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Muchos pensábamos que el internet iba a ser la tecnología que liberaría a la humanidad del yugo de la sociedad de control y estimularía una revolución psicodélica (la información era la droga). Aunque ha dejado cosas interesantes, el internet no ha cumplido con estas promesas, sino al contrario. Douglas Rushkoff y Jason Silva debaten lo anterior

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Como la mayoría de las personas que crecieron en los 90, el internet en un principio me pareció el medio de comunicación ideal para incrementar la conciencia colectiva y liberar a los individuos de paradigmas de control (la vieja idea con ecos religiosos de que la información nos haría libres). Parecía un medio utópicamente democrático, rizomático, en sintonía con las ideas de la noósfera y de la evolución de la mente global. Un medio que empoderaba a las personas que querían conectar con otras personas sin los filtros y las restricciones de las corporaciones y los gobiernos. Los jardines de data se estaban abriendo y fluía el polen electrónico por los campos de resonancia mórfica, podíamos compartir y estimular mutuamente nuestra creatividad... Era un medio psicodélico, una tecnología que venía directamente del laboratorio de Hermes, el dios de la comunicación.

Estas ideas nos venían de Tim Leary, que había dicho que la computadora era el LSD de los 90 y de una nueva generación de comunicólogos, programadores, periodistas, escritores y hacktivistas: Douglas Rushkoff, heredero de McLuhan y protegido de Tim Leary, quien en Cyberia y Media Virus había identificado la red como un mecanismo de conciencia infeccioso, donde los nuevos pranksters y reality hackers podían hacer de las suyas; William Gibson, el autor de Neuromancer, en donde el ciberespacio se vaticinaba como un desdoblamiento astral; Jaron Lanier y Mark Pesce llevaban la batuta en el diseño de realidad virtual (pensado como una topología de la imaginación); Atom Jack, el programador de Fusion Anomaly, una enciclopedia psicodélica de hyperlinks que simulaban ser un cerebro holográfico, sin duda uno de los sitios más mágicos en la historia de internet y que, antes de Wikipedia, nos hacía pensar que la red nos iba a hacer despertar de la Matrix (y no que era la misma Matrix); el editor de Wired,  la revista más identificada con la red, era Kevin Kelly, una especie de sacerdote de la tecnología (la cual nos llevaría a ser dioses); en Wired y en otras compañías circulaban ideas de filosofía tecnoespiritual siguiendo la visión de Pierre Teilhard de Chardin y Buckminster Fuller, una "techgnosis" (usando el término de Erik Davis) que hacía de la red una imagen de la mente humana materializada o exteriorizada: el ciberespacio como el éter sináptico del cerebro planetario. Más allá de esta rutilante capa pensante de mavericks de la información, estaban, sin embargo, grandes corporaciones de tecnología y agencias del gobierno como DARPA, que habían sido instrumentales en el desarrollo de la tecnología (como ocurre comúnmente, mucha de la innovación es fondeada por el complejo militar). Era inevitable, como ocurre con todas las tecnologías, proyectamos en la red, la gran metáfora de nuestra mente, nuestros propios complejos, deseos y miedos y nuestras propias dinámicas políticas y económicas de control, vigilancia y mercantilismo.  

El internet que experimentamos hoy, es un internet donde un puñado de sitios controlan la mayor parte del tráfico (de igual manera que ocurría con las cadenas de TV), el internet donde ya no existe la privacidad y cada movimiento no sólo esta siendo registrado sino está siendo capitalizado por agencias de marketing --que trabajan estrechamente ligadas a las redes sociales. El internet donde los usuarios pasan la mayor parte del tiempo subiendo selfies y actualizando sus perfiles, recibiendo microdosis de dopamina en los feeds de Twitter o Facebook, leyendo encabezados de los mismos sitios de noticias, cada vez con menor capacidad de atención (su atención siendo disputada por fuego cruzado) e interés por aventurase más allá de los límites dados por el perímetro... no es el internet que muchos habían previsto. Ese internet de la información como agente psicodélico, como herramienta revolucionaria. Este internet no ha cumplido los sueños cósmicos de los 90. Siendo justos, esos sueños eran desaforados, como ocurre momentos después de tener una experiencia psicodélica y uno piensa que la realidad nunca va a ser igual y el mundo estará por siempre teñido de una luz iridiscente de una amplia gama de posibilidades donde la imaginación podrá reinar con alas infinitas. Esos momentos tan entrañables, en la cresta del viaje donde piensas que podrás llevarte la luz contigo a todas partes donde vayas, que haber tocado las alturas te hará por siempre angelical, se revelan ahora como ilusorios. El conjuro de Maia.

 

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Para ejemplificar este complejo sentimiento encontrado de entusiasmo y desánimo, nada mejor que el video aquí presentado. Un diálogo airado, electrizante, cargado del espíritu mercurial de la era (con un leve tono saturnal de la experiencia reflexiva como contrapeso), entre dos mentes geniales.

El teórico de medios Douglas Rushkoff es uno de los grandes iconos intelectuales de esos primeros vuelos del internet, una voz que en su momento fue entusiasta, pero sin dejar de ser lúcida y crítica. La realidad es que las cosas eran diferentes en ese entonces. La burbuja se rompió, llevándose consigo también esos tonos psicodélicos oníricos que dibuja el jabón en el aire. Esta conversación entre Douglas Rushkoff y Jason Silva sobre la actualidad de la tecnología y sus viejas promesas, nos sitúa de nuevo en la palestra electrónica, pero desde una doble perspectiva: el punto de atalaya de Rushkoff, años después; y el empuje catalizador de la nueva generación -- vía Jason Silva-- que no se arredra ante la prudencia conservadora y las decepciones de los más grandes.

Rushkoff, el emblema de la vieja guardia. Jason Silva, el exhost de la cadena de Al Gore Current TV, autodenominado "un junkie del asombro", un filósofo exprés de la era de YouTube, con una gran capacidad de sintetizar información y redistribuirla, y que mantiene ese entusiasmo jovial de que la tecnología no sólo es una manifestación inevitable de la evolución y la complejidad humana sino que es un disparo cósmico de la matriz de la tierra hacia las estrellas y la autodivinización.

Rushkoff nos cuenta sobre los inicios, las cosas que han cambiado; en los 90:

Las personas que usaban alucinógenos eran las únicas que se atrevían a construir estas plataformas [las computadoras, la web], las únicas que tenían la imaginación para construir esta realidad, tenían la costumbre de imaginar algo que luego se materializaba.

Silicon Valley como hijo de los 60, de los hippies que podían regresar a tierra firme y construir palacios de silicio. Pero las cosas han cambiado:

El problema es que los psiconautas disciplinados implementaban esto y tenían una moralidad implícita, la gente que hacía las computadora compartía un sentido de valores en común sobre las personas, las paradojas, el arte y cuando veo a la gente que está programando nuestra realidad hoy veo a chicos de Stanford que acaban en Goldman Sachs para trabajar en algoritmos que superen a los corredores de bolsa humanos... ya no veo esa moral, ya no hay una conexión con lo real sino una realidad virtual...

cyberiaRushkoff considera que detrás de las ideas de la singularidad y el transhumanismo hay una falta de estimación del ser humano, una visión de la historia como la evolución de la "información por sí misma moviéndose hacia estados de mayor complejidad... y los humanos sólo ayudando a las computadoras a manifestar la nueva etapa de la evolución". Esto es una crítica de la idea de que el ser humano es sólo un vehículo para que la información --los genes, los memes y los replicantes-- consiga volverse autoconsciente y avance con su propia agenda, algo que yace detrás de las visiones tecnoespirituales de Ray Kurzweil, entre otros.

Silva argumenta que no hay nada antinatural en la tecnología, es la inevitabilidad de la evolución, de la manifestación expansiva de la conciencia humana: "la tecnología es una piel humana, de la misma forma que una tela es parte de una araña... nuestros smartphones son un andamiaje de la mente. Cuando vemos al Mars Rover moviéndose por la superficie de Marte, estamos viendo a la mente humana gatear por la superficie del planeta rojo".

Mientras que Silva señala que la resistencia a nuevas tecnologías es algo que ya se ha visto antes, desde la implementación del alfabeto en Grecia, donde, según un diálogo platónico, se temía que sería desastroso para la memoria humana. Rushkoff matiza y señala que el lenguaje nos permitió cosas como viajar en el tiempo con la mente y el progreso científico, pero también nos dio el mesianismo, el milenarismo y las profecías apocalípticas. Ideas de progreso y redención al final de la historia que a veces escinden nuestra conciencia y suprimen la importancia de nuestras relaciones inmediatas. Ante el entusiasmo irreflexivo que naturaliza toda tecnología como parte de la evolución de la mente humana, Rushkoff advierte:

Lo importante es quién está construyendo estas tecnologías, con quién estamos en concierto... Google, por ejemplo, una compañía que [según su eslogan: "don't be evil"] nunca hará nada malo, pero que construye drones y robots para perseguir a las personas.

Rushkoff aquí pide analizar si existe una agenda o no en los espacios programados en los que nos movemos, una mirada menos naíf. Reflexionar sobre las relaciones que tienen las empresas que controlan y diseñan nuestra tecnología con los gobiernos, por ejemplo. Se preocupa, también, de que los paraísos artificiales y la hiperinteligencia que promete el transhumanismo en su alianza con la inteligencia artificial no serán precisamente democráticos, sino que serán un reflejo de la misma economía desigual del llamado 1%. "Los que están maniobrando la nave, no confío en ellos. Zuckerberg, Sergey Brin, todavía están buscando una historia que vendernos, historias como las que le cuentan a los niños para que se duerman". La fachada revolucionaria empoderadora del discurso de internet se desvanece cuando vemos "que nuestras mejores mentes están construyendo Twitter y haciendo cosas 'disruptivas' pero luego van con Papá Goldman Sachs y le entregan la compañía y convierten sus empresas en nuevos peones de Wall Street". 

Silva alega que la forma en la que la tecnología nos acerca a la información y nos permite entrar en contacto con mentes como las de Terence McKenna o ver imágenes del cosmos que generan epifanías, le produce una dosis perenne de inspiración y asombros ("shots of awe", lo llama). Rushkoff toma su distancia: "Mientras nosotros perseguimos esos highs estamos patrocinando una estructura tecnológica que no controlamos". La tecnología nos brinda estímulos incesantes on demand que antes recibíamos de manera menos gratuita y poco frecuente del mundo real --como si siempre estuviéramos recibiendo dulces de una máquina dispensadora que excitaran nuestras neuronas con rushes de dopamina y antes nos los teníamos que ganar con otras personas o generar ese asombro por nosotros mismos. Este es el gancho con el que aceptamos todo tipo de medidas que antes nos parecían escandalosamente invasivas y adoptamos aplicaciones y aparatos como mediadores de todas nuestras relaciones.

Rushkoff aplica una sospecha psicodélica a la tecnósfera:

Lo mejor de los psicodélicos es que ves las estructuras que antes habías aceptado sin cuestionarlas bajo una nueva luz, entiendes que las circunstancias de tu realidad son construcciones sociales de personas que pueden o no tener en consideración tus mejores intereses.

Una noción de los psicodélicos más cercana a su significado etimológico: aquello que manifiesta la mente. Algo más parecido a un des-alucinógeno. Rushkoff agrega que el secreto de los psicodélicos es darnos esa dosis de asombro pero ya no tomándolos, sino en la vida cotidiana y si no logramos regresar a la realidad con las joyas no tiene sentido dar el brinco.

Mostrándose decepcionado por cosas como BitCoin, que reprodujo "estúpidamente el mismo formato especulativo" de la economía capitalista, Rushkoff considera que más que mejorar los paradigmas que vienen instaurándose desde la Era Industrial, debemos de ir más atrás y rescatar otro tipo de valores, remontándonos al Renacimiento y a las nociones que McKenna llamaba el "archaic revival". Una "tecnología para hacernos más humanos y no para extraer más datos o vender más cosas", puesto que hoy la tecnología "es indiferenciable del mercado", esta es el alma capitalista del techne.

Por último, en una nota más optimista, Rushkoff recuerda que en su época, en los 90, también había personas que veían las cosas de manera sombría y él estaba cumpliendo el rol de sacarlos del malviaje, lo que reconoce es ahora el papel de Silva, quien todavía tiene la exuberancia para excitar a las personas. Algo que también es necesario, la fantasía y la ilusión, reencantarnos con el mundo en el que vivimos.

Twitter del autor: @alepholo

 

 

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Desde tiempos literalmente inmemoriales, el ser humano ha contemplado el cielo estrellado y ha encontrado en sus periódicas mutaciones relaciones con su propio devenir, ha hallado configuraciones regulares de significado o bien ha proyectado su psique inconsciente en el vasto manto estelar

There are more things in heaven and earth, Horatio, than are dreamt of in your philosophy.

Hamlet, William Shakespeare

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I. Los fundamentos de la ciencia astrológica

Pocas disciplinas humanas son tan antiguas y tan mundialmente universales como la astrología (del griego "conocimiento de los astros"). Desde tiempos literalmente inmemoriales, el ser humano ha contemplado el cielo estrellado y ha encontrado en sus periódicas mutaciones relaciones con su propio devenir, ha hallado configuraciones regulares de significado o bien ha proyectado su psique inconsciente en el vasto manto estelar. Los registros prehistóricos de esta práctica, esparcidos por Oriente y Occidente, datan de al menos 15 mil años. En Egipto, Babilonia, Persia, y más tarde en Grecia, la observación de las relaciones entre los movimientos estelares y los asuntos humanos se desarrolló hasta convertirse en una ciencia y una tradición sumamente sofisticada y precisa. Los antiguos estudiosos del cielo fueron otorgando nombres a los planetas en función de la cualidad que percibían en sus ciclos en relación con la vida humana. Desde esta perspectiva, las culturas antiguas no basaban la disciplina astrológica en una mera creencia heredada sino en una praxis fundada en una metódica observación empírica a lo largo de siglos y en una interpretación de esas observaciones a partir de un esquema simbólico cuya matriz subyacente es análoga a las distintas culturas en donde este saber tuvo lugar.

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Contrario a lo que normalmente se piensa, la concepción tradicional del sentido de la astrología no radicaba en la idea lineal-determinista de que los movimientos de los planetas y los astros generaran un efecto causal sobre la vida humana, sino más bien en una noción de correspondencia. La bóveda celeste era concebida como un espejo macrocósmico de las realidades microcósmicas de los hombres. Esta forma participativa de pensamiento sobre la relación entre el hombre y el universo fue sintetizada en el tan citado axioma atribuido a Hermes Trismegisto: 

Lo que está arriba es como lo que está abajo,

y lo que está abajo es como lo que está arriba,

para que se cumpla el misterio de la Unidad. 

(Tabula Smaragdina)

En tal sentido, las órbitas de los planetas en el cielo estelar y la órbita del Sol a través de las constelaciones respecto de nuestro planeta no eran concebidas como una causa que determinara o influenciara el mundo humano, sino que tanto el mundo humano como el "mundo celeste" participaban de una misma sintonía cósmica, de un mismo estado subyacente en el que se manifestaban a la vez ciertos principios divinos o arquetípicos en los múltiples planos del Ser. Cada uno de los cuerpos celestes llamados "planetas" por la tradición (incluyendo al Sol y la Luna) se consideraban la manifestación visible y macrocósmica de esos principios divinos, los cuales, a partir de sus dinámicas relaciones, daban forma al mundo. La palabra griega Kosmos, empleada por los filósofos pitagóricos griegos, implicaba una concepción del universo como un orden coherente, bello, inteligente e inteligible que era la expresión de estos principios divinos arquetípicos que de algún modo formaban la existencia y estaban al mismo tiempo más allá de ella. El filósofo hermético medieval Gerhard Dorn llamo a este orden subyacente que unifica todo lo real, y del que todo lo real surge y al cual retorna, el Unus Mundus.

6250d07f-331e-484d-a178-68b6a0f2e40eLa tradición astrológica atravesó profundas mutaciones a lo largo del desarrollo de la historia de Occidente, degradándose gradualmente la visión tradicional de la correspondencia en concepciones cada vez más deterministas, materialistas y lineales acerca de la influencia de los astros sobre la vida humana. Con la expansión del racionalismo y el materialismo en la Europa de los siglos XVII y XVIII, esta visión de las influencias planetarias se fue tornando cada vez más inconsistente e insostenible para la mayoría de los intelectuales y los científicos, en la misma medida en que se iba instalando cada vez con mayor fuerza la imagen de un cosmos mecanicista, ciego y azaroso, hecho de materia en movimiento regida exclusivamente por las leyes naturales que era capaz de reconocer y clasificar la razón humana a través del método científico. Por primera vez en la historia de la cultura occidental, la astrología, probablemente la más antigua y respetada de las disciplinas del conocimiento humano, se vería relegada al espacio de las supersticiones arcaicas de un pensamiento pre-científico que el positivismo incipiente creía estar destinado a desterrar definitivamente.

Hoy en día, la astrología en todas sus formas, incluso las más profundas y sofisticadas, se encuentra aún cercada por un rechazo muy fuerte que se halla fundamentado por los prejuicios ideológicos[1] que hemos heredado de esta concepción moderna del mundo. Paradójicamente, nunca como hoy hubo tanta apertura y posibilidades de profundizar seriamente en este saber para aquellos que intuyen, con Hamlet, que "hay más cosas en el cielo y en la tierra... que las que sueña nuestra filosofía".

Hoy en día, ideas tales como el Unus Mundus de Dorn o la cosmovisión hermética de la correspondencia podrían parecernos concepciones obsoletas de la realidad. Y sin embargo, las últimas concepciones del universo y de la mente humana parecen señalarnos en esta misma dirección. Estas ideas podrían tener un paralelo claro, por ejemplo, en la teoría del orden implicado[2] desarrollada en los años 60 por el físico cuántico David Bohm, colaborador de Einstein. Bohm postuló que debajo del "orden desplegado" (explicate realm) que incluye el mundo que podemos percibir con los sentidos y explicarnos hasta cierto punto a través de las leyes de la física, habría un "orden implicado" (implicate realm), que organiza e informa ("da forma") a la realidad desde un nivel subcuántico. Bohm utilizó una metáfora para ilustrar el concepto de un orden implicado: el holograma. De la misma forma que un holograma, en cualquier elemento del universo se halla contenida la totalidad de la información[3] del universo y toda la información entre todas las partes del universo existe en un estado de interconexión inseparable. Desde esta teoría, "el orden que vemos --por ejemplo-- en el movimiento de los planetas es, en verdad, la expresión de un «orden implicado» en el cual los conceptos de espacio y tiempo ya no tienen validez; que en cualquier elemento del universo se contiene la realidad del mismo, una totalidad que incluye tanto materia como conciencia" (David Bohm, La totalidad y el orden implicado, 1992).

Siguiendo con esta línea, el físico David Peat encontró sentido a las llamadas "sincronicidades", concepto propuesto por el psicólogo suizo Carl Gustav Jung y el premio nobel de física Wolfgang Pauli. La sincronicidad alude a todo suceso en el que se experimenta una relación inequívoca entre un fenómeno interior y un hecho externo, hechos catalogados generalmente por la razón humana como “coincidencias”: “Los eventos sincronísticos, entendidos como una coincidencia significativa entre microcosmos y macrocosmos, son aplicables si consideramos que, bajo los estratos de un orden implicado individual, existe un nivel más profundo que contiene, plegada, toda la información del Universo” (Francis David Peat, Sincroncidad: Puente entre mente y materia, 1987).

Otra teoría que da fuerza a estas concepciones es la del universo como fractal, la cual está ganando actualmente[4] cada vez mayor validez científica. En esencia, la fractalidad es la propiedad estructural de un objeto que se repite dentro de sí mismo en distintas escalas. Ejemplos visualmente elocuentes de ello pueden hallarse en las formas que van desde las plantas, los cristales de nieve, las líneas de la costa, hasta la organización de las mismas galaxias.

Vinculando la fractalidad con el principio de correspondencia de la astrología, el astrólogo experimental Aleix Mercadé se pregunta[5]: "¿Parecería tan descabellado pensar que cuando nacimos, el todo y las partes mantenían configuraciones muy similares y que por ello somos, como parte, un fractal del universo de ese momento?". 

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Durante los primeros años de nuestro siglo, un grupo de astrofísicos de la Universidad de California llevó a cabo una investigación en la que se dedicaron a estudiar las semejanzas estructurales entre nuestro cerebro y las galaxias, llegando a sorprendentes conclusiones. En el año 2006 se publicó un informe[6] de esta investigación, en el que se plantea la semejanza existente entre el despliegue de un cúmulo de galaxias y el desarrollo de una red neuronal, señalando fuertes semejanzas no sólo en la estructura sino también en el funcionamiento, lo que vendría a ser una trascendental evidencia tanto de la teoría de la cosmo-fractalidad como de la concepción de un "orden implicado" en el universo. 

Por otro lado, los avances en distintos campos del conocimiento han aportado nueva luz y nuevas perspectivas sobre la comprensión del fenómeno astrológico. A mediados del siglo XX, los franceses Michel y Françoise Gauquelin aplicaron el análisis estadístico sobre la astrología, con resultados sorprendentes, evidenciando que algunos de los principios fundamentales de la tradición astrológica eran veraces. Los Gauquelin llevaron a cabo durante 40 años una investigación estadística a gran escala sobre las correlaciones entre las posiciones de ciertos planetas y el nacimiento de distintas personas prominentes en diversos campos, cada uno asociado con la cualidad tradicional de estos planetas: Marte en deportistas y militares, Júpiter en políticos y líderes, la Luna en escritores, Saturno en científicos, etc. "Desde los tiempos de Babilonia, los símbolos de Marte, Júpiter y Saturno, son muy parecidos a los actuales aunque los encarnasen dioses distintos de los griegos o los romanos. Lo más sorprendente es que actualmente, en el siglo XX, milenios después de la existencia de aquellos astrónomos/astrólogos babilónicos, la investigación estadística moderna corrobora los antiguos símbolos"[7] (Michel Gauquelin, 1990).

Estos descubrimientos no sólo no fueron refutados[8] sino que se confirmaron y profundizaron por posteriores estudios llevados a cabo por diversos investigadores. Hans Eysenck, un importante psicólogo alemán, escéptico de la astrología --e incluso del psicoanálisis, luego de analizar los estudios estadísticos de los Gauquelin llego a afirmar: 

Nos sentimos obligados a admitir que hay aquí algo que requiere explicación. Por mucho que les disguste, otros científicos que se tomen el trabajo de examinar la evidencia pueden verse forzados a una conclusión semejante. Los hallazgos son inexplicables, pero se trata de hechos, y como tales no se puede seguir ignorándolos; no podemos hacer como si no existieran simplemente porque no sean del agrado de las leyes de la ciencia de hoy o no concuerden con ellas... Tal vez haya llegado el momento de afirmar de manera completamente inequívoca que está naciendo una nueva ciencia. (Astrología: ¿ciencia o superstición?, 1982) 

559038_485824244772654_44236082_nEl último aporte más convincente sobre el fenómeno astrológico lo constituye el  vasto trabajo de investigación de Richard Tarnas, historiador de la cultura y profesor de filosofía y psicología en el Institute of Integral Studies de California, en el que fundó el programa de Filosofía, Cosmología y Conciencia. Tarnas se dedicó, durante un período de 30 años y junto con una serie de colaboradores, a estudiar la astrología empírica y metódicamente, armado con un acceso históricamente privilegiado de datos astronómicos precisos y una afilada metodología crítica. Escéptico al principio, afirmó verse rendido ante la evidencia irrefutable que fue presentándosele:

Lo que encontré superó mis expectativas (…) Lo que me llamó particularmente la atención fue el hecho inexplicable de que el carácter de los estados psicológicos observados correspondiera tan estrechamente a los significados atribuidos a los pertinentes planetas en tránsito y natales, tal como los describen los textos corrientes de astrología. Pues ya era desconcertante que hubiera correlación coherente, pero que, además las correlaciones correspondieran a los sentidos tradicionales de los planetas era sencillamente pasmoso. (Cosmos & Psique: Indicios para una nueva visión del mundo, 2006)

Los resultados más contundentes de su trabajo fueron presentados en la forma de un voluminoso cuerpo de datos que evidencia las relaciones entre ciclos planetarios y hechos históricos y procesos sociales significativos, así como momentos cruciales en la vida de grandes personalidades históricas.

Pero quizás más relevante incluso que las evidencias desarrolladas a favor del fenómeno astrológico sea la nueva perspectiva interpretativa presentada por Tarnas, en la que vincula de manera brillante los fundamentos del saber astrológico tradicional con los aportes de la psicología del inconsciente, especialmente los de la escuela de Carl Jung y sus continuadores. A esta tradicional y a la vez renovada perspectiva Tarnas dio el nombre de Astrología Arquetipal. Y es en ella en la que nos introduciremos en la próxima entrega.

Lee segunda parte 


[1]      http://astrologiaexperimental.com/2014/03/21/guiaanalisiscienciaastrologia/

[2]      http://cienciauanl.uanl.mx/?p=70

[3]      http://pijamasurf.com/2011/10/la-conciencia-es-no-local-el-retorno-del-alma-al-mundo/

[4]      http://www.tendencias21.net/El-Universo-como-fractal-un-modelo-del-cosmos-que-gana-validez-cientifica_a24995.html

[5]      http://astrologiaexperimental.com/2014/02/10/por-que-lo-de-arriba-esta-relacionado-con-lo-de-abajo/

[6]      http://pijamasurf.com/2012/12/tu-cerebro-podria-ser-el-universo-y-al-reves/

[7]      http://astrologiaexperimental.com/2014/04/03/entrevista-con-michel-gauquelin/

[8]      http://astrologiaexperimental.com/2013/03/20/6-malentendidos-y-objeciones-comunes-entorno-a-gauquelin-y-sus-hallazgos/