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El "Katha Upanishad" narra la fascinante iniciación del joven Nachiketa en los misterios de la muerte

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        If the red slayer think he slays,
       Or if the slain think he is slain,
  They know not well the subtle ways
      I keep, and pass, and turn again.
 
   "Brahma", Ralph Waldo Emerson
 

En la segunda parte de este acercamiento a las enseñanzas de los Upanishads, los antiguos textos cuyo conocimiento, según legaron los antiguos filósofos de la India, lleva a la destrucción de la ignorancia y conduce hacia el Brahman, estudiaremos el Katha Upanishad, uno de los más conocidos entre estos textos revelados.  

El Katha Upanishad narra la historia de la visita de Nachiketa a la morada de la muerte. Nachiketa, pese a ser solo un adolescente advierte que el sacrificio que ofrece su padre a los brahmanes es parco, ya que  piensa ofrecer vacas que ya han visto sus mejores días. El joven exaltado por una profunda fe (Shraddha) se anticipa al sacrificio, consciente de que la tradición dicta que hay que estar dispuesto a dar todo lo que se tiene --justamente para vivir en consonancia con lo sagrado-- y le dice a su padre: "¿A quién me darás?", así dos y hasta tres veces, asegurándose de que el sacrificio sea digno. Su padre, Vajasravas, finalmente le responde que le dará a la Muerte, a Yama.

Nachiketa se marcha a la morada de Yama, no sin antes recordarle a su padre que: "El mortal madura, como el grano; y como el grano muere y nace otra vez", mostrando así que más importante que una vida en el campo infinito de la existencia es el recto proceder.
En la casa de la muerte Nachiketa espera 3 días a Yama que se halla ausente. Estos 3 días son un símbolo del valor del joven brahman, que logra permanecer impávido, sin recibir alimento en este sitio donde ningún mortal mantiene su integridad. Sobre esto dice Paul Deussen en su estudio clásico La filosofía de los Upanishads

La misma explicación debe ser dada para esta saliente característica que aparece un y otra vez en los Upanishads, que un maestro se niega a impartir instrucción a un pupilo que se le acerca hasta que por su persistencia en su tarea haya probado su valor. El mejor ejemplo de esto es Nachiketa... a quien el dios de la muerte le otorga la instrucción deseada sobre la naturaleza del alma y su destino una vez que ha rechazado consistentemente todos los intentos por desviarlo de su deseo.

Como vimos anteriormente uno de los significados de la palabra "Upanishads" es "sentarse cerca a oír el secreto del maestro". En este caso es la muerte la que enseña, a la cual hay que acercarse y con la cual es necesario congraciarse. Ya que Nachiketa logró esperar 3 noches, Yama le concede tres deseos. El primer deseo de Nachiketa es que, una vez que sea liberado por Yama, encuentre bien a su padre y que este lo reciba con un sentimiento favorable. En esto Nachiketa muestra la ausencia de egoísmo y su respeto por la tradición brahmánica, una piedad para con el padre que es un símbolo de su adherencia a la ley del cielo. El segundo deseo es conocer el secreto "del fuego que conduce al cielo". Para los filósofos de los Upanishads, el fuego es el elemento más estimado, ya que es el más cercano a lo puramente espiritual y, como dice Yama, "es el comienzo de este mundo". Yama entonces le enseña a Nachiketa a preparar el sacrificio del fuego e incluso acuña su nombre para este ritual.

La esencia de este memorable episodio se revela con el tercer deseo de Nachiketa. El joven iluminado por el más puro deseo de conocimiento pide a Yama que le revele el secreto que solo él conoce, el conocimiento sobre el cual incluso "los dioses dudan", esto es: ¿qué ocurre en la gran transición?, ¿qué sucede después de morir?, ¿existe realmente la muerte? Yama intenta desmotivar a Nachiketa sobre este asunto, que guarda celosamente. Le ofrece, en cambio, hacerlo príncipe del mundo y brindarle todos los placeres: "mujeres deliciosas con carros e instrumentos musicales". Pero el joven muestra una madurez inusitada: "Las cosas de los mortales son efímeras, oh Antakr, y agotan el brillo de los sentidos. Incluso el calor de todos los sentidos se agota. Incluso una vida entera es deleznable. ¿Carros? ¿Danzas y canciones?". Nachiketa prueba que su atención yace fija en lo que no está sujeto al cambio y a la descomposición, no sucumbe ante la tentación de la gloria mundana, que es apenas un destello insignificante, sabe que "la riqueza es perecedera, puesto que lo que es eterno no se logra mediante cosas impermanentes". Así se gana la privanza de Yama e inicia su instrucción.

Lo que la muerte le dijo a Nachiketa

Yama inicia a Nachiketa en los misterios del alma primero felicitándolo por haber rechazado el placer, puesto que esto ata al hombre al mundo material; buscar el placer es caminar "sobre la amplia red de la muerte". Posteriormente lo instruye sobre aquello que es imperecedero. Esto es el Om, la vibración eterna que rezuma en el espacio dando a luz al mundo en perpetuidad. "Esta sílaba es el Brahman; esta sílaba es lo supremo. Quien conoce esta sílaba obtiene lo que desea". Yama añade que el Om es el soporte del universo, el patrón sobre el cual se erigen todas las cosas. La Muerte entonces le revela el secreto de la inmortalidad del alma (atman), diciendo:

Lo sabio (el atman), no nace ni muere; no ha venido de ningún lugar, no ha devenido nadie. Es no-nacido, eterno, constante, antiguo. No muere cuando muere el cuerpo.

Si el que mata cree matar y el que es matado se piensa muerto, ninguno de los dos entiende. Ni este mata ni aquél muere,

Más pequeño que lo pequeño, más grande que lo grande es el atman ubicado en lo más oculto del hombre. Quien, libre de deseo, ve por gracia del creador la grandeza del atman queda libre de penas.

screen-shot-2012-06-02-at-8-12-01-pmEstos versos serán repetidos a lo largo de la historia por numerosos filósofos y poetas, de tal forma que, hablando de la inmortalidad, son inmortales a su manera. Son, por supuesto, la inspiración del poema de Emerson, "Brahma", y la misma imagen también aparece en el Bhagavad Gita, entre otros textos. El ser es inmortal, la muerte es solo la ilusión que nace de la identificación transitoria con el aspecto material. El ser se libera al ver en su propia alma a la divinidad suprema: en el atman (alma), el brahman. Para poder percibir esta divinidad inherente, una persona debe primero practicar la virtud, aquietar la mente y concentrarse en lo eterno. De alguna manera vemos aquí en acción la máxima délfica de "conócete a ti mismo", conocerse a sí mismo es ver más allá de la mente y descubrir el alma. Conocer el alma es abrir la puerta a Dios. En esto encontramos un rasgo de la philosophia perennis, como dice el académico Algis Uzdavinys, "el objetivo de la filosofía para Platón era ver a Dios" y también "entrenarse para la muerte", en esto hay una coincidencia significativa que, junto con muchas otras similitudes, nos hace pensar que la filosofía no es exclusiva de Grecia, sino que es un mismo cauce de conocimiento que fluye desde aguas inmemoriales. (En el Katha Upanishad también encontramos una metáfora similar a la que utiliza Platón en el Fedro para describir el alma, que se conoce como "la alegoría del carro alado". Dice Yama: "Debes saber que el atman es quien viaja en el carro y el cuerpo es el carro, el entendimiento (buddhi) el auriga y la mente (manas) las riendas".

Sigamos con la exposición que hace Yama de la teoría de la visión del atman:

Más allá de los sentidos están los objetos; más allá de los objetos está la mente. Más allá de la mente está el entendimiento; más allá del entendimiento está el atman [...]

El atman oculto en todos los seres no se manifiesta, pero es visto por los de vista sutil con su sutil inteligencia.

De lo anterior podemos deducir, entonces, que la inmortalidad es una cuestión de percepción, de agudeza, de ser capaces de abrir el ojo del alma (el entendimiento que es la facultad cognitiva específica del alma). Yama incluso le concede un secreto de alquimia interna, quizás una técnica para separar el alma del cuerpo, lo puro de lo impuro, lo eterno de lo perecedero; a la vez, el yoga del atman con el brahman. Cuando le dice:

Cuando todos los nudos del corazón son cortados aquí [en la Tierra], entonces el mortal se hace inmortal [...] Hay 101 canales [nadi]; uno de ellos atraviesa la cabeza. Yendo hacia arriba a través de él uno va hacia la inmortalidad [el canal susumna]. Los otros son para ir en varias direcciones. Del tamaño del pulgar es purusa [el ser infinito], el atman interior, siempre sentado en el corazón de los hombres. Uno debería separarlo de su propio cuerpo con firmeza como se separa del tallo de la hierba munja. Uno debería conocerlo como puro e inmortal.

Screen shot 2015-06-29 at 4.57.42 PMEl Katha Upanishad termina diciendo que tras recibir esta instrucción, practicando el yoga (la unión) y habiendo conocido el atman, Nachiketa logró escapar al ciclo de la muerte y obtuvo el Brahman. La Muerte le enseñó a no morir. 

Para terminar este comentario, quiero hacer una pequeña digresión, a lo que considero es una de las claves de este sistema filosófico que podemos cotejar con la función fundamental de la filosofía platónica, expresada por Sócrates como el arte de volver a crecer las alas del alma, lo que es en este caso el conocimiento del atman y por lo tanto su liberación de lo impermanente, su ascenso hacia la inmortalidad. La doctrina de Yama tiene como fundamento la identidad entre el brahman y el atman, algo que vimos en la introducción a esta serie de los Upanishads. Se le dice a Nachiketa: "Lo que está aquí también está allí; lo que está allí también está aquí. Muerte tras muerte obtiene quien ve diferencia en ello". Yama explica aquí que la muerte ocurre solamente mientras se percibe la diferencia entre el alma y dios, entre el ser y el universo, entre lo múltiple y lo uno. Puesto que en realidad todo el universo es Brahman. Es esto un principio de percepción no dual, lo indiferenciado o avyakta, lo que el físico John Wheeler ha llamado "intersubjetividad", y podemos también designar como "omnijetividad", una propiedad de un "universo participante": una íntima disolución entre sujeto y  objeto. 

La traducción que hemos venido utilizando para el Katha Upanishad es de Daniel de Palma (Upanisads, Siruela, 2011). Para terminar quiero referirme a la traducción usada por el poeta Ralph Waldo Emerson en su ensayo sobre la inmortalidad. Yama dice:

El alma no nace; no muere; no fue generada por alguien. Ni tampoco fue producida de ello. Innata, eterna, no muere aunque se mate al cuerpo; más sutil que lo que es sutil, más grande que lo que es grande, sentándose viaja lejos, durmiendo recorre todo el mundo. Pensando el alma como incorpórea entre los cuerpos, firme entre las cosas pasajeras, el hombre sabio elimina el sufrimiento. El alma no puede obtenerse por el entendimiento, ni por la múltiple ciencia. Puede obtenerse por el alma por la cual es deseada. Ella revela sus propias verdades.

La gracia y el misterio de este Upanishad se resumen en esta idea: la inmortalidad, que es igual al conocimiento del alma, se obtiene como una bendición o un regalo del Brahman, pero ese Brahman, esa divinidad, es uno mismo, es el alma. El alma se elige a sí misma para revelarse. Un concepto similar se encuentra en Ibn Arabi, el místico iraní, y su noción de la "oración teofánica". Como explica Henry Corbin, el gran traductor y divulgador del misticismo islámico, al rezar el místico crea una imagen de dios y produce a dios en su interior, sirviéndose de lo que Corbin llama la imaginación creativa. Y, sin embargo, esto mismo puede entenderse como que dios se revela a sí mismo en la oración, que dios tiene una visión de sí mismo. El alma puede "crear" a dios imaginándolo porque ella misma es dios, es decir, su visión no es una fantasía, es una teofanía inmanente, una revelación del ser. El Katha Upanishad nos dice que tan solo la fuerza de esta visión, que significa, al ser no dual, hacerse uno con lo que se ve, es suficiente para obtener la inmortalidad.  

 

Twitter del autor: @alepholo

Primera parte: El que se conoce a sí mismo conoce el ser del universo

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Una reflexión a partir de un comentario realizado por el filósofo Giorgio Agamben

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La crisis de la deuda griega ha puesto en tela de juicio la visión política de Occidente, la cual se ha apropiado de las ideas de libertad y democracia para aceitar su maquinara económica. Pareciera en ocasiones que la democracia solamente es la fachada ideológica más efectiva para expandirse y colonizar el mundo y disfrazar el imperialismo económico capitalista que es el verdadero sistema operativo. Por esto, algunos intelectuales han visto un acto altamente significativo en que Grecia haya rechazado el modelo de la Unión Europea, acaso como si la cuna de la verdadera democracia no se dejara engañar por la hipocresía y la faramalla democrática.

Para entender la situación global resulta apropiado recurrir a algunas ideas manejadas por el filósofo italiano Giorgo Agamben en una entrevista que, si bien es de 2012, es especialmente relevante en este momento. Dice Agamben: “El nuevo orden del poder mundial se funda sobre un modelo de gobernabilidad que se define como democrático, pero que nada tiene que ver con lo que este término significaba en Atenas... Es más simple manipular a la opinión de las personas a través de los medios y de la televisión que tener que imponer en cada oportunidad las propias decisiones con la violencia". Por eso la esperanza, aunque remota, de que Grecia --o el contagio de su ejemplo-- pueda volver a encender un fuego de lo que actualmente es poco más que cenizas, decadencia moral, artística y espiritual disfrazada de prosperidad material y progreso tecnológico. El problema es que, como señala Agamben, una de las cosas que ha hecho el capitalismo, al remover los paisajes y construir sobre ellos ciudades y centros comerciales, es remover también el pasado europeo y los ciudadanos de Europa han perdido el vínculo con su tradición. Esperemos que Grecia esté de alguna manera recobrando su pasado y su identidad, que es a su vez la gran semilla cultural de la cultura dominante en la actualidad planetaria. Dice Agamben: 

El pasado no es, pues, apenas un patrimonio de bienes y de tradiciones, de memorias y de saberes, sino también y sobre todo un componente antropológico esencial del hombre europeo, que solo puede tener acceso al presente mirando, de cada vez, a lo que él fue. De ahí nace la relación especial que los países europeos (Italia, o mejor, Sicilia, sobre este punto de vista es ejemplar) tienen en relación a sus ciudades, a sus obras de arte, a su paisaje: no se trata de conservar bienes más o menos preciosos, mientras sean exteriores y disponibles; se trata, eso si, de la propia realidad de Europa, de su indisponible supervivencia. En este sentido, al destruir, con el cemento, con las autopistas y la alta velocidad, al paisaje italiano, los especuladores no nos privan apenas de un bien, sino que destruyen nuestra propia identidad. La propia expresión “bienes culturales” es engañosa, pues sugiere que se trata de bienes entre otros bienes, que pueden ser disfrutados económicamente y tal vez vendidos, como si fuese posible liquidar y poner en venta la propia identidad.

Despojados de la identidad histórica, los ciudadanos solo pueden mirar hacia adelante y conformarse con el futuro que se les ofrece, aceptando los nuevos valores como verdades sin mucha reflexión, puesto que carecen de un cauce comparativo, de un modelo alternativo que no esté en estado letárgico que pueda hacerlos dudar de la realidad homogeneizante. Este principio aglutinante, homogeneizante, regulador de las conciencias y sometedor de los individuos en un mismo paradigma y en un mismo deseo, que antes era la Iglesia, hoy es el dinero. Al igual que la doctrina eclesiástica mantenía a los fieles en un estado intermedio, purgando penas, en una especie de limbo de inseguridad, en el que era necesario confiar en el mandato providencial, la política financiera actual de manera similar coloca a los ciudadanos en un estado de inseguridad permanente, en una carencia vulnerable, y en un desasosiego aspiracional que los hace más explotables.

"Crisis” y “economía” actualmente no son usadas como conceptos, sino como palabras de orden, que sirven para imponer y para hacer que se acepten medidas y restricciones que las personas no tienen ningún motivo para aceptar. ”Crisis” hoy en día significa simplemente “¡vos debés obedecer!”. Creo que es evidente para todos que la llamada “crisis” ya dura decenios y no es sino el modo normal de cómo funciona el capitalismo en nuestro tiempo. Y se trata de un funcionamiento que nada tiene de racional.

Para entender lo que está pasando, es necesario tomar al pie de la letra la idea de Walter Benjamin, según el cual el capitalismo es, realmente, una religión, y la más feroz, implacable e irracional religión que jamás existió, porque no conoce ni redención ni tregua. Ella celebra un culto ininterrumpido cuya liturgia es el trabajo y cuyo objeto es el dinero. Dios no murió, se tornó Dinero. El Banco –con sus funcionarios grises y especialistas– asumió el lugar de la Iglesia y de sus sacerdotes y, gobernando el crédito (incluso el crédito de los Estados, que docilmente abdicaron de su soberania), manipula y administra la fe –la escasa, incierta confianza– que nuestro tiempo todavía trae consigo. Además de eso, el hecho de que el capitalismo sea hoy una religión, nada lo muestra mejor que el título de un gran diario nacional (italiano) de hace algunos días atrás: “Salvar el euro a cualquier precio”. Así es, “salvar” es un término religioso, pero ¿qué significa “a cualquier precio”? ¿Hasta el precio de “sacrificar” vidas humanas? Solo en una perspectiva religiosa (o mejor, pseudoreligiosa) pueden ser hechas afirmaciones tan evidentemente absurdas e inhumanas.

Ideas que son sin duda estimulantes alimentos para el cerebro y para el corazón. Una vida sin reflexión no merece ser vivida, decía Sócrates y quizás una vida sin que esa reflexión produzca transformaciones, en actos y conciencia, tampoco. Es ya un lugar común decir que hemos divinizado al dinero y que nuestra vida gira básicamente en torno a conseguirlo si no lo tenemos y a conseguir más si ya lo tenemos. Advertencias así pueden encontrarse desde hace milenios. Y aunque para algunos esta diatriba en contra del materialismo sea aburrida, ¿realmente existe algo más importante de recordar, moralmente hablando? No se puede negar que entre más artículos de consumo producimos y más importancia le damos a estos objetos naturalmente nos volvemos más materialistas, no obstante que la tecnología tienda a la virtualidad y a despegarnos del mundo físico. Habría que preguntarnos, entonces, qué es lo que ganamos teniendo más cosas, deseando tener más dinero y poniendo las mejores de nuestras energías al servicio de obtenerlo. Y, ¿qué es lo que perdemos? ¿Cómo afecta a nuestra alma habitar en una red de relaciones definidas por su valor monetario? ¿Dónde, incluso, está nuestra alma, si es que acaso la podemos sentir todavía? ¿Qué les sucede a la espiritualidad y a la religión cuando el dinero es Dios y el capitalismo es nuestra religión? ¿Se vuelven solamente divisas? También, ¿es posible, en un mundo dominado por el capitalismo en todos sus aspectos, sustraernos de estas circunstancias y pensar, imaginar y vivir una vida que no gire alrededor del dinero o es solo una utopía romántica o el privilegio, justamente de aquellos que ya tienen mucho dinero --o karma a favor--, y que desde el superávit pueden dedicarse a cultivar el espíritu?

 

Twitter del autor: @alepholo