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La belleza de la traducción poética radica en que permite un atisbo de algo que siempre nos será ajeno: el idioma que no es el nuestro. La Editorial MaNgOs de HaChA celebra su 5o aniversario con cinco libros que son testimonio luminoso de la labor de traducción

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Pasión y casualidad pero también trabajo de carpintería, albañilería, relojería, jardinería, electricidad, plomería –en una palabra: industria verbal. La traducción poética exige el empleo de recursos análogos a los de la creación, sólo que en dirección distinta.

Octavio Paz, Versiones y diversiones

 

De todos los límites franqueables en el universo del lenguaje, la poesía es quizá uno de los más aventurados. Para algunos, en efecto, la traducción de la poesía es una tarea imposible, una lucha destinada a perderse desde el primer momento: un poema nunca puede ser del todo traducido. Pero existe gente que pasa la vida intentándolo.

Traducir un poema es, en muchos sentidos, volverlo a escribir, hacer uno nuevo; no solamente se trata de trasladar su significado de un idioma a otro, se trata de volver a hacerlo conservando, o más bien reinventando, elementos esenciales de la lírica: su forma, su ritmo y su sonoridad. Así la traducción brillante de un mal poema puede ciertamente resultar en una buena pieza lírica y, por supuesto, viceversa. Finalmente, el traductor de poesía, el buen traductor de poesía, es también un poeta.

Ningún poema significa una sola cosa, existe solamente en la sensibilidad y la subjetividad de cada persona que lo lee. Existen tantas versiones de un solo poema como lectores, y este es otro de los retos que enfrenta el traductor de poesía: tomar decisiones unas veces más otras veces menos radicales sobre el significado de un poema, sobre lo que quien lo escribió “quiso decir”. En este sentido, el traductor de poesía es también un gran valiente.

Algunos notables ejemplos de poetas-traductores son: Ezra Pound, que hizo traducciones al inglés del poeta chino Li Po, de Confucio, de un buen número de poetas latinos y de algunos poemas anglosajones, entre muchos otros; Octavio Paz, que tradujo a Apollinaire, al gran Gerard de Nerval, a Pessoa y a Mallarmé; Ted Hughes, que tradujo a Ovidio y a Esquilo; y Seamus Heaney, que hizo una bella traducción del poema épico anglosajón Beowulf.

En México existe una editorial joven, MaNgOs de HaChA, que dedica una gran parte de sus ediciones a la traducción de poetas innovadores o poco traducidos al español. Este 2015 la editorial cumple 5 años y festeja con la presentación de cinco libros, de los cuales tres son ediciones bilingües de poesía. Esta clase de proyectos enriquecen el mundo editorial de un país y ponen a disposición de un público amplio poesía que de otra manera sería muy difícil conocer.

 

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El 5o aniversario de la editorial MaNgOs de HaChA, presentación y coctel, se celebrará el miércoles 11 de noviembre a las 19:00hrs en el Cine Tonalá (Calle Tonalá #261, colonia Roma Sur).

Los libros que se presentarán en el aniversario de MaNgOs de HaChA son:

La crisis de los medios de Peter Watkins, ensayo del cineasta inglés sobre los medios de comunicación en la actualidad, será presentado por Eduardo Milán.

Descripción de Arkadii Dragomoshchenko, una antología bilingüe de la obra de uno de los más importantes poetas contemporáneos rusos, será presentado por Rodrigo Flores.

Trece entrevistas a cineastas contemporáneos + 8 de Tatiana Lipkes, colección de entrevistas a realizadores cinematográficos contemporáneos, será presentado por Ricardo Pohlenz.

Poemas de Maximus IV, V, VI de Charles Olson, edición bilingüe del volumen de poesía de uno de los poetas más importantes de la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos, será presentado por Jorge Solís.

Renacimiento de la poesía inglesa. Antología poética, autores varios, una antología de la escuela poética inglesa conocida como el British Poetry Revival, será presentado por Julio Trujillo.

 

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Cuando los caleidoscopios eran tan cautivadores como los iPhones

Arte

Por: pijamasurf - 11/03/2015

Hubo un momento hace 2 siglos cuando los caleidoscopios enajenaron y deslumbraron al mundo, casi como los teléfonos móviles en la actualidad

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Atlas Obscura, el genial sitio de lugares y cosas raras, tiene un encantador artículo sobre la fiebre de los caleidoscopios en Inglaterra circa 1816, a la cual compara con la obsesión por los iPhones u otros smartphones que nos absorbe actualmente. Hoy en día uno camina por las calles de la mayor parte de las ciudades del mundo y ve a un buen porcentaje de las personas mirando las pantallas de sus teléfonos móviles en un embeleso (o aturdimiento) que le parecería seguramente muy extraño a una sociedad como la georgiana o incluso a una civilización extraterrestre no tan inmersa en el mundo de los gadgets.

Según Atlas Obscura, en ese entonces había un encandilamiento tal por los caleidoscopios que incluso representaban una fuente de ingresos para la gente pobre, que podía ganar dinero vendiendo un rápido vistazo a través de estos cilindros de espejos.

Según el académico Erkki Huhtamo, en aquella época también hubo cierta alarma por el efecto de distracción y ensimismamiento que producían estos curiosos aparatos. "Los 'caleidoscopiomaníacos' están tan hipnotizados por estas visiones que ven dentro del tubo de imágenes que ni siquiera notan que otros hombres están cortejando a sus acompañantes detrás de sus espaldas". ¿Como podría comparase esto con las hordas de personas que acampan o pasan horas haciendo filas para ser los primeros en obtener el tan deseado nuevo iPhone?

  

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Vale la pena hacer la distinción que los primeros caleidoscopios no eran juguetes desechables para niños; tenían una cuidada manufactura y estaban hechos de materiales valiosos. Antes de pasar a ser una atracción infantil rápidamente sustituida, los caleidoscopios fueron utilizados como una herramienta científica para visualizar grandes cantidades de números.

 

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Las comparaciones son odiosas, pero el purista en nosotros tiene nostalgia de esa época, que hoy nos parecería simplista, en la que la gente caminaba por las calles mirando la realidad a través de un cristal de colores que simulaba una reproducción fractal o infinita. Una hermosa distorsión. Y es que la palabra caleidoscopio significa algo así como "mirar formas bellas" (kalos: bello; eidos: forma; skopeo: ver) y lo caleidoscópico, entonces, es lo que tiene la propiedad de hacernos ver la belleza en las formas, o el acto de ver formas bellas. Este mismo espíritu conservador o nostálgico nos diría que el pasado fue mejor (siempre los tiempos pasados tienen un lugar consentido en la memoria). Porque, aunque simplista y algo que fácilmente aburre en comparación con nuestros aparatos modernos, en la fiebre de los caleidoscopios --esa alucinación breve-- se nota una preferencia estética ante la realidad: la belleza como preeminencia. ¿Qué sería de nuestra tecnología si estuviera siempre al servicio de la belleza y no de la utilidad? Un mundo visto a través de las alas de una mariposa.