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Este multifacético noruego consuma una entrega musical que destaca por su simpleza y su fina hechura

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Luego de haber inaugurado una vigorosa carrera musical en 2000, y tras 7 años de permanecer en silencio, Kim Hiorthoy vuelve con un inspirador LP. Dominado por un espíritu minimalista y lúdico, acorde a la actitud que este diseñador y músico noruego ha mostrado a lo largo de su trayectoria, Dogs podría fácilmente ser no sólo uno de los mejores álbumes de 2014; también, el mejor disco que haya logrado hasta ahora.

La sencillez de su obra contrasta con la mutabilidad de su talento; recordemos que él realmente comenzó como diseñador gráfico, y luego, además de incursionar brillantemente en la música, también ha realizado experimentos visuales, fotografiado documentales y compuesto piezas de danza contemporánea.

Al ser cuestionado en una entrevista sobre con cuál de todas estas "etiquetas" se define, Hiorthoy simplemente responde:

Trato de no hacerlo (definirme). En parte porque soy un cobarde, pero también porque el no llamarme de ninguna forma me facilita hacer múltiples cosas.

Unknown

Producido por Smalltown Supersound (Prins Thomas, Lindstrom, etc.), Dogs consiste en 11 tracks regidos por un piano que conforme avanza va sellando coquetos encuentros con sonidos complementarios, breves beats, samples y esporádicas apariciones de un sintetizador. Los humores y ambientes que este álbum detona, si bien tienden sutilmente hacia la melancolía, en realidad destacan por su amable ligereza.

Este disco, que apela a uno de los espectros más afables del ambient, se autopostula como un resplandeciente vehículo para navegar las tardes otoñales y como un recordatorio de que, tal vez, la máxima elegancia privilegia la sencillez. 

Lee aquí una breve semblanza de Hiorthoy.

Twitter del autor: @ParadoxeParadis

 

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Todas las cosas son venenosas. Puesto que no hay nada que no tenga cualidades venenosas.

Paracelso

O sea, paciencia de la adormidera, quien la ha fumado, fumará.

Jean Cocteau

Después de dejar de consumir drogas o alcohol por un largo periodo y regresar de una manera premeditada, casi ceremonial, al festival de los sentidos alterados, reconozco el valor en tomar también el camino de lo que Baudelaire llamaba "diablo". La embriaguez asistida no demerita a la mente, especialmente a la mente que también valora la posibilidad de explorar regiones de sí misma sin la asistencia de sustancias --a través de la meditación, el yoga, la alimentación o el ayuno, la literatura, la autoprogramación... y en su abrazo cósmico, en su naturaleza campechana decide a ratos bailar con la inteligencia viva del universo vegetal o con el elixir de exaltación de social y fogosa liviandad del alcohol. Para todo hay cabida en el prisma de la existencia, en el viñedo caleidoscópico --el camino del medio, el vehículo mahayana, por un momento es también el camino del exceso, de otra forma no sería un justo medio. Su propio vuelo empírico, su medición de su actualidad, lo hace voltear a lo inconmensurable y abarcar una gama más amplia de la existencia.

Es acertado ir más allá del juicio que descalifica a las drogas como métodos para entrenar a la mente y acceder a la hiperestesia o a lo que Calasso llama el "velo epifánico" --ir más allá del juicio y sentir la mayor cantidad de aspectos del poliedro de la realidad, del río mismo del tiempo que nos arrebata (ir lo más lejos que podamos sin enloquecer permanentemente, viajar al inframundo pero mantener nuestra alma y nuestra mente relativamente íntegra o mejor aún integrada, aceptando nuestro particular sitio en el misterio, abrazando nuestro destino). A los detractores de las drogas como una especie de atajo que invalida el trabajo de conciencia (lo que sea que eso signifique, y huele a pedantería), valdría recordarles el añejado aprendizaje de William Burroughs quien notó que cualquier estado mental puede ser coaccionado por vía eléctrica, por vía química o por vía lingüística --y cada uno de ellos es igualmente valioso. ¿Por qué discriminar tajantemente? Claro que uno puede tener ciertas predilecciones o inclinaciones estilísticas, y en esto celebremos la diferencia, pero condenar y seudo-categóricamente señalar que decir 50 mil mantras al día es mejor que beber una pócima en la selva o utilizar un proyector de imágenes (la máquina de los sueños, por ejemplo, en la que la luz es la droga) para alterar las conexiones neurales de nuestro cerebro, es tener una mente un tanto cerrada. Por otro lado, es indudable que algunos caminos tienen una mayor cantidad de escollos y otros se mueven por un estrecho entre abismos, al buscar catalizar el relámpago. En cada decisión inicia la responsabilidad y hay que saber conducirse con ligereza mientras llevamos el peso de toda nuestra existencia.

De la misma manera que los astrónomos y los microbiólogos, en el jardín científico, juegan con telescopios y microscopios para amplificar la realidad, tenemos a nuestro alcance, como parte de nuestro patrimonio (o, mejor dicho, matrimonio terrenal) una serie de herramientas y psicobiotecnologías que desdoblan lúdicamente nuestra mente fuera de nosotros mismos, como psiques trasplantadas que se reflejan en el cosmos. Las drogas psicodélicas son una forma de ver la Mente, que en el gnosticismo es equivalente al espacio, en su amplitud iridiscente (aquello que es ubicuo: el éter mismo). En este sentido la ciencia psiconáutica es una continuación de la escuela délfica --el adagio "Conócete a ti mismo". Aquello que vemos, utilizando el instrumento inexorable de nuestro cerebro, es mente sin cuerpo, o la mente de múltiples cuerpos, el agregado holístico que es un planeta y la mente misma del sistema solar y sus arcontes. Es el flujo de imágenes psicodélicas, eminentemente fractal, metamórfico, holográfico, arquetípico, el curso mismo por donde fluye el pensamiento,-- el río "por el cual corre el Ganges", "cuya fuente es inconcebible" -- es el surtidor, el telar del demiurgo, el laboratorio líquido de las ideas, topus uranus: el universo que se observa (y seduce) a sí mismo en un punto.

Thomas Roberts nos recuerda que es nuestro derecho alterar nuestra mente, de la misma forma que podemos jugar con nuestro cuerpo o jugar con una bola de colores en la playa como hace el Eón. “Además de nuestro estado mente-cuerpo ordinario, despierto, por default, nosotros los humanos tenemos la habilidad de lograr muchos estados mente-cuerpo con sus particulares habilidades residentes… Usando mindapps (psicotecnologías), podemos instalar estos estados en nuestras mentes. Los psicodélicos son una familia de mindapps”.

Particularmente las plantas psicodélicas son una familia de aplicaciones psicotecnobiológicas que nos acercan a un aspecto importante de nuestra naturaleza: la diversidad, la absorción de diversidad y la generación de más diversidad. El ser humano tradicionalmente ha formado alianzas con las plantas y aunque suene a algo completamente desaforado, que sólo podía ocurrírsele a alguien en un viaje de hongos, las plantas psicodélicas (y no-psicodélicas) han acelerado la evolución humana, de alguna manera catapultando nuestra psique a materializarse en el espacio circundante --no sólo saltamos de los árboles a la tierra y dejamos el traje de mono, saltamos de nuestro cuerpo hacia el universo, a reconocernos en el mundo y a enviar y rebotar nuestros mensajes (que son naves) al espacio. En gran medida porque comer plantas y hospedar bacterias (que se alimentan de estas plantas también) extendió nuestro cerebro y nos permitió recibir una mayor cantidad de información --la materia prima que permite explorar nuevas fronteras de realidad--, ser nodos con una mayor diversidad de conexiones. Cada cosa que ingerimos nos transmuta. 

Vivimos así en una simbiosis perceptual que nos lleva a ser un espejo viviente de la diversidad planetaria, eco del canto caleidoscópico del universo vegetal --para acaso descubrir y encarnar lo que decía Emerson, que "la naturaleza es el símbolo del espíritu",  o lo que decía Sir Thomas Browne, que "la naturaleza es el artificio de Dios".

Si bien esta simbiosis requiere alimentarse de ciertas plantas --alimentarse de ciertas plantas es también reconocer que seremos invadidos por los espíritus o los campos morfogenéticos de esas plantas y mezclaremos para siempre nuestra información con su información en un crisol: "Chamánicamente hablando, fumar DMT o ingerir otro alucinógeno es ofrecer nuestras células como sacrificio a los espíritus. Con tal sacrificio estamos dejando que nuestra conciencia sea poseída por los misteriosos e invisibles agentes de la transformación", dice Jason Horsley... Es reconocer que seremos otros, polimorfos, ejes proteicos, lienzos para la comunicación de lo que McKenna llamaba la Mente de Gaia. Si bien esto puede percibirse como un riesgo, la posesión, la entrada de lo numinoso que no necesariamente tiene la intención de cuidar nuestros intereses, también es indudable que es parte de un proceso de comunión e intercambio de información (memesis y semiosis) en el cual no hay mucho de que preocuparnos si pensamos que más que individuos somos aspectos de una colección de seres y nuestro valor reside justamente en poder ser portales de comunicación de esa fuerza que trasciende al hombre y al nombre, más que de una verdad individual.

La intoxicación como un proyecto de vida. Viene a la mente la conocida frase de Baudelaire: "De vino, de poesía o de virtud, de lo que queráis. Pero embriagaos". La intoxicación como un flujo de vida; intoxicarse cuando el demonio del agua nos llama, cuando nos habla la voz en el desierto, cuando la rama serpentea. Intoxicarse cuando el tiempo lo dicta, cuando es la fiesta del dios, o cuando es momento de internarse en el laboratorio de la mente inconsciente y extraer los cristales preciosos de la visión depurada. Intoxicarse porque a veces es lo más sobrio y templado que uno puede hacer. Intoxicarse, que lo mismo celebra la vida que reconoce la muerte (y no se inclina hacia ninguna).

Twitter del autor: @alepholo