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Películas de culto reimaginadas como videojuegos de 8-bit (VIDEOS)

Por: pijamasurf - 03/03/2015

¿Cómo se verían películas como The Shining, A Clockwork Orange, Pulp Fiction y Life Aquatic en un universo 8-bit?

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La estética 8-bit tan característica de la etapa inicial de los videojuegos se quedó grabada, como una suerte de impronta visual, en toda una generación. Hoy, tal vez resonando con una cierta nostalgia u honrando la moda de lo vintage (encabezada por hipsters y otras subtribus), el 8-bit vuelve a ser popular, no sólo en cuestión de imágenes, también en sonidos (recordemos que existen cientos de covers de canciones legendarias reinterpretadas con audio 8bitero).

8-Bit Cinema es una serie de David Dutton, integrada por 50 episodios, que remediatiza viejos filmes y los inserta dentro del universo del 8-bit. El resultado es bastante simpático, además de ser un buen pretexto para rememorar algunas de las películas que han marcado nuestra existencia. 

Aquí te presentamos algunos ejemplos de filmes de culto filtrados a través del 8-biterismo:

 

 

 

 

 

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Todos somos bebés (y es bueno recordarlo)

Por: Pedro Luizao - 03/03/2015

Por absurdo que suene, todos tenemos lugares tan vulnerables como los de un niño pequeño, por ello reaccionar con arrullo es una buena manera de proceder

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Seguramente esto sonará un poco ridículo, pero es fundamental recordar que, vistos de muy cerca, todos somos bebés. La madurez, con sus infinitas defensas racionales y necesidades de pensar la vida como un suceso de líneas rectas –sobre todo en Occidente– nos despoja de un mecanismo imprescindible para sobrellevar la vida sin tanta desconexión: la de reconocer que en esencia somos infantes. Nuestras líneas rectas son precisas, como toda ilusión de permanencia es precisa en los engranes de una civilización, pero el eco biológico de nuestros primeros meses de vida no cesará de acecharnos, hasta que en la vejez regresemos a ese estado infantil y el suceso nos tome por sorpresa. Es importante tenerlo en cuenta. 

Curiosamente, la biología no nos permite olvidar; nos recuerda, a veces a manera de campanazos, ese pulso infantil que subsiste en el fondo de nuestra complexión, sobre todo cuando estamos muy tristes o bajo el influjo de una extrema melancolía. En momentos así regresamos a esa posición enroscada y vulnerable que tuvimos de bebés, y lo único que nos salva es, precisamente, el arrullo, el sueño, la ternura propia. La vuelta a las cosas más esenciales de la vida.

Chesterton decía que la influencia de los niños nos fuerza a remodelar nuestra conducta de acuerdo a esta teoría revolucionaria de lo maravilloso de todas las cosas. Que las escuelas más insondables y los sabios nunca han alcanzado la gravedad que reside en los ojos de un bebé de 3 meses. “Es la gravedad del asombro ante el universo, y el asombro por el universo no es misticismo, sino un sentido común trascendente”. Así, no es que los campanazos de regresión a la infancia necesariamente nos recuerden una vida ulterior más pura, sino que nos refuerzan ese “sentido común trascendente” que no es misticismo ni espiritualidad, que es simplemente un momento en que cada una de las cosas son rehechas y el universo se pone otra vez a prueba.   

Entre más nos alejamos de los bebés que fuimos, más nos acercamos a los bebés que seremos. Las Moiras, que hilan la hebra de la vida para los hombres en su nacimiento, sólo vuelven a enredarlo al final. No estaría demás, entonces, llenar un pozo con esa ternura que reservamos a los infantes para utilizar su agua a lo largo de la vida con los adultos, ya que nunca dejamos del todo de ser diminutos. Al igual que reírnos de nosotros mismos es una tarea fundamental del espíritu, reconocernos como bebés (y por lo tanto a los otros también) es conveniente. Perdonaríamos a los adultos de la misma manera gentil y blasfema en que perdonamos a los niños, y de vez en vez nos sentiríamos sanamente avergonzados por la enormidad de nuestra estatura.

Cuando alcanzamos la madurez, todos estamos lastimados por dentro. Hechos trizas. Hay lugares dentro de cada uno que son exactamente igual de vulnerables que los de un niño pequeño, y por ello tendemos a activar mil y un mecanismos en defensa de esos terrenos. En lugar de reaccionar así, bloqueando el paso y defendiendo el territorio herido como hienas, podríamos verter allí un poco de ternura. Lo mismo en sentido contrario: cuando alguien nos muerda la mano por tocar un tejido herido, habría que reconocer esa vulnerabilidad lastimada y reaccionar más bien como un bálsamo. Definitivamente las relaciones personales y los espejos se verían más limpios, menos armados. 

Y a propósito de la anterior reflexión, un poco de hip hop metafísico desde Brooklyn con los Digable Planets: