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Neurocientífico español da un nuevo sentido a la idea de que el mundo es una ilusión

Por: pijamasurf - 06/06/2015

Ignacio Morgado, catedrático en el Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona, acaba de publicar una obra en la que examina cómo nuestro cerebro crea para nosotros la ilusión de la realidad

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Que el mundo es una ilusión es una idea antigua. En un conocido pasaje de El mundo como voluntad y representación, Schopenhauer habla de esto apoyándose en los Vedas y los Puranas, dos textos sagrados redactados hace más de 3 mil años; el filósofo también cita a Platón, a Píndaro (“El hombre es el sueño de una sombra”) y a Shakespeare (“We are such stuff as dreams are made of”), y él mismo afirma que “La vida y el sueño son hojas de uno y el mismo libro”.

Curiosamente, la antigüedad no ha desgastado esa hipótesis, y cada tanto surgen personas que la reivindican, a veces desde el ámbito especulativo (filosófico, artístico) y otras desde campos más fehacientes, como es el caso del psicobiólogo español Ignacio Morgado, quien en una publicación reciente asegura que “el mundo es una ilusión creada por el cerebro”.

Morgado es catedrático de la especialidad mencionada en el Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona. Su libro más reciente lleva por título La fábrica de las ilusiones, en alusión clara a ese gran intermediario entre el mundo y la percepción que tenemos del mundo: el cerebro. En una época en que la estimulación transcraneal puede hacer sentir a una persona algo que en realidad no existe, la pregunta lógica y quizá hasta obligada parece ser qué tanto nuestro cerebro nos engaña al aprehender el mundo real, qué tanto podríamos creer cierto algo que no existe más allá de nuestros procesos neuronales. A este respecto, Morgado nos dice:

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llamo ilusión a todo lo que hay en la mente y no tiene un correlato con la realidad. Por ejemplo, el tacto es una ilusión muy práctica. Lo notamos en la mano y nos permite alargarla para coger objetos. Sin embargo es el cerebro el que siente. Lo sabemos porque hay personas que con un brazo amputado siguen notando el tacto en la mano que ya no tienen. No sabemos cómo hace el cerebro para que tengamos la ilusión de sentir el tacto en cualquier zona de nuestro cuerpo. Esa es una de las muchas ilusiones que produce el cerebro. Por eso explico que las ilusiones del cerebro son prácticas, que funcionan y nos permiten sobrevivir, conseguir propósitos. Casi todo el cerebro funciona a partir de “ilusiones prácticas”.

Este enfoque, sin embargo, difiere del que hemos referido por esa cualidad “práctica” que el investigador señala, como si ahí se encontrara la realidad del mundo. No se trata solo de aventurar una posibilidad casi metafísica, sino de atribuirle un valor útil dejando de lado el debate sobre la realidad del mundo.

Por eso, cuando Morgado dice: “nada de lo que hay aquí está realmente fuera, todo son ilusiones que crea nuestro cerebro”, el sentido que da a “ilusión” está en cierta forma alejado de la imaginación, de lo inexistente. Puede ser, como sostuvo el poeta, que "la vida es sueño", pero desde el punto de vista científico de Morgado esa cualidad no importa tanto, en la medida en que nuestro cerebro nos hace experimentarla como real.

En la misma entrevista el investigador también toca otros temas como el comportamiento violento, que la neurociencia explica como una alteración funcional; el enamoramiento, que igualmente puede entenderse como una reacción química en la que el “te querré toda la vida y no podré pensar en nadie más que en ti” puede tomarse como nuestros niveles de serotonina hablando por la boca; o cómo al dormir damos a nuestro cerebro la oportunidad de “reestructurar la información que recibimos durante el día”:

Durante la vigilia, cuando estamos despiertos, no podemos analizar mucha información a la vez, porque nuestra capacidad es limitada. Pero el sueño de forma automática repasa información y recluta los elementos regulares. Una de las maravillas del sueño consiste precisamente en encontrar esas reglas.

Más adelante, sobre la relación entre dormir y ser creativos o intuitivos:

Gran parte de la creatividad e intuición viene del sueño. Como el caso de Mendeléiev y su tabla periódica. El científico llevaba muchos días dando vueltas a cómo ordenar los elementos y lo vio en el sueño. Pero llevaba años con el tema en la cabeza y el cerebro seguía procesándolo mientras dormía. Pero no me gusta que esto dé pie a pensar que es algo mágico. Es pura ciencia, aunque no podamos explicarlo.

Por último, una imagen que expresa por qué incluso la ciencia no se resiste fácilmente al carácter fantástico de los sueños:

El tema de los sueños, salvo Freud que lo trató de forma extracientífica, cuesta mucho explicarlo. Ocurren porque el cerebro está funcionando con la corteza prefrontal, el director de orquesta del cerebro, desactivada. Y es como si la orquesta tocara sin director ni partitura.

Y otra que da cuenta de qué le sucederá a nuestro cerebro, incluso cuidándolo como es debido:

Las conexiones entre neuronas, el hipocampo se encoge. Las neuronas son como árboles, y con la edad empiezan a perder ramas, el lugar donde se forman las conexiones.

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El espanto como asombro en "Mar negro", de Bernardo Esquinca

Por: Rober Díaz - 06/06/2015

"Antes de que los ruidos cesaran Laurinda pudo ver una masa de gusanos arrastrándose por debajo de la puerta"

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La literatura de misterio o de terror (de espantos), tal vez se halle encriptada en un código fundacional y ya forme parte de la literatura nacional (Pedro Páramo). Inconfesamente la literatura fantástica de Rulfo ronda en su origen, más que la fantasía misma: el misterio, evocado por variopintas leyendas que de viva voz se cuentan entre pueblo y pueblo en México. Ese relato oral supersticioso pervive en el interior de la República y es insospechadamente popular; a tal grado que los escritores contemporáneos simplemente lo dan por sentado como un folclor más. Puede decirse incluso que el misterio implícito en los escritos de Juan Rulfo petrificaron las intenciones de cualquier vanguardia por emularlos, pues de cierta manera, en ese momento parecía que todo estaba dicho; la verdad es que la veta nunca se agotó, solo el monstruo (metafóricamente hablando) de Rulfo, que no ha dejado de estar presente, alejó a los nuevos exploradores o los desvió de su ruta.

Con Bernardo Esquinca (Guadalajara, 1972) esa tradición (la de la hoy llamada weird fiction, que no es otra cosa que la “ficción de lo extraño”), nunca cerrada, pero poco explorada actualmente como estilo, regresa de una forma más que novedosa, precisa, y más que deslumbrante, convincente, por la sobriedad con la que la trama de esta serie de cuentos, Mar negro, está fraguada.

Estos relatos podrían ser perfectamente cuentos; unos que sufren por tener más cualidades dentro de lo que los cánones sostienen deberían tener, a diferencia de los relatos; pero no serían propiamente cuentos, porque conservan una rara hibridez endilgada al relato contemporáneo (supuestamente); Esquinca mantiene su narrativa dentro de un marco tradicional en el que el cuento, como estructura y como medida, se ve rebasado por algunas particularidades del relato; o sea, el limbo en el que Bernardo Esquinca se mueve tan placenteramente, no está cooptado por esas limitaciones; por eso sus historias resultan tan atrayentes; Mar negro no es el resultado de una búsqueda de misterio, sino una demostración de que el misterio, como recurso literario, tiene múltiples posibilidades.

La literatura de Bernardo Esquinca refleja el nivel de horror que impera en nuestro país, más allá de las convenciones de la narcoescritura; la violencia del crimen no resuelto, el misterio provocado por los limbos en los que sus personajes se mueven casi fantasmalmente, “por debajo del agua” o incluso caminando sobre ella. ¿Pues qué es un fantasma: acaso no es un muerto que no recibió justicia? ¿Acaso los muertos no corren por doquier clamando justicia en México, como todas las sombras huérfanas de Pedro Páramo?

Esquinca emula a Rulfo pero también lo evita, confrontando sus posibilidades, para permitirnos pensar que nada está dicho.

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Esquinca estudió en colegios agustinos. Es paranoico y le gusta la nota roja. Cita a Ernesto Sábato: “Mientras en el inicio de un periódico lo que encontramos son las mentiras de los políticos, la nota roja nos dice la verdad”; también acepta cabalmente sus miedos y escribe sobre/a partir de ellos; vive en el centro de la ciudad, escenario de varios de sus relatos. Ha declarado que las librerías de viejo se parecen al azar mismo, porque ahí hay libros fantasmas, no solo novedades, y defiende el principio del derecho al terror a lo oculto. “Hoy más que nunca la imaginación está en riesgo”–dice el escritor. También asegura ser seguidor de Stephen King y como al género negro, ha sido menospreciado. “El género de los asesinos seriales en México es casi inexistente pero por otro lado, hay una gran tradición oral en la que las almas en pena juegan un papel preponderante”.

Esquinca sabe meterse sin complicaciones en terrenos donde la ciencia ficción, el misterio, las tramas policíacas y las leyendas históricas se revuelven con mitos urbanos y personajes ya repasados, como vampiros, zombies, muñecas malditas o astronautas que hablan desde la soledad del espacio. Las nuevas tramas con sabor a viejo y también a decadencia y polución juegan en un mismo plano, sin complicarse o yuxtaponerse.

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Difícil es que la literatura de Esquinca llegue a cambiar tu vida, pero seguro que la visión poco optimista y menospreciante sobre la literatura de misterio, esa sí que puede modificarse al leerlo; su fuerza es la imaginación, no la fantasía. Antes que un espacio para el terror, su escritura es una oportunidad para atender las formas de contar algo que al final muchas veces resulta una de las prioridades del que escribe: contar lo mismo pero de otra manera.

 

Twitter del autor: @betistofeles

 

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Mar negro, de Bernardo Esquinca

Almadía, 2014

Mar negro en ISSUU, cortesía de Almadía