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Si pasas todo el día texteando se te caerá la cabeza (literalmente)

Por: pijamasurf - 12/09/2014

Sobre las costumbres tecnológicas que estropean nuestra columna vertebral

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Parecía un absurdo, pero ahora es una realidad: nuestra salud disminuye conforme los gadgets se multiplican. La codependencia tecnológica es un problema muy común que, si bien aún no somos capaces de asimilar como tal, las consecuencias fisiológicas derivadas de este mal hábito nos cobrarán venganza en un día no muy lejano.

“Cuello de texto” es el nombre que recibe una supuesta condición de la columna vertebral en relación con la postura de flexión hacia adelante que mantenemos al mirar nuestros teléfonos. "Es una epidemia. O, al menos, es un problema común", dijo Kenneth Hansraj, cirujano de columna, para The Washington Post. Las afirmaciones de Hansraj se plasmaron en un breve artículo que escribió para la revista Surgical Technolgy International, en donde nos expone el diagrama que prueba cómo flexionar el cuello aumenta la tensión en la columna cervical e implica propensiones a sufrir daños espinales graves.

Encorvarse nunca ha sido una postura ideal y vale la pena pensar en estar sentado o de pie con la espalda recta cuando sea posible. Pero ¿y si nuestros cuellos realmente están diseñados para inclinarse hacia adelante? Sabemos que no es algo nuevo para el ser humano. Los mensajes de texto evocan la misma postura que adquirimos al sostener un libro, un bebé o en realidad cualquier objeto más o menos pesado que capte nuestra atención hacia abajo.

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Físicos e ingenieros han discutido sobre la exactitud de los cálculos de Hansraj, pero cualquiera que sea el número exacto, no han podido desmentir el hecho de que existe mayor fuerza en la base de la columna cervical cuando la cabeza está inclinada hacia delante, y cuanto más se inclina al mirar el teléfono, más fuerza se sobrepone en la columna vertebral. La cuestión fundamental a discutir es si esto sería perjudicial o no para la salud y cuánto.

Una de las personas que “tuiteó” su descontento en torno a la polémica que se creó por este diagrama era Ian Dorward, neurocirujano de la Universidad de Washington en Saint Louis, quien cuestionó a The Washington Post argumentando que dicho estudio no tenía evidencia para argumentar que se trataba de una “epidemia” que estuviera atentando considerablemente contra las personas. Dorward es neurocirujano experto en anatomía y biomecánica vertebral, y gasta gran parte de su día doblando el cuello hacia adelante para atender la médula espinal de sus pacientes. Dorward lleva lupas y una lámpara postrada en la cabeza. El peso de estos dispositivos se combina con el peso de su cráneo para aumentar significativamente el peso en la columna vertebral: "Las tensiones que estoy aplicando a mi columna vertebral son mucho mayores que lo que alguien podría estar experimentando cuando envían mensajes de texto", dijo.

"La gente puede llevar mucho más de 60 libras en la parte superior de su cabeza si en realidad es una carga", dijo Dorward, señalando que la gente ha evolucionado para tener sus cabezas flexionadas en una variedad de diferentes ángulos y posturas sin problema. Estos argumentos intentan posarse en la mejor postura lógica con respecto al “cuello de texto” pues en realidad las personas que llegan a sufrir daños en la columna, además de textear en sus teléfonos, se enfrentan a otro tipo de situaciones que implican una mala postura, como lo es el pasar horas frente a un ordenador o el simple hecho de no sentarse adecuadamente en las butacas escolares. Dorward argumentó también que si se va a gastar una cantidad excesiva de tiempo inclinado hay que tomar en cuenta las posibilidades de los riesgos que en un futuro cercano puedan afectarnos, como lo es el problema músculo-esquelético de la artritis. También menciona una idea bastante importante que nuestra columna vertebral jamás pasará de largo: el sobrepeso, el cuál intuye que es la verdadera epidemia.

Por otra parte el estudio de Hansraj mantiene otra hipótesis aún más interesante, que nos habla sobre cómo la postura parece afectar el nivel hormonal de una persona. La investigación ha demostrado que asumir posturas “sentadas”, con la espalda recta, posando los hombros hacia atrás y alineando los oídos a los hombros, pueden dar lugar a elevaciones reales en la testosterona y la serotonina.

Las causas por las que una persona sufre daños en el cuello, en la columna vertebral o en la médula espinal, dependen mucho de las costumbres de la cotidianidad que, si bien con estos supuestos sabemos que no es letal textear durante horas en nuestros teléfonos, cabría reflexionar si la tecnología es la culpable de esa misma cotidianidad que nos vuelve codependientes y propensos a sufrir este tipo de enfermedades o si, en realidad, los que no sabemos dar el uso correcto a la tecnología somos nosotros.

 

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A Hitler le gustaba el pichón relleno de lengua, a Gaddafi la leche de camello y a Hussein las aceitunas de Golan Heights

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El nuevo libro de Victoria Clark y Melissa Scott llamado Dictator’s Dinners: A Bad Taste Guide to Entertaining Tyrants ofrece una hilarante degustación de los platillos favoritos de algunos de los dictadores más famosos del mundo. Estos son algunos de ellos.

Aunque se dice que Hitler era vegetariano, aparentemente no lo era todo el tiempo. Uno de sus catadores de alimento confirmó que al Führer le encantaba el pichón relleno de lengua, hígado y pistaches. Y no podemos olvidar que, de acuerdo con Robert G. L. Waite en su biografía The Psychopathic God, Hitler donó sangre para hacer morcilla para celebrar la última cena de un nazi. Waite también relata que sus modales se deterioraron muchísimo al final de su vida: “solía atragantarse de comida de manera mecánica… morderse las uñas en la mesa, frotar su dedo índice en la nariz y empacharse de pastel”.

Stalin, por su parte, gustaba de comer como el buen dictador que era, mientras su gente moría de hambre. Se sentaba en banquetes de 6 horas “donde se consumían copiosas cantidades de Khvanchkara que dejaban a los invitados vomitando e incontinentes”.

El dictador derrocado de Libia, Muammar Gaddafi era bien conocido por sus espantosas flatulencias, que escapaban muchas veces durante entrevistas y juntas con dignatarios. Si tan sólo hubiera sabido que la causa de este gas nocivo era su platillo favorito: la leche de camello. De hecho, no dejaba que ninguna parte de la bestia se desperdiciara; Gaddafi disfrutaba especialmente joroba de dromedario con cuscús.

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Saddam Hussein tenía debilidad por la carne de borrego y de vaca recién matados. También pedía que sus aceitunas las trajeran de Golan Heights. Su estupefaciente favorito era el Grand Old Parr y su dulce favorito el Quality Street.

Si quieres aprender a comer como un dictador o un tirano o a hacer relaciones simbólicas o imaginarias entre la comida y el talante, entonces este es un buen libro para ti.