceras, y más concretamente en el hígado. Este órgano ha sido por siglos el asiento del destino en lo que concierne a los asuntos mundanos, hecho manifiesto en la extendida práctica de la hepatomancia practicada por los arúspices etruscos y romanos, costumbre que parece tener un lejano origen neolítico. En la tradición china se dice incluso que el hígado es el lugar donde el alma duerme y engendra los sueños. Vemos aquí una insinuación de la condición vegetativa del alma concupiscible.

A continuación, la doctrina platónica distingue el alma irascible, sede natural de la voluntad, el valor y la fortaleza moral. En el alma irascible se enciende el coraje y la fuerza interior que permite acometer todo esfuerzo y sacrificio, siendo así el centro de la tenacidad y del empeño. Sin embargo, cuando esta segunda ánima es secuestrada por las pasiones y apetitos de su hermana inferior, se ve apresada por la ira, la obstinación y la arrogancia, volviéndose incluso en contra de sí misma hasta el punto de consumirse. Un mal advenimiento entre alma concupiscible y alma irascible produce sed de poder y dominio, vuelve a los sujetos crueles y despiadados, ambiciosos y violentos. Por encontrarse a medio camino entre la porción inferior y la superior, el alma irascible hace de bisagra entre los mundos instintivo e intelectual. Las emociones tienen en ella su energía y vitalidad, generando la riqueza psíquica por la que se moviliza todo el ingenio y la voluntad humana. Su condición intermedia la posiciona en un espacio clave, por cuanto las decisiones del hombre dependen de su actividad, cuyo drama se desarrolla en la disyuntiva entre arrastrarse bajo los deseos del ego inferior o dinamizar las ideas e intuiciones del Intelecto en el alma superior. Su continuidad tras la muerte del cascarón físico es dependiente del vínculo con lo espiritual, siendo inmortal en virtud de su nexo con el alma racional que le supera en excelencia. Entre los cabalistas dicha alma intermedia es conocida como Ruaj, y se la identifica con el hálito que Dios insufló en la masa de barro con la que formó a Adán. En el cuerpo simbólico, encontramos su lugar en el corazón, pues es en medio del pecho donde arde la llama de la voluntad y el ímpetu de la vida.

Platón compara estas dos almas con un par de caballos de talante contrario, que arrastran el carruaje del cuerpo físico. El alma irascible es un corcel noble y dócil; el alma concupiscible es un caballo desbocado y desobediente. Ambos son conducidos por un auriga, que representa la dimensión superior del alma racional o inteligible. En ésta se instala la razón que nos permite el conocimiento, la justicia y la realización del bien. Pero evitemos caer en una trampa semántica. La inteligencia –del latín intelligere es la facultad del alma superior para “leer dentro” de la realidad, y no un puro mecanismo para la ejecución de algoritmos o la elaboración lingüística. El alma inteligible es la chispa divina que nos conecta con el Mundo de las Ideas, la región espiritual donde residen eternamente los arquetipos que, como plateadas estrellas, pueblan el fecundo manto de la Mente Divina, ese Poimandrés que habló de las esferas celestes a Hermes Trismegisto, el Nous que inspiró las intuiciones más brillantes de la escuela ecléctica alejandrina. El alma racional es el principio inmortal del hombre, al que con propiedad podemos denominar alma en su sentido trascendente e imperecedero. Lo eterno puede ser actualizado sólo en virtud de su agenciar, siendo el basamento sobre el que se erige la mónada espiritual. En la cabalá se le conoce como Neshamá, una fuerza divina que impulsa a las personas hacia la virtud, buscando elevar la conciencia temporal hacia la trascendencia intemporal. Neshamá es la negación misma del ego y sus pasiones. Como es de imaginar, el lugar del alma inteligible en la estructura física se halla en el cerebro, órgano que constituye el extremo inferior de la cadena espiritual que une al hombre con Dios.

Los cabalistas agregarán a estas tres almas otros dos principios espirituales: el Jayá y el Yehidá, pero éstos corresponden ya a lo que rebasa el límite de la individualidad humana. Son por lo tanto imponderables que intentan expresar los grados de esplendor del ánima, en la medida en que, por aproximación, es reabsorbida en la luz de la Mente Divina. Estos niveles superiores tienen un marcado carácter universal, pues la plena rectificación del mundo –Tikkún Olam–  no es posible si alguna de las chispas que constituían el alma primordial del Adam Kadmon quedan fuera de dicha reintegración. En el pensamiento gnóstico, la noción de apocatástasis expresa esa misma idea de restauración cósmica, hipótesis que tentó al mismísimo Orígenes. Como sea, la disolución del alma en Dios es una mors mystica, una aniquilación del yo que los sufíes llaman Faná. Así lo expresó el místico persa Hafiz Shirazi (1325-1389) cuando escribió:

Os digo: no cejaré hasta alcanzar mi deseo;

que se una mi alma al Alma de mi alma, o el alma deje a mi cuerpo.

Abre mi tumba y observa, cuando haya muerto,

cómo humea mi sudario por el fuego que yo albergo.

Entre los cristianos europeos encontramos un misticismo similar. En su famosa obra Imitación de Cristo, Thomas de Kempis llegará a aconsejar: “debes estar persuadido de que tu vida debe ser un continuo morir. Y cuanto más muere uno a sí mismo, tanto más comienza a vivir para Dios”. ¿Qué es morir? Es liberar al alma inteligible de su grillete material, tanto como de la sujeción a las fluctuaciones erráticas del alma concupiscible. La muerte es un trampolín de ascenso que permite remontar las nueve esferas celestiales hasta la sublime región del Empíreo. En las religiones mistéricas del mundo antiguo se actuaba una muerte simbólica y una resurrección espiritual que hemos heredado en el rito de elevación al grado de Maestro Masón. Las sendas iniciáticas no son por tanto ajenas a esta necesidad de morir para resucitar espiritualmente. El arquetipo del gran dios Osiris nos ilustra perfectamente este hecho. Con el tiempo, el mito de una deidad que muere y resucita se convertirá en el molde narrativo fundamental para transmitir a los iniciados el secreto del alma y su destino final. Es así como en Egipto se distinguía entre el Ka, una especie de alma vital o doble sutil del cuerpo físico, que correspondería a nuestra alma concupiscible; el Bah, un alma trascendente y sometida al juicio post mortem, que correspondería a nuestra alma irascible; y un Akh o alma espiritual, la chispa divina que otorgaba inmortalidad y hermanaba al hombre con los dioses.

En la tradición platónica estas tres almas poseen cada una su respectiva virtud, que resultaba imprescindible para el proceso de purificación y ascenso a través de los cielos. Así, el alma concupiscible requiere de la templanza para moderar sus apetitos y someterse al imperio de la razón; el alma irascible necesita de la fortaleza para conducir su dinamismo hacia la perfecta comisión del bien; el alma inteligible exige prudencia para el ejercicio del pensamiento más elevado y la búsqueda de la verdad. La existencia de tres almas nos pone de manifiesto el juego de tensiones que explican la complejidad humana. Propio del filósofo, en el sentido platónico, es el esfuerzo por elevarlas hacia el Bien Supremo. Plotino irá un paso más allá, hacia el salto místico de la henosis, esa perfecta disolución de la identidad en la esencia indiferenciada de lo Uno.

Digamos un poco más sobre las tres almas. La porción concupiscible corresponde al mundo de las acciones, ligada como está al cuerpo físico y sus apetitos. Los actos guiados por la irracionalidad y las pasiones bestiales conducen a la deformación de la energía del Ka. El dominio de las acciones, por el contrario, eleva al alma inferior y le permite una suerte de sublimación. El alma irascible, por su parte, corresponde al reino de la palabra, cuyo poder es bien conocido en el ámbito de la magia. La maledicencia y la habladuría afectan negativamente al Bah. La palabra justa y la enunciación de la verdad generan lo opuesto. El alma inteligible pertenece al campo del pensamiento, esa actividad íntimamente sutil pero no por ello menos efectiva. Consentir en pensamientos destructivos de todo tipo ensombrece la luz que irradia el Akh. El pensamiento constructivo y benigno hace posible la extensión de su poder para devolvernos a la fuente divina, por afinidad con la Idea Suprema del Bien.

El microcosmos es un juego de espejos, un reflejo perfecto de las regiones superiores en el pequeño espacio de la organización vital que llamamos ser humano. Surge aquí la pregunta por el resto de los seres animados, recordando que esta palabra designa precisamente a los seres dotados de alma. Hay desde luego alma en el animal, desde el momento en que se trata de un ser vivo, dotado de movimiento, instinto y afecto, susceptible de alegrías y tristezas, de placer y de dolor. Es sólo la parte racional del alma la que se encuentra adormecida, aunque presta a despertar en virtud de la metempsicosis y del estrecho contacto con el género humano en la domesticación. Como sea, es evidente que una inteligencia colectiva dirige los destinos de cada especie animal. “En los animales irracionales la inteligencia es la Naturaleza”, dice Hermes Trismegisto. Por extensión, en las plantas hay un alma vegetativa de carácter colectivo, un espíritu vital que las anima y las mueve hacia la luz solar. En los metales y minerales encontramos esa misma alma primitiva, pero profunda y completamente dormida, presente sólo en un estado latente o potencial. Enseñaba Pitágoras que todo el universo es un gran animal dotado de alma e inteligencia. Plotino dirá que todo está lleno de alma, aunque no esté presente con las mismas cualidades en cada parte del todo.

A esta altura de la discusión podemos atisbar que el alma posee un destino último: tras un estrepitoso descenso va despertando de la total inconsciencia a medida que circula por los diversos grados de la extensa cadena del ser. Vemos en el microcosmos una estructura de tres almas encarnadas en un soporte físico que faculta la toma de contacto con las dimensiones espacio-temporales del existir, una experiencia condicionada que resulta fundamental tras la caída. Al respecto, el Tratado X del Corpus Hermeticum es bastante ilustrativo:

Del Alma una del Todo salieron todas las almas que ruedan desparramadas por todo el mundo. Pues bien, estas mismas almas pasan por muchas transformaciones, unas para mejor, otras para peor. Porque las de reptiles se transforman en animales acuáticos, las acuáticas en terrestres, las terrestres en aves, las aéreas en hombres, y las de los hombres finalmente gozan del principio de inmortalidad de transformarse en genios y entrar después en el coro de los dioses. Porque hay dos coros de dioses, los errantes y los fijos. ¡Tal es la gloria y el honor perfectísimo del alma!

Este conocimiento del alma sirve como un mapa; allí reside su verdadera utilidad. Entender la dinámica de sus operaciones nos permite emplear la razón y la voluntad para efectuar en vida eso que Cornelius Agrippa llama “dignificación”, esto es, el retorno del hombre a su condición divina original. De otra manera, la chispa divina se pierde en la oscuridad de la materia, llevando una existencia miserable, propia de la condición bestial. Triste es quien, viéndose arrastrado por las migajas que ofrece la ilusión de este mundo transitorio, desdeña el reclamo del trono real que por linaje sanguíneo le pertenece. Vuelve a hablar el Tres Veces Grande: “Las sensaciones de estos hombres son semejantes a las de los animales irracionales, y como su temperamento es pasión y cólera, son incapaces de admirar las cosas dignas de ver. Antes se dedican a los placeres y a los apetitos corporales, y piensan que para eso han nacido los hombres” (Corpus Hermeticum, Tratado IV).

Sirva esta breve exposición para intentar recobrar el alma, en una cultura materialista que nos seduce con toda clase de espejismos, alejándonos del Ser que nos corresponde por humana naturaleza. Esta enseñanza tradicional cree en la bondad del ser humano, en su condición luminosa esencial y en el final majestuoso que le espera a los que se esfuerzan por recordar de dónde vienen y hacia dónde van. Parafraseando a James Hillman, necesitamos un mundo con más alma, porque como decíamos al comienzo, el alma es lo real en el hombre. 

 

Twitter del autor: @cubicado

Facebook: La prisca sapientia